El amor siempre vence a pesar de todo (+18)

Autor: isakristen
Género: Romance
Fecha Creación: 17/01/2013
Fecha Actualización: 16/04/2022
Finalizado: NO
Votos: 142
Comentarios: 469
Visitas: 287733
Capítulos: 39

Summary: Dos poderosas familias de la mafia enfrentadas desde hace generaciones por dominar la ciudad. Pero serán las hijas Charlie Swan: Rosalie, Alice e Isabella y los hijos de Carlisle Cullen: Emmett, Jasper y Edward quienes decidan que ya era hora de acabar con ese absurdo enfrentamiento Sin ser consciente del horror que se desataría al final, al enfurecer al que creían su mayor aliado.

 

Prologo:

Bella una adolescentes de 14 años, hija menor de Charlie Swan uno de los mafiosos más peligrosos de Chicago. Novia de Edward Cullen un adolescentes de 16 años hijo del mafioso Carlisle Cullen.

Su amor puro e inmenso era amenazado por sus familias, quienes desde hace años tenían una rivalidad por el dominio del poder. Ellos al enterarse de la relación amorosa de los jóvenes deciden separarlos y enviarlos lejos. Sin saber que su amor ya había dado frutos, unas pequeñas personitas que iban protegidas en el vientre de su madre, la cual los unirían para siempre. Dos niños con la marca del sol naciente en el brazo izquierdo de los Swan como la media luna en el brazo derecho de los Cullen.

Diez años después su amor seguía intacto, más grande que antes y ellos estarán listos e dispuestos a luchar por él y por su felicidad, uniendo así ambas familias. Quienes tendrían que unirse y luchar por la misma causa. Dos niños intocables por ambos bando, siendo su talón de Aquiles. Y sus enemigos no dudaran en utilizarlos, matando así dos pájaros de un tiro; rompiendo en el camino el acuerdo llegado desde hace generaciones de no incluir en la rivalidad a las mujeres y a los niños.

  


 "Los personajes más importante de esta historia son propiedad de Stephanie Meyer pero la trama es mía y no esta permitido publicarla en otro sitio sin mi autorización"

 


 

 Historia registrada por SafeCreative bajo el código 1307055383584. Cualquier distribución, copia o plagio del mismo acarrearía las consecuencias penales y administrativas pertinentes.

 


 

 Traíler de esta historia ya esta en youtube y en mi grupo  en facebook "Entre mafiosos y F.B.I"


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 Este es el Link del trailer: 

http://www.youtube.com/watch?v=BdakVtev1eI&feature=youtu.be

 

 


Hola las invito a leer mi Os se llama: Si nos quedara poco tiempo.

http://lunanuevameyer.com/salacullen?id_relato=4201

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Capítulo 36: Alianza inesperada

Capítulo beteado por Manue Peralta, Betas FFDA

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Alianza inesperada

BPov.

Jacob con un pequeño salto estuvo al lado de nosotros.

—Descansa —me alentó Edward cuando las hélices cobraron intensidad.

No pensaba hacerlo. De verdad aún no me sentía en confianza de tratar de descansar dejando a mis hijos sin mi protección. Pasaría un largo tiempo para que yo pueda volver a dormir tranquila.

Lo intenté, pero el cansancio y la pérdida de sangre me ganaron.

La oscuridad me envolvió.

Volví ser consciente de mi alrededor no sabría decir cuánto tiempo después, sentía mi cuerpo flotar como en una nube, los brazos y las piernas los sentía entumecidos, la garganta me escocía, tenía un tremendo dolor de cabeza y me costaba respirar. Mis oídos pitaban, pero aun así escuché un par de murmullos, parecían varias personas a mí alrededor, también se escuchaba un pitido.

—Isabella —habló una cálida voz muy cerca de mi oído, y una tierna mano tomo la mía y le dio un suave apretón—. Estarás bien, Isabella, te lo prometo —expresó con determinación.

Luego de escuchar esa voz la oscuridad volvió a envolverme, pero esta vez parecía un hoyo negro, no encontraba ni un rayito de luz y eso me asustaba.

¿Estaría muerta?, me pregunté. No, me respondí yo misma con fiereza. Eso no podía suceder, mis hijos me necesitaban. Edward me necesita. Nada, ni siquiera la muerte, me alejaría de mi familia. No, señor. Soy Isabella Marie Swan De Cullen y no lo iba a permitir. Así que con todas las fuerzas que tenía en ese momento me empujé fuera de esa maldita oscuridad.

El pitido horrendo estaba de vuelta muy cerca de mí taladrándome los oídos. Fruncí el ceño, ese sonido me molestaba. Mis párpados temblaron cuando traté de abrirlos, pero no logré hacerlo. Suspiré con frustración.

Una cálida mano envolvió la mía.

—Isabella —susurró una voz afinada.

—Humm… Bella —murmuré con voz ronca tratando de abrir mis párpados de nuevo. Esta vez lo logré, mis ojos un poco desenfocados se toparon con unos ojos verdes conocidos, era la tía de Edward—. ¿Mis bebés? —le pregunté en un susurro.

Las esquinas de sus ojos se arrugaron un poco cuando sonrió.

—Ellos están bien, muy bien en realidad. Hiciste un buen trabajo, Isabella —respondió con dulzura.

— ¿Elizabeth? —tragué con dificultad.

Me sonrió de nuevo y desvió su atención a la mesita ubicada a mi lado, tomó un vaso y lo llenó de agua.

—Toma un poco —me indicó acercando el vaso a mis labios. Obedecí, tomando pequeños sorbos de agua—. Elizabeth está bien, un poco deshidratada.

— ¿Su brazo? —inquirí con un deje de ansiedad en la voz. No hacía falta ser un especialista para saber que estaba fracturado.

—Tiene una fractura, efectivamente, pero más tardar en seis semanas estará como nuevo, no te preocupes por eso. —Me tranquilizó colocando el vaso de nuevo a su sitio y acariciándome el cabello—. ¿Sientes dolor?

Hice una mueca por el recordatorio. Sí, sentía un ligero dolor, pero nada que no pudiera soportar.

—Estaré bien —aseguré en un susurro. Asintió con el ceño fruncido—. ¿Qué ocurre? —le pregunté en un hilo de voz con ansiedad.

Volvió a sonreírme. Cambiando su expresión a una más animada.

— ¿Quieres que traiga a Edward? —dijo sonriendo de forma pícara. Mis ojos se iluminaron y mi corazón comenzó una marcha alocada contra mis costillas. Ella, al escucharlo, soltó una pequeña carcajada—. Eso es un sí —comentó asintiendo—. Voy a buscarlo.

Dio media vuelta y salió de la habitación dejándome sola.

Fijé mí vista en un punto en específico en las blancas e inmaculadas paredes. Mis hijos estaban bien, eso era todo lo que contaban. Eso era lo más importante después de todo, saber que James no logró su cometido me alegraba enormemente.

Fruncí el ceño. ¿Habría muerto en el incendio o estaría aún con vida? Me estremecí de solo pensarlo. No quiero que se acerque de nuevo a mis hijos, no lo iba a permitir.

El tiempo transcurría muy rápidamente, pasaron unos diez o quince minutos y mi ansiedad crecía a cada segundo. Quería ver a mis hijos y a Edward. Unos toquecitos en la puerta me indicaron que el amor de mi vida se encontraba detrás de ella. Me acomodé un poco la maraña de cabello y sonreí expectante. La cabellera rubia de la doctora emergió por el pequeño espacio que se había abierto. Me sonrió, guiñándome el ojo de manera cómplice.

—Hola, Bella —saludó muy alegre entrando a la habitación, como sino acabáramos de hablar.

—Hola. —le correspondí un poco confundida.

—He venido con alguien —me dijo como si nada—. Anda, pasa, no te quedes afuera.

Miré fijamente la puerta con expectación. Necesitaba que Edward entrara ya. Anhelaba perderme de nuevo en esos bellos ojos que tanto amaba. Imploraba que trajera consigo a nuestro hijo, mi hermoso niño. Ansiaba tanto verlo, confirmar con mis propios ojos que estuviera bien. Pero tenía mis dudas. Cuando él por fin atravesó el umbral de la puerta, me perdí en las profundidades de esos bellas orbes esmeraldas que tanto amaba.

Sonreí en grande. Mi Edward.

—Edward —murmuré feliz. Se movió con rapidez, un momento estaba paralizado en el umbral de la puerta y al siguiente me estrechaba en sus brazos.

— ¡Bella! ¡Oh, mi Bella! Me tenías tan preocupado —exclamó recargando su frente en la mía. Lo entendía, yo también estaba preocupada por él y por nuestros hijos.

—Lo siento —me disculpé con sinceridad sobre sus labios. Los suyos le dieron un suave toque a los míos.

—Te amo —declaró sobre mis labios cuando nos separamos.

—Te amo —secundé acariciando su mejilla, un poco áspera gracias a la barba incipiente.

Un carraspeo nos hizo separarnos. Edward besó nuevamente mis labios antes de girarse hacia su tía con mi mano entre las suyas. La doctora tenía una expresión muy seria, como si no le gustara lo que iba a decir. Tragué saliva y me preparé mentalmente.

—Isabella, hicimos todo lo que estuvo en nuestras manos para ayudarte, logramos detener la hemorragia y salvar el útero, pero como ocurrió la primera vez, tuviste un desgarro, salvo que el de ahora fue mucho más considerable que el anterior por el efecto de las pastillas. Tu matriz… —al escuchar sus palabras mi corazón comenzó a latir violentamente contra mis costillas.

— ¿Qué sucede, tía? —inquirió Edward un poco confundido.

—Bella —habló con suavidad ignorando completamente a mi esposo. Temía las palabras que fueran a salir de su boca. Mi corazón se aceleró, tenía una ligera sospecha de lo que me diría. James me había ocasionado demasiado daño—. Lamento decirte esto, pero…es prácticamente imposible que vuelvas a concebir.

A pesar de que me lo esperaba, escuchar esas fuertes palabras me rompieron el corazón; no pude evitar alar mi mano de entre las de mi Edward con brusquedad y ocultar mi rostro en ellas, no quería ver la expresión de mi esposo, eso me mataría por siempre. Luego de esto, él ya no me querría más. Ya no querrá estar junto a mí.

— ¿No podré tener más hijos? —mi voz tembló al realizar la pregunta.

—Probablemente no. Lo siento. —Su voz se quebró al final.

Me mataste, James, reproché con rencor. Lograste tu objetivo.

Asentí con pesar.

—Debes tener mínimo tres meses de reposo. Nada de movimientos bruscos. Nada de cargar peso…

Mis hijos, fue mi primer pensamiento al escuchar sus indicaciones.

— ¿No podré cargar a mis bebés? —pregunté con voz temblorosa. Eso terminaría de matarme.

—Sí, por supuesto, siempre y cuando estés sentada. Edward. —se dirigió a mi esposo. ¿Solamente así? ¿No podré levantarme a media noche a atenderlos como lo hacía con Lizzy y Tony? ¿No podré pasearlos mientras les doy de mamar?

— ¿Sí, tía? —La voz de Edward me recordó que aún quedaba mucho por escuchar.

—Nada de relaciones sexuales en un mínimo de… seis meses, aun así deberán venir a mí antes y yo le diré si tienen luz verde.

Ahora era definitivo, Edward se iría de mi lado. Lo amo tanto que no condenaré su felicidad atándolo a mi lado.

—Por supuesto, tía, no haré nada que perjudique la salud de mi esposa. —su voz sonó decidida, pero apostaba que estaba maquinando cómo alejarse de mí en cuanto tuviera oportunidad. Si eso llegara a ocurrir, me iría del país y nunca más volvería, no sería capaz de verlo feliz al lado de otra mujer.

—Vendré a verte más tarde, Bella —se despidió palmeando mi pierna antes de salir de la habitación.

—Entenderé que ya no quieras estar más conmigo después de esto. —fui la primera en hablar cuando nos quedamos solos. Debía ser yo quien acabara con esto, debía mostrarme fuerte y decidida.

— ¿Qué dices? —preguntó muy confundido.

—S-Si ya no quieres estar más conmigo a partir de ahora que no puedo darte más hijos, lo entenderé y firmaré el divorcio. No te quitaré que veas a los niños, también son tus hijos. —Lo tranquilicé. Con un esfuerzo sobrehumano logré tragarme el sollozo que pugnaba por salir de mi garganta.

— ¿Crees que estoy contigo solo por procrear? —negó con la cabeza, indignado—. Entonces no me conoces, Bella. Yo te amo a ti. Ethan, Elizabeth, Eider y Eileen son un adicional, es a ti a quien quiero. Es a ti a quien amo. —me acarició la mejilla con una infinita ternura que hizo que mis ojos se cristalizaran.

—Edward —murmuré con voz temblorosa mientras las lágrimas anegaban mis mejillas.

—Shhh, no digas nada. Te amo, Isabella Swan y nunca voy a dejar de hacerlo —juró inclinándose para besarme.

El pitido de la máquina comenzó una carrera a toda prisa en el momento en que sus labios tocaron los míos. Mi corazón se detuvo por completo, para luego iniciar su marcha alocada. Sus labios aprensaron mi labio inferior, succionándolo por un par de segundos, luego hizo lo mismo con el superior. Mis brazos rodearon su cuello halándolo hacia mi cuerpo. Entrelacé mis dedos en los mechones de su cabello, quería más. Cada vez que sus labios tocaban los míos, era como si un potente químico entrara en mi sistema, siempre anhelaba más y más. Nunca podría saciarme de ellos. El beso se hacía más demandante conforme iban transcurriendo los segundos, el oxígeno nos hacía falta, pero aun así ninguno de los dos lo quería terminar.

Un carraspeó brusco nos interrumpió la bruma de placer en que nos encontrábamos. Gemí de frustración. ¿Quién osaba interrumpir este momento donde ansiaba más de mi esposo? Mataría a aquella persona.

Edward sonrió torcidamente sobre mis labios. Antes de separarse por completo me dio uno, dos, tres toques de labios. Se volvió hacia la puerta, dándome un poco de visibilidad a mí también. Mi boca cayó abierta por el asombro. Allí, con el cuerpo rígido y con expresión severa, se encontraba mi padre.

—Papá. —mi voz tenía un deje de incredulidad. No lo podía creer, dos de los cuatro hombres más importante de mi vida, a los que amo con locura, se encontraban en la misma habitación sin querer matarse.

—Edward, me gustaría hablar con mi hija. A solas —pidió Charlie sin relajar su postura.

—Por supuesto —accedió mi esposo levantándose de la camilla—. Vuelvo más tarde. Traeré a Tony —me informó volteando a verme con una sonrisa bailando en los labios.

Tony. Vería a mi niño. Asentí con energía. Edward se separó de mí, alejándose sin vacilar ni mostrarse tenso.

¿Me había perdido algo?

Trabé mi mirada en la de mi padre, aunque él la desvió al momento que Edward pasó a su lado, sujetando el brazo izquierdo de mi esposo.

Me tensé. Que no se peleen, por favor, rogué internamente. Mi padre le dijo algo al oído que no logré escuchar, pero ocasionó que Edward se tensara.

—Me encargaré —aseveró con tono frío antes de salir de la habitación.

¿De qué iba a encargarse? ¿Qué había surgido?

Charlie asintió antes de volver su mirada a la mía. Su cuerpo relajó un poco su postura. Comenzó acercarse vacilante. Retorcí mis dedos y respiré profundo, armándome de valor.

—Hola, papá —le saludé en un hilo de voz.

Se detuvo por un momento con los ojos cerrados, luego, cuando los abrió de nuevo, había lágrimas en ellos. Un sollozo estrangulado brotó de su garganta y sus brazos no dudaron en rodear mi mallugado cuerpo y apretarme contra su torso.

— ¡Oh, mi Bells! Mi niña —susurró contra mis cabellos.

—Papi. —solté en un sollozo. Él me apretó con un poco más de fuerza.

—Estaba tan asustado —murmuró con un lamento—. Nunca en mi vida había tenido tanto miedo.

—Lo siento, papi. —me disculpé sorbiendo por la nariz.

—Tienes mucho por qué disculparte, Isabella. Me provoca colocarte sobre mis rodillas y darte un par de azotes. —Su tono de voz era rudo, como cuando era una niña y él me reprendía, pero sus brazos y acaricias eran suaves, tiernas.

—Perdón —dije con sinceridad.

—Por favor, hija, ¡dime que lo has hecho sufrir! —imploró tensando su cuerpo.

Sonreí al recordar el momento.

—Sí, papi —le respondí con alegría, asintiendo muy entusiasmada.

—Esa es mi niña —alabó con orgullo. Me separé de él con una enorme sonrisa en los labios.

— ¿Qué ocurrió allí? —señalé con curiosidad. Sus mejillas se tiñeron de un suave rosa.

—Ya no hay más enemistad entre los Cullen y los Swan, a partir de ahora ya no habrá más guerra ni venganzas.

Lo miré con la boca abierta.

— ¿En serio? —pregunté sorprendida.

—Sí —confirmó asintiendo—. Te lo debo a ti. Tú y los niños fueron los más perjudicados de todo esto.

Mi corazón se detuvo y comenzó una marcha frenética.

—Te amo, papá —exclamé con un sollozo.

Él ya no sentiría rencor hacia mis hijos. No volvería a enfrentarse con mi esposo. Esa era la mejor noticia que he recibido en toda mi vida. Algo bueno salió de todo este calvario.

—También te amo, hija. Aunque no exista el hombre perfecto que yo quiero para ti, Edward se acerca bastante.

Solté unas risitas.

—Él es el hombre perfecto para mí. —lo contradije sonriendo.

—Señor, la visita ha terminado. La paciente debe descansar. —una fuerte voz nos interrumpió. Hice un puchero. Mi padre asintió mirándome con una sonrisa.

—Por supuesto —accedió volteando a verla—. Descansa, más tarde vendrá Ethan —dijo lo último acariciando mi mejilla. Se inclinó sin alejar su mano de mi piel y me besó en la frente.

—No te vayas —le pedí haciendo un mohín—. No quiero estar sola.

—Regresaré pronto. Pero ahora debo irme. —me tranquilizó alejándose de mi lado.

—Papi —imploré. No quería volver a dormir. No quería regresar a la oscuridad.

Dio media vuelta y abandonó la habitación sin dedicarme otra mirada. Me volví hacia la enfermera, la cual era una señora mayor y la fulminé con la mirada. Por su culpa mi padre se había ido dejándome sola, pero ella no pareció darse cuenta.

—Bien, niña, con esto descansarás —comentó acomodando una jeringa.

Mis ojos se abrieron como platos, le tenía pavor a las agujas. Y esa era una enorme aguja. Ella ignoró mi expresión de terror, ubicándose en el espacio vacío que había dejado mi padre al marchase, y se encargó de colocar el líquido de la jeringa en la vía.

—Descansa, cielo. —me arrulló acariciando mi cabello cuando los párpados comenzaron a cerrarse. Le iba a dar las gracias, pero no pude despegar mis labios. La oscuridad me envolvió muy rápido.

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Volví a despertarme un poco desorientada, se escuchaban murmullos a mí alrededor. Al principio las voces estaban un poco distorsionadas, pero a medida que la bruma se despejada comenzaron a tener sentido. Conocía perfectamente esos timbres de voz. Había crecido rodeada de ellos.

Abrí mis ojos muy lentamente, la luz irritaba un poco mis retina, vislumbré a Rose sentada en una silla de rueda a mi izquierda con una tímida sonrisa en los labios. Me volví suavemente siguiendo la voz de Alice, ella estaba en una cómoda silla muy cerca de mí. También me sonreía.

Mi ceño se frunció. ¿Qué hacía Rose en silla de rueda?

— ¿Estas bien? —fue lo primero que salió de mi boca.

—Sí, no te preocupes —me respondió encogiéndose de hombros.

— ¿Segura? —insistí. Ella asintió acariciándose el vientre.

—Dentro de tres días me harán la cesárea. Todo va de maravilla. Hace unas horas tuve una pequeña contracción, pero no pasó de allí. Los bebés nacerán el día previsto.

—Fue por mi culpa, ¿verdad? Que tuvieras esa contracción —me reproché.

—No, claro que no. —me tranquilizó con una sonrisa—. Fue algo totalmente ajeno a ti.

Alice se removió incómoda.

— ¿Cómo están mis sobrinos? —le pregunté apretando su mano, esa que acababa de entrelazar con la mía.

—Ellos están bien —me respondió devolviéndome el apretón. No dijeron nada más, pero las vi dedicarse una mirada, de esas que hacen cuando tienen un secreto.

—Desembuchen. —las apremié.

— ¿Qué? —exclamaron las dos al mismo tiempo.

—Hablen pues… Sé que me ocultan algo y me lo quieren decir, pero no saben cómo empezar —concluí cruzándome de brazos.

Rose respiró profundo, como armándose de valor.

—Resulta que Jacob Black es nuestro primo. —Alice lo dijo de sopetón.

Volteé a verla con los ojos casi saliéndose de mis orbitas.

— ¿Qué? ¿Q-Qué acabas de decir? —tartamudeé.

—Alice —la reprendió Rosalie—, quedamos en que yo se lo diría.

—Ah sí bueno, te facilité el trabajo. —Se excusó encogiéndose de hombros.

— ¿Jacob es nuestro primo? —pregunté alternando mi mirada de una a la otra. En ese momento recordé sus palabras: buscarte. Charlie también está aquí. ¿Qué pensabas, que nos quedaríamos de brazos cruzados, esperando recibir tu cuerpo sin vida y el de Elizabeth? Yo no permito que nadie dañe a mi familia. Mi familia se repitió en mi cabeza—. Mi primo.

Rose asintió acariciándose el vientre.

—Es hijo de nuestra tía Mariela —prosiguió—. Ella y Billy estuvieron casados desde mucho antes de que naciéramos.

— ¿Tía Mariela? —pregunté confundida. No sabía que tenía una tía. ¿Dónde estaba?

Ambas asintieron.

—Era hermana de papá —me aclaró Alice entrelazando de nuevo su mano con la mía y acariciando con su pulgar, mi dorso—. Falleció cuando éramos niñas. Por eso no la recordamos, aunque creo recordar a un niño que jugaba conmigo en el columpio cuando mamá salió dando alaridos de la casa y nunca más regresó. Pero pensé que solo era mi imaginación. Ahora veo que no y era Jake.

Alice asintió.

—Solo tengo vagos recuerdos, pero sí, sé que había alguien más con nosotras —secundó Alice sin mucha convicción.

— ¿Quién les contó esto? —interrogué acomodando un mechón de cabello con mi mano libre detrás de mi oreja. Necesitaba asimilar la noticia. Jacob Black, mi primo.

—La abuela —me respondió Rose—. Y no es todo.

— ¿Hay más? —pregunté pasándome las manos por el rostro.

—Rose, no —intervino Alice con voz severa. Volteé a verla sorprendida. Esa actitud no era propia de ella.

—Alice —la reprendió Rose.

—No se lo digas —aseveró levantándose de la silla—. No en ese estado.

Al escuchar sus palabras, mi respiración se agitó y mi corazón se aceleró.

— ¿Qué ocurre? —les pregunté alternando mi mirada entre las dos. Ellas tenían un duelo a muerte con sus miradas. Rose suspiró.

—Jake tiene hijos, tres para ser exacto.

—Oh. —fue lo único que dije. Alice volvió a sentarse en la silla con la espalda lo más recta que podía.

—Y… —vaciló—, su hija está enamorada de tu marido —continuó Rose mirándome de forma burlona.

Oh vaya, pensé con irritación. Tengo a una arrastrada tratando de quitarme a mi esposo mientras estoy convaleciente.

— ¿Es bonita? —pregunté con resentimiento.

—Sí, es muy hermosa —dijo Rose con sinceridad—. Se parece mucho a ti.

Apreté mis puños con rabia. Genial, simplemente genial.

—A Tony le gusto, de hecho están juntos en este momento en la cafetería con Edward comiendo algo. Elizabeth es todo lo contrario, no la tolera. Ella no puede acercarse a su habitación —comentó Alice soltando unas risitas.

— ¿Edward está con ella? —mi voz tembló un poco al realizar la pregunta.

—Sí, por supuesto, a él también le gusta. Y se lo ha dicho. Lo que la trae encantadísima.

Mi respiración se volvió superficial. A Edward también le gustaba esa chica.

— ¿Qué te ocurre, Bella? —preguntaron ambas a la vez preocupadas.

Me las arreglé para respirar con normalidad.

—Nada, estoy bien. —tragué el nudo que se había formado en mi garganta. Les sonreí.

—Es una niña muy adorable, sé que a ti también te gustará —dijo Rose acariciándose de nuevo en vientre—. Quiero que mi niña sea como ella.

La rabia fue reemplazada con la confusión.

— ¿Niña? —pregunté en un hilo de voz.

Asintió sonriendo.

—Tiene cuatro años, es muy hermosa —me respondieron.

Es una bebe, pensé sonriendo. Acabo de llamar arrastrada a una bebita.

— ¿Por qué sonríes? —me preguntó Alice confundida.

Sí, se había dado cuenta de mi expresión asesina y ahora solo sonreía.

—Por nada. —La tranquilicé.

En ese momento se escucharon unos tímidos golpecitos en la puerta.

—Adelante —exclamaron Rose y Alice al mismo tiempo.

La puerta se abrió con suavidad y por ella emergió el rostro sonriente de mi cuñado.

—Hola, Bella —me saludó muy emocionado.

—Hola, oso Emm. —Le correspondí sonriendo.

—Uff… te ves fatal —exclamó de forma dramática.

— ¡Emmett! —Lo reprendió Rose cruzándose de brazos.

— ¿Qué? Es la verdad. —Soltó una carcajada.

—No le prestes atención, Bella, estás hermosa. —Me animó Rose acariciando mi pierna. Le sonreí.

—Nahhh, mentira. De verdad, Bella, necesitas una ducha y una pequeña, por no decir, grande, arregladita. —Sonrió mostrando todos sus perfectos y blancos dientes.

Lo fulminé con la mirada.

—Rose. —Me dirigí a mi hermana sin apartar la mirada de Emmett—. ¿Te enojarías muchísimo conmigo si acabo con tu marido?

Ella pareció pensárselo muy bien porque tardó en responder. Solo podía escuchar las risitas que trataba de disimular Alice.

—Humm… —Alice carraspeó, luego respiró profundo—. No sé, Rose, pero yo no tengo ningún problema, pero quizás tu marido y el mío, sí.

Rose volteó a ver a Emmett, quien le sonrió con una sonrisa marca Colgate. Luego me miró.

—En este momento, no —me respondió con una sonrisa. Ocasionando que Emmett abriera los ojos como platos—. Pero quizás mañana por la mañana, sí.

—Bien. —Acepté bufando.

—Rose, recuerda que debes descansar. —Emmett habló colocando sus manos en los hombros de mi hermana, la cual puso sus ojos en blanco y resopló disgustada—. Es por los bebés —le recordó besándole el tope de su cabeza—. Además, no quiero morir sin haber visto a mis hijos nacer. —Volvió a besarle los cabellos. Me miró y me guiñó el ojo—. En serio, Bella. Te ves hermosa. —Su voz sonó suave como una caricia, nada propio de él—. Vamos —le indicó a mi hermana tomando el control de la silla de ruedas.

Rose me dio un apretón en la pierna.

—Regresaré en cuanto pueda —prometió antes de que mi enorme cuñado la sacara de mi habitación.

Me volví hacia Alice. Ella me sonreía, le correspondí.

—Así que… —Comencé—. ¿No hay más enemistad? —le pregunté para confirmar lo que mi padre me había dicho.

Asintió enérgicamente.

—Algo me ha contado Jasper. Humm… yo no estaba allí. —Su ceño se frunció—. Estaba con Elizabeth. —Sonrió forzadamente. La miré extrañada—. Va a ver una reunión dentro de unos días y todos los clanes serán informados de la repentina alianza. Escuché a Jasper hablar con Emmett de eso, le decía que tú estarías allí o mejor dicho debías estar allí, como esposa del jefe del clan Cullen. Por eso esperarán que estés más recuperada.

—Bien. —Acepté exhalando el aire que había estado conteniendo—. ¿Has visto a los bebés?

Sus ojos brillaron.

—Sí, son hermosos. Hiciste un buen trabajo. —Se mordió el labio inferior y suspiró profundo—. Tenía mucho miedo por ti y por los niños, pero sobre todo por Elizabeth. Tenía miedo de… —Guardó silencio apretando los labios.

No había necesidad de decir las palabras. Yo ya lo sabía. Apreté su mano que conservaba entrelazada con la mía.

—Nunca permitiría que dañaran a mi hija de esa manera. —Jugueteé con sus dedos, tragando el nudo que se había formado en mi garganta. Soltó la respiración que contenía.

—Lo sé. —Se acarició el vientre—. Pero aun así, temía, al igual que Rose, que él fuera a forzarla.

Me estremecí al escuchar sus palabras. Si supieras Alice, fue ese maldito desgraciado quien abusó de nuestra hermana, cavilé.

—Lo siento, no debía decirte nada que te alterara. —Se disculpó apretando mi mano.

Negué con la cabeza. Nos quedamos en silencio, sumidas en nuestros pensamientos por un buen rato.

—Humm... —murmuró Alice removiéndose incómoda. Fruncí el ceño mirándola fijamente. Respiró profundo.

—Mamá estuvo aquí —dijo de forma apresurada.

¿Qué? ¿Mi madre? Luego de todo este tiempo, ¿está aquí? ¿Afuera? ¿Espera pasar a verme? ¿Estará preocupada? ¿Ya conocería a mis hijos? ¿Estará feliz y orgullosa de mí?

—Mamá —susurré anonadada—. ¿Está afuera?

Alice negó con la cabeza, apretando los puños.

—No, no está afuera. Te diré algo que quizás no te guste, pero no puedo ocultártelo, porque... sé que luego de esto querrás ponerla en su lugar...

— ¿Que ocurrió, Alice? —le pregunté asustándome un poco.

—MamáledijocosashorriblesaElizabeth... —me respondió tan rápido que solo entendí Mamá.

— ¡Alice, no entiendo! —me quejé bufando de frustración.

—Mamá dijo cosas horribles de los niños enfrente de Elizabeth. Cosas que la hicieron llorar.

— ¡¿Qué mi madre hizo qué?! —grité. Mi corazón comenzó a latir con violencia dentro de mi pecho. ¿Ella había hecho llorar a mi bebé? Joder, a mi bebé. A mi nenita.

—No te alteres, eso te hace daño. —Me apremió Alice colocando sus manos sobre mis hombros. Me los sacudió con suavidad. Necesitaba ver a mi bebé. Saqué las piernas de la camilla.

— ¿A dónde vas? Estás de reposo, Bella, no puedes moverte. —Trató de impedir que me levantara, pero gracias a Dios su enorme vientre no le permitía hacer mucho.

—A ver a mi bebé —aseveré de forma brusca, poniéndome de pie. Pero al hacerlo una fuerte punzada me atacó en el bajo vientre haciéndome jadear de dolor e inclinarme hacia adelante. Las lágrimas brotaron de mis ojos sin que pudiera evitarlos, el dolor era tan intenso.

— ¡Bella! —La voz ansiosa de Edward caló hasta mis oídos. Sus brazos no tardaron en rodear mi cintura.

Un fuerte quejido salió de mi garganta.

— ¿A dónde vas, amor? No puedes moverte aún, te harás daño. —Habló con suavidad en mi oído acariciándome los cabellos.

Enterré mi rostro en la base de su cuello.

—Quiero a Elizabeth. —Le pedí con voz llorosa—. Edward, necesito a nuestra bebé junto a mí. —Sollocé apretando mis manos en sus brazos.

—Shhh… la traeré. Haré lo imposible para que la trasladen aquí —me prometió.

Asentí tratando de controlar mi llanto.

—Mis bebés, Edward, quiero a mis bebés. A todos. Los quiero a los cuatro junto a mí. Por favor… —Mi voz tembló al final. Edward me subió a la camilla con mucho cuidado. Pero aun así sentí una ligera punzada de dolor. Apreté mis dientes.

—Lo siento. —Se disculpó Alice con un deje de ansiedad en la voz—. No debí haberte dicho nada.

Limpié mis lágrimas con el dorso de mi mano derecha negando con la cabeza.

—Gracias por habérmelo dicho, de todas formas Lizzy me lo hubiera contado. —La tranquilicé con una sonrisa, la cual ella correspondió. Podía sentir la taladrante mirada de Edward sobre mí.

—Bella… —Unos toquecitos en la puerta interrumpieron lo que Edward me iba a decir.

La cabellera rubia de Jasper emergió primero que sus ojos verdes.

—Hola, Bella —me saludó con una sonrisa.

—Hola, Jasper. —Mi voz salió un poquito ronca.

—Discúlpame que te robe a Alice, pero la hermosa señorita no quiere comer si su mami no se la da. —Sonrió disculpándose.

Escuché el bufido de Alice.

—Nos vemos más tarde, Bella. —Se despidió mi hermana con un beso en la mejilla—. Si te hace sentir mejor, la puse en su lugar. —Me habló al oído—. Nadie le habla así a mi niña. —Le sonreí.

—Gracias. —Le agradecí sin articular palabra.

—La consientes demasiado, Jasper. —Lo aguijoneó Edward con burla.

—Mira quien lo dice… —Comenzó mi cuñado de forma despreocupada—. Si Elizabeth te dice rana, tú saltas tan alto como puedas; y no dudo que Eileen tenga el mismo poder sobre ti, hermanito —dijo la última palabra con burla.

Alice soltó una carcajada y empujó a Jasper. Solté una pequeña risita.

—Oh, antes de que se me olvide —exclamó Alice en el umbral de la puerta—. Allí hay una maleta con tus cosas. —Señaló a un rincón de la habitación. Miré hacia donde había indicado. Efectivamente, la maleta que había preparado para cuando llegara el gran día estaba al lado de mi esposo.

Edward me acarició la mejilla con ternura.

— ¿Qué sucedió? —preguntó con cautela buscando mi mirada, la cual trabé en sus bellas orbes.

—Si te pido algo, ¿me lo concederías?

—Por supuesto —respondió rápidamente sin vacilar.

—Quiero a mis hijos junto a mí, a los cuatro, en este mismo instante. Y quiero… quiero…que te encargues que mi madre nunca más vuelva acercarse a ellos —le supliqué con voz llorosa.

Su expresión se endureció.

—Tu madre no volverá acercarse a ninguno de los niños, ni a ti —gruñó apretando sus puños.

Mi corazón se aceleró.

— ¿Tan malo fue? —pregunté en un hilo de voz.

Sacudió la cabeza, relejando su postura.

—No te preocupes por eso —dijo acariciando mis brazos y besando mi cabello.

— ¿Traerás a los niños? —indagué enterrando mi rostro en su pecho e inhalando su delicioso aroma.

Soltó unas risitas.

—No tienes que pedirlo dos veces. —Volvió a besar mis cabellos—. Ethan está ansioso por verte, al igual que Elizabeth. Los bebés también te extrañan.

Se escucharon unos toquecitos en la puerta segundos antes de que fuera abierta. Una joven enfermera asomó su cabeza por la abertura.

—Me alegro que esté despierta —anunció abriendo la puerta de par en par y entró empujando unas cunitas—. Están ansiosos por estar junto a usted.

Mis bebés estaban aquí, en la misma habitación que yo. Miré a Edward con mis ojos brillante por las lágrimas. Él se inclinó y dejó un pequeño beso en mis labios.

—Este pequeño caballero es el que más llora, y es muy glotón —exclamó tomando en brazos a mi pequeño hombrecito. Se acercó con una sonrisa y con cuidado dejó en mis brazos a mi pequeño bebé.

Clavé mi vista en el bebé en mis brazos y mis ojos se llenaron de lágrimas, él era perfecto, su piel clara, con un tono sonrojado, unas pestañas grandes y espesas, su pequeña naricita llena de pecas, su cabecita cubierta con un gorro de lana deja a la vista un par de mechones de color caramelo, un tono más claro que el mío. En el momento que le acaricié la mejilla con la yema de mis dedos, abrió sus ojos. Sus hermosos ojos, de un chocolate claro, que sin duda llegarán a ser de mi color. Escuché el jadeo de Edward muy cerca de nosotros.

—Oh por Dios, Bella, él tendrá tus ojos. —Su aliento chocó contra mi mejilla. En su tono pude entrever su alegría—. Serán iguales a los tuyos. —Repitió soltando una carcajada. Volteé a verlo con una sonrisa, pero no pude evitar soltar una pequeña carcajada al verlo hacer el baile de la victoria. Sip, él había deseado que uno de los niños sacara mi color de ojos.

El quejido de protesta de mi pequeño bebé interrumpió las payasadas que hacía su padre.

— ¿Tienes hambre, amor? —murmuré besando su mejilla. Él buscaba frenético con su boquita abierta.

— ¿Recuerdas cómo hacerlo? —me preguntó Edward en un susurro mirando fijamente al bebé.

—Sí —afirmé acomodando al bebé, para luego sacar mi pecho de la bata del hospital. Eider no dudó en tomar mi pezón en su boca y succionar con fuerza. Hice una pequeña mueca, pero la molestia que sentía no iba a impedir que le diera de mamar a mi bebé.

—Lo haces muy bien, cielo —me alentó la enfermera con una sonrisa y sosteniendo a Eileen en sus brazos. Iba a dejarla en los brazos de Edward, pero la detuve.

—No, por favor, déjeme alimentarla también —le pedí tendiendo mi otro brazo.

Me sonrió negando con la cabeza.

—Aun no estás en condiciones de hacerlo, cielo. —Me contradijo—. Dentro de unos días, quizás, pero no hoy.

Colocó a mi bebita en los brazos de su padre y él quedó embobado mirándola fijamente.

—Es preciosa —susurró en un hilo de voz. Alzó su mano temblorosa y con mucha suavidad comenzó a acariciarla y decirles palabras cariñosas.

La enfermera se despidió en voz baja antes de abandonar la habitación. Mi pequeño bebé mamaba de mi pecho con mucha fuerza. Yo ansiaba sentir a mi bebita en mi otro pecho, el cual se apoyó dándome a entender que mi princesa ya tenía hambre.

—Edward —lo llamé deteniendo su caminar. Todo el momento había estado caminando por toda la habitación hablándole de forma dulce, y creí escuchar por un segundo el tarareo de una nana.

Sus ojos estaban cristalinos cuando me miraron.

—Tiene hambre, amor —le informé viendo como mi muñequita comenzaba a removerse y a lloriquear.

Acomodé a mi bebito de una manera que le diera espacio a su hermana.

—Bella, la enfermera dijo que no podías —replicó frunciendo el ceño.

— ¿Y? —dije encogiéndome de hombros—. Es mi bebé, Edward, y pienso darle de comer. —Le tendí el brazo—. Dámela.

—Bella —dijo en tono de reproche negando con la cabeza.

Puse los ojos como el gato con bota de Shrek e hice un mohín con los labios.

—Por favor, Edward —supliqué.

Él pasó repetidas veces su mano izquierda por su cabello.

—Por favor. —Repetí con lágrimas en los ojos. Edward suspiró frustrado, pero se acercó a la camilla y con mucho cuidado colocó a mi nenita en mi brazo libre.

Antes de alejarse me dio un pequeño beso en los labios.

—Nunca puedo negarte nada —se quejó, aunque podía intuir que sonreía. Mis ojos no se apartaban de mi hija, ella era simplemente hermosa. Su tez era tan blanca como la mía, sus mejillas regordetas cubiertas por un ligero rosa pálido. Sus labios finos, en forma de corazón, se distorsionaban en una mueca muy graciosa. Sus pequeños rizos de un tono más claro que los de su padre se arremolinaban remarcando su carita de querubín. Sus ojos, de un verde esmeralda suave, era lo que más llamaba la atención de ella.

— ¿Me ayudas? —susurré sin apartar los ojos de mi princesa.

Se acercó a nosotros de nuevo, colocó la palma de su mano sosteniendo la cabecita de nuestra bebé y con suavidad dejó al descubierto mi otro pecho. Hicimos dos intentos, al tercero mi nenita tomó mi pezón en su boquita y comenzó a succionar con suavidad. Ella era todo lo contrario que su hermano, Eider era un poco tosco al mamar, mientras que Eileen lo hacía suave y delicada. Parecían el día y la noche, al contario que Elizabeth y Ethan. Eileen era como su hermano mayor, pacífica, tranquila. En cambio Eider era como su hermana, hambrientos a todas horas y toscos al comer.

Miré a Edward y él nos observaba con los ojos brillantes. Me besó en los labios.

—Gracias por este hermoso regalo —susurró con alegría.

—Tú lo hiciste posible —comenté besando a mi nenita. Rodeó mis hombros con su brazo con delicadeza, acercándose hacia nosotros sin llegar a moverme.

—Me alegra enormemente que Eider vaya a tener el color de tus ojos. —Me besó el cabello. Ambos nos quedamos mirando fijamente a los bebés, de forma distraída la mano de Edward acariciaba mi brazo izquierdo.

Me sentí un poquito mareada al pasar los minutos, pero si le decía a mi marido, armaría tremendo alboroto, por lo que me limité a recostarme en su pecho.

Unos tímidos golpecitos interrumpieron el silencio en la habitación.

—Adelante —dijo Edward sin levantar la voz.

—Espero no estar interrumpiendo nada —murmuró mi suegro entrando a la habitación con paso vacilante. Me mordí el labio inferior. Me dio un poquito de vergüenza ya que mis pechos estaban al descubierto. Edward se dio cuenta de mi incomodidad, así que tomó a nuestra hija en sus brazos con mucho cuidado, logrando que soltara unos pequeños quejidos, la acomodó sobre su hombro y comenzó a darle pequeñas palmaditas en su espalda.

Me cubrí los pechos e hice lo mismo con Eider. Don Carlisle nos observaba sonriente.

—Espero que estés bien, Bella, y que no haya pasado nada grave —dijo mirándome fijamente. Se acercó a la camilla y me acarició la pierna con suavidad.

Negué con la cabeza.

—Todo está bien. —Lo tranquilicé mordiéndome el labio inferior.

Por favor, Edward, no digas nada, rogué internamente. No se lo he dicho ni a mis hermanas.

El balanceo de Edward se interrumpió por unos segundos, pero reanudó su marcha.

—Me alegro —exclamó acercándose a Edward—. Es muy hermosa —declaró acariciando la mejilla de mi bebita.

—Sí, se parece a su madre —secundó Edward mirándome sonriente.

Mis mejillas se colorearon.

— ¿Cómo está mamá? —le preguntó mi marido visiblemente preocupado.

—Ella está bien, ansiosa por conocer a los bebés —le respondió haciéndole mimos a la niña. Me alegré, gracias a Dios a mi suegra no le ocurrió nada grave.

— ¿Quieres cargarla, papá? —le preguntó Edward con una sonrisa.

Don Carlisle vaciló por unos segundos.

—Por supuesto —accedió expectante.

Con manos torpes Edward colocó en brazos de su padre a su pequeña hija. Mi princesa soltó una pequeña protesta.

—Ya te adora —comentó mi suegro besando la pequeña mejilla de su nieta—. Hola, hermosa, soy tu abuelo, Carlisle. Te quiero, te adoro tanto. —Le habló con ternura meciéndola de un lado a otro muy lentamente.

Edward se me acercó sonriente, besándome en los labios, tomó a nuestro pequeño campeón en sus brazos.

— ¿De verdad tu mamá está bien? —le pregunté acomodándole la ropita al bebe.

Sonriendo me acarició el cabello.

—Sí, está bien, ya oíste a mi padre. —Me tranquilizó. En ese momento tocaron la puerta. Sin darle tiempo a nadie, esta se abrió y entró una enfermera, la cual miró extrañada a mi esposo y a mi suegro.

—Lo siento, pero no se permite más de una visita con la paciente. Uno de ustedes debe esperar afuera —indicó de forma cortante acercándose a las máquinas que me rodeaban. La fulminé con la mirada, cosa que a ella no le importó.

—Bien, debo irme yo —dijo Don Carlisle con pesar. Le dio besos a su nieta para luego acercarse a mí. La colocó en mis brazos con un poco de torpeza—. Vendré luego —prometió besándome la sien, dejándome completamente sorprendida. Se acercó a Edward—. Adiós, campeón. Luego te alzo —le dijo a mi hijo con ternura.

La enfermera esperaba con impaciencia en el umbral de la puerta. Mi suegro suspiró de forma dramática.

—Papá. —Edward lo detuvo.

La enfermera bufó.

— ¿Podrías arreglar que trasladen a Elizabeth a esta misma habitación?

— ¡Eso no es posible, señor! —refutó la enfermera de forma cortante. Apreté mis dientes.

Don Carlisle ni la miró.

—Por supuesto, hijo. Dame diez minutos y la tendrás acá. —Dio media vuelta y salió.

Edward me miró y yo miré a los bebés.

—Es hora de acostarlos —comentó Edward acomodando a Eider en su cuna—. Tú debes descansar.

Hice un mohín.

—No. —Negó con la cabeza—. Elizabeth vendrá pronto, deberás estar descansada. No ha visto a los bebés desde el claro. Estoy seguro que no parará de hablar. —Tomó a Eileen en sus brazos, la besó en la mejilla y se encaminó a dejarla en su cunita.

Me guiñó un ojo.

—Tú a descansar —ordenó sonriendo.

Negué con la cabeza.

—Debo ordenar eso —le indiqué señalando mi maleta. Su expresión se endureció.

—Tú no lo puedes hacer. —Me contradijo—. Lo haré yo, tu solo descansa, por favor.

Uff… lo que me espera. No podría moverme para nada. Mi hombre no me dejaría. Sonreí por lo posesivo que se escuchaba eso. Mi hombre.

— ¿Por qué sonríes? —indagó sacando las cosas de la maleta y acomodándolas en la mesita de noche.

—Porque eres mío —le respondí como si nada.

Me sorprendió la enorme carcajada que soltó. Me besó en los labios y negó con la cabeza.

— ¿Qué? —Ahora estaba confundida.

—Nada. —Soltó unas risitas.

—Dime, Edward —insistí cruzándome de brazos.

Negó con la cabeza.

—Ahora entiendo por qué Elizabeth es tan posesiva —dijo soltando unas risitas de nuevo—. Se puso muy celosa cuando me vio entrar con Camy.

— ¿Camy? —Fruncí el ceño. ¿Quién era Camy?

—Te vas a sorprender. Camy, mejor dicho Camryn. —Se corrigió—. Es la hija de cuatro años de Black.

—Ah.

Me miró fijamente.

—Tus hermanas te lo contaron, ¿cierto? —Se pasó la mano izquierda por los cabellos.

Bufé.

—Sí, me lo contaron. Me gustaría conocer a la niña que quiere quitarme a mi marido —comenté mirándome las uñas. Sus labios sobre los míos me sorprendieron. Apresó mi labio inferior entre los suyos y lo succionó unos segundos.

—Solo tuyo —susurró sobre mis labios antes de besarme e introducir su lengua en mi boca. Se retiró muy pronto para mi gusto—. Descansa —insistió besando mi frente.

Suspiré.

—Bien, pero antes debo ir al baño —le informé sacando mis piernas de la camilla con mucho cuidado. Dejó las cosas que tenía en la mano en la silla a mi lado.

— ¿A dónde vas? —Me atajó con suavidad—. Yo te llevo.

Me tomó en brazos y se encaminó al cuarto de baño. Yo podía caminar, o eso pensaba, pasos cortos, quizás, pero lo podría hacer. Aun así no pude hacer que desistiera de llevarme en sus brazos. Me dejó sobre mis pies y se acomodó muy cerca de la puerta.

—Oh no. —Me quejé negando con la cabeza—. Te quiero fuera, Edward.

Me hizo un puchero.

—No pienso hacer mis necesidades si tú sigues allí —reiteré cruzándome de brazos.

Me sonrió torcidamente antes de dar media vuelta y dejarme sola. Suspiré acercándome al escusado. Al sentarme en él y hacer pis, me di cuenta que debo cambiarme. Sentí cómo se calentaron mis mejillas al percatarme de donde había quedado mi bolso con las cosas de aseo.

Me quité la toalla sucia y la dejé en la papelera. Suspiré profundo llenándome de valor.

—Edward —murmuré retorciendo mis dedos. No había terminado de hablar cuando ya asomaba su cabeza por la abertura en la puerta—. ¿Podrías, por favor, acercarme mi bolso? —En ese momento recordé que él acababa de acomodar las toallas sanitarias en la mesita de noche.

Mis mejillas adquirieron un tono carmín.

— ¿Puedes traerme por favor las toallas sanitarias? Están en la mesita de noche. —Me extrañó que mi voz no temblara.

Me sonrió con mi sonrisa torcida favorita y asintió. No había llegado a contar hasta diez cuando ya estaba de regreso con el paquete de toallas más unas bragas.

Se acuclilló frente a mí.

—Estamos juntos en esto —comentó acariciando mi mejilla—. No debes avergonzarte por eso.

Asentí antes de recargar mi mejilla en la palma de su mano y perderme en las profundidades de sus bellas pupilas.

—Mami. —La voz de nuestro hijo nos sacó de nuestra burbuja privada. Ambos nos volvimos hacia él. Mi niño se encontraba en el umbral de la puerta mirándome fijamente mientras retorcía sus dedos. Mi niño. Mi pequeño. Estaba aquí, al fin podría verlo, besarlo, abrazarlo. Decirle lo mucho que lo amo—. ¿Estás bien, mami? —me preguntó con un poco de ansiedad en la voz.

Asentí con una sonrisa. Edward se puso de pie.

—Mamá está bien, campeón. No te preocupes. —Se acercó a nuestro hijo—. Salgamos para que ella tenga un poco de privacidad.

Mi hijo me observó fijamente antes de asentir y salir.

Luego que los hombres más importantes de mi vida salieran del cuarto de baño dejándome sola, me lavé mis partes íntimas y coloqué una toalla limpia en mis bragas. A pasos cortos me acerqué al lavamanos y me miré en el espejo.

Uff… estaba echa un asco. Emmett no mentía. Tomé mi cepillo de dientes y la pasta dental que Edward recién había guardado allí y me lavé. Tomé un peine y una liga, comencé a desenredar mi maraña de cabello, al terminar me hice una cola de caballo. No parecía una miss, pero estaba presentable.

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Había pasado un mes desde que salimos del hospital, el mismo tiempo que duré internada lo duraron mis hijos. Fue alrededor de diez días aproximadamente. Efectivamente, Elizabeth había tardado diez minutos en ser trasladada a mi habitación y, como había dicho Edward, nada fue impedimento para que le hiciera mimos a sus hermanos, y Edward tuvo que arreglárselas para que ella los alzara en brazos sin llegar a lastimarlos con la férula. Y como también había dicho, no logré descansar mucho, pero en ningún momento me quejé.

Mientras estuvimos ingresadas en el hospital, el día 23 de junio a las once de la mañana nacieron mis hermosos sobrinos: Ediasmel Anthony y la princesa Eliangel Marie, dos hermosos rubios, dos minutos después, nació el caballerito Enderson Anthony, un precioso pelinegro. Rose y Emmett no cabían de la felicidad que los embargaba.

Cuando nos dieron de alta nos llevamos sorpresa, no sé cómo se las había arreglado Edward, porque en ningún momento nos dejó solos, pero fuimos recibidas por una enorme y hermosa mansión, la cual era el sueño de cualquier pareja. Los niños se emocionaron muchísimo, y más al ver que sus mascotas, que estaban perfectamente, los esperaban expectantes en la nueva casa.

Los primeros días con los bebés fueron una odisea, y el más perjudicado fui mi Edward, era el quien se levantaba por las noches a cambiarle los pañales, el pijama y luego los llevaba a la cama para que pudiera darle de mamar. Pero poco a poco íbamos creando una rutina.

Hace casi una semana llegaron al mundo el par de personitas que faltaban: Jayden y Jarred Anthony nacieron el 14 de agosto a diez para las cinco de la mañana, unos bebes hermosos tan rubios como el padre, con un buen par de pulmones, los que hicieron llorar a Jasper de felicidad y de miedo.

Me removí en la cama buscando el calor del cuerpo de Edward, pero para mi mala suerte, me encontraba completamente sola, su lado de cama aun conservaba su delicioso olor y estaba tibio, eso quería decir que no hacía mucho que había salido.

Suspiré, aun no me acostumbro a la nueva casa. Como la anterior había quedado un poco destruida, Edward compró otra enorme mansión, muy cerca de la mansión Cullen.

Por el monitor de bebé que siempre tengo junto a mi cama, en la mesita de noche, escuché el suave llanto de mi bebé. Me estiré un poco bajo las sábanas, sentí una ligera punzada en mi bajo vientre, pero la ignoré.

—Ya voy, amor —hablé como si mi hijo pudiera escucharme.

Me senté en el borde de la cama. Tomé una liga del cajón, me hice una coleta desordenada y me levanté en busca de mi hijo. Lo encontré en su hermosa cuna con una mueca de enfado. Estaba a punto de soltar un alarido.

— ¿Qué ocurre, Eider? ¿Tienes el pañal mojado? —Le hice cosquillas en su barriguita. Busqué las toallitas, un pañal y una muda de ropa limpia y lo cambié—. Humm… —Me mordí el labio inferior mirando hacia la puerta—. Papá se enojará, pero estamos solos. Y de verdad tengo hambre. —Con mucho cuidado lo tomé en mis brazos y me dirigí hacia las escaleras con un único objetivo: llegar a la cocina y prepararme un rico desayuno.

Al bajar saludé a uno de los chicos encargado de nuestra protección que iba saliendo por el lateral de la casa.

—Buenos días, Payton.

—Buenos días, señora Cullen. —Inclinó la cabeza y desapareció por el jardín.

— ¿Dónde estarán tus hermanos y tu papá, cielo? —le pregunté a mi bebé, quien chupaba sus manitas con ansias—. Ya te daré de comer. —Le hice algunos mimos.

Entrando a la cocina casi choqué con Edward, que iba saliendo y traía en brazos a nuestra bebita. Su cara de sorpresa fue reemplazada por una de reproche, pero no pudo decir nada, la voz de nuestra hija lo interrumpió:

— ¿Él te hizo daño Tony?

El cuerpo de Edward se tensó al igual que él mío. Pensé que mi hijo no le iba a responder, de verdad lo pensé, ya que reinó el silencio por unos segundos.

—No, solo fue un golpe, y no fue él, sino el otro tipo —le respondió Tony con voz tensa.

No sé qué le había preguntado mi gatita porque su voz apenas y fue un murmullo ininteligible.

—No, no tenía miedo por mí, solo por papá. —Fue la respuesta de mi hijo—. Él te hizo daño a ti, ¿verdad? —Ahora fue el turno de mi hijo de preguntar.

—Solo en el brazo, mamá no permitió que me hiciera más nada —le respondió mi gatita—. A ella le hizo daño por mi culpa.

Un nudo se instaló en mi garganta. La caricia de Edward en mi brazo me sobresaltó un poco. Me sonrió antes de rodearme con sus brazos y besó mi desordenado cabello.

—No fue tu culpa —le rebatió Tony.

—Claro que sí, él me dijo que lo hiciera y yo me negué, así que lo hizo él. Él dañó a mamá por mi culpa. —Su voz se escuchaba llorosa.

Me tragué un sollozo y negué con la cabeza.

—No fue su culpa, Edward. No lo fue —murmuré sobre su camisa.

—Lo sé, amor, lo sé —susurró en mi oído antes de besar mi mejilla.

— ¿Tenías miedo? —le preguntó su hermano.

—Sí, estaba aterrada, él le había disparado a la abuela y a Jordán. Mató al otro tipo delante de nosotras. Y él… —Mi hija se calló abruptamente.

La respiración de Edward se agitó y estuvo más pendiente de la conversación.

— ¿Él qué? —insistió mi hijo.

—Él… él fue quien ataco a tía Rose. —Su voz apenas y fue un murmullo.

Edward volvió a tensarse. Tony no habló, pero algo debía haber hecho porque mi gatita continuó explicando.

— ¿Te recuerdas de la conversación de mamá?

—Sí —le respondió mi hijo.

— ¿De lo que Víctor quiso hacerme?

—Sí. —Ahora su voz fue un gruñido.

—Él fue quien se lo hizo a tía Rose —le explicó mi hija—. Junto con los otros tipos.

— ¿Es el papá de Emer? —La voz de Tony tenía un deje de histeria.

—No. —Se apresuró a corregir mi gatita—. No sabemos quién puede ser, pero él no es. Él…es primo de papá.

Las bellas orbes de Edward casi se salen de sus cuencas. Humm…me había reservado esa parte.

— ¿Cómo? —preguntó Tony alzando la voz.

—Él nos lo dijo y nos mostró la marca, dijo que su papá era hermano del abuelo Carlisle, no recuerdo su nombre.

—El tío Albert —susurró Edward.

Asentí apoyando mi mano en su pecho.

—Pero no le digas a Emer ni a la tía Rose —le dijo mi gatita con fiereza—. Nadie debe saberlo. Promételo.

—Bien —murmuró mi hijo con resignación. Por un par de minutos no se escuchó nada más, por lo que suspiré de alivio. Me decidí a entrar, pero ahora la voz de mi hijo me lo impidió:

—Me he dado de cuenta que ahora no tienes pesadillas, eso me alegra mucho.

Escuché la risa de mi hija.

—Él ya no me molesta más en sueños —le comentó mi hija seriamente.

— ¿En serio? —le preguntó confuso Tony.

—Sí, mamá siempre está allí y él le tiene miedo, mucho miedo. —Le aclaró su hermana como si nada.

—Edward. —La voz de Garrett me sobresaltó—. Oh, Bella, discúlpame. —Me sonrió tímidamente.

—Dime, Garrett —dijo Edward un poco tenso acariciando mi brazo izquierdo.

—Tu suegro está aquí junto con Black. Tu papá, tus hermanos y también los demás líderes, menos los Vulturi.

Los miré extrañada.

— ¿Aquí? ¿En mi casa? —preguntó Edward muy tenso.

—Sí, están afuera esperando que autorices su entrada.

— ¿Mi papá está aquí? —cavilé mirando a mi esposo. Él me devolvió la mirada y suspiró.

—No se puede retrasar más, Edward. Ha pasado un mes. Isabella debe asistir, por eso decidieron que la reunión debe hacerse aquí —le informó Garrett cambiando el peso de una pierna a otra.

—Bien, déjalos entrar y llévalos al jardín, que todos preparen las sillas y bebidas. Mi mujer y yo nos cambiaremos antes de asistir.

Garrett asintió antes de dar media vuelta y salir de forma apresurada.

—Edward. —Lo llamé intrigada.

— ¿Recuerdas la reunión de la que te hable? —me preguntó recostando su frente en la mía. Asentí—. Pues… tendrá lugar en este momento, en esta casa. —Suspiró—. Ya no puedo retrasarla más. Tú y los niños deben estar presentes, pero si se pone algo caliente, quiero que entres a la casa y te encierres en nuestra habitación hasta que yo vaya a buscarlos.

Asentí nuevamente.

— ¿Mis hermanas estarán? —le pregunté enterrando mi rostro en su pecho e inhalando su delicioso y embriagador aroma.

—No —respondió—. Estas reuniones tienden a ser un poco peligrosas y no están obligadas asistir. Me gustaría que tú y los niños tampoco asistieran, pero eres mi esposa y soy el jefe. Sería considerado una falta de respeto que no asistiera, algunos pueden agarrarse de allí para formar una guerra.

Me estremecí, pero me armé de valor.

—Bien. —Acepté resignadamente.

— ¡Ethan y Elizabeth! —Edward alzó un poco la voz. Se escuchó las sillas moverse, segundos antes de ver aparecer a nuestros hijos aún en pijamas por la puerta del comedor.

— ¿Sí, papá? —contestaron los dos al mismo tiempo llegando hasta nosotros.

—Suban a cambiarse. Los espero en diez minutos en el recibidor —les ordenó.

Ambos asintieron y se dirigieron escaleras arriba.

—Nosotros también debemos hacerlo. —Colocando la palma de su mano izquierda en mi espalda baja, me instó a caminar.

Íbamos subiendo las escaleras cuando escuché el sonido de muchas llantas frenar en la entrada y en los laterales. Suspiré, era la primera vez que asistiría a una reunión con los líderes de los otros clanes. Eso me ponía muy, pero muy nerviosa.

Edward se detuvo, desconcertándome un poco.

—Jackson —llamó al chico ubicado en la puerta del jardín.

— ¿Sí, señor? —Dile a Rosa que suba al cuarto de los bebés —le pidió con voz tensa. El chico asintió encaminándose a la cocina. Lo miré interrogándolo con la mirada—. Asistirán Tony, Lizzy, y tú, los bebés se quedaran dentro —me respondió indicándome que siguiera subiendo las escaleras.

Dejamos a los bebés en sus habitaciones. Me mordí el labio inferior, aún no le he dado de comer a mi bebé, estaba tranquilo por el momento, pero sabía que dentro de unos minutos armará todo un escándalo.

—Edward… —lo llamé suavemente.

—Shhh… no estés nerviosa, no ocurrirá nada. —Trató de tranquilizarme.

Le di un beso, un toque de labios.

—Eso no me preocupa. —Le sonreí colocando mis manos en su pecho y acariciándolo sobre la ropa—. Aun no le he dado de mamar a Eider. —Hice un mohín.

Ahora fue él quien me besó suavemente en los labios.

—Rosa le dará un biberón. —Tomó mi mano derecha y salimos de la habitación de nuestra princesita.

—Mami —me llamó mi gatita desde su habitación.

Le sonreí a Edward antes de soltar su mano, dirigiéndome a la habitación de mi hija.

— ¿Dime, cielo? —dije entrando a su habitación. La encontré en medio de esta con un hermoso vestido blanco sin mangas, de falda ancha, como de princesa, le llegaría cuatro dedos por debajo de las rodillas, hermosas flores rojas de estampado en la cintura, una gruesa cinta roja con una rosa grande en el centro que resaltaría con su cabello rizado.

— ¿Me ayudas a ponérmelo, mami? —me pidió haciendo un puchero.

Le sonreí acercándome, tomé el vestido de su mano y lo dejé en la cama. La incité a subirse a esta, y con mucho cuidado le quité la camisa del pijama, luego le siguió el mono. Le hice un par de cosquillas en su barriga, sus pequeñas carcajadas calentaron mi corazón.

La besé en las mejillas.

—Te amo, cielo —declaré besando su respingada nariz. La dejé de pie en el centro de la cama mientras iba a su cómoda por unas medias pantis. Se las coloqué con delicadeza, tomé el vestido de la cama y se lo puse. Nos costó un poco que pasara por la férula, pero al final lo hice. Abroché la hilera de botones a su espalda. Agarré el cepillo de su mesita de noche y le cepillé el cabello, como no había tiempo para nada tan elaborado le hice media cola de caballo, dejando sus puntas rizadas. Le calcé un gancho con una hermosa rosa roja que combinaba a la perfección con el vestido—. Listo, ponte los zapatos. Iré a vestirme.

Asintió bajándose con cuidado y encaminándose al armario.

Salí de su habitación rumbo a la mía, al cruzar el pasillo me encontré con Tony, mi pequeño hombrecito llevaba un traje casual de color blanco que consta de unos vaqueros, un suéter con capucha de color gris en las orillas y de calzado unas botas converse sin atar de color blanco con gris. Llevaba la capucha puesta. Se veía muy guapo. Definitivamente rompería más de un corazón al llegar a la adolescencia. Me daría más de un dolor de cabeza.

Le sonreí.

—Papá acaba de bajar —me informó correspondiendo mi sonrisa.

—Bien, voy a cambiarme. Estaba vistiendo a tu hermana.

Asintió metiendo sus manos en los bolsillos y removiéndose incómodo.

— ¿Qué pasa, bebé? —le pregunté rodeando sus hombros con mis brazos.

—Estoy un poco nervioso. La primera vez que papá me llevó a una reunión todo el mundo me miraba de forma extraña. No me querían allí, era como si fuera el enemigo.

Suspiré besando su cabeza.

—No te preocupes, bebé, todo saldrá bien, ya lo verás. Papá estará presente, tus abuelos y tus tíos también. Nadie se atreverá a mirarte mal ni a ti ni a tu hermana. —Lo tranquilicé.

Asintió suspirando.

—Iré ayudar a Lizzy a ponerse los zapatos, de segura ya estará frustrada, pero es muy orgullosa para pedirme ayuda. —Solté unas risitas. Ethan se deshizo de mi abrazo con suavidad para entrar en la habitación de su hermana.

Me encaminé hacia la mía con un nudo en la garganta. Nada más entrar caló por mis fosas nasales el embriagador olor de mi marido. Suspiré como tonta. Sip, amaba con locura a mi esposo.

Me dirigí a la puerta ornamentada del armario y comencé a rebuscar. Me mordí el labio inferior. Humm… ¿qué me podría poner? Mi vista viajó a mi abdomen. Me mordí el labio con un poco más de fuerza. Mi vientre no estaba completamente plano, pero tampoco estaba tan inflamado. Volví a poner atención a las bolsas para ropa impecable colgadas de perchas.

Isabella, me reprendí mentalmente, no hay tiempo para decidir, agarra lo primero que veas. Así que, con mucha decisión, tomé la primera bolsa a mi derecha y abrí el cierre. Era un vestido negro, muy sexy, llegaba a la mitad del muslo y se amoldaba a mi figura como un guante. Las mangas eran tres cuartas de encaje negro al igual que la parte superior de mis pechos. De calzado elegí unos zapatos Gucci tacón aguja de unos doce centímetros de altos.

Me vestí rápidamente, al terminar tomé el peine y me cepillé el cabello. No sabía qué hacerme. Quizás una cola de caballo o media cola como mi gatita, la tercera opción sería dejarme el cabello suelto. Me decidí por esta y las puntas las acomodé en suaves ondas.

Busque mi estuché de maquillaje, del cual solo utilicé el rímel en las pestañas y el gloss rosa pálido en los labios. Mis mejillas tienen un suave tono rojizo, por lo que no necesite colorete.

Me observé en el espejo de cuerpo entero.

Humm... Un poco sexy, pero me veía perfecta.

Con mi autoestima ya restaurada, salí del armario. Me encontré a mis hijos que me esperaban al pie de la cama. Elizabeth estaba preciosa, con su bello rostro de querubín enmarcado por sus rizos. Parecía una hermosa muñequita de porcelana. Les sonreí armándome de valor.

—Vamos, niños —les apremié estirando mis brazos hacia ellos con las palmas de las manos hacia arriba. Cado uno tomó una entre sus pequeñas manos, entrelazando nuestros dedos.

Salimos de la habitación rumbo al jardín, al final de las escaleras nos encontramos con Alexander, un chico nuevo, se le veía bastante nervioso. Me inquieté al verle temblar las manos, una de ellas sostenía un arma.

En ese momento Rosa subió las escaleras de forma apresurada con el biberón de los bebés en las manos. Miré a los ojos a Alexander, aunque él rehuyó mi mirada, no levantó la vista del suelo en ningún momento.

Bufe exasperada. Había que tener pantalones para entrar al mundo de la mafia.

Me dirigí con paso firme al jardín. En el momento en que Jackson abrió la puerta corrediza, se escuchó la voz grave de un hombre enojado.

— ¿Dónde está tu esposa, Edward? —bramó—. Esta maldita reunión se ha pospuesto días por tu mujercita, para que encima no piense asistir. Me parece una falta de respeto hacia todos nosotros. Por lo que me niego a firmar esta alianza.

—Estás hablando de mi hija, Amun, modera tu tono —gruñó mi padre a su vez.

—Más respeto a mi esposa, Amun. No te permitiré ese tono para con ella y mis hijos. —La voz de Edward era pausada pero llena de promesas.

Me sentí un poco desconcertada al ver a Garrett y a Sam flaquearnos, ambos con su mano sobre el arma. Sam inclinó la cabeza, dándome a entender que debía acercarme.

—Buenos días —saludé dirigiéndome hacia la cabecera de la mesa donde se encontraba mi esposo con expresión severa y el cuerpo tenso. Sus bellas esmeraldas brillaron intensamente al vernos, pero su expresión no cambió.

La única silla vacía se encontraba a su lado derecho, entre él y Emmett. Mi enorme cuñado me guiñó el ojo. Jasper se ubicaba al lado de Emmett, él me sonrió infundiéndome valor. Mi suegro se sentaba a la izquierda de Edward. Mi padre y Jacob se encontraban sentados al lado de Don Carlisle, los otros jefes de las organizaciones se repartían junto con sus esposas alrededor de la mesa.

Fruncí el ceño. No había asientos para mis hijos. Me ubiqué en la silla con suavidad, teniendo cuidado en no mostrar más de lo debido. Tony y mi gatita quedaron de pie entre su padre y yo.

Edward tomó suavemente el brazo con la férula de nuestra hija instándola a sentarse en su regazo. Tony rápidamente se ubicó junto a su padre.

—Como ustedes saben mi esposa está convaleciente, aún le restan un par de meses de reposo. Esta reunión nos tomó por sorpresa, por lo que les pido disculpas por su falta de presencia al comenzar esta reunión.

—No —lo detuvo Newton rápidamente—. No debes pedir disculpas, todos entendemos, ¿verdad? —Todos los presentes asintieron, menos un hombre con expresión furiosa.

—Gracias —les agradeció mi marido colocando su mano derecha en mi rodilla, dándome un suave apretón.

El hombre mayor ubicado cerca del hombre furioso se pone de pie.

—Edward, muchacho, ¿por qué no nos presentas a tu familia? —le incitó.

Volteé a ver a mi esposo al sentir su intensa mirada sobre mí. Él sonreía mientras aclaraba su garganta.

—Esta es mi hija Elizabeth, tiene diez años. Él es mi hijo Ethan de igual edad. Tengo otro par de gemelos, Eider y Eileen, ellos tiene un mes se nacidos. Ella… —Sostuvo con cariño mi mano izquierda—, es mi esposa, Isabella Swan, hija menor de Charlie Swan. —Miró a mi padre—. Por eso es que les pido esta alianza. Mi mujer y mis hijos han salidos perjudicados por esta disputa.

El hombre mayor sacó unas carpetas del maletín que repartió a cada uno de los presentes. Sonrió con cariño al colocar la carpeta en la mesa frente a mí.

—Allí tienen por escrito los motivos por los que se da esta alianza, también los beneficios que esto traería. Por supuesto, si alguien tiene algo qué acotar, será incluido —nos indicó.

Edward me sonrió influyéndome valor, antes de dedicarse a leer detenidamente. Suspiré abriendo la carpeta. Lo primero que leí del documento fue el encabezado, el señor mayor era Jack Jenks, un reconocido abogado de una prestigiosa firma y asistente del fiscal del Distrito. Luego encontré mi nombre junto al de mi marido con letras mayúsculas, seguido el de mis cuñados y de mis hermanas. Un párrafo donde explicaba que el acuerdo se había roto al momento en que James había tomado represalias contra mí y mis hijos.

Por el rabillo del ojo me percaté de que mi gatita retorcía sus deditos con ansiedad, por lo que coloqué mi mano sobre ellos, ella al mirarme al rostro me sonrió.

—Deberíamos aprovechar de una vez para registrar quien será el sucesor de cada clan. —Escuché hablar a Jenks—. ¿Están de acuerdo con la alianza? —preguntó recordándome que no había acabado de leer el documento. Casi todos los presentes levantaron las manos. Por lo que los imité. Solo tres hombres no lo hicieron—. Bueno, por decisión casi unánime, la alianza se llevará a cabo. Por favor, firmen el documento.

Mordiéndome el labio inferior y con una sensación extraña en el estómago, firmé por primera vez un documento sin leerlo. A regañadientes los tres hombres lo firmaron.

—Muy bien —dijo mientras recogía las carpetas—. Ahora, Amun, ¿Benjamín sigue siendo tu sucesor?

—Sí —respondió el hombre con expresión severa.

Ah, así que ese era el tal Amun.

El señor mayor anotó en una libreta negra, luego se dirigió a los demás líderes. Al cabo de unos minutos solo faltaban mi padre, mi esposo y Jacob.

— ¿Jacob? —Se dirigió a mi Jacob.

—Jheison —respondió Jake guiñándome el ojo.

Me removí inquieta. Aún no me acostumbraba del todo.

—Les recuerdo a Edward y a Charlie que en vista de que Ethan es el varón mayor de ambas familias, uno de ustedes deberá elegir a otro de sus niños. No está permitido, o mejor dicho, no se había dado el caso de que la misma persona lidere a dos clanes.

Mi padre y mi esposo asintieron.

—De acuerdo. —Aceptó mi padre—. Pero hay un error, efectivamente Ethan es mi nieto mayor, pero no es su madre mi sucesora. —El hombre asintió conforme—. Mi hija no ha renunciado, así que su hijo Emerson es mi sucesor.

Asentí en su dirección.

Efectivamente era quien correspondía, Rosalie era la mayor de las tres.

— ¿Edward? —Se dirigió a mi esposo esta vez. Él me miró sonriente, antes de observar detenidamente a nuestros hijos. Besó el cabello de nuestra gatita.

—No debo elegir, las reglas son bastantes claras. Mi sucesor será mi hijo mayor, independientemente sea niña o niño.

Todos asintieron. Expectantes, esperando el momento en que Edward nombre a nuestra hija como su sucesora.

—Ethan es mi hijo mayor, nació minutos antes que su hermana —aclaró acariciando con ternura los brazos a nuestra hija.

Todos asintieron conforme y unos hasta suspiraron aliviados. Humm… los entendía, sería extraño y la primera vez que una chica liderara al clan Cullen.

—Ya que estamos hablando del futuro —Comenzó un hombre. No tenía idea de quien se trataba—, tu hija es muy hermosa, me gustaría que nuestras familias se unieran, que mejor que con el matrimonio de nuestros hijos. Tu niña con mi niño. Aston tiene trece años. Estoy dispuesto a que firmemos un acuerdo, en el momento en que tu hija cumpla la mayoría de edad, contraerá matrimonio con mi hijo.

— ¿Qué? —espeté furiosa poniéndome de pie. La mano firme de Edward en mi brazo izquierdo me impidió que me abalanzara sobre ese hombre. ¿Pero qué creía? ¿Que le entregaría a mi hija así, sin más? ¿En qué siglo vive?—. Sabe que, señor, me importa un rábano que usted quiera unir ambas familias. Mi hija —gruñí haciendo énfasis en MI—, no está ni en venta ni se intercambia por nada. Así que mejor ahórrese sus estúpidas ideas sin sentido.

De un momento a otro, Garrett me agarraba por el brazo derecho.

—Mi esposa —aseveró Edward furioso— no está en condiciones para este tipo de altercados, Vladimir, ahórrate tus ocurrencias, mis hijas se casarán con quienes ellas decidan. Me disculpan, pero mi mujer y mis hijos se retiran.

El señor Jenks asintió. Garrett me haló hacia la entrada de la casa, por mi parte puse resistencia.

—Esto se está poniendo caliente, Bella. Es mejor que vayan arriba —susurró en mi oído.

Allí me di cuenta que Sam escoltaba a mis hijos. Garrett cerró la puerta corrediza nada más nosotros entrar a la casa. Rápidamente llevé a los niños a mi habitación. Al entrar me percaté de que los bebés dormían plácidamente en el centro de mi cama, y a Rosa observando por la ventana. Ella, al notar de nuestra presencia, me informó:

—Los bebés acaban de terminarse el biberón, tienen como diez minutos de quedarse dormidos. Me retiro a la cocina, recuerde echar el pestillo.

Salió rápidamente.

Sin vacilar, cerré la puerta bloqueándola por dentro. Me quedé mirando fijamente la puerta por unos segundos, o quizás unos minutos.

—Mamá. —La voz de mi hijo me recordó que no me encontraba sola en la habitación.

—Dime, cielo. —Volteé a verlo. Abrí los ojos como platos al verlo parado al lado de la cama, donde sus hermanos dormían ajenos a todo este desastre y mi gatita al otro lado temblando levemente, mirando horrorizada a su hermano, que sostenía con firmeza un arma de empuñadura de oro e incrustaciones de diamantes—. Tony, ¿de dónde sacaste el arma? —le pregunté cruzándome de brazos para que no notara cómo me temblaban las manos.

—La saqué de la mesita de noche. Papá la guardó allí —respondió tendiéndomela—. Se la enviaron los Vulturi como regalo por el nacimiento de los bebés.

—Ah sí —exclamé acercándome a él. Tomé el arma colocándole el seguro—. No lo sabía. —Fruncí el ceño.

—A papá no le agradó el regalo, pensé que la enviaría de regreso pero no lo hizo, la guardó en la mesita de noche —me explicó dando un paso atrás.

En ese momento un ensordecedor sonido nos sobresaltó a todos, mi gatita gritó aterrorizada y los bebés se despertaron comenzando a llorar intensamente. Mi corazón se detuvo, antes de reanudar su marcha enloquecedora. Eso había sido el resonar de un disparo.

—Papá. —Mi hija comenzó a llorar histéricamente.

—Edward —lo llamé en medio de un suspiro. No era momento de vacilar—. Elizabeth, al cuarto de baño —ordené con voz tensa—. Ethan, ayúdame con tu hermano. —Me incliné sobre mi hija antes de tomarla en brazos. El peso del arma me recordó que aun la llevaba en mi mano. Le quité el seguro.

Tony se dirigió al cuarto de baño. Lo seguí con el corazón taladrándome los oídos. Cerré la puerta tras de mí. Mi gatita se acurrucó en mi costado izquierdo.

—Mi papi está bien, ¿verdad, mami? —me preguntó con ansiedad en la voz y lágrimas en sus hermosos ojos.

Tragué grueso y asentí.

Le volví a colocar el seguro al arma antes de pasar mi brazo por sus hombros.

—Claro que sí, amor, tu papá está bien. —Traté con mucho esfuerzo de que mi voz no temblara. Se escuchó un golpe fuerte en la puerta de la habitación, mi hija soltó un alarido que me hirió los tímpanos. Tony abrió los ojos asustado.

Se oyó, segundos después, cómo la madera se rompía, al parecer habían forzado la puerta. Apagué la luz del cuarto de baño, le indiqué a los niños que se ubicaran detrás de mí y le quité el seguro al arma, apuntando a la puerta. Esta se abrió de forma precipitada, apreté el gatillo, desviándola apenas unos centímetros al darme cuenta de que era mi marido quien entraba. La bala se incrustó en el marco de la puerta.

—Oh maldición, Bella. —Se quejó con un gemido entrecortado.

Lo miré aterrada. Por poco y mato a mi esposo, a mi Edward.

—Lo siento, lo siento, lo siento —me disculpé bajando el arma.

—Papi. —Nuestra gatita salió de detrás de mí, saliendo a su encuentro. Se lanzó a sus brazos que ya la esperaban abiertos. Edward la alzó, apretándola con su torso.

Me miró fijamente y suspiró.

—El seguro, cielo —me recordó con ternura acercándose a donde me había quedado paralizada.

Me quitó el arma con suavidad, le colocó el seguro y se la guardó en la cintura de sus vaqueros antes de envolverme en sus brazos. Mi cuerpo, al sentir su calor, comenzó a temblar.

—Lo siento —me disculpé de nuevo con voz temblorosa.

—Shhh… no pasa nada, no hiciste nada malo. Solo defendías a nuestros hijos. —Me tranquilizó besándome los cabellos.

— ¿Qué sucedió? ¿Por qué el disparo? —le pregunté de forma atropellada contra la piel de su pecho.

Me apretó más fuerte contra él sin llegar hacerle daño a nuestra bebita quien se encontraba en medio de los dos.

Suspiró profundo, inclinándose para besar a la bebé.

—Gatita, voy a bajarte —anunció acariciando su espalda—. Tomaré en brazos a tu hermano que está llorando. En ese momento me di cuenta que ambos bebés lloraban con fuerza, aunque nuestra pequeña al sentir el calor y los latidos del corazón de su padre había comenzado a bajar la intensidad del llanto. Todo lo contrario con su hermano.

Nuestra gatita asintió. Edward la dejó sobre sus pies y se acercó a nuestro hijo tomándolo en brazos.

— ¿Le dijiste dónde estaba el arma a tu madre? —le preguntó pasando el brazo libre por los hombros de Tony.

—No —le respondió nuestro hijo—. Se la busqué.

—Bien, hiciste bien. —Le apretó el hombro con suavidad.

Me miró a los ojos y vaciló.

—Vladimir no dejaba de insistir. La cosa se estaba calentando más de lo debido, faltaba poco para que nos cayéramos a golpes. Newton intervino y disparó al aire. Sabía que eso te asustaría, por lo que vine lo más rápido que pude.

Asentí suspirando profundo.

—No deberás preocuparte más, no habrá más nunca una reunión en nuestra casa —gruñó molesto.

— ¿Y los abuelos, papi? —le preguntó Elizabeth cuando salíamos del cuarto de baño.

—Quedaron abajo, princesa. Vamos a verlos —le respondió instándonos a salir de la habitación.

Nos encontramos a Garrett subiendo las escaleras.

—Edward, tus hermanos ya se han ido, pero tu padre quiere hablar contigo antes —le informó a Edward.

—Garrett, ¿y mi abuelito Charlie? —cuestionó mi gatita lanzándose a sus brazos.

Garrett la atajo haciéndole cosquillas.

—Está por irse, pero quiere verte antes. Estás preciosa, me encanta este vestido, tendrás que regalármelo.

—Humm… no creo que te quede. Te verás feo, además eres un chico. Los chicos no usan vestidos, ¿o sí, papi? —Dirigió su atención a su padre. Edward sonrió.

—No, princesa, los chicos no usan vestidos, pero no te preocupes, es que Garrett se cree una chica. —Se carcajeó y yo lo imité.

—Muy gracioso, Edward. —Se quejó colocando sobre sus pies a mi gatita en el recibidor.

Mi padre nos esperaba en el umbral de la puerta sonriente.

— ¡Abuelo! —gritó mi hija corriendo a su encuentro. Mi padre la recibió con los brazos abiertos y comenzó a llenarle su bello rostro de besos.

—Hola, papá —lo saludé con un beso en la mejilla.

Edward desapareció por el pasillo que da hacia su despacho con Eider en sus brazos.

— ¿Qué sucedió arriba? Creí escuchar un disparo —preguntó inclinándose para besar la mejilla de Eileen.

—Mamá le disparó a papá creyendo que alguien quería hacernos daño —respondió mi gatita por mí.

Los ojos de mi padre se abrieron como platos.

— ¡Oh vaya! —exclamó con sorpresa.

Bajé la mirada avergonzada y con las mejillas arreboladas.

— ¿Qué querías decirme, abuelo? —Mi gatita me salvó de ese momento incómodo.

—A ti nada, señorita —le respondió con una sonrisa ocasionando que mi gatita hiciera un mohín—, sino a tu madre. —Me miro a los ojos—. Ah… —Se removió incómodo—. ¿Habrá algún inconveniente que me lleve a los niños de paseo? —Realizó la pregunta con vacilación.

Sonreí al sentir tres pares de ojos observarme.

—No, claro que no —dije acomodando a Eileen.

—Los traeré antes de la cena, pasaremos a buscar a Emer. Luego iremos al parque de diversiones. —Lo último ocasionó que mis hijos saltaran emocionados y comenzaran a gritar.

—Está bien, pueden irse. —Los alenté con una sonrisa. Negué con la cabeza al verlos alejarse tomados de la mano de mi padre.

Me dirigí a la cocina, donde me preparé un sándwich de pavo con mi bebé en brazos, me serví zumo de naranja y esperé a Edward por casi una hora. Luego salió con su habitual brillo en los ojos, luego de saber que algo va bien.

— ¿Qué sucede? —le pregunté acariciando su mejilla.

—Está confirmado, el cadáver que encontraron con los resto de la cabaña pertenecía a James.

—Ah… —exclamé—. Podré salir sin ti. —Sonreí con burla.

—No. —Me atajó—. Tú estás de reposo, pero sí, la seguridad será un poco menos. ¿Y los niños?

—Salieron con mi padre, volverán antes de la cena —le dije besando su mentón.

—Humm… —ronroneó.

—Edward. —Nos interrumpió Garrett—. Lamento interrumpir, pero recuerda que nos reuniremos con los Marrones en una hora.

Edward asintió y me sonrió disculpándose. Colocó al bebé en la silla musical vibratoria ubicada sobre la barra, me besó breve en los labios y salió junto con Garrett.

El día lo pasé sola con mis bebés acurrucados en mi enorme cama. Edward llegó a media tarde, ubicándose al otro lado de la cama y fue su turno de mimar a nuestros bebés. Los niños llegaron cansadísimos casi las diez de la noche, mi padre me miró con disculpa en la mirada. Le sonreí y negué con la cabeza. Le di un beso en la mejilla y me despedí de él.

Fue en ese momento que me acosté a dormir acurrucada al cuerpo de mi Edward.

—Mami. —Oí el murmullo a lo lejos—. Mami. —Lo volví a escuchar. Así que hice todo lo que pude para emerger de la inconsciencia.

Abrí mis ojos en pequeñas rendijas y aprecié a mi gatita con su hermanito en brazos. Al instante estaba completamente despierta, logré frenar el impulso de sentarme de golpe. Le sonreí y comencé a sentarme poco a poco.

Edward estuvo a su lado al instante.

— ¿Qué sucede, Gatita? —Le habló con suavidad para no asustarla y que dejara caer al bebé, lo tenía sostenido de una forma extraña, ya que su bracito cubierto por la férula no tenía mucho movimiento.

—Es que Eider tiene hambre, papi —le respondió con voz tímida pasándole el bebé a su padre. Me miró con las mejillas un poco sonrojadas—, y no me deja dormir.

Le sonreí.

Edward colocó en mis brazos a mi pequeño bebé, él me miró con sus hermosos ojos del mismo color que los míos mientras chupaba como si su vida dependiera de ello. Acaricié con mi pulgar la suave mejilla de mi bebé, él tomó mi dedo índice e intentó introducírselo a su boquita.

— ¿Tienes hambre, pequeño bribón? —murmuré sonriendo, lo levanté un poco y le besé el cuello. Me volví hacia mi hija que se había subido a la cama y nos miraba sonriente—. ¿Cómo es eso de que no te dejaba dormir? —le pregunté acomodando a Eider para darle de mamar.

Sus mejillas adquirieron un tono carmín.

—Es que Eider estaba durmiendo conmigo, mami —me respondió en un susurro—. ¿Eso te molesta? —dijo ansiosa retorciendo sus deditos.

Sostuve a Eider solo con mi brazo derecho, mientras que el izquierdo lo pasaba por los hombros de mi nenita y la atraía hacia mi cuerpo. Besé su sien.

—Por supuesto que no me molesta, bebé —le aseguré haciendo que se acostara en la cama a mi lado. Edward la cubrió con el cobertor.

Sus párpados temblaron cuando bostezó.

—Duerme, princesa. —Edward la arrulló, besándola en el cabello. Comenzó a tararear su nana y en cuestión de minutos nuestra gatita había caído rendida.

Volví mi vista a mi pequeño hombrecito que succionaba de mi pecho. Le sonreí y acaricié su sonrojada mejilla. Levanté mi vista y me topé con la de Edward, quien nos miraba fijamente con una pequeña sonrisa bailando en los labios.

—Sabes…estaba pensando. —Comencé hablar en voz baja para no despertar a nuestra hija—. Deberíamos buscar un sobrenombre para los bebés.

Edward asintió.

—Yo pensaba lo mismo —concordó acariciando el pie al Eider—. Me gusta Tory. —Me sonrió tímidamente—. Es parecido a Tony.

—Tory… —lo sopesé mirando al bebé—. También me gusta. —Le sonreí.

—Para Eileen, pensaba en Leen —comentó quitando una pelusa del cobertor que cubría a nuestra gatita.

Asentí aceptando.

—Tory y Leen Cullen. Me gusta. —Sonreí, él correspondió mi sonrisa.

En ese momento Tory soltó mi pezón.

— ¿Me permites? —pidió Edward tendiendo sus brazos, le extendí al bebé. Lo sostuvo sobre su hombro y le dio palmaditas en su pequeña espalda, al cabo de unos minutos nuestro hijo comenzó a eructar; luego lo ubicó frente a su rostro—. Eres muy guapo, campeón, me provoca comerte a besos. —Lo vi hacerle mimos con su nariz en la barriguita de nuestro bebé—. Pero eres un pillo, es hora de dormir, no de estar pegado a la teta de mamá. —Soltó unas carcajadas antes de besar el cuello de Tory.

Sonreí por tan hermosa escena.

—Mami necesita descansar y tú no la dejas —lo reprendió sin dejar de sonreír.

—Edward... —protesté también sonriendo.

No me molestaba atender a mi bebé, si él quería estar pegado a mi pecho todo el día, yo no me quejaría. Aún no supero el susto de su nacimiento. Recordar que él podía haberse ido de mi lado, si su hermana no hubiese quitado el cordón umbilical de su cuello, me altera un poco los nervios.

.

 

CINCO MESES DESPUÉS.

Me encontraba recostaba al cabecero de la cama con Leen en mis brazos mientras le daba de mamar, a mi lado Tory chupaba sus pequeños puños como si no hubiera un mañana. Tony y mi Gatita estaban a los pies de la cama haciendo sus deberes escolares. Edward había bajado un momento a su despacho a recibir una llamada.

Acaricié con ternura la cabecita de mi bebé, me encantaba la sensación de sus escasos cabellos color miel en mi palma. Saber que él estaba a salvo, que no le había afectado nada esa vuelta de cordón me tenía feliz, muy feliz.

Sonreí al escuchar la discusión de mis hijos mayores.

Edward entró en ese momento a la habitación con expresión molesta. Se sentó a mi lado e hizo un mohín.

—Debo salir —me informó inclinándose para besar la mejilla de nuestra segunda bebé, muy cerca de su boquita y de mi pezón—. Pero no tardaré.

Sonreí emocionada. ¡Al fin un momento de respiro! No es que me molesten los cuidados de mi esposo, pero sí me sentía un poquito asfixiada. Edward no me dejaba moverme ni siquiera para el baño, joder. Eso me tenía a veces de mal humor.

—Estaremos bien —dije acariciando su mejilla rasposa por su insípida barba.

— ¿Papá? —Lo llamó nuestra hija con un deje de molestia en su voz.

Ambos volvimos nuestra atención a ellos. Tony sonreía y Lizzy tenía una mueca de asco.

—Tony se tiró un pedo, papá —se quejó enmarcando más su expresión de asco, mientras movía su mano derecha frente a su rostro.

Edward soltó unas risitas.

—Solo fue uno chiquito, no seas dramática —se defendió Tony encogiéndose de hombros.

—No soy dramática, pero parece que estás en descomposición. Dios... —Batió con más energía su mano.

No pude evitarlo y solté unas risitas mientras que Edward se carcajeaba, éstas fueron rotas por el sonido inconfundible de que nuestro bebé, que acababa de hacer su necesidad.

—Tory, asqueroso —se quejó Tony poniendo cara de asco.

Lizzy trepó con rapidez la cama.

—Oh, mi bebé, acaba de hacer popó. Ahora eres un apestosito, mi apestosito —le murmuró mi gatita con cariño a su hermanito.

—Él también está en descomposición y no le dices nada, no es justo. —Tony se mostraba indignado.

Los labios de Edward sobre los míos llevaron mi atención de nuevo a él.

—No tardaré. —Repitió levantándose de la cama.

— ¿No piensas limpiarlo antes? —le indiqué con voz melosa.

Me sonrió con mi sonrisa torcida favorita y negó con la cabeza, abandonando la habitación con rapidez.

Sonreí negando con la cabeza.

—Tony, ¿me puedes buscar las cosas para limpiar a tu hermano?

—Claro, mamá. —Se levantó y corrió hacia la habitación de Tory. Regresó en unos cuantos minutos después y me tendió las cosas. Coloqué a mi nenita en la cama a mi lado, sonreí al ver su mohín, pero solo se limitó a mirarme fijamente. Tomé a Tory en mis brazos, colocándolo en mi regazo.

Gatita, ¿me ayudas a limpiarlo? —le pregunté comenzando a quitarle el monito a mi bebé.

—Nop, asco —exclamó echándose hacia atrás.

Sonreí negando con la cabeza.

— ¿Tony? —Dirigí mi atención a mi hijo.

—No, ni me mires —rebatió sentándose al final de la cama.

Solté una pequeña carcajada antes de destapar las toallitas húmedas y comenzar a limpiarlo. Mi bebé se rió moviendo frenético sus piernas. Terminé de limpiarlo, me levanté de la cama acomodando las almohadas de forma de que ninguno de los bebés se cayeron al piso. Tomé las cosas.

—Ethan, cuida de tus hermanos un momento —le pedí encaminándome hacia el cuarto de baño.

Dejé todas las cosas en la papelera. Aprovechando que ninguno de los bebés estaba aún llorando, me desvestí rápidamente y tomé una ducha. Al salir me cubrí por mi albornoz, me encontré a mis cuatros hijos dormidos acurrucados uno muy cerca del otro.

Sonreí. Los amaba con locura.

Me dirigí al armario del cual agarré una camisola y mis bragas. Ya era la hora de la cena, por ende no habría tanto movimiento de los chicos que nos cuidan. Me alisé el cabello dejándolo suelto para que se secara al natural.

Bajé a la cocina y me encontré con Rosa haciendo la cena de los niños.

—Señora Cullen, ya casi está lista la cena —me informó con una sonrisa.

Asentí correspondiéndosela. Me acerqué a la barra y tomé una manzana del frutero. Le di un pequeño mordisco.

— ¿Qué hiciste de cena, Rosa? —le pregunté masticando.

—Hice pavo al horno, ensalada y rebanadas de pan salado y jugo de naranja. Para los bebés papilla de calabaza. ¿Y los niños?

—Echando una pequeña siesta. No los dejaré dormir mucho o no dormirán temprano y mañana tienen escuela —respondí antes de morder de nuevo la manzana, la cual desapareció de mi mano—. ¡Hey! —me quejé.

—No, señora, luego no querrá comer y sabe que debe hacerlo —refutó escondiendo la manzana. Hice un puchero.

A lo lejos se escuchó un fuerte llanto. Suspiré encaminándome a mi habitación. Al llegar al final de las escaleras me encontré a Tony con Leen en brazos, mi nenita solo hipeaba. Traía su dedo pulgar dentro de su boca y su cabeza recostada al hombro de su hermano. He tratado de quitarle ese mal hábito, pero nada que logro hacerlo. A los seis meses Eileen es tan testadura como yo.

Sonreí tendiéndole los brazos a mi nena, quien se lanzó a mis brazos sin dudarlo. La besé en la mejilla.

— ¿Por qué lloras, hermosa? —le hablé con ternura acariciando su espalda.

—Porque me levanté de la cama, necesito ir al baño —dijo Tony apretando su entrepierna con ambas manos.

—Ve —le indiqué sonriendo.

Salió corriendo a su habitación. Mi Gatita apareció en ese momento con Tory en sus brazos y bostezando.

—Tengo hambre, mami —anunció recostándose a mi cuerpo.

—Rosa cocinó algo delicioso —le informé sonriendo perdiéndome en la mirada chocolate de mi hijo, quien me miraba fijamente antes de sonreírme.

Tony llegó a nuestro lado en pocos segundos.

—Vamos a cenar. —Los insté a bajar las escaleras. Mi Gatita apretó más los brazos entorno al cuerpo del bebé.

—Mañana debo ir más temprano al estudio, mamá. La señorita Abby quiere que compita dentro de quince días —me informó mi Gatita cuando llegábamos al recibidor. Mi hija desde hace tres meses había retomado sus clases de danza. Me alegraba saber que lo vivido con James no la haya afectado en nada.

Ambas tuvimos que asistir a consultas con la psicóloga amiga de la tía de Edward para superar lo vivido. Me emocionó en ese momento que mi hija no salió afectada. No tuvo pesadillas ni nada por el estilo. Comenzó a dormir sola, a querer ir a clases, tuvimos que esperar la recuperación de su brazo y un tiempo prudencial para que regresara a sus clases de danza.

La que tuvo pesadillas y le costó dormir por las noches fui yo, aunque gracias a las consultas con la doctora De La Costa superé todo el trauma vivido.

Entramos al comedor y nos recibió el delicioso aroma de la comida. Rosa era una cocinera maravillosa. Senté a Leen en su sillita, luego ayudé a mi Gatita a ubicar a Tory en la silla. Rosa me ayudó a darle de comer a mi bebé mientras yo le daba a mi bebita.

—Cena con nosotros, Rosa —le pedí sirviendo en un plato una buena ración de pavo y ensalada. También serví para mí.

Con una pequeña sonrisa recibió el plato que le tendía.

Cenamos escuchando las pequeñas discusiones de mis hijos. Luego fuimos al cuarto de juegos, colocamos a los bebés en su manta música y vimos una El capitán América y el soldado del invierno. La película finalizó y mis hijos no lograban mantener los ojos abierto por más de cinco segundos, así que los hice levantarse del sofá. Con dificultad tomé en brazos a Tory, Leen iba pegaba a mi pecho y por nada quiso soltarlo.

Edward no había regresado, así que me las ingenié para meter a los cuatro niños cada uno en su cama sin dejar desatendido a ninguno. Con un suspiro me dejé caer en la cama. Rodé de costado para recostar mi cabeza en la almohada de mi esposo, que aún conserva su delicioso aroma. Cerré los ojos e inhalé profundo.

El colchón se hundió antes de sentir su torneado brazo rodear mi cintura.

—Siento llegar tarde. Tardamos más de lo que había pensado. —Se disculpó besándome detrás de mi oreja, causándome escalofríos.

—Humm… —ronroneé pegando mis caderas a la suya. Su semierección quedó justo en mi trasero. Hice un pequeño círculo, sintiéndolo cómo se endurecía un poco más.

Su mano firme en mi cadera me impidió el movimiento.

—No, Bella —gruñó con voz ronca—. Aún no podemos hacerlo.

Suspiré frustrada. La cita con su tía era dentro de dos días, yo me sentía muy bien, podía realizar movimientos sin que me causara dolor, pero sé que no serían argumentos suficientes para que Edward se permita ir más allá, no sin la aprobación de su tía.

Me di la vuelta quedando frente a su perfilado rostro. Él me sonrió con mi sonrisa torcida favorita. Me perdí en sus bellas esmeraldas levemente oscurecidas por el deseo.

Sonreí con picardía antes de empujarlo para que recostara su espalda en el colchón. Pasé mi pierna derecha por encima de sus caderas y me senté en su regazo dejando su erección en mi centro. Cualquier leve movimiento crearía sensaciones deliciosas a ambos. Mis labios atacaron los suyos en un beso voraz, él no tardó en tomar el control. Su lengua invadió mi boca de manera brusca. Solté un pequeño gemido de placer. Mis manos se anclaron en su cabello justo en la base de su cuello, en cambio sus manos acariciaron mis muslos, subieron por mi torso, acariciaron levemente el borde de mis pechos, arrancándome un quejido lastimero. Me moví detrás hacia adelante, presionando mí centro —solo cubierto por mis bragas—, a su erección cubierta con sus vaqueros.

Un gruñido gutural escapó de su garganta.

Pasé mis manos por sus costados, buscando estar en contacto con más de su piel, pero me sobresalté al escuchar un leve quejido salir de su boca. Sus manos de inmediato se alejaron de mi cintura para posarse en el lugar donde lo había acariciado con mis manos.

¿Le había hecho daño?, me cuestioné mentalmente.

—Puta mierda —jadeó sobre mis labios húmedos. Mis ojos se abrieron como platos del asombro, no tenía idea de qué había hecho mal.

—Edward… —susurré aterrada.

—Lo siento, nena. No fuiste tú. —Se disculpó rápidamente con los dientes apretados—. Es solo… —Respiró profundo antes de levantarse su camiseta.

Mi boca se abrió por el asombro.

— ¿Te hiciste un tatuaje? —pregunté lo obvio asombrada.

Asintió con las mejillas un poco sonrojadas, aunque no es propio de él.

—Los quiero tener también en mi piel como los tengo en el corazón —declaró encogiéndose de hombros—. Pero no pensé que doliera tanto, sé qué parezco una nenaza, pero nena, duele más que una puta bala en el culo.

— ¿Has tenido una bala en el trasero? —pregunté sacudiendo la cabeza. Había pasado mis manos muchas veces por ese sitio mientras él me penetraba, ¿sería esa la razón por la que no he llegado a notar ninguna cicatriz?

—No. —Se apresuró a contestar—. Pero me imagino que dolería menos que el puto tatuaje.

—No seas llorón. —Me burlé rodeando su cuello con mis brazos—. Anda, déjame ver el tatuaje.

Negó con la cabeza alejándose de mi toque.

—Ni lo sueñes, amor, esto duele demasiado, como si estuviera achicharrándome en el puto infierno. Por favor déjalo que sane, luego lo puedes besar, lamer, mordisquear, arañar si quieres, pero ahora no. —Hizo un puchero.

No pude evitarlo y lo besé en los labios succionando su labio inferior.

— ¿Lo prometes? —indagué.

—Lo prometo —accedió.

Un fuerte llanto resonó por el pasillo al igual que por el monitor de bebé, seguido del fuerte grito de Tony.

—¡Mami!


 

Mil disculpas por no haber actualizado, pero situaciones en mi vida privada me impidieron escribir.

Gracias a todas aquellas que me han esperado pacientemente, el capítulo esta dedicada a cada una de ustedes, en especial a mi hermosa Nayeli Flores que estuvo de cumpleaños ayer. Nena te quiero mucho.

Les vuelvo a decir, esta historia no quedara inconclusa, si fuera por mi actualizaria a diario, pero escribir los capítulos no es tan facil como parece, lleva su tiempo y dedicacion, y ultimamente no tengo el mismo tiempo para dedicarme a la escritura.

Nos estamos acercando al final.

Besos para todas.

Espero que les haya gustado el capítulo.

Las quiere Isakristen.

Capítulo 35: Regreso del pasado Capítulo 37: Vulturi, ¡firmaron su sentencia de muerte!

 


Capítulos

Capitulo 1: El comienzo de esta historia de amor: Capitulo 2: Cumpleaños de Bella: Capitulo 3: La separación: Capitulo 4: Forks: Capitulo 5: Sospecha de embarazo: Capitulo 6: El primer movimiento de los bebés: Capitulo 7: La reacción de Charlie y Angustia por Edward: Capitulo 8: La visita de Don Carlisle Cullen: Capitulo 9: Por fin noticias de Edward: Capitulo 10: Día de las madres: Capitulo 11: El parto de Bella: Capitulo 12: Elizabeth Marie y Ethan Anthony Cullen Swan: Capitulo 13: Bautizo de los bebés y El viaje a Bostón: Capitulo 14: El prrimer cumpleaños de los bebés y La aparición de Jacob: Capitulo 15: Paseo con Ethan y Elizabeth: Capitulo 16: El embarazo de Rosalie: Capitulo 17: Altercado con Charlie y El parto de Rosalie: Capitulo 18: Desde el inicio de la relación hasta el encuentro con Elizabeth: Capitulo 19: Una visita inesperada: Capitulo 20: Búsqueda de Bella: Capitulo 21: Jasslye Anthonela ¿Swan? Capitulo 22: Después de diez años vuelvo a verte: Capitulo 23: Es Bella y ¿Son mis hijos? Capitulo 24: Una maravillosa noche Capitulo 25: La cabaña y La visita de Tanya Capitulo 26: Compromiso Capitulo 27: Estoy embarazada Capitulo 28: El gran día Capitulo 29: Luna de miel y Celos Capitulo 30: Enfrentamientos, Risas y Amenazas Capitulo 31: ¿Que es el sexo? Capitulo 32: James Capitulo 33: El secuestro de Tony, Bella y Lizzy Capitulo 34: Parto de Bella Capitulo 35: Regreso del pasado Capitulo 36: Alianza inesperada Capitulo 37: Vulturi, ¡firmaron su sentencia de muerte! Capitulo 38: ¡No debieron tocar lo que más amo! Capitulo 39: ¡Enfrentame como honmbre Demetri! Voy a matarte con mis propias manos

 


 
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