Una noche deseada (1)

Autor: Lily_cullen
Género: + 18
Fecha Creación: 23/02/2018
Fecha Actualización: 27/04/2018
Finalizado: SI
Votos: 1
Comentarios: 12
Visitas: 9482
Capítulos: 26

Isabella lo siente nada más entra en la cafetería. Es absolutamente imponente, con una mirada azul tan penetrante que casi se distrae al tomar nota de su pedido. Cuando se marcha, cree que no lo volverá a ver jamás, hasta que descubre la nota que le ha dejado en la servilleta, firmada  «E».

 

Todo lo que él quiere es una noche para adorarla. Sin resentimientos, sin compromiso, sólo placer sin límites. Isabella y Edward. Edward e Isabella. Opuestos como el día y la noche, y aun así tan necesarios el uno para el otro. Él es distante, desagradable y misterioso: sabe siempre lo que quiere y la quiere a ella. Ella es dulce y atenta, una mujer joven de hoy en día que se hace a sí misma y debe encontrar las respuestas a los interrogantes de la vida y de las relaciones a medida que los vive. Quiere ser feliz y amada, pero cuando Edward entra en su vida se da cuenta que ha perdido el control sobre sí misma y sucumbe a la pasión desenfrenada que nace entre ellos dos. ¿Debe escuchar a su corazón o a la razón?

 

“¿Crees que van a saltar chispas?”

Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer. La historia le pertenece a Jodi Ellen Malpas del libro Una noche deseada. 

 Actualizaciones: Lunes, miércoles y viernes

+ Añadir a Favoritos
Leer Comentarios
 


Capítulo 8: Capítulo 7

Me repongo de mi asombro y examino la estancia. Veo la enorme cama con la cabecera de piel, la lámpara de araña que pende del techo y unos ventanales desde el suelo hasta el techo que ofrecen unas magníficas vistas de la ciudad. No debería estar tan sorprendida. Imaginaba que este lugar sería palaciego, pero no sabía hasta qué punto. Hay dos puertas al otro extremo de la habitación, y decido que una de ellas debe de dar a un cuarto de baño. Recorro la mullida moqueta de color crema y abro la primera puerta a la que llego, intentando con todas mis fuerzas evitar mirar la inmensa cama. No es un baño, sino un ropero, si es que a un espacio de tal tamaño puede considerárselo así. El recinto cuadrado tiene armarios de madera de caoba que ocupan todo lo alto de la pared y estanterías ordenadas en tres paredes con un mueble independiente en el centro y un sofá al lado. Sobre la superficie del mueble hay decenas de cajitas pequeñas abiertas que exponen gemelos, relojes y alfileres de corbata. Tengo la sensación de que, si moviese una sola de esas cajas, él lo notaría. Cierro la puerta rápidamente, me apresuro hasta la siguiente y me encuentro con el cuarto de baño más majestuoso que he visto en toda mi vida. Dejo escapar un grito ahogado de asombro y los ojos se me salen de las órbitas. Una bañera gigante con patas de tipo garra descansa, soberbia, junto a la inmensa ventana. Los grifos y los escalones que permiten entrar en ella son de oro. Las paredes de la ducha están adornadas con un mosaico de baldosas de color crema y dorado. Intento asimilarlo todo, pero no puedo. Es demasiado. Es como una casa de exposición.

Tras lavarme las manos, me las seco con cuidado y estiro la toalla para no dejar nada fuera de su sitio.

Al salir de la habitación, me detengo al encontrarme cara a cara con Edward. Tiene el ceño fruncido otra vez.

—¿Estabas fisgoneando? —pregunta.

—¡No! Estaba usando el baño.

—Eso no es el baño, es mi dormitorio.

Miro hacia el pasillo y cuento dos puertas delante de la que estoy.

—Me has dicho la tercera puerta a la derecha.

—Sí, y ésa es la siguiente. —Señala la puerta contigua y yo la miro completamente confundida.

—No. —Me vuelvo y señalo en la otra dirección—. Una, dos y tres —digo señalando la puerta que tengo detrás de mí—. La tercera puerta a mi derecha.

—La primera puerta es un armario.

Siento que la ira me invade de nuevo.

—Pero es una puerta —señalo—. Y no estaba fisgoneando.

—Vale. —Encoge sus hombros perfectos y entorna lentamente sus ojos perfectos antes de desplazar su perfecta figura por el pasillo—. Por aquí —dice por encima del hombro.

Estoy enfadada. ¿Quién se ha creído que es? Mis Converse empiezan a recorrer el pasillo tras sus pasos, pero cuando llego al salón, ha desaparecido. Miro por todas partes y hacia todas las puertas, que quién sabe adónde dan, pero no lo veo. Todas estas sensaciones extrañas me están volviendo loca.

Ira, confusión…, deseo, pasión, lujuria.

Me dirijo hacia el recibidor dando fuertes pisadas, cojo mi bolsa de la mesa y camino en dirección a la puerta de entrada.

—¿Adónde vas? —El suave tono de su voz me eriza el vello. Me vuelvo y lo veo rellenándose el vaso.

—Me voy. Esto no ha sido una buena idea.

Se acerca algo sorprendido.

—¿Que hayas cometido un pequeño error y te hayas equivocado de puerta es motivo suficiente para marcharte?

—No, tú haces que quiera marcharme —lo increpo—. La puerta no tiene nada que ver.

—¿Te hago sentir incómoda? —pregunta. Detecto un aire de preocupación en su voz.

—Sí —confirmo.

Hace que me sienta muy incómoda, y a muchos niveles, y por eso me planteo qué hago aquí.

Se acerca más todavía y me coge de la mano. Tira suavemente de mí hasta que dejo que me arrastre de nuevo hacia el salón.

—Siéntate —me pide, y me empuja hacia el sofá. Coge mi mochila y mi teléfono y los coloca ordenados sobre la mesa antes de acuclillarse delante de mí. Sus ojos me atrapan de nuevo—. Siento hacerte sentir incómoda.

—Vale —susurro, y desvío la mirada hacia sus labios entreabiertos.

—Voy a hacer que te sientas menos incómoda.

Asiento porque el lento movimiento de sus labios me tiene demasiado embelesada, pero entonces se levanta y deja el vaso sobre la mesa. Lo recoloca girándolo ligeramente. Después, recoge su chaqueta y sale de la habitación. Sigo su espalda, con un gesto de extrañeza, y oigo que una puerta se abre y se cierra. ¿Qué está haciendo? Empiezo a observar toda la estancia, admiro las obras de arte brevemente y pienso que su apartamento está demasiado ordenado y perfecto como para que viva en él de verdad. Entonces me maravillo de nuevo. Oigo que la puerta se abre y se cierra otra vez y casi me atraganto con mi propia lengua cuando regresa al salón llevando puestos sólo un par de shorts deportivos negros. Nada más. Únicamente los shorts. Sí, vestido de traje me intimida un poco, pero, joder, esto no ayuda. Ahora me siento todavía más poca cosa y estoy aún más cachonda. Mis manos recorren mentalmente su pecho y su estómago perfectamente definidos, mis labios siguen la bronceada tersura de sus hombros esculpidos, y mis brazos rodean su firme cintura.

Vuelvo a tenerlo delante. Se agacha en dirección a la mesa y recoge su bebida.

—¿Mejor? —pregunta.

Estoy convencida de que si fuese capaz de apartar los ojos de su torso me enfrentaría a una mirada de superioridad por su parte, pero no puedo reprochárselo. Es un ser superior.

—No. —Repaso su cuerpo con la vista hasta que veo que se lleva el vaso a los labios y bebe. Muy despacio—. ¿Cómo pretendes que me sienta más cómoda así? —inquiero.

—Porque ahora voy de sport.

—No, estás medio desnudo. —Echo otro vistazo. Mis ojos ansían mirarlo.

—¿Sigo haciendo que te sientas incómoda?

—Sí.

Suspira y se levanta. Se marcha de la habitación de nuevo, pero esta vez no se dirige a su dormitorio, sino a la cocina. Oigo puertas que se abren y se cierran y al cabo de unos momentos está de nuevo conmigo, sentado sobre la mesa que tengo delante y con una bandeja en la mano. La coloca a su lado y veo que está llena de piedras y hielo.

—¿Qué es eso? —pregunto, y me inclino hacia adelante para observarlo.

Hace girar la bandeja, selecciona una de las rocas, se vuelve hacia mí y me la ofrece.

—A ver si conseguimos que te relajes, Bella.

—¿Cómo? ¿Qué son? —digo señalando la piedra que tiene en la mano. Ahora me doy cuenta de que es cóncava por un lado y que tiene una especie de resplandor gelatinoso en la concha perlada.

—Ostras. Abre la boca.

Se inclina ligeramente hacia adelante. Yo retrocedo al mismo tiempo y pongo cara de asco.

—No, gracias —digo educadamente.

No sé mucho sobre esos moluscos, pero sé que son tremendamente caros y que, supuestamente, tienen propiedades afrodisíacas. Sin embargo, no tengo intención de comprobarlo, pues su aspecto es asqueroso.

—¿Las has probado? —pregunta.

—No.

—Pues deberías. —Se acerca más y ya no tengo espacio para retroceder—. Abre la boca.

—Tú primero —sugiero, intentando ganar algo de tiempo.

Niega con la cabeza un poco exasperado.

—Como prefieras.

—Muy bien.

Me observa mientras deja caer lentamente la ostra en su boca, con la cabeza inclinada hacia atrás pero la vista fija en mí. Estira el cuello y su garganta es firme y absolutamente besable. Empieza a tragar dolorosamente despacio y de repente siento un extraño latigazo entre las piernas que hace que me revuelva. Joder, qué bueno está. Estoy cachonda.

Entonces deja la concha, me agarra de la camiseta y tira de mí hacia su boca, cogiéndome totalmente por sorpresa, aunque no hay nada que pueda ni quiera hacer para detenerlo. Recibo su ansiosa invasión con la misma intensidad. Acaricio sus hombros desnudos y me deleito sintiendo por primera vez su piel bajo mis manos. Es mejor de lo que había imaginado. Su lengua penetra en mi boca con fervor, y no me queda más remedio que aceptarla, paladeando el sabor a sal de la ostra, hasta que interrumpe nuestro beso y me aparta las manos de los hombros, él jadeando y yo boqueando.

—Eso no ha sido cosa de la ostra —dice intentando respirar. Se limpia la boca con el dorso de la mano y tira de mí hacia adelante hasta que nuestras narices están pegadas—. Eso ha sido el efecto de tenerte aquí sentada delante de mí con esa mirada exquisita de puro deseo que tienes.

Quiero decirle que en sus ojos se refleja lo mismo, pero no lo hago, pensando que tal vez mire de la misma manera a todas las mujeres, o quizá sea la mirada que tiene y punto. No sé qué decir, de modo que no digo nada y decido continuar tomando aire mientras él me sostiene.

—Acabo de hacerte un cumplido.

—Gracias —murmuro.

—De nada. ¿Estás preparada para que te venere, Isabella Taylor?

Asiento y él empieza a desplazarse despacio hacia adelante. Sus ojos azules oscilan entre mi boca y mis ojos constantemente, hasta que sus labios rozan ligeramente los míos, pero esta vez lo hace con ternura, seduciendo con delicadeza mi boca mientras se levanta. Me invita a ponerme también de pie. Me coloca la mano sobre la nuca, por encima del pelo, y comienza a caminar hacia adelante, obligándome a mí a hacerlo de espaldas. Dejo que me guíe hasta que llegamos a su dormitorio y noto su cama detrás de mis rodillas. Durante el desplazamiento no suelta mi boca ni por un segundo. Besa de maravilla, es tremendamente bueno, nunca me habían besado así. Si esto es una muestra de lo que está por llegar, espero que las próximas veinticuatro horas duren eternamente. Ardo de deseo, al igual que él. El sentido común me ha abandonado de nuevo.

Me suelta del cuello y agarra el dobladillo de mi camiseta, lo levanta hacia arriba y separa nuestras bocas para quitármela por la cabeza, de modo que me veo obligada a soltar sus hombros y a levantar los brazos. Hace rato que he olvidado mi preocupación ante mi falta de ropa interior sexy. No puedo concentrarme en nada que no sea él, su pasión y su ímpetu. Es algo incontrolable, y no deja espacio para la ansiedad o la duda. Ni para ese gen sensato que parece haberse esfumado en el aire con sus atenciones.

—¿Te sientes mejor? —pregunta con la entrepierna pegada a mi vientre.

—Sí —suspiro, y cierro los ojos con fuerza para intentar asimilar qué está pasando.

—No me prives de tus ojos, Bella. —Me cubre las mejillas con las manos—. Ábrelos.

Obedezco y me encuentro frente a sus dos ardientes esferas azules.

Él se inclina y me besa con dulzura.

—Tengo que recordarme a mí mismo que debo tomármelo con calma.

—Estoy bien —le aseguro.

Alargo los brazos y apoyo las palmas de las manos en su torso. Está siendo todo un caballero, y se lo agradezco, pero no estoy segura de querer que se lo tome con calma. El deseo que me invade está alcanzando límites incontrolables.

Entonces se aparta y sonríe, y yo me muero por dentro.

—Estoy deseando hundirme en ti lentamente. —Baja la mano y comienza a bajarme la cremallera de los vaqueros—. Muy lentamente.

—¿Por qué? —pregunto, no sé a cuento de qué.

—Porque algo tan delicioso como tú hay que saborearlo despacio. Quítate las zapatillas.

Hago lo que me dice y veo cómo se pone de rodillas y me desliza el pantalón ajustado por las piernas. Después lo tira al suelo e introduce los dedos por la parte superior de mis bragas. Observo cómo me las baja poco a poco y levanto una pierna para que pueda librarme de mi prenda de algodón blanco. Acerca la boca y empieza a besarme lentamente, justo en lo alto del vértice de mis muslos, y me pongo tensa, pero no porque esté nerviosa. No estoy en absoluto preocupada. Está siendo muy cuidadoso, pero la fuerte punzada que siento en la parte baja del estómago se intensifica a cada segundo que pasa.

Se levanta y alarga las manos por detrás de mi espalda, coge el corchete de mi sujetador y pega la boca a mi oreja:

—¿Tomas la píldora?

Niego con la cabeza esperando que eso no lo detenga. Tengo la regla muy regular y ligera, y no es que haya estado muy activa sexualmente que digamos.

—Vale —susurra, y me desabrocha el sujetador—. Quítame los shorts.

Su orden me hace vacilar, la idea de verlo totalmente desnudo hace que me sienta algo nerviosa de nuevo, lo cual es absurdo, ya que yo estoy totalmente desnuda.

Me agarra de las manos de repente y me las coloca sobre la goma de sus pantalones.

—Sigue conmigo, Bella.

Sus palabras me ponen en marcha y, lenta y cuidadosamente, deslizo los shorts por sus definidos muslos, sin atreverme a mirar más abajo. Mantengo la vista fija en su magnífico rostro y lo encuentro reconfortante. Sin embargo, no puedo evitar notarlo cuando lo libero del encierro de sus pantalones y empieza a rozarme el vientre. Dejo escapar un grito ahogado y me aparto involuntariamente de él, pero Edward me sigue, desliza la mano alrededor de mi cintura y me agarra del trasero.

—Tranquila —murmura—. Relájate, Bella.

—Lo siento —digo bajando la cabeza.

Me siento idiota y frustrada conmigo misma. Las dudas me asaltan de nuevo, y él también debe de notarlo, porque me coge en brazos y me lleva hasta la cama.

Me deposita sobre ella con cuidado, saca algo del cajón de la mesilla de noche y se coloca encima de mí, a horcajadas sobre mi cintura, con su pene duro y ansioso en mi línea de visión. Lo miro fijamente, y más fijamente todavía cuando se pone de rodillas y se lo agarra. Desvío la mirada un instante hacia su rostro y veo cómo mira hacia abajo, con los labios entreabiertos y su mechón rebelde sobre la frente. Es algo digno de ver, pero observar cómo abre el envoltorio del condón con los dientes y lo desliza lentamente por su miembro con total facilidad es algo tremendamente glorioso, y no puedo dejar de pensar en lo que está por venir.

—¿Estás bien? —pregunta. Me coloca las palmas de las manos a ambos lados de la cabeza y me insta a separar los muslos con la rodilla.

—Sí —digo asintiendo con la cabeza sin saber muy bien qué hacer con las manos, que descansan a ambos lados de mi cuerpo, pero entonces lo siento en mi hendidura y vuelan hasta su pecho al tiempo que lanzo un grito ahogado.

Me está mirando y mis ojos se niegan a apartarse de él, aunque deseo desesperadamente cerrarlos y contener la respiración.

—¿Preparada?

Asiento de nuevo y él empuja hacia adelante suavemente. Cruza despacio mi entrada y se desliza dentro de mí con una sonora exhalación. Siento un intenso dolor que me hace gemir en silencio y le clavo las uñas en los hombros. Sé que mi rostro refleja mi malestar, y no puedo hacer nada por evitarlo. Me duele.

—Joder —exclama entre jadeos—. Joder, Bella, estás muy tensa. —La expresión de su rostro me indica que a él también le duele—. ¿Te estoy haciendo daño?

—¡No! —aúllo.

—Bella, dímelo para que pueda hacer algo. No quiero hacerte daño —dice sosteniéndose sobre los brazos, quieto, esperando a que le responda.

—Me duele un poco —admito liberando el aire que había estado conteniendo.

—Lo he notado. —Retrocede lentamente, pero no llega a salirse del todo—. Y las heridas que me has hecho en los hombros son una clara muestra de ello.

—Lo siento.

Lo suelto inmediatamente y él vuelve a empujar, pero sólo hasta la mitad esta vez.

—No lo sientas. Reserva los mordiscos y los arañazos para cuando te folle de verdad. —Sonríe socarronamente y abro los ojos como platos—. Vamos, Bella. —Se retira lentamente y vuelve a deslizarse hacia adentro—. No seas tímida. Estamos compartiendo el acto más íntimo que existe.

De repente elevo las caderas, deseando que se hunda más profundamente ahora que el dolor ha menguado un poco.

—Me estás provocando. —Se apoya sobre los codos y acerca la boca a la mía. Retrocede y vuelve a hundirse un poco más al tiempo que traza círculos con la cadera—. ¿Te gusta?

—¡Sí! —jadeo, y lo incito a acelerar el ritmo con otro golpe de la pelvis.

—Coincido. —Pega los labios a los míos y tienta mi boca con un breve lametón. No puedo más. Intento atrapar sus labios, pero se aparta—. Despacio — murmura entrando y saliendo de mí con movimientos perfectos mientras me mira y entorna los ojos al ritmo de sus embestidas.

Es un acto muy íntimo, y está penetrándome lentamente, tal y como había prometido. Sólo nuestros jadeos irregulares interrumpen el silencio que nos rodea. Ahora mismo me pregunto por qué me he estado privando de esta sensación. Es completamente diferente de cómo lo recordaba. Así es como tiene que ser el sexo: dos personas que comparten el placer mutuo, no con prisas por terminar y sin tener la menor consideración por el otro, que es como recuerdo mis ebrios encuentros. Esto es muy distinto. Es especial. Es lo que quiero. Y sé que no debería pensar así, puesto que hemos acordado que sólo serán veinticuatro horas, y nada más, pero si al menos me queda este recuerdo, el de él mirándome, sintiéndome y venerándome, creo que podré soportar lo que venga después.

Noto cómo unos músculos internos que no sabía que tenía se contraen a su alrededor, y siento cada una de sus deliciosas entradas, que me acercan a marchas forzadas hacia… algo. No sé qué, pero sé que va a ser bueno.

Se inclina y me besa la nariz, entonces desciende hasta mis labios.

—Te estás tensando por dentro. ¿Vas a correrte?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes? —pregunta con sorpresa—. ¿No te has corrido nunca?

Niego con la cabeza sin despegarme de su boca ni sentir la menor vergüenza. La ansiosa dureza que entra y sale de entre mis piernas me tiene demasiado distraída. Nunca me he corrido follando con un hombre. Todos mis encuentros previos me dieron asco, y hacían que me preguntara por qué a mi madre le costaba tanto resistirse a ellos. No entendía qué placer le encontraba, jamás imaginé que podría ser de esta manera. Siento que he perdido completamente la razón.

—¡Joder! —Aparta su rostro del mío y empuja las caderas hacia adelante, de una manera algo menos controlada—. ¿Nunca has tenido un orgasmo?

—¡No! —Me agarro a sus hombros y sacudo la cabeza con desesperación. El dolor ha desaparecido por completo. Joder, ha desaparecido y lo ha sustituido algo… algo…—. ¡Edward!

—Joder, joder. —Sus movimientos vuelven a ser controlados de nuevo, aunque más firmes, más precisos y consistentes—. Bella, acabas de hacerme un hombre muy feliz.

Le clavo las uñas de nuevo. No puedo evitarlo. Una oleada de chispas ardientes bombardea mi epicentro.

—¡Ah!

Acerca el rostro al mío y me besa suavemente. Pero yo estoy sedienta, y los frenéticos movimientos de mi boca lo demuestran.

—Despacio —murmura sonando desesperado; intenta guiarme, besándome deliberadamente despacio.

Comienzo a marearme, me cuesta fijar la vista y mis manos se aferran con fuerza a su pelo. Pero no me relajo. No puedo. Siento una urgente necesidad conforme la presión se acumula más y más con cada maravilloso golpe de sus caderas.

—Allá va. —Se aparta de mi boca, vuelve a apoyarse en los brazos y comienza a bombearme firmemente, dejándome sin una boca que devorar y sin un pelo que agarrar—. ¿Te gusta, Bella? Dímelo. —Su mandíbula se tensa, y su mirada se torna muy seria.

—¡Sí!

—¿Cuánto? —Me premia con más y más embestidas.

—¡Demasiado!

—¿Estás a punto de correrte?

—¡No lo sé! —¿Es esto lo que se siente? Estoy fuera de control, casi fuera de mí.

—Ay, pequeña, qué poco has vivido.

Acelera el ritmo, aumentando con él la presión en mi sexo. Me aferro a sus antebrazos, empujo para elevarme un poco más en la cama y empiezo a agitar la cabeza de un lado a otro con desesperación.

—¡Dios mío! —aúllo—. ¡Joder!

—¡Eso es, Bella! —La cosa se está poniendo frenética: nuestra respiración, los gritos, el sudor, la tensión y nuestra manera de agarrarnos. Pero él mantiene su ritmo constante—. Déjate llevar.

No tengo ni idea de qué sucede. La habitación empieza a dar vueltas. Una bomba nuclear estalla entre mis muslos y grito. No puedo evitarlo. Echo los brazos por encima de mi cabeza y Edward se deja caer encima de mí, bramando su clímax contra mi pelo, jadeando y deslizándose sobre mi piel húmeda. El palpitar, el suyo dentro de mí y el mío alrededor de él, es agradable, al igual que su laboriosa respiración junto a mi oído.

—Gracias —jadeo sin sentirme ridícula por mostrarle mi gratitud.

Él siempre me recuerda que hay que ser educado, y lo que acaba de hacerme merece un agradecimiento. Joder, ha superado mis mejores expectativas.

—No, gracias a ti —resuella mordisqueándome la oreja—. El placer ha sido mío.

—Créeme, ha sido mío —insisto, y sonrío al sentir su sonrisa en mi oreja. Necesito verla desesperadamente, de modo que vuelvo la cara hacia él y me encuentro con la más maravillosa de las imágenes: una sonrisa completa y pueril que hace que sus ojos brillen de una manera increíble y que revela un hoyuelo que no había advertido antes. Lo que estoy viendo en estos momentos dista mucho del hombre estirado y refinado que detesta mi café y que me ha cautivado por completo—. Estás muy mono cuando sonríes.

La sonrisa desaparece de su rostro de inmediato y es reemplazada por una expresión de extrañeza.

—¿Mono?

Puede que no haya elegido la palabra más adecuada para un hombre tan masculino, pero es que estaba muy mono. Ahora no, porque ya no está sonriendo, pero esos labios curvados hacia arriba, ese hoyuelo y el brillo de sus ojos azules me mostraban a un hombre completamente diferente, un hombre que no se encuentra muy a menudo.

—No sonríes mucho —digo algo envalentonada—. Deberías esforzarte más. Intimidas menos cuando sonríes.

—Entonces ¿he pasado de ser mono a ser intimidante?

Se apoya en los antebrazos y acerca su cara a la mía. Nos quedamos pegados nariz con nariz y frente con frente.

Asiento y hago que él asienta también.

—Resultas un poco intimidante.

—Es que tú eres demasiado dulce.

—No, tú eres demasiado intimidante —me reafirmo, y noto cómo palpita dentro de mí.

Mis nervios han desaparecido, y estoy tranquila y serena. Es una sensación magnífica, y se la debo a él.

—Coincidiremos en que discrepamos. —Vuelve a su modo intimidante, pero mi serenidad sigue intacta. No será fácil sacarme de este estado de relajación.

Sale de mí, mira entre mis muslos y saca el condón.

—Considérate penetrada, Bella.

Tuerzo el gesto ante su falta de tacto.

—Gracias.

—De nada. —Desciende por la cama y se acurruca entre mis piernas, mirándome—. ¿Cómo te sientes?

—Bien —contesto con vacilación—. ¿Por qué?

—Sólo compruebo si necesitas un descanso. Si es así, dímelo y paro, ¿vale? — Apoya los labios en el vértice de mis muslos y reaviva mi orgasmo ya apagado.

Doy una sacudida. Necesito un poco más de tiempo para recuperarme.

—Vale —susurro. Dejo caer la cabeza sobre la almohada y miro al techo. Jamás le diría que parase—. ¡Joder! —exclamo al sentir algo caliente y húmedo en la punta de mi excitado clítoris.

Levanto la cabeza al instante, los músculos de mi estómago se tensan y mis manos se aferran a las sábanas a ambos lados de mi cuerpo. Él no hace caso de mi reacción. Se sienta, me coge la pierna y me la dobla antes de levantarla para besarme la planta del pie. Quiero echar la cabeza atrás, maldecir y gritar, pero sus malditos ojos claros me inmovilizan mientras observa cómo me esfuerzo por resistir su lengua recorriéndome el tobillo y la pantorrilla.

—Es agradable —confieso conforme asciende hasta que encuentra mi vientre y empieza a rodear mi ombligo con los labios para volver a descender.

—¿Quieres que siga?

—Sí —resuello. Mi pierna da un espasmo y mis músculos se contraen.

—De acuerdo. —Mordisquea la parte interior de mi muslo—. Mi boca pronto llegará aquí —dice tranquilamente mientras hunde un dedo en mi sexo, sólo un poco—. ¿Quieres que lo haga?

Asiento y él mueve el dedo en círculos, lo que provoca que un largo gemido escape de mis labios.

—Joder —exhalo agarrándome a la sábana y tirando de un lado hasta taparme la cara con ella.

Casi se echa a reír cuando me quita la tela de la cara, pero mis ojos permanecen firmemente cerrados, incluso cuando siento que asciende por la cama hasta colocarse medio encima de mí, con el dedo todavía dentro.

—Abre.

Sacudo la cabeza frenéticamente. Mi mente sólo está concentrada en la sensación de su dedo dentro de mí. No se mueve, aunque sigo palpitando incesantemente a su alrededor, pero entonces siento sus labios en la comisura de mi boca, y mi rostro se vuelve hacia la fuente del calor. Abriéndose a él, mis muslos se separan, invitándolo. Gimo. Es un gemido grave y entrecortado, un claro signo de placer, pero quiero que lo sepa. Quiero que oiga cómo me siento.

—Me encanta ese sonido —susurra. Saca el dedo y se dispone a introducirme dos. Vuelvo a gemir—. Ahí está otra vez.

—Me gusta —digo con un hilo de voz contra sus labios—. Me gusta mucho.

—Coincido. —Aparta los labios de mi boca y comienza a descender entre mis modestos pechos y por mi vientre, penetrándome todavía con los dedos con gran delicadeza—. Habría sido un crimen que hubieses rechazado esto, Bella.

—¡Lo sé! —exclamo. Mi estómago se retuerce y mis movimientos corporales se vuelven erráticos.

—Y pensar que podría haberme perdido esta experiencia.

De repente retira los dedos y desciende rápidamente.

—¡Mmm! —La parte superior de mi cuerpo se eleva como un resorte cuando separa mis pliegues y roza mi clítoris con un leve lametón de su lengua —. ¡Joderrrrr! —Vuelvo a dejarme caer sobre la cama, cubriéndome el rostro con las manos y rodeándolo con las piernas.

Se aprieta más contra mí y el calor de su boca me envuelve el sexo al completo mientras me lame delicadamente. Esta vez sí reconozco los síntomas. Reconozco la presión entre mis piernas, el latido regular de mi clítoris y la necesidad de tensar todo mi cuerpo. Voy a correrme otra vez.

—¡Edward! —grito llevándome las manos al pelo y tirando con fuerza.

Él aparta la boca y empieza a lamerme frenéticamente en el centro de mi hendidura.

—¿Te gusta?

—¡Sí!

De repente se pone de rodillas y desliza las manos por debajo de mí, agarrándome el culo con las palmas y, de un tirón, toda la parte inferior de mi cuerpo se eleva del colchón.

—Apoya las piernas sobre mis hombros —ordena, y me ayuda a levantarlas hasta que las enrosco alrededor de su cuerpo. Me sostiene con facilidad y tira de mí hasta que me tiene a la altura de los labios—. Sabes de un modo increíble. — Su boca inicia una insoportable danza entre mis labios sensibles, hundiéndose en mi sexo y lamiéndome el clítoris—. Es exquisito, Bella.

No puedo agradecerle el cumplido. He sido sometida a un exceso sensorial, y mi cuerpo está demasiado ocupado resistiendo contra un ataque de placer. Esto es desconocido para mí, va más allá de todo lo que pudiera haber imaginado. Me siento como si estuviera viviendo una experiencia extracorporal.

Presiono su espalda con los gemelos para pegarlo más a mí. Él desliza las manos por todo mi cuerpo, masajeándolo suavemente. Abro los ojos y lo veo postrado de rodillas, sosteniéndome contra su boca y mirándome con esos magníficos ojos azules. Su mirada me lleva al límite. Arqueo la espalda y golpeo con los puños el colchón a ambos lados de mi cuerpo. Quiero gritar.

—Déjate llevar, Bella —masculla contra mí.

Y lo hago. Dejo de intentar contener la presión en los pulmones y la liberó gritando sonoramente su nombre. Tenso los muslos alrededor de su rostro y echo la cabeza atrás.

—¡Joder, joder, joder! —jadeo intentando pensar con claridad.

Pero no puedo. Estoy demasiado aturdida. Mi cuerpo se relaja y mi mente se queda en blanco. He perdido el control de todo. De mi mente. De mi cuerpo. De mi corazón. Edward se está apropiando de todas las partes de mí ser. Estoy a su merced. Y me gusta.

Me baja de nuevo hasta la cama y no hago nada para ayudarlo mientras me coloca de costado y se tumba detrás de mí, pegándome contra la firmeza de su pecho.

—Y ¿tú qué? —exhalo al sentirlo duro contra mi espalda.

—Dejaré que te recuperes primero. Yo aún tardaré un poco. Vamos a abrazarnos.

—Ah —susurro, preguntándome cuánto es «un poco»—. ¿Quieres que nos quedemos abrazados? —Jamás en un millón de años habría esperado que los abrazos estuviesen incluidos en mis veinticuatro horas.

—Abrazarte es lo que más me gusta hacer contigo, Isabella Taylor. Sólo quiero estrecharte contra mí. Cierra los ojos y disfruta del silencio.

Recoge mi pelo dorado y lo aparta para tener acceso a mi espalda; entonces comienza una serie lenta e hipnotizante de besos suaves sobre mi piel. Los párpados me pesan. Sus atenciones y su calor cubriendo por completo mi espalda mientras hace «lo que más le gusta hacer conmigo» resultan tremendamente reconfortantes.

Entonces me doy cuenta de que he estado subsistiendo en solitario.

Capítulo 7: Capítulo 6 Capítulo 9: Capítulo 8

 
13606893 visitas C C L - Web no oficial de la saga Crepúsculo. Esta obra está bajo licencia de Creative Commons -
 10170 usuarios