Una noche traicionada (2)

Autor: Lily_cullen
Género: + 18
Fecha Creación: 23/04/2018
Fecha Actualización: 17/06/2018
Finalizado: SI
Votos: 2
Comentarios: 6
Visitas: 6294
Capítulos: 28

La apasionante historia entre Bella y el misterioso E continúa.

E sólo quiere una noche para adorarla y traspasar los límites del placer con ella, pero desde el instante en que sus miradas se cruzaron nació un intenso romance entre estos dos polos opuestos que se necesitan y se rehúyen al mismo tiempo. Cargado de misterios y secretos, E deberá dar un paso adelante para mantener a Bella a su lado. El enigmático E tiene muchas cosas que contar…

«Tengo una petición»

«Lo que quieras»

«Nunca dejes de quererme»

 

 

Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer la historia le pertenece a Jodi Ellen Malpas del libro Una noche deseada.  

 

 


Actualizaciones: Lunes, miércoles y viernes

 

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Capítulo 24: Capitulo 23

Nota al pie.

 

Oigo voces. Son débiles, pero están ahí. La habitación sólo está iluminada por los puntos de luz que emite Londres de noche en el horizonte. Si no supiera dónde me encuentro, pensaría que estoy en un balcón, mirando la ciudad, pero no es así. Estoy tumbada en el viejo sofá de Edward, delante de la inmensa ventana de cristal, desnuda y envuelta en una manta de cachemir. Es decir, en un lugar mejor.

Me incorporo, tiro de la manta y parpadeo para despejarme, bostezando y estirándome en el proceso. Las vistas y el sueño me distraen de las voces que he oído hace unos momentos, pero entonces el tono ligeramente elevado y agitado de Edward me recuerda su ausencia en el sofá. Me levanto y me envuelvo con la manta antes de recorrer el suelo de madera hasta la puerta. La abro sin hacer ruido y escucho a hurtadillas. Edward vuelve a hablar bajo, pero parece irritado. La última vez que contestó a una llamada en plena noche, desapareció. Las imágenes de nuestro encuentro en el hotel atraviesan mi mente como una bala y hago una mueca de dolor. No quiero pensar en él de ese modo. El hombre al que me enfrenté en aquella habitación no era el Edward Masen que conozco y quiero. Tiene que cambiarse el número de teléfono para que esas mujeres no puedan hacerse con él. Ya no está a su disposición, aunque compruebo de mala gana que aún no lo saben.

Avanzo hacia el sonido de su voz sorda, sus palabras se vuelven más claras conforme me acerco, hasta que llego a la puerta de la cocina y veo las marcas de arañazos que Bree le ha dejado en la espalda desnuda.

—No puedo —dice con determinación—. No es posible.

Sus palabras me llenan de orgullo, pero entonces apoya el culo en una silla y veo que hay otra persona con él en la habitación.

Una mujer.

Me pongo tensa.

—¿Qué pasa? —pregunta ella claramente sorprendida.

—Las cosas han cambiado. —Levanta la mano y se la pasa por el pelo—. Lo siento.

Trago saliva. ¿Se acabó? ¿Lo ha dejado oficialmente?

—No aceptaré un no por respuesta, Edward. Te necesito.

—Tendrás que buscarte a otro.

—¿Perdona? —La mujer se echa a reír. Desvía la mirada más allá de la figura sentada de Edward y me pilla en la puerta.

Me escondo al instante, como si no me hubiese visto ya. Es madura pero muy atractiva, con el pelo rubio ceniza, una melena perfecta corta, y envuelve con los dedos una copa de vino. Tiene unas garras rojas y largas por uñas. Eso es prácticamente todo lo que llego a ver antes de esconderme como una idiota y, sintiéndome muy estúpida por ello, me vuelvo para dirigirme al dormitorio, intentando en vano estabilizar mis erráticos latidos. La está rechazando. Mi intervención es innecesaria, y recuerdo perfectamente que Edward dijo que cuanta menos gente supiese de mí, mejor. Lo detesto, pero debo hacerle caso, ya que no tengo ni idea de dónde nos estamos metiendo.

—Vaya, vaya. —Oigo su voz suave mientras me escabullo y mis hombros saltan hasta tocar los lóbulos de mis orejas.

Sé que me ha visto, pero una pequeña e inocente parte de mí esperaba que mi furtivo movimiento me hubiera apartado de su vista antes de que sus ojos pequeños y redondos me hubiesen visto.

Me equivocaba.

Ahora me siento como una cotilla, cuando ha sido ella la que ha invadido el apartamento de Edward en mitad de la noche. ¿También va a sacarme su tarjeta y a decirme que la guarde bien? ¿Va a ofrecerme que lo compartamos? Después de todo, puede que le arranque la piel a tiras.

—¿Qué? —La intensa voz de Edward tensa mis hombros más todavía.

—No me habías dicho que tenías compañía, querido.

—¿Compañía? —Suena confundido y yo, consciente de que me han pillado de plano, doy media vuelta y me enfrento a la situación, mostrando mi cara justo cuando Edward se asoma para ver qué ha llamado la atención de su invitada—. Bella. —Su silla araña el suelo de mármol cuando se levanta apresuradamente.

Me siento violenta y estúpida ahí de pie, envuelta con una manta, con el pelo en la cara y los pies descalzos moviéndose de manera nerviosa.

Edward parece agitado, cosa que no me sorprende, pero la mujer que está en su cocina da la impresión de estar interesada mientras se relaja en su silla y se lleva la copa de vino a sus labios rojo intenso.

—¿De modo que ahora te entretienes en casa? —ronronea.

Edward hace caso omiso de su pregunta y se acerca a mí rápidamente, hace que dé media vuelta y me empuja con ternura fuera de la cocina.

—Deja que te meta en la cama —susurra.

—¿Es una de ellas? —pregunto, dejando que me aleje de allí. Sé que lo es, y lo sé por los aires de superioridad que se gasta y por su ropa de diseñador.

—Sí —responde entre dientes—. Me desharé de ella y enseguida estaré contigo.

—¿Por qué está aquí?

—Porque se toma ciertas libertades.

—Eso parece —coincido.

—¡Querido! —La voz segura y petulante de la mujer provoca en mí el mismo efecto que la última vez que oí hablar a una de las clientas de Edward. Me pongo tensa bajo sus manos, y él lo hace también—. No la escondas por mí.

—No la estoy escondiendo —escupe él por encima del hombro mientras sigue avanzando—. Vuelvo dentro de un minuto, Irina.

—Te estaré esperando.

Ahora que ha mencionado su nombre y que ella ha contestado con un exceso de seguridad me doy cuenta de que tiene un acento raro. Es definitivamente europea. Es sólo un deje, pero perceptible. Es como la mujer del Quaglino’s, pero más descarada y más segura de sí misma, cosa que no creía posible.

Una vez en su dormitorio, retira las sábanas y me mete en la cama. Me tumba con cuidado y apoya los labios en mi frente.

—Vuelve a dormirte.

—¿Cuánto vas a tardar? —pregunto, incómoda porque tenga que estar ahí fuera con esa mujer. Es arrogante. No me gusta, y definitivamente no me gusta la posibilidad de que babee encima de Edward.

—Estás en mi cama y estás desnuda. —Me aparta el pelo de la cara y me acaricia la mejilla con la nariz—. Quiero disfrutar de «lo que más me gusta» con mi hábito. Por favor, deja que me encargue de esto. Me daré toda la prisa que pueda, te lo prometo.

—De acuerdo. —Me resisto a estrecharlo en mis brazos porque soltarlo cuando se marche me costará demasiado—. Mantén la calma, por favor.

Él asiente. Me besa una vez más en los labios con suavidad y sale del cuarto, cerrando la puerta tras de sí y dejándome sola con la oscuridad y con mis pensamientos; pensamientos indeseados, pensamientos que, si les dedico mucho tiempo, acabarán volviéndome loca.

Es demasiado tarde.

No paro de dar vueltas. Entierro la cabeza bajo la almohada, me incorporo, espero oír algún golpe y considero volver con Edward, cada vez más furiosa. Pero cuando oigo el pomo de la puerta, me tumbo de nuevo, fingiendo que no me he pasado los últimos diez minutos volviéndome loca con pensamientos sobre reglas, elementos de inmovilización, dinero en efectivo y preocupada por el temperamento de Edward.

Una luz oscura inunda la habitación y, al cabo de unos instantes, lo tengo pegado a mi espalda, apartándome el pelo del cuello para lamerlo.

—Hola —susurro, volviéndome hasta que tengo su rostro frente al mío.

—Hola. —Me besa la nariz con ternura y me acaricia el pelo.

—¿Se ha ido?

—Sí —responde de manera rápida y asertiva, pero no dice nada más, cosa que me parece bien. Quiero olvidar que estaba aquí.

—¿En qué estás pensando? —pregunto tras un largo silencio que a él no parece molestarle, pero que yo interrumpo para intentar distraer mi mente de visitantes nocturnas.

—Estoy pensando en lo preciosa que estás en mi cama.

Sonrío.

—Pero si apenas puedes verme.

—Te veo perfectamente, Bella —responde en voz baja—. Te veo allá donde miro, con luz o en la oscuridad.

Sus palabras y su cálido aliento sobre mi cara me relajan por completo.

—¿Estás nervioso?

—Un poco.

—Tararéame.

—No puedo tararear forzado —objeta, un poco tímido.

—¿Puedes intentarlo?

Medita unos instantes, me estrecha un poco más contra su pecho y me apoya la barbilla en la cabeza.

—Me siento presionado.

—¿Presionado a tararear?

—Sí —confirma, y me besa el pelo.

Es un buen trato, pero cuando el silencio se alarga y nos sumimos en un mundo de paz y tranquilidad, abrazándonos el uno al otro, supera la presión de mi petición y empieza a tararear bajito, lo que me sume en un profundo y relajado sueño.

—Bella... —Su susurro me despierta. Intento volverme, pero no consigo moverme—. Isabella.

Abro los ojos y me encuentro sus brillantes ojos azules y su característica sombra de barba, ahora más larga.

—¿Qué?

—Estás despierta. —Se apoya sobre los antebrazos y restriega su entrepierna contra la mía para mostrarme su estado actual—. ¿Lo hacemos? —pregunta, y la idea de que Edward me venere me despierta como si el mismísimo Big Ben estuviese sonando junto a la cama.

—Con condón —exhalo.

—Hecho. —Su mano desciende por mi cadera hasta mi abertura y extiende mi caliente humedad sofocando un grito de satisfacción—. ¿Estabas soñando conmigo? —pregunta seguro, volviendo a apoyar la mano sobre el colchón y retrocediendo.

—Puede ser. —Me hago la dura, pero entonces se hunde en mí y mis intentos de hacerme la indiferente desaparecen al instante—. Ahhh —gimo.

Levanto los brazos y enrosco los dedos alrededor de su cuello. Su deliciosa plenitud en mi interior me lleva a lugares más allá del placer, tal y como Edward había prometido.

Sí que estaba soñando con él. Soñaba que esto duraba para siempre, no sólo una vida, sino más allá; una vida de perfecta precisión en todo, especialmente cuando me hace el amor. Me he acostumbrado a sus manías. Siempre me fascinará, pero lo más importante es que estoy absoluta, dolorosa y perdidamente enamorada de él. Me da igual quién sea, lo que haya hecho y lo obsesivo que se muestre.

Nuestros cuerpos deslizándose rítmicamente superan los límites del placer. Me mira con total devoción, alimentando mis sentimientos cada vez más con cada golpe de sus caderas.

Estoy ardiendo, exhalando jadeos en su rostro mientras mis palmas se humedecen por el sudor que empapa su nuca.

—Me muero por besarte —murmura hundiéndose profundamente mientras intenta controlar su agitada respiración—. Me muero de ganas, pero no quiero apartar los ojos de tu rostro. Necesito verte la cara.

Aprieto mis músculos internos por acto reflejo y lo siento latir lenta y constantemente.

—Joder, Bella, la perfección no es nada comparada contigo.

Quiero contradecirlo, pero tengo toda mi concentración puesta en igualar el meticuloso ritmo de sus caderas. Sus embestidas son firmes y precisas, y sus retiradas lentas y controladas. Las cosquillas que siento en el estómago se preparan para descender algo más, para erupcionar y volverme loca con sensaciones incontenibles, y no sólo del tipo físico. Mi corazón también estalla.

De repente, me estoy moviendo, me incorpora y me coloca sobre su regazo mientras él se pone de rodillas y me guía arriba y abajo.

—Tienes la medida justa —gruñe, y cierra los ojos lentamente—. Lo único en mi vida que ha sido perfecto de verdad eres tú.

A través de mi estado de dicha, intento comprender qué significa eso, especialmente viniendo de un hombre que siempre busca la perfección.

—Quiero ser perfecta para ti —digo, empujando mi cuerpo contra el suyo y pegando el rostro en su cuello—. Quiero ser todo lo que necesitas.

No tengo problemas en admitirlo. En momentos como éste, veo a un hombre relajado y contento, no estirado y malhumorado o impredecible y peligroso. Si puedo ayudar a trasladar algunas de esas cualidades del dormitorio a la vida de Edward cuando no me está venerando, lo haré, durante el resto de mis días. La mitad del día de ayer fue un comienzo perfecto.

Me siento hipnotizada cuando me aparto y lo miro a los ojos, aferrándome a su pelo y moviéndome exactamente como él me indica. El poder que emana siendo tan tierno es increíble, y su velocidad y contención me hacen perder la razón. Jadea y une nuestras frentes.

—Mi dulce niña, ya lo eres —repone. Baja los labios hasta los míos y nos besamos con fervor. Nuestras lenguas chocan y se enroscan mientras yo asciendo y desciendo continuamente—. Eres demasiado especial, Bella.

—Tú también.

—No, yo soy un fraude. —Encorva las caderas un poco, provocando un grito de ambos—. ¡Joder! —exclama, levantando el trasero de los talones y arrodillándose mientras me sostiene contra él sin ningún esfuerzo.

Dejo caer la cabeza hacia atrás mientras me agarro a su espalda y me aferro con los tobillos para conseguir un poco más de estabilidad.

—No me prives de tu rostro, Bella.

La cabeza me pesa y gira a su libre albedrío conforme la presión se acumula y bulle. Voy a estallar.

—Me voy a correr.

—Por favor, Bella, deja que te vea —dice con una suave embestida—. Por favor.

Me obligo a cumplir su ruego, reuniendo la poca energía que me queda para agarrarme de su cuello para ayudarme. Grito.

—Túmbate hacia atrás.

—¿Qué? —grito, cerrando los ojos y sintiendo cómo mis músculos se contraen persistentemente. Ya no puedo controlarlo más.

—Túmbate hacia atrás —repite. Apoya la mano en mis lumbares y deja que me recueste contra ella para bajarme hasta que la parte superior de mi espalda toca el colchón y la parte inferior de mi cuerpo se mantiene aferrada a su cuerpo arrodillado—. ¿Estás cómoda?

—Sí —jadeo arqueando la espalda y hundiendo los dedos en mis rizos rubios y revueltos.

—Bien —gruñe.

La expresión de su rostro me indica que él también está cerca del orgasmo. Su estómago se endurece como señal del aumento de tensión.

—¿Estás lista, Bella?

—¡Sí!

—Joder, yo también.

Sus caderas parecen cobrar voluntad propia. De repente, me percute con violencia y la delicadeza anterior desaparece. Está temblando, intentando controlarse, y me pregunto una vez más si se trata de una continua batalla por evitar la ferocidad de la que fui testigo en el hotel.

Esa línea de pensamiento requiere una mente despejada, y ahora mismo no la tengo. Me estoy corriendo.

—¡Edward!

Da un nuevo golpe de caderas y nos lleva a los dos al límite. A continuación deja escapar un bramido contenido y yo un grito sofocado. Clava los dedos en mi piel mientras se hunde un poco más en mí, temblando, sacudiéndose y jadeando.

Estoy agotada, completamente inservible, me cuesta incluso mantener los ojos clavados en el rostro húmedo posterior al clímax de Edward. Recibo con ganas su peso cuando se deja caer sobre mí, manteniendo los ojos cerrados pero compensando el hecho de no verlo al sentirlo por todas partes. Está empapado en sudor, jadeando contra mi pelo, y es la sensación más increíble y profunda del mundo.

—Lo siento —susurra a santo de nada, y yo arrugo la frente a través de mi agotamiento.

—¿El qué?

—Dime qué voy a hacer sin ti. —Me aplasta con fuerza, ejerciendo presión sobre mis costillas—. Dime cómo voy a sobrevivir.

—Edward, me estás asfixiando —digo prácticamente jadeando las palabras, pero él me aprieta más y más—. Edward, quita. —Siento cómo sacude la cabeza en mi cuello—. ¡Edward, por favor!

Se aparta rápidamente de mi cuerpo, agacha la cabeza y los ojos y me deja jadeando en la cama. No me mira. Me froto los brazos, las piernas y el resto del cuerpo para comprobar su estado, pero él se niega a reconocer el desasosiego que me ha causado. Parece preocupantemente abatido. ¿A qué viene esto?

Me pongo de rodillas como él y le cojo las manos.

—No tienes que preocuparte por eso porque ya te he dicho lo que pienso —digo con calma, infundiéndole seguridad y aliviada porque parece estar tan preocupado por nuestra posible separación como yo.

—Nuestros sentimientos son irrelevantes —dice totalmente convencido.

Su declaración hace que retroceda ligeramente.

—Por supuesto que son relevantes —difiero mientras me invade una gélida sensación que no me gusta.

—No. —Sacude la cabeza y aparta las manos dejando que las mías caigan sin vida sobre mis muslos—. Tienes razón, debería haber dejado que te alejaras de mí.

—¿Edward? —Siento que el pánico se apodera de mí.

—No puedo arrastrarte a mi oscuridad, Isabella. Esto tiene que terminar ahora.

El pecho se me empieza a romper lentamente. Lleno su mundo de luz. ¿Qué le pasa?

—No sabes lo que dices. Te estoy ayudando. —Intento cogerle las manos de nuevo, pero él las aparta y se levanta de la cama.

—Voy a llevarte a casa.

—No —susurro observando cómo su espalda desaparece en el cuarto de baño—. ¡No! —Salto de la cama y corro tras él, agarrándolo de los brazos y obligándolo a volverse hacia mí—. ¿Qué estás haciendo?

—Estoy haciendo lo correcto —dice sin sentimientos, sin remordimientos o aflicción. Se ha cerrado a mí, peor que nunca antes, y se ha colocado firmemente la máscara sin necesidad de ponerse el traje—. No debería haber dejado que esto llegara tan lejos. No debería haber vuelto a por ti.

—¡¿Esto?! —grito—. ¡Querrás decir nosotros! Ya no hay un esto, ni un o un yo. ¡Sólo un nosotros!

Me estoy desmoronando, y mi cuerpo tembloroso se niega a relajarse, no hasta que me coja y me diga que me estoy imaginando que oigo cosas.

—Hay un y hay un yo —replica mirándome lentamente. Sus ojos azules están vacíos—. Jamás podrá haber un nosotros.

Sus frías palabras se me clavan en el corazón, que está a punto de rompérseme en mil pedazos.

—No. —Me niego a aceptar esto—. ¡No! —Lo sacudo de los brazos, pero él permanece impasible e indiferente—. Yo soy tu hábito. —Empiezo a sollozar, y las lágrimas brotan de mis ojos de manera incontrolada—. ¡Yo soy tu vicio!

Aparta los brazos y da unos pasos hacia atrás.

—Los vicios son malos.

El pecho se me abre y mi corazón destrozado queda expuesto.

—Estás diciendo estupideces.

—No, lo que digo tiene todo el sentido del mundo, Bella.

Se aleja y se mete en la ducha, sin inmutarse cuando el agua fría cae sobre su cuerpo.

No pienso rendirme. Debe de pasarle algo. El pánico alimenta mi tenacidad, me meto en la ducha y me aferro a su cuerpo mientras él intenta lavarse el pelo.

—No permitiré que vuelvas a hacerme esto. ¡Ahora no! ¡No, después de todo!

Hace como si no estuviera y se aclara el pelo sin llegar siquiera a lavárselo. Después escapa de mí rápidamente y sale por el otro lado de la ducha. Pero no voy a rendirme, y grito mientras lo persigo. Me agarro a su espalda mojada intentando detenerlo, pero él se me quita de encima, intenta secarse y sale como puede del cuarto de baño.

Estoy totalmente desquiciada. El corazón me late con fuerza y estoy temblando.

—¡Edward, por favor! —grito postrándome de rodillas y viendo cómo desaparece de nuevo—. ¡Por favor! —Entierro la cabeza en mis manos, como si la oscuridad o esconderme pudiera sacarme de esta pesadilla.

—Levántate, Bella. —Su tono impaciente no hace sino que llore con más intensidad—. ¡Levántate!

Hago frente a su mirada fría como el acero con mis ojos llenos de lágrimas.

—Acabas de hacerme el amor. Te he aceptado como eres. Querías que olvidara a ese hombre, y lo he hecho.

—Sigue aquí, Bella —dice con los dientes apretados—. ¡Nunca desaparecerá!

—¡Ya lo había hecho! —insisto con desesperación—. Nunca aparece cuando estamos juntos.

Eso no es verdad, y lo sé, pero me hundo cada vez más en el infierno y me aferraré a lo que sea con tal de salir de él.

—Claro que sí —escupe agachándose y tirando de mi cuerpo hecho un despojo hacia la puerta—. No sé cómo se me ocurrió pensar que podría hacer esto.

—¿Hacer qué?

Recula, me suelta y sacude la mano en mi dirección, señalando mi cuerpo.

—¡Esto!

—¿Te refieres a sentir? —Lo golpeo en el pecho—. ¿Te refieres a amar?

Cierra la boca de golpe y retrocede, esforzándose por controlar los temblores de su cuerpo.

—No puedo amarte.

—No... —murmuro lastimosamente—. No digas eso.

—La verdad duele, Isabella.

—Es por esa mujer que vino anoche, ¿verdad? —pregunto, y de repente su cara de engreimiento es lo único que veo a través del miedo—. Irina. ¿Qué te dijo?

—No tiene nada que ver con ella. —Sale del cuarto de baño y sé que es porque me estoy acercando al quid de la cuestión.

—¿De verdad quieres dejarlo?

—¡Sí! —brama, volviéndose y atravesándome con ojos encendidos de furia, pero al instante se echa atrás, al darse cuenta de lo que acaba de decir—. ¡No!

—¡¿Sí o no?! —chillo.

—¡No!

—¿Qué ha pasado desde que volviste a la cama anoche?

—¡Joder, demasiadas cosas! —Desaparece de mi vista y se mete en el vestidor. Lo sigo y veo cómo se pone unos shorts y una camiseta—. Eres joven. Te olvidarás de mí. —Se niega a mirarme o a responderme, el muy cobarde.

—¿Quieres que me olvide de ti?

—Sí, mereces más de lo que yo puedo darte. Te lo dije desde el principio, Bella. No estoy disponible emocionalmente.

—Y desde entonces me has venerado y me has dado todo lo que le has ocultado al resto del mundo. —Mantengo la vista fija en sus ojos azules y vacíos, intentando desesperadamente encontrar algo en ellos—. Me has destruido.

—¡No digas eso! —grita, mostrando claramente su sentimiento de culpa en su tono y su expresión. Sabe que es verdad—. Te devolví a la vida.

—¡Enhorabuena! —grito enfurecida—. ¡Sí! Lo hiciste, pero en cuanto vi la luz y la esperanza, ¡acabaste conmigo sin piedad!

Recula ante mis palabras, que no son más que la pura verdad, y al no encontrar ninguna respuesta adecuada, pasa por mi lado para huir de sus errores, asegurándose de no establecer ningún tipo de contacto.

—Tengo que irme.

—¿Adónde?

—A París. Me marcho por la tarde.

Sofoco un grito y casi me atraganto. ¿A la ciudad del amor?

—Te vas con esa mujer, ¿verdad?

Mi corazón está herido de gravedad. Edward, todas esas mujeres pijas, su autodominio, el dinero, los regalos...

Y lo único que puedo ver es la cara bonita y egoísta de mi madre. Mi cara. Y ahora también la cara de Edward.

¡No dejaré que me haga esto!

—Te olvidaré. —Enderezo los hombros y observo cómo se detiene al oír mi promesa—. Me aseguraré de hacerlo.

Se vuelve despacio y me mira con ojos de advertencia. Me da igual.

—No hagas ninguna tontería, Bella.

—Acabas de renunciar a tu derecho a pedirme nada, así que perdona si decido ignorarte. —Paso a toda velocidad por su lado, consciente de lo que estoy haciendo y totalmente dispuesta a cumplir mi amenaza.

—¡Bella!

—Buen viaje.

Cojo mi vestido húmedo y me lo pongo mientras me dirijo a la salida del apartamento.

—Bella, no es tan sencillo como dejarlo y ya está.

Viene detrás de mí. Oigo cómo el sonido de sus pies descalzos golpeando el suelo de mármol se intensifica mientras se acerca y yo corro hacia la puerta. Ahora está preocupado, mi promesa indirecta ha estimulado su vena posesiva.

No quiere que ningún otro hombre me disfrute.

—¡Bella! —Me agarra del brazo y me doy la vuelta furiosa, y entonces veo que su máscara se ha levantado ligeramente.

Sin embargo, esa leve esperanza no evita que le dé un tortazo con la mano abierta que le gira la cara. La deja ahí unos instantes mientras yo intento en vano controlar mi temperamento.

—¡Sí! ¡Deberías haber dejado que me alejara de ti! —le espeto con absoluta determinación—. ¡Deberías haberme permitido olvidar!

Gira el rostro lentamente hacia mí.

—No quería que me recordaras así. No quería que me odiaras.

Me echo a reír, sorprendida ante sus motivos egoístas. No le importa lo más mínimo lo que la gente piense de él. Pero ¿yo? ¿Yo soy diferente?

—Qué noble por tu parte, pero has cometido un error fatal, Edward Masen.

Me mira con cautela y me suelta el brazo.

—¿Por qué?

—¡Porque ahora te odio aún más que cuando me convertiste en una de tus putas! ¡No eres más que un cobarde que no cumple lo que dice! ¡Eres un gallina!

Tomo aire para relajarme un poco, avergonzada por haberme mostrado tan desesperada y haberle rogado. Sabe cómo me siento, y ahora yo sé cómo se siente él, aunque es él quien quiere rendirse, cuando soy yo quien estaría dando un gran salto de fe en este caso. Soy yo la que está actuando en contra de todas mis reglas y mi moralidad.

—Jamás dejaré que me tengas de nuevo —le juro—. Jamás.

Hasta yo me sorprendo ante lo decidida que parezco.

—Es lo mejor que puedes hacer —susurra con un hilo de voz, y se aleja otro paso de mí, como si le preocupara contradecirse si me tiene demasiado cerca—. Cuídate, Bella.

El doble sentido de su última frase me ofende.

—Ahora estoy a salvo —proclamo, y le doy la espalda a un hombre claramente destrozado y me alejo de él por última vez.

Mi desesperación se ha esfumado ante sus palabras y sus actos cobardes. Ahora sé cómo se siente. Él sabe cómo se siente también, lo que lo convierte en un débil y un cobarde.

Lo único que quiero en estos momentos es que sufra. Quiero golpearlo en el corazón, su punto más resistente, y destruirlo.

 

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Hola chicas, cómo están? Espero que bien. ^_^


Les informo que se acerca el final de la segunda parte de Una Noche, estamos a una semana de terminar y a partir de aquí las cosas se van a poner un poco mas intensas.

Aquí les dejo el capítulo de hoy.

Que tengan un buen fin de semana, nos vemos el lunes.

Capítulo 23: Capítulo 22 Capítulo 25: Capítulo 24

 
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