The Sound Of Silence (+18)

Autor: AniCullen17
Género: Drama
Fecha Creación: 06/04/2012
Fecha Actualización: 16/05/2013
Finalizado: SI
Votos: 71
Comentarios: 305
Visitas: 164591
Capítulos: 27

 

He vivido por 17 años, 11 meses, 3 días, y 10 horas, y en todo este tiempo… Jamás dije una sola palabra…hasta que te conocí.

 


 

 

Hola mis Lindas, acá estoy con mi Cuarto fan-fic, Espero que sea de su agrado,  para mí es un honor compartir esta nueva locura con ustedes, Las quiero mucho, ojala me gane algún votito o comentario de su parte...

 

The Sound of silence (+18) está clasificado para mayores de 18 años, contiene sexo explicito y  un lenguaje fuerte. Queda absolutamente prohibido publicarlo sin mi previa autorización

 

Este fic está protegido con los derechos del autor por SafeCreative, ¡NO al plagio! 

 

Fic "Lecciones para enamorar (+18)

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Capítulo 25: Pérdida

Este fanfic está registrado legalmente por Safecreative ¡No apoyes el plagio!

Los personajes le pertenecen a S.M. La historia es mía.

Agradecimientos especiales a VickoTeamEC, por haberme salvado la vida en este capítulo, sabes que esto no estaría publicado de no ser por tu ayuda, ¡Muchas gracias! Te adoro.

 

Pérdida.

Capitulo Veinticinco.

 

Ella llegó a su departamento cuando la noche comenzaba a caer en Vancouver, subió por el ascensor porque tenía que envolver rápidamente los zapatitos, Edward no tardaba en llegar. Buscó la llave de su departamento en los bolsillos de sus pantalones y se le cayeron torpemente de las manos, se agachó para recogerlas, abrió la puerta, entró y una mano se interpuso justo cuando iba a cerrarla. Bella, confundida, levantó la mirada y su cuerpo se paralizó de miedo.

—Hola, Isabella. Tanto tiempo sin vernos las caras —dijo aquella voz que la atormentaba en sus peores pesadillas.

Isabella parpadeó constantemente. “¡No puede ser!”, se dijo mentalmente. No podía ser, simplemente aquello era imposible.

El intruso entró al departamento de Bella sin invitación alguna, empujándola bruscamente hacia adentro; tomó sus muñecas y la llevó contra la pared, dejándola completamente inmóvil. Isabella sentía que su corazón latía con fuerza contra su pecho, sus piernas estaban paralizadas por el miedo, al igual sus manos, y su cuerpo entero comenzó a sudar frío. “¡Mi Bultito!”, fue el primer pensamiento que vino a su mente al ver los ojos de James demasiado cerca de su rostro. Él estaba tan cerca que podía oler su asqueroso aliento y podía sentir cómo sus ojos la recorrían de pies a cabeza, se sentía sucia.

—¿Qué…, qué haces aquí? —James rió maliciosamente, aunque estaba sorprendido. No esperaba que Isabella estuviera tan cambiada, y para bien; su piel se veía más sana, su cabello ya no era asquerosamente seco si no que brillaba y estaba mucho más largo, sus labios estaban enrojecidos por el maquillaje que seguramente había utilizado. No quedaba absolutamente nada de la Isabella con la cual había tratado prácticamente toda su vida.

—Vaya, vaya, vaya, mudita. —Rió, James acercó su nariz hacia el fino cuello de la muchacha, aspirando un exquisito olor a perfume.

Bella tenía ganas de llorar, de gritar…, pero optó por quedarse callada y no demostrar el temor que sentía en ese momento.

Edward podría llegar en cualquier momento y se sintió mareada al pensar que James le causaría algún daño.

—Pero mira nada más en lo que te has convertido.

—¿Qué quieres? —Preguntó ella con voz dura.

No tenía idea de lo que James buscaba ahí, ni cómo demonios había dado con ella; pero, por sobre todas las cosas, no podía ni siquiera pensar en la posibilidad de que su “pequeño Bultito” saliera dañado.

—A ti. —Respondió la lasciva voz de James.

Bella lo miró a los ojos totalmente aterrada, no podía creer que después de casi tres años él estuviera ahí, el hombre que fue el responsable de todas sus desgracias, de sus miserias y de cada una de las lágrimas derramadas en el pasado; aquel que hacía poco era la sombra que opacaba su felicidad con toda la mierda con la que había sido tratada por dieciocho años.

—Sinceramente, Isabella —él hablaba pausadamente y su aliento golpeaba el rostro de Bella por la cercanía—, tengo muy buenos planes para ti. He estado en la puta miseria toda mi vida y creo que tu familia pagaría una buena suma…, al menos por dejar tu cuerpo sin vida sobre la puerta de tu casa.

 

Isabella se estremeció.

 

—No, P.or fa.vor —Bella no pudo más y sus lágrimas hicieron acto de presencia, el sólo hecho de imaginar a su familia destrozada: su madre, su padre, su hermano… Edward, su pequeño bultito. ¡Ella no podía morir!

 

“!Tengo que luchar por mi familia!” Pensó, pero aquello solamente hizo que sus sollozos se intensificaran.

 

James se separó un poco de ella, completamente molesto por la histeria de la joven, y sin pensarlo dos veces la golpeó la mejilla con una fuerte bofetada, silenciándola al instante.

 

—¡A la mierda, Isabella! Vendrás con nosotros a donde jamás debiste salir —y sin más la tomó del cabello bruscamente, tirándolo entre sus dedos—. Ahora, escúchame atentamente — dijo acercándose al oído de ella—. Saldrás con calma y sin decir ni una sola palabra. Compórtate, porque no dudare en matarte.

 

Ella asintió tratando de no romper en llanto nuevamente. Bella hecho un último vistazo a su departamento y salió al lado de James, quien prácticamente la empujó. No había ni dado un paso cuando él sacó una pequeña navaja del bolsillo de sus gastados jeans; Bella abrió los ojos impresionada, no debía hacer ninguna estupidez, no podía, su vida y la vida de su pequeño bultito dependían de ello.

 

—No llores, estúpida —pidió James con impaciencia.

 

Bajaron por la escalera, él la llevaba abrazada por la cintura; cualquiera que los mirara pensaría que eran una pareja completamente normal, pero la navaja se escondía sutilmente entre el cuerpo James y el de la joven, amenazándola, recordándole que debía mantener la compostura y hacer exactamente lo que él le dijera.

 

Lamentablemente nadie se encontraba en la recepción, ni siquiera el maldito conserje, Bella ahogó un gemido tratando de contener los sollozos que amenazaban con salir en cualquier instante desde su interior, como si fueran golpes de su alma hacia el mundo, hacia algo más allá de aquella desafortunada situación. Era tanto su  miedo que se sentía pesada, guiada a la voluntad de su captor, imposibilitada de salir huyendo de las garras de James.

 

“Oh Edward, mi amor”. Pensó al sentir cómo  silenciosas lágrimas mojaban sus mejillas. No quiso pensar, no quiso darse cuenta que quizás no lo volvería a ver jamás.

 

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Edward cogió su celular, pasaban de las ocho con treinta minutos y se le había hecho tardísimo pues su estúpida jefa no lo dejó salir temprano cuando, prácticamente, no había nada qué hacer.

 

Sintió unos sutiles golpes en la puerta de su oficina, cabreado, dejó el móvil sobre su escritorio y musito un frío adelante. Vio aparecer el cuerpo de Tanya con pesados libros entre sus brazos, apretando y abultando aun más su gran busto. Edward puso los ojos en blanco.

 

—Necesito que leas esto el fin de semana, Edward —dijo su autoritaria jefa.

 

Él abrió los ojos sorprendido.

 

—Necesito cuanto antes el reportaje, Edward.

 

Él asintió cabreado, trató de no perder la poca paciencia que le quedaba; todo lo que le pedía Tanya parecían puras estupideces.

 

—¿Puedo retirarme? —Preguntó aún sentado en su silla. Tanya lo miró por interminables segundos y suspiró profundamente.

 

—¿Desesperado por ir a casa? —Pasó su largo dedo índice por el escritorio de Edward—. Quizás puedas entretenerte aquí unos minutos, conmigo…, sobre tu escritorio.

 

Edward abrió los ojos impresionado, ¡ya era suficiente! Tanya lo tenía completamente harto con sus insinuaciones. Se levantó de la silla tomando su celular, cerró su ordenador y también lo tomó entre sus manos.

 

—Creo que el horario laboral ha terminado. Nos vemos el lunes.

 

Edward salió sin más de la oficina, dejando a Tanya completamente estupefacta ante el rechazo. Él bajó las escaleras, no había absolutamente nadie en la oficina, maldita la hora en la que se le ocurrió trabajar para esa revista. Entró en su amado Volvo, dejó el ordenador en el asiento trasero y cogió su celular.

 

—Vamos, amor, contesta —.Murmuró afligido. Había llamado al celular de Bella durante los últimos cuarenta minutos, o más, pero no había señales de ella.

 

Sabía que lo más probable era que ella estuviera molesta por haber demorado tanto en el trabajo, así que de camino a su departamento pasó por una florería. Edward pensaba que aquello era patético, comprar flores para ganarse un perdón, pero no se le ocurría otra forma más novedosa, no se le venía absolutamente nada más a la cabeza que estar junto a su pequitas.

 

Estacionó el automóvil, subió ansioso por el ascensor y llegó a la puerta del departamento. Justo cuando iba a abrir algo llamó su atención; tomó la bolsa que estaba tirada en el suelo, miró su interior y se dio cuenta de que eran moños. Edward frunció el ceño confundido, ¿qué hacía eso ahí? Mientras tanteaba en busca de su juego de llaves su corazón comenzó a latir inquieto en su interior…, las llaves de Isabella estaban puestas en la cerradura. Un mal presentimiento comenzó apoderarse de él y entró rápidamente, sin perder ni un segundo.

 

—¡Bella! ¡Bella, mi amor! ¡Bella! ¡¿Dónde estás?! —. Fueron los gritos frenéticos que salieron de la garganta de Edward.

 

El eco poco a poco fue recorriendo todo el departamento, sus pies lo llevaron de un lugar a otro, se detuvo en su habitación y vio un pequeño desorden de prendas amontonadas sobre la cama. Se percató rápidamente de que ella se había cambiado de ropa, pues la muda con la que la había visto a la hora del almuerzo estaba ahí…, junto a su móvil con ocho llamadas perdidas de él.

 

—Mierda… ¡Mierda! Bella, ¿dónde estás?

 

La desesperación no lo dejaba pensar con claridad. Sintió pánico, miedo, consternación, todo al mismo tiempo, dentro de los cinco minutos que tenía dentro del departamento. Cuando su mente le jugaba malas pasadas, recreando situaciones que se alejaban completamente de la realidad; se volvía otro y su lucidez se empañaba por la preocupación. Trató de no perder la compostura, aunque le resultaba muy difícil; no ganaba nada con gritar como loco por todo el departamento, de nada servía llorar, de nada servía seguirla buscando dentro de aquellas paredes…, porque Edward sabía perfectamente que a su Pequitas le había pasado algo, y él no había estado ahí para cuidarla ni para protegerla.

 

Cogió el celular de Bella y bajó rápidamente hacia la recepción para entrevistar al conserje, un viejo gordo y sordo.

 

—¡¿Ha visto a mi novia?! —Le gritó Edward al verlo detrás de su enorme mueble, el anciano lo miró extrañado.

 

El hombre de mirada cansada y movimientos titubeantes sabía quién era la muchacha, pero no la había visto salir, a menos que…

 

—A la señorita Isabella la vi salir…, hace más o menos una hora y media, iba contenta— explicó arrastrando las palabras como si tuviera todo el tiempo del mundo y como si Edward no brincara frenético al otro lado de su pulcro escritorio.

 

—¿Iba sola? — pregunto Edward entrando en pánico.

 

—Sí y luego, más o menos a los veinte minutos, volvió. Después de eso no la he visto ¿Está usted bien? —Preguntó el anciano tras terminar con su paciente declaración, el semblante de Edward dejaba mucho que desear.

El joven negó y salió hacia el estacionamiento sin decir absolutamente nada, cuando sus pasos elevaron un sonido sordo que se extendió por todo el lugar se percató de que el automóvil de Bella seguía intacto en su sitio, detuvo su andar y viró hacia su auto. Trató de no pensar mucho en lo que estaba pasando para no terminar más confundido de lo que ya estaba y se subió en el Volvo, lo encendió y salió a las calles de Vancouver a toda velocidad. Cogió el celular de Bella y marcó rápidamente aquel número, el único que venía a su mente en ese desesperante momento.

 

—¿Bella? —Contestó Ian inmediatamente desde el otro lado del auricular.

 

—Ian, soy Edward. Necesito tu ayuda.

 

Ian se alarmó. Edward jamás lo había llamado, pero… ¿Qué hacía él con el móvil de Bella? ¿Dónde estaba ella?

 

—¿Qué pasó? —. Se apresuró a preguntar, temiendo que algo fuera mal.

 

—Es ella. Bella no está, Ian ¡Bella no está! —las palabras de Edward lo perturbaron. ¿Qué quería decir con no está? No era posible.

 

Edward le explicó a groso modo lo que había ocurrido. Ian trató de calmarlo, pero no podía hacer mucho pues él se encontraba en estado de shock. Se encontrarían a unas pocas calles de donde Edward estaba conduciendo, minutos después estacionó el automóvil y vio que Ian se encontraba de pie hablando por teléfono. Al ver a Edward cortó la llamada, se sentó en el lado del copiloto y le pidió que le contara cada detalle que había visto, así como los pormenores de la secuencia de los hechos.

 

—Ella estará bien —dijo Ian luego de unos minutos—. Ve a casa de tu madre, espérame ahí y…, llama a la policía.

 

Edward asintió sin convicción, aunque se recriminó por la estupidez de no haber llamado a la policía desde que estaba en el edificio de su departamento. Cuando colgó suspiró frustrado porque poco y nada había servido la llamada al servicio de emergencia, ya que tenían que pasar cuarenta y ocho horas para poder reportar a Bella como desaparecida. Edward no sabía qué hacer con la poca cordura que le quedaba, ¿llamaba a Emmett? ¿A Renée? ¿A todos? ¿Qué demonios debía hacer? Tras un pesado suspiro concentró sus sentidos en la carretera y pisó más a fondo el acelerador.

 

Su móvil sonó cuando estaba por llegar a casa de su madre.

 

—Hijo, ¿dónde están? —Edward suspiró con lágrimas en los ojos. De seguro ya estaban todos en la casa, esperándolos…, sin saber que esa noche Isabella no llegaría con él.

 

Bella…, su Bella y su bultito habían desaparecido. Un sollozo escapó de sus labios, todo tenía que ser una terrible pesadilla, él no podía sufrir así, no podía perder a lo que más amaba…, lo que más había amado en toda su vida. Su Bella, su Pequitas, sintió unas increíbles ganas de gritar, de correr, de desaparecer. Si Bella y su hijo corrían peligro él tenía que hacer algo cuanto antes, no podía simplemente sentarse a esperar que pasaran esas tortuosas cuarenta y ocho horas, sin saber nada.

 

¿Quién podría hacerles eso? ¿Quién tenía el alma tan oscura cómo para llevarse a alguien sin dejar rastro? Bella jamás le había hecho daño a nadie, ella era tan pura, tan sincera, no merecía eso. Edward se aferró al volante, aceleró el auto haciéndolo dar un potente rugido, no había tiempo que perder, tenía que encontrar a su Pequitas. Edward lo sabía, su corazón le decía que ella no lo estaba pasando bien y él, sin pensarlo dos veces, daría la vida si fuese necesario para que Bella y su bebé estuviesen a salvo.

 

—Hijo, ¿qué sucede? ¿Qué tienes? —Esme se alarmó y él sólo pudo murmurar atropelladamente que todos lo esperaran.

Aunque de antemano sabía que era así, ya que por la tarde él mismo les había marcado a todos para reunirlos en casa de Esme diciendo que Bella y él tenían algo importante que decirles. Todos pensaron en el anuncio de su compromiso, que se avecinaba una boda… Pero nadie estaba preparado para la noticia que Edward les daría.

 

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Bella estaba en una cabaña, muy parecida a aquella en la que había vivido más de tres años atrás. En algún momento había perdido la consciencia y, a pesar de todo, agradecía ser un testigo lejano de lo que estaba viviendo.

 

Abrió los ojos para encontrarse con su terrible realidad. Su cuerpo estaba ahí, pero sus pensamientos se encontraban tan lejos… En un hombre cuyo nombre no quería recordar, no creía soportarlo; su vida, la razón de su existencia quizá pensaba que lo había abandonado…, o que alguien la había apartado de su lado. Podía imaginar sus ojitos hinchados de dolor. “Mi viejito panzón”, pensó con nostalgia, tenía que salir de ahí a como diera lugar, sabía que su Edward no lo estaba pasando bien. Su familia, su hermano…, de seguro, todos estaban desesperados por no saber nada de ella.

 

Acarició su vientre por inercia y una lágrima se deslizó por su mejilla. Sólo había una cosa que deseaba de todo corazón: no estar mucho tiempo ahí. Por el bien de su Bultito, era tan pequeño que no podía defenderse, ella daría la vida por él si fuera necesario, y bajo esas circunstancias ella sólo imaginaba lo peor.

 

Sintió pasos afuera de la habitación y cerró con fuerza los ojos, no quería encontrarse con la realidad. Detrás de sus párpados imaginaba a su amado Edward con su bultito entre sus fuertes brazos, justo su lado; Edward le sonreiría y ella besaría la cabecita de su bebé una y otra vez, vería a Edward a los ojos para decirle te amo y él la besaría en los labios suavemente. Pero todo sueño llega a su final, y ese acabó justo cuando la puerta se abrió bruscamente.

 

—¡Levántate, Isabella! —La muchacha sintió un escalofrío de los pies a la cabeza, pero no dudó en obedecer.

 

De pie, al lado de aquel improvisado colchón pudo ver unos finos tacones. Bella se puso de pie sin hacerla esperar, cualquier error podría costar la vida a su Bultito.

 

—Vaya… pero mira cómo has cambiado —Renata la evaluó de arriba a abajo, Isabella ya no tenía nada que ver con la extraña jovencita que había dejado su casa tres años atrás—. Y veo que tienes la cadena de oro de Renée. —Comentó socarrona, acercándose a Bella.

 

Por instinto Isabella se alejo rápidamente.

 

—¿Por qué me separaste de mi familia? —Gruñó ganándose el asombro de Renata, que abrió los ojos impresionada. No  esperaba que Isabella le hablara de asa forma tan fría; entrecerró los ojos observándola, jamás había escuchado la voz de Bella, al menos no de adulta.

 

—Bueno, supongo que tendrás muchas dudas, hija —dijo soltado una carcajada malévola—. Pero todo a su tiempo. Sólo te puedo decir que Renée en este momento debe estar destrozada— el fingido puchero de Renata hizo a Bella sentir repulsión—. A decir verdad, el plan se ha retardado mucho… con James prófugo de la justicia y yo casada con el bueno para nada de Aro… —Bella abrió los ojos impresionada—. Pero todo ha vuelvo a su curso, y nos iremos de aquí mañana por la noche, así que vete despidiendo de Vancouver.

 

“¡¿Qué?!”

 

 

Bella se quedó sola de nuevo. No sabía qué hacer, la habitación ni siquiera tenía una estúpida ventana o algo que le diera alguna posibilidad para escapar. Todo se resumía a nada… no podía hacer nada para salir de ahí.

 

James entró al cuarto y sonrío malévolamente, Isabella comenzó a sudar frío. Si bien, a Renata no le tenía tanto temor…, con James era otra cosa.

 

—Estás mucho más…, apetecible. Ya no eres un costal de huesos —dijo él con su lasciva voz. Bella sintió asco al sentir una de las ásperas manos de James tomando su cuello con fuerza—. He de admitir que ese novio tuyo tuvo suerte —Bella abrió los ojos sorprendida y en ese momento se dio cuenta de que su cuerpo temblaba a causa del miedo—: supo utilizarte de la mejor forma.

 

La asquerosa mano de James fue descendiendo poco a poco entre pechos, hasta llegar a su estómago, donde brevemente se detuvo…, frunció el ceño. Bella tuvo el propósito de alejarse de él pero James fue más rápido y la tomó bruscamente por la cintura.

 

—Desde mañana, cuando nos quedemos solos…, te haré mía —murmuró, golpeando su aliento en la mejilla de Bella—. Te haré gritar de placer… Serás la puta más apetecible con la que me haya acostado.

 

—No me hagas esto, por favor —pidió Bella suplicante. James la tiró a la cama bruscamente, la jaló del cabello y la inmovilizó.

 

—Esto es solo el comienzo. Aunque, claro, luego de un tiempo seguramente me aburriré de tu coño y necesitaré algo más para entretenerme. Seguramente dejaré tu cuerpo tirado en alguna parte para que te encuentren. ¿Lo ves, querida Isabella? No soy tan malo cómo piensas — Bella sintió náuseas después de escuchar la dulce voz de James.

 

Pero lo más desconcertante de todo eran aquellas palabras amenazantes, esa mortífera promesa de un futuro muy cercano, Isabella no daba crédito a lo que escuchó, su cuerpo temblaba de miedo y ella simplemente se acurrucó sobre el asqueroso colchón. James soltó una última carcajada antes de salir de la habitación y Bella quedó completamente a oscuras.

 

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—Hijo, tienes que comer algo —Esme le rogó a Edward, dejando un plato de galletas y un vaso de leche sobre la mesita de centro frente a él.

 

—Me siento un inútil —suspiró frustrado, tenía los codos sobre sus muslos y sus manos tomaban con fuerza su cabeza inclinada hacia adelante.

 

—Pequeño, la encontraremos —dijo Renée con la voz apenas contenida. Se acerco a él y palmeó maternalmente su hombro, Edward levantó la mirada y miró los ojos tristes de Renée

 

—Lo siento, perdóname por…, por no cuidarla como debí — Edward soltó un sollozo.

 

Todos estaban en la casa de los Cullen, aislados en su propio dolor, pero ningún sentimiento se parecía a la culpa y el dolor que Edward estaba sintiendo en ese momento. Se sentía el hombre más miserable que pisaba la tierra por no haber cuidado a su Pequitas como debía, sobre todo por su embarazo.

 

—No tienes por qué pedirme perdón, Bella es fuerte… —un sollozo se escapó de los labios de Renée—. Mi hija es fuerte y volverá a nosotros. Lo sé, pequeño. No te derrumbes, ella te necesitará fuerte.

 

Edward sintió dos lágrimas cayendo sobre sus mejillas, estaba desesperado por salir a buscarla, la espera lo estaba matando a cada minuto.

 

Charlie había hecho un gran movimiento entre el escuadrón de policías, aunque por el momento no pudieran hacer mucho por culpa de esas infinitas cuarenta y ocho horas. ¡Cuarenta y ocho horas cruciales para Edward! ¡Bella podía perder la vida en cuarenta y ocho horas! ¿Estaría comiendo? ¿Estaría bien?

 

—Renée, querida, deberías ir a dormir un poco —pidió Esme, que a pesar del dolor que sentía por dentro se mostraba fuerte, pues sus hijos y sus amigos estaban devastados.

 

—Edward… —Alice se acercó a su hermano y pasó su bracito derecho por encima de sus hombros, acariciándole el cabello broncíneo—. Duerme un poco, son las cuatro de la mañana.

 

Edward negó mecánicamente.

 

Alice no supo qué decir, sólo besó la mejilla de su hermano y se quedó ahí en silencio, acariciando su cabello para que se relajara un poco.

 

Los sollozos y lamentaciones eran lo único que se escuchaba en el living de los Cullen. Aquella pesadilla era insoportable, habían luchado y sufrido muchos años por recuperar a Bella y ahora, sin explicación alguna, se había esfumado, la había arrancado de su lado. Sentían que tres años de felicidad eran muy poco para compensar tanto tiempo, que esa nueva separación era inconcebible. Nadie soportaría si algo llegara a pasarle a la dulce Isabella.  

 

Esme y Amy prepararon té para todos, con el pasar de los minutos la taza de Edward se enfriaba y él sólo quería desaparecer del mundo, la vida no tenía sentido si su Bella no estaba a su lado.

 

Se recostó sobre las piernas de su hermana pequeña susurrando “¿Por qué ella?”. Alice no decía nada, su hermano necesitaba desahogarse y ella estaría ahí para él.

 

—¡Edward! —la voz de Ian se escuchó en la casa, Edward se sentó rápidamente en el sofá.

 

Todos alzaron la mirada para ver a un Ian completamente en shock que caminó hacia Edward.

 

—He traído esto —anunció Ian.

 

Edward miró el sobre que Ian tenía en sus manos, de adentro sacó un Cd y Alice rápidamente prendió la TV y el DVD.

 

Edward no fue consciente de cómo todos se ubicaban alrededor de él, el video comenzó y pudieron ver a Bella salir sola del edificio.

 

—Las cámaras de seguridad del edificio —explicó Ian ausente, nadie dijo nada, todos estaban expectantes mirando la pantalla de la TV.

 

Isabella se veía tranquila y sonriente en el video, Edward notó cómo ella caminaba acariciando inconscientemente su inexistente pancita, luego subió por el ascensor y la pantalla cambió hacia la cámara en el pasillo donde vivían. Luego vieron a un hombre rubio que la interceptó al entrar al departamento, cómo el intruso entró y a los pocos minutos salieron, él le dijo algo mientras Bella lloraba. A pesar de que el maldito video no tenía audio todos podían imaginar lo que aquel desgraciado le dijo. Luego se perdieron en las escaleras, para luego aparecer en la recepción donde el conserje no estaba, y salieron rápidamente del edificio…, perdiéndose de la vista del lente de las cámaras

 

—¡Hijo de puta! ¡Maldito! —exclamó Edward perdiendo la poca paciencia que le quedaba. Se acercó a Ian y lo tomó de la solapa de la camisa—. ¿Ian, dónde está Bella? ¿Dónde está? Tú eres detective, ¡dime! —Ian se deshizo de su agarre y negó con la cabeza.

 

—El tipo se llama James —explicó Ian—. Es prófugo de la justicia desde hace más de cuatro años. La última vez que supieron algo de su paradero fue hace años, cuando escapó de Vancouver. Tiene cargos por narcotráfico y por…, violación

 

—No, no, ¡no! —Edward caminó desesperado por la habitación, aventando todo lo que veía,  gruñendo, suplicando—. Mi Bella, mi hijo… ellos tienen que estar bien —sollozó.

 

La familia se quedó en completo silencio al escuchar tal declaración. Edward no fue consciente de cómo aquellas palabras sorprendieron a todos menos a Ian. Nadie supo qué hacer o qué decir… no era momento de felicitaciones, pero la noticia los tomó totalmente desprevenidos. Edward se dio cuenta de que esa no era la forma en la que había pensado junto con su Bella para decirles sobre el embarazo, en ese momento sólo tuvo ganas de caer de rodillas y derrumbarse.

 

—¿Qué dijiste? —preguntó Renée frente a Edward, tomándolo con fuerza por los brazos, con los ojos desorbitados y unas gruesas lágrimas cayendo incesantes por sus mejillas.

 

—Bella está embarazada— afirmó Edward. Renée retrocedió tambaleante, cómo si aquellas tres palabras la hubieran golpeado con fuerza y un sepulcral silencio se alzó en la habitación.

 

—¡No! —se lamentó Renée con un sollozo—. Por favor, dime que mi hija no está en peligro. ¡Dímelo, Ian!

 

Renée cayó al suelo y Charlie la sostuvo entre sus brazos, desahogándose. Emmett estaba desconsolado, hasta tal punto que no decía nada, era un alma perdida, con la mirada fija en la nada y Rosalie sólo se quedaba a su lado, demostrándole su apoyo y su amor, tratando de contener un poco su dolor.

 

—Tengo a algunos hombres investigando —Ian se acercó a Edward y palmeó su hombro—. Bella y tu bebé estarán a salvo. Se lo debo…, se lo prometí.

 

—Edward. —La voz de Esme resonó en la habitación, su hijo la miró y se lanzó a llorar como un niño a los brazos de su madre.

 

—Bella…, Bella está embarazada —declaró mientras todos escuchaban atentos—. Tiene doce semanas, queríamos contarles ésta noche, pero…, no llegué a tiempo. ¡No la pude salvar! ¡No pude hacer nada! —Esme besó el cabello de su hijo en repetidas ocasiones. Edward lucía tan desolado, tan desesperado.

 

Los Swan se fueron a su casa por si acaso alguien llamaba con algún tipo de información o pidiendo algún rescate. Junto con ellos fueron dos detectives, amigos de Ian, para mantenerse informados entre ellos.

 

Un nuevo amanecer comenzaba en Vancouver y Edward dormía, en algún momento de la madrugada había perdido la consciencia entre el llanto y la desesperación. Ian también estaba ahí, como todo ser humano, él también cayó rendido en el cómodo sofá de los Cullen.

 

Con el pasar de las horas las esperanzas comenzaban a escasear, no habían recibido ninguna llamada, no habían pedido ningún rescate, no había absolutamente nada.

 

Edward, desesperado, se subió en su Volvo y comenzó a dar vueltas sin rumbo a las afueras de la cuidad. Su intención era tratar de encontrarla, pero su viaje en círculos sólo le sirvió para desahogarse sin ningún testigo. Los llantos, los gritos, la desesperación, ya nada era suficiente para sacar todo el dolor que llevaba dentro, necesitaba encontrarla o se volvería loco.

 

Luego de una hora decidió regresar a casa de sus padres. Estaba en una luz roja cuando su móvil comenzó a sonar, sin pensarlo dos veces contesto.

 

—¿Bueno?

 

—Edward, ven a casa de tus padres. Victoria esta aquí —dijo Ian.

 

¡¿Victoria?! ¿Qué mierda hacía Victoria en su casa?

 

—Edward, es importante. Date prisa —Edward cree que Ian ha perdido la razón.

 

¿Qué diablos le interesa a él si Victoria está en su casa? ¿Por qué aparece ahora? ¿Qué pretende? ¿Qué busca? Rascó su cuero cabelludo con impaciencia, no sabía qué mierda hacer y lo que menos deseaba era ver a su ex novia en su casa después de tanto tiempo, le parecía absurdo, casi irreal. Para Edward, Victoria había dejado de existir mucho tiempo atrás, ni siquiera recordaba que ella también vivía en Vancouver. Se podía decir que ella era un pasado oscuro, uno donde había perdido los primeros meses de su Bella adaptándose a su nueva vida.

 

Ni cuenta se dio cuando llegó a casa de los Cullen, Edward frenó, dejó el auto a medio estacionar y se bajó casi corriendo. Caminó hacia la entrada, donde Amy abría la puerta rápidamente para que él entrara a la residencia, Edward le agradeció con la mirada y buscó al problema que estaba sentada en la sala junto con Ian y Esme.

 

—¿Qué mierda haces aquí, Victoria? —gruñó sin una gota de paciencia.

 

Caminó hacia donde Victoria estaba sentada, pero un pequeño hombrecito en sus piernas le hizo retroceder. El niño lo miró asustado y escondió el rostro en el pecho de su madre.

 

—Edward —habló Esme en voz bajita—. Cálmate, hijo.

 

Edward trató de hacerlo, pero no entendía por qué esa mujer se encontraba en su casa con el niño en sus brazos.

 

—¿Qué haces aquí, Victoria? No quiero, ni tengo ánimos de verte en este momento. Tengo cosas que hacer.

 

Ian se levantó del sofá y alzó una ceja a la pelirroja, la cual acomodó al niño entre sus piernas y acarició su cabello.

 

—Edward, tengo información de Bella —dijo Victoria sin más.

 

¡¿Qué?! ¿Cómo? ¡¿Qué tenía que ver ella con la desaparición de Bella?!

 

—¡¿Qué le hiciste?! ¡¿Qué mierda le hiciste, bruja?! —gritó Edward al borde de la locura, olvidándose del niño que se estremeció de temor al ver a Edward de aquella forma tan descontrolada.

 

—Nada, yo no hice absolutamente nada —Victoria le pasó el pequeño a Esme quien lo recibió en sus brazos rápidamente.

 

Edward frunció el ceño e Ian suspiró pesadamente negando con la cabeza.

 

—Victoria, al grano. Tenemos trabajo qué hacer —dijo Ian.

 

Victoria lo fulminó con la mirada. La pelirroja se puso de pie y se acercó a Edward vacilante. Sin embargo, él retrocedió, tenía la vaga sensación de que si Victoria se acercaba más a él el no iba a responder por sus actos.

 

—Mi padre se casó hace un par de años con Renata —Ian reconoció el nombre, pero no sabía donde lo había escuchado—. Ella…, ella es la que secuestró a Bella con su amante James.

 

—James… —murmuró Edward negando con la cabeza, miró directamente a Ian buscando alguna respuesta, un tipo de salida, un escape—. ¡Vamos a buscarla! —gritó desesperado.

 

—¡Tienen que llamar a la policía! —dijo Esme completamente asustada, botando de su lugar con el hijo de Victoria entre sus brazos. Temía que Edward se expusiera a delincuentes y todo empeorara en lugar de mejorar.

 

—¡No hay tiempo, mamá! —miró de nuevo a Victoria con el ceño fruncido—. ¿Qué ganas con esto? ¿Qué quieres?

 

—Edward, sé que no terminamos de la mejor manera…, pero yo no soy una mala persona. Esme me dijo que Bella está embarazada, me puse en su lugar y…, yo me muero si le sucediera algo a mi Ben —explicó apuntando hacia el pequeño pelirrojo.

 

—No entiendo —Edward frunció el ceño—. Bella jamás te cayó bien, no entiendo tu cambio de actitud.

 

—No hay tiempo para explicaciones. Edward, me temo que tienes que darte prisa…, Bella corre peligro.

 

Edward miró a Victoria y a pesar de que no tenía la más mínima intención de creerle era su única esperanza. Además, no le veía sentido a que ella hubiera llegado a la casa de sus padres justo para contarle todo a él. ¿Y si era una trampa? No sabía qué pensar, el interior de su cabeza era como una colmena de abejas zumbando, volando en todas direcciones y chocando contra su cráneo. Solamente siguió su instinto y dejó que Victoria diera las explicaciones que necesitaba para dar con Bella. Edward apretó las llaves del Volvo, que aún tenía en una de sus manos, ysin decir una palabra se fue…, dejando a su espalda a una Esme sumamente preocupada.

 

—¿Qué haces aquí? —preguntó Edward, él sonrió como si la respuesta fuese obvia.

 

—Vamos a salvar a Bella, Edward. Olvídate de nuestras diferencias. Ella tiene que estar a salvo.

 

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Isabella limpió sus mejillas bañadas en lágrimas, su pequeño cuerpo tembló con anticipación. Su estómago gruñó y vagamente fue consciente de que alguien la observaba de pie al lado de su viejo colchón. ¿Cuánto había pasado? ¿Horas? ¿Días? ¿Meses? No lo sabía, sólo era consciente de que su estómago gruñía por algo de beber, o de comer… se sentía débil y su pequeño bultito estaba sufriendo, ella lo sabía y era lo que más la atormentaba.

 

—Isabella— Bella abrió los ojos y vio a Renata sonriendo, usaba un buzo deportivo—. Me debes mucho, ¿sabes?

 

—¿A qué te refieres? —preguntó apenas en un susurro, Renata le sonrío malévolamente.

 

—¿Jamás te has preguntado por qué no dejé que James te violara? Oh, niña, sabes a pesar de todo tengo algo de corazón —dijo Renata en ese tono dulzón que hacía a Bella sentir un poco más de desprecio hacia ella—. Más aún cuando la misma sangre corre por nuestras venas— explicó presumida.

 

Isabella frunció el ceño confundida y se incorporó sobre el viejo colchón para mirarla a los ojos. “¿Qué tonterías está diciendo esta mujer?”, se preguntó mentalmente.

 

—Tú no eres mi madre —espetó Isabella y Renata se echó a reír.

 

—Claro que no, idiota ¡Soy tu tía! —la perplejidad en el rostro de Isabella sólo sirvió para que Renata se carcajeara aún más— ¿Qué? ¿Renée no te contó que tuvo una hermana? Oh sí, nuestros padres murieron, y Renée siempre tan linda y delicada fue adoptada ¡Y yo estuve toda la puta vida ahí! Los días pasaban y yo jamás recibí algo, pasé el tiempo viendo cómo a todas las niñas se las llevaba una familia y yo crecí en aquel repugnante lugar ¡Renée fue criada en una caja de cristal cuando yo pasaba hambre y frío en aquel asqueroso orfanato!

 

Isabella quedó estupefacta ante aquella información, se puso de pie y quiso huir del lugar. Renata no podía ser su tía, le daba asco pensar que su sangre era la de ella. Su mente trató de procesar la información…, pero no era posible. Renata no, de todas las mujeres en el mundo, ¿por qué ella? 

 

—¿Ves? Renée siempre lo tuvo todo. Por eso…, le quité lo que más quería —dijo Renata con una mirada enfermiza sobre el rostro de Isabella.

 

Fue ahí cuando Bella lo comprendió todo.

 

—¡No tenias derecho! ¡¿Por qué me separaste de mis padres?! —gruñó Bella sacando a flote un coraje que no sabía que tenía.

 

—Tu madre jamás será feliz, Bella —aseguró Renata totalmente desquiciada. Se acercó más a Isabella—. Lástima que tú, querida sobrina, tienes que pagar por todo —rió pasando las manos por el cabello de Bella.

 

—¡Eres una desgraciada, Renata! ¡No tenías derecho! —gruñó alejándose de sus falsas caricias.

 

Renata levantó una mano, pero justo antes de golpearla James apareció en la habitación.

 

—Renata, ya es hora —dijo apremiante. Se dedicaron una mirada que hizo estremecer a Bella y ambos se sonrieron con la misma mueca maliciosa.

 

—Bien— Renata sacó un pañuelo de su bolsillo y se acercó a Bella.

 

—¡¿A dónde me llevan?! —preguntó al borde de la histeria.

 

No podían llevársela, ella no podía irse de ahí, no podía dejar a su Edward, a su vida, su familia… ¿La matarían? ¿Qué harían con ella?

 

El temor se abrió paso en su interior, como una flor cuando abre sus pétalos, llenándola. En un breve instante pasaron por su mente muchos momentos al lado de su familia, al lado de Edward. En ese momento tan crucial se dio cuenta de que todo aquello era verdad, que no podía hacer nada y se preguntó si algún día llegaría a ver la carita de su hijo.

 

—¡Silencio! Creo que me excitaba más cuando estabas callada —  dijo James riendo como un demente, luego jaló a Bella por el cabello, ella gimió de dolor y Renata aprovechó la situación para anudarle el pañuelo alrededor de la boca, para que evitar que gritara.

 

—Ya esta anocheciendo, ahora vamos —dijo James empujándola.

 

La sacaron bruscamente de la habitación, Bella miró a su alrededor y se encontró en una sala que al parecer era el único mobiliario, había una mesa de manera y a su costado derecho un viejo sofá. Salieron de la cabaña y apareció ante su vista un gran prado; caminó escoltada por los pasos y empujones de sus captores, y por el arma de James. Isabella giró sus ojos frenéticamente tratando de encontrar un punto de referencia, alguna posibilidad; se dio cuenta de que la noche comenzaba a caer al igual que su esperanza. Lágrimas silenciosas comenzaron a descender por sus mejillas, no podía creer lo que estaba pasando

 

“¿Por qué yo? ¿Qué hice? No soy una mala persona, sólo…, sólo quiero a mi familia. Por favor, por favor…”, imploró en silencio.

 

Aún tenían que caminar unos cuantos metros para llegar a un automóvil negro que estaba parado a medio camino. De Pronto, un ruido los distrajo.

 

—¡¿Quién anda ahí?! —gruñó James.

 

“Policías, por favor” Bella suplicó, cerrando un segundo los ojos.

Ella no podría hacer absolutamente nada para detenerlos, se sentía impotente al no poder salir corriendo o huir. Sentía terror por el arma que James cargaba en su mano derecha, sabía que no dudaría en disparar, así que ni siquiera pensó en escapar.

 

No hubo respuesta a la pregunta de James. Caminaron por el prado con algo de dificultad, James miraba con el ceño fruncido los grandes pastizales, los enormes árboles y las flores secas del prado. Se adelantó unos pasos para verificar que nadie estuviera ahí, cosa que era poco probable porque estaban entre las enormes montañas de Vancouver.

 

—¿James? —Renata se encontraba nerviosa por alguna extraña razón. Caminó unos pasos con Isabella a su lado, tomándola por el brazo para que no escapara, distraída por los movimientos de James y de pronto sintió cómo alguien se abalanzaba sobre ellas.

 

James volteó, sorprendido por el ruido y su expresión cambió rotundamente.

 

Bella cayó al suelo en un fuerte sonido, sintiendo un gran peso sobre ella, tras unos segundos de confusión lo miró a los ojos y se sintió aliviada, no podía que él estuviera ahí. Su corazón latía con fuerza por la adrenalina del momento y detrás de la mordaza había una sonrisa esperanzada, sabía que estaría bien. Aquel alivio se intensificó, ya que en una milésima de segundo, pudo ver a Renata presa entre los brazos de un policía.

 

Él se dejó caer a un lado de Bella, pues temía dañar a su bultito, la miró con ternura y la ayudó a ponerse de pie.

 

—¡No! —gritó James sintiendo cómo su plan se iba abajo. Miró a Renata por un segundo, luego intentó fugarse por el lado contrario y vio a tres policías apresurándose a su encuentro.

 

—¡Nos vemos en el infierno! —gritó antes de apretar el gatillo hacia Bella…

 

Ella dio un respingo, aturdida, todo pasó tan rápido que no se dio cuenta de que alguien se interpuso, escudándola de la trayectoria de la bala y recibiendo el disparo de lleno en su cuerpo. Fue cayendo en cámara lenta al suelo, sintiendo cómo la vida se le iba con cada segundo.

 

Bella cerró los ojos sintiéndose incapaz de gritar, todo se arremolinó en su interior y las lágrimas la inundaron con dolor.

 

Se escuchó otro disparo…, y su cuerpo quedó inmóvil.

 

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Hola mis hermosas/os. Primero y antes que todo, quiero dar mis excusas baratas por tanta demora, debo decir a mi defensa que me costó MUCHISIMO escribir este capítulo, quizás ha sido el que más me ha costado y lamento mucho haberlos hecho esperar, cuando me lo hacen a mi lo odio.

 

Sin embargo aquí estoy, dispuesta a reclamos, disparos, al Team “matemos a Anie” lo aceptaré, pues yo me sentiría igual.

 

Como siempre GRACIAS a ustedes, nos quedan dos capítulos de TSOS :C y espero que los disfruten jeje.

 

No tienen idea como amo sus comentarios, como me sacan sonrisas ¿se animan a comentarme? Sus comentarios y votos son mi única paga.

 

Las invito a mi grupo de Facebook  subí varios adelantos de este capítulo, asi no se pierden nada.

 http://www.facebook.com/groups/434770753266013/

Como siempre, les mando abrazos y Besos desde Chile.

 

 

Capítulo 24: Solo cierra tus ojos Capítulo 26: Por el resto de mi vida.

 
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