Una noche deseada (1)

Autor: Lily_cullen
Género: + 18
Fecha Creación: 23/02/2018
Fecha Actualización: 27/04/2018
Finalizado: SI
Votos: 1
Comentarios: 12
Visitas: 7153
Capítulos: 26

Isabella lo siente nada más entra en la cafetería. Es absolutamente imponente, con una mirada azul tan penetrante que casi se distrae al tomar nota de su pedido. Cuando se marcha, cree que no lo volverá a ver jamás, hasta que descubre la nota que le ha dejado en la servilleta, firmada  «E».

 

Todo lo que él quiere es una noche para adorarla. Sin resentimientos, sin compromiso, sólo placer sin límites. Isabella y Edward. Edward e Isabella. Opuestos como el día y la noche, y aun así tan necesarios el uno para el otro. Él es distante, desagradable y misterioso: sabe siempre lo que quiere y la quiere a ella. Ella es dulce y atenta, una mujer joven de hoy en día que se hace a sí misma y debe encontrar las respuestas a los interrogantes de la vida y de las relaciones a medida que los vive. Quiere ser feliz y amada, pero cuando Edward entra en su vida se da cuenta que ha perdido el control sobre sí misma y sucumbe a la pasión desenfrenada que nace entre ellos dos. ¿Debe escuchar a su corazón o a la razón?

 

“¿Crees que van a saltar chispas?”

Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer. La historia le pertenece a Jodi Ellen Malpas del libro Una noche deseada. 

 Actualizaciones: Lunes, miércoles y viernes

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Capítulo 22: Capítulo 21

 

Me sumerjo en el suave tarareo de Edward en mi oído. Me besa el pelo y me abraza como le gusta. Sé que se ha levantado a recoger su bóxer y la camisa que he dejado tirada en el suelo, pero ha vuelto enseguida y se ha acurrucado a mi espalda.

 

Cuando abro los ojos él ya está despierto, se ha duchado, se ha vestido y ha hecho su lado de la cama. Me quedo tumbada un momento, pensando en cómo mi llegada ha puesto patas arriba su mundo perfecto y organizado, pero enseguida me ordena que me levante y me vista. Como no tengo otra cosa que ponerme, me lleva a casa con mi vestido recién lavado. La abuela está encantada.

 

Después de darme una ducha, de enviarle un mensaje a Gregory para que sepa que estoy viva y de arreglarme para ir a trabajar, bajo la escalera a toda velocidad porque sólo tengo veinte minutos para plantar mi culo feliz en la cafetería. La abuela me está esperando abajo. Da gusto verla tan contenta, aunque no me hace tanta gracia ver que lleva una agenda en la mano.

 

—Invita a Edward a cenar —me ordena mientras me pongo la cazadora vaquera.

 

Pasa las páginas de la agenda y desliza un dedo arrugado por cada compromiso.

 

—Esta noche estoy libre, pero no puedo ni mañana ni el miércoles. Sé que esta noche es un poco precipitado, pero me da tiempo a pasar por Harrods. O quizá podría venir el sábado… Ah, no, el sábado no puede ser. He quedado para merendar té y tarta.

 

—A Edward lo entrevistan esta noche.

 

Parpadea, la sorpresa reflejada en sus ojos azul marino.

 

—¿Una entrevista?

 

—Sí, a propósito del bar que acaba de abrir.

 

—¿Edward tiene un bar? ¡Caramba! —Cierra la agenda de golpe—. ¿Eso significa que saldrá en la prensa?

 

—Sí —respondo mientras me cuelgo mi mochila del hombro—. Irá a recogerme al trabajo, así que no vendré a merendar.

 

—¡Qué emocionante! Entonces ¿cenamos el sábado? Puedo cambiar mis planes.

 

Me asombra que mi abuela tenga una vida social más intensa que la mía… Al menos, hasta hace poco.

 

—Se lo preguntaré —digo para que se quede tranquila, y acto seguido abro la puerta.

 

—Pregúntaselo ahora.

 

Me vuelvo con el ceño fruncido.

 

—Pero si voy a verlo esta noche.

 

—No, no. —Señala mi mochila con el dedo—. Debo saberlo cuanto antes. Tengo que comprar y llamar al centro social para cambiar de fecha la merienda de té y tartas. No puedo pasarme la vida detrás de vosotros.

 

Me parto de risa por dentro.

 

—Mejor la semana que viene —sugiero. Problema resuelto.

 

Tuerce los labios, viejos y finos.

 

—¡Llámalo ya! —insiste, y de inmediato me pongo a buscar el móvil en mi mochila.

 

No puedo negarle el capricho ahora que por fin Edward y yo hemos aclarado las cosas.

 

—Vale —la tranquilizo, y marco el número bajo su atenta mirada.

 

Lo coge al instante.

 

—Edward Masen —dice con la formalidad de un hombre de negocios.

 

Frunzo el ceño.

 

—¿No tienes mi número guardado?

 

—Por supuesto que sí.

 

—Y ¿por qué contestas como si no supieras quién llama?

 

—Por costumbre.

 

Niego con la cabeza y veo que mi abuela está haciendo lo mismo.

 

—¿Estás libre el sábado por la noche? —pregunto.

 

La abuela me está observando y me siento muy rara. Es en situaciones como ésta, en que se muestra cortante y reservado, cuando no tiene nada que ver con el hombre tierno que hay bajo esos trajes y que surge en los momentos que estamos los dos solos.

 

—¿Me estás pidiendo una cita? —Al parecer, lo encuentra muy divertido.

 

—Yo no, mi abuela. Le gustaría que volvieras a venir a cenar.

 

Me siento como una adolescente.

 

—Será un placer —dice—. Llevaré mis bizcochitos.

 

No puedo evitar soltar una carcajada, y la abuela pone cara de ofendida.

 

—Mi abuela estará encantada.

 

—Y ¿quién no? —pregunta con chulería—. Te veo al salir del trabajo, mi niña.

 

Cuelgo, salgo de casa de un brinco y dejo a la abuela en el pasillo.

 

—¿Y? —pregunta echando a correr detrás de mí.

 

—¡Tienes una cita!

 

—¿Qué te ha hecho tanta gracia?

 

—¡Edward va a traer sus bizcochitos! —le contesto.

 

—¡Pero si iba a preparar mi tarta tatín de piña!

 

No paro de reírme hasta que llego al trabajo.

 

—Bella, puede que te necesite el sábado —me dice Garrett casi al final de mi turno—. ¿Puedo contar contigo? Es un gran evento, y necesito toda la ayuda que pueda conseguir.

 

—Claro.

 

—¿Alice? —pregunta mirando a mi compañera mientras ella pasa la fregona por la cafetería.

 

Se vuelve sobre sus botas de motera y sonríe con excesiva dulzura:

 

—No.

 

Nuestro jefe refunfuña por lo bajo algo sobre lo difícil que resulta encontrar un buen servicio en estos tiempos mientras Paul se echa a reír y yo me aguanto las ganas de hacerlo.

 

—Bueno —empieza ella cuando Paul ya se ha despedido de todos—. Espero que tu buen humor se deba a lo bien que te fue la cita con don Ojos Como Platos.

 

Hago una mueca.

 

—Era un buen chico.

 

—¿Eso es todo? —pregunta incrédula.

 

—Sí.

 

—Venga ya, Bella. Si vas a echarle el lazo a un chico decente, más te vale mostrar un poco más de entusiasmo.

 

Me mira fijamente y yo hago lo posible por no mirarla a ella.

 

—Entonces ¿por qué estás tan contenta?

 

—Creo que ya lo sabes. —Sigo sin mirarla, pero sé que intenta no poner los ojos en blanco.

 

Suspira preocupada.

 

—Edward va a venir a recogerme —prosigo, y miro en dirección a la calle—. Llegará enseguida.

 

—Ya —dice cortante—. No estoy segura de que…

 

—Alice. —Me doy la vuelta y le pongo una mano en el hombro—. Agradezco que te preocupes por mí pero, por favor, no intentes impedirme que salga con él.

 

—Es sólo que…

 

—¿Que una buena chica como yo…?

 

Sonríe con ternura.

 

—Eres demasiado buena. Eso es lo que me preocupa.

 

—Es lo que necesito, Alice. No puedo escapar. Si hubieras llevado la vida que he llevado yo, lo entenderías.

 

Se queda pensativa, intentando comprender lo que he dicho.

 

—¿Qué es lo que necesitas?

 

—La oportunidad de sentirme viva —confieso—. Él me permite vivir y sentir.

 

Asiente lentamente y me da un beso en la mejilla, luego me rodea con los brazos.

 

—Cuenta conmigo —se limita a decir—. Espero que ese hombre sea todo lo que necesitas.

 

—Sé que lo es. —Respiro hondo y me libero del abrazo de Alice—. Ya está aquí.

 

Dejo a mi amiga y corro hacia el Mercedes negro. Me subo y saludo a Alice desde el asiento. Ella se despide de mí con la mano y se da la vuelta.

 

—Buenas tardes, Isabella Taylor.

 

—Buenas tardes, Edward Masen —respondo abrochándome el cinturón de seguridad, y sonrío cuando oigo que suena Gypsy Woman de Crystal Waters—. ¿Has tenido un buen día?

 

Se incorpora al tráfico con suavidad.

 

—No he parado ni un minuto. ¿Y tú?

 

—No he parado un minuto.

 

—¿Tienes hambre? —Se vuelve para mirarme, impasible.

 

—Un poco.

 

Me estoy quedando helada por el aire acondicionado. Miro el salpicadero, con muchos mandos y botones. Hay dos indicadores de temperatura y un botón junto a cada uno de ellos. Los dos marcan dieciséis grados.

 

—¿Por qué este coche tiene dos indicadores de temperatura?

 

—Uno para el asiento del conductor y otro para el del acompañante — responde con la vista fija en la calzada.

 

—Así que puedes poner dos temperaturas diferentes.

 

—Sí.

 

—Y ¿mi lado puede estar a veinte grados y el tuyo a dieciséis?

 

—Sí.

 

Menuda tontería pija. Subo la temperatura de mi lado a veinte grados.

 

—¿Qué haces? —me pregunta empezando a revolverse en su asiento.

 

—Estoy helada.

 

Vuelve a marcar la temperatura de mi asiento a dieciséis grados.

 

Lo miro y sigo con el tema.

 

—Pero ¿no es ése el motivo de poder poner dos temperaturas distintas? ¿Y así tanto el conductor como el acompañante pueden estar cómodos?

 

—En este coche, los dos tienen que marcar lo mismo.

 

—¿Y si los subo los dos a veinte grados?

 

—Entonces tendría calor —responde veloz mientras vuelve a coger el volante con las dos manos—. La temperatura está bien como está.

 

—Más bien te gusta que los dos marquen lo mismo —musito para mis adentros hundiéndome en el asiento.

 

Me resulta imposible imaginarme lo estresante que debe de ser vivir en un mundo donde el deseo de tenerlo siempre todo de determinada manera es tan persistente y poderoso. Al final acaba dominando tu vida. Sonrío para mis adentros. En realidad, puedo imaginármelo porque este caballero tramposo y liante no sólo ha puesto mi mundo patas arriba, sino que sus costumbres singulares empiezan a producir un curioso efecto en mí. Estoy comenzando a darme cuenta de cómo deberían ser las cosas, aunque sigo sin saber cómo conseguir que sean así. Aprenderé y podré ayudar a Edward a que su vida no sea tan estresante.

 

 

 

El club no parece el mismo a la luz del día. Las luces azules que lo iluminan de noche han desaparecido, y a mí alrededor todo es vidrio esmerilado. El local está vacío salvo por un par de camareros aquí y allá que reponen bebidas o limpian las barras de cristal. Se está mucho más tranquilo y sólo se oye a Lana del Rey de fondo interpretando Video games. No tiene nada que ver con los éxitos de discoteca del sábado noche.

 

Un hombre fornido, bien vestido y calzado, nos espera al otro lado de la pista de baile, sentado junto a la barra en un taburete de metacrilato y bebiendo de un botellín de cerveza. Al acercarnos levanta su cabeza del papeleo que tiene entre manos y le hace un gesto al camarero, quien de inmediato le sirve una copa a Edward y se la deja en la superficie de cristal del mostrador justo cuando llegamos.

 

—Edward. —El hombre se pone de pie y le ofrece la mano.

 

Él me suelta y se la estrecha como hacen los hombres antes de indicarme que me siente, cosa que hago sin dilación.

 

—Eleazar, te presento a Isabella. Isabella, él es Eleazar.

 

Edward coge su copa y se la bebe de un trago. Pide otra.

 

—Encantado de conocerte, ¿Isabella? —Pronuncia mi nombre en tono interrogante, está claro que no sabe qué versión utilizar.

 

—Bella —informo, acepto su mano y dejo que me la estreche mientras me inspecciona a conciencia.

 

—¿Te apetece tomar algo? —me pregunta Edward cogiendo la segunda copa que le ha servido el camarero.

 

—No, gracias.

 

—Como prefieras —dice, y acto seguido se vuelve hacia Eleazar.

 

—Bree no tardará en llegar —declara el gerente, y me mira sin saber muy bien qué hacer.

 

De inmediato despierta mi interés: soy toda oídos.

 

—No tenía por qué molestarse —responde Edward sin dejar de mirarme—. Le he dicho que no viniera.

 

Eleazar se ríe.

 

—Y ¿desde cuándo hace caso de lo que le dices, hijo?

 

Edward le clava dos puñales azules pero no responde a su pregunta, así que me quedo con las ganas de saber quién es Bree y por qué nunca hace caso de Edward. Es obvio que no es momento de preguntarlo pero, a juzgar por la mirada de Eleazar y la respuesta de Edward, creo que ya sé quién es ella. ¿Por qué va a venir? ¿Nunca le hace caso? ¿De qué no hace caso? ¿De lo que le dice? Y ¿qué le dice? Grito para mis adentros en un intento por controlar el hilo de mis pensamientos hasta que llegue el momento oportuno de sacar el tema. Ahora me fijo en la decoración ultramoderna del club. Hace frío cuando no está lleno de gente en la oscuridad. Hay luces y cristal por todas partes, y me siento como si estuviera dentro de… un cubito de hielo gigante.

 

Observo a Edward leer los papeles que le entrega Eleazar y me pregunto cómo serían las cosas si en lugar de un traje de tres piezas llevara vaqueros y camiseta. La camisa azul que viste imprime a sus ojos un color eléctrico, pero como de costumbre se oculta detrás de la máscara que se pone siempre que le conviene, lo que es el noventa y nueve por ciento de las veces.

 

—Ve a mi despacho.

 

La voz de Edward obliga a mis ojos a olvidar la camisa que lleva y a centrarme en su mirada azul intenso.

 

—¿Perdona?

 

—Ve a mi despacho. —Me coge con delicadeza para que baje del taburete y me señala el lugar hacia el que debo ir—. ¿Sabes cómo llegar?

 

—Creo que sí.

 

Recuerdo que me llevó hacia la parte delantera del club y luego bajamos una escalera, pero yo estaba al borde del coma etílico.

 

—Ahora te veo.

 

Echo la vista atrás mientras me alejo de Edward, que se queda en la barra con Eleazar. No disimulan que están esperando que me marche para poder hablar de sus cosas. Edward permanece impasible y Eleazar parece pensativo. El gerente me da un rollo muy raro, y llego a la conclusión de que o bien están hablando de asuntos de negocios no aptos para mis oídos, o bien están hablando de mí. Creo que lo segundo, a juzgar por lo extraña que me siento y lo incómodo que parece Eleazar. Cuando llego a la otra punta del club y doblo la esquina, veo que Eleazar está diciendo algo al tiempo que agita las manos frente al rostro de Edward, lo que confirma mis sospechas. Me detengo y espío por el cristal de la escalera. El gerente vuelve a sentarse y se lleva las manos a la cara en un gesto de desesperación. Luego Edward se enfada y, cosa rara, lo demuestra. Es ese mal genio del que he oído hablar. Manotea y maldice, y después echa a andar en dirección a mí. Bajo la escalera a toda velocidad y vago por los pasillos hasta que encuentro el teclado numérico en el que apenas recuerdo haber visto a Edward introducir un código.

 

A los pocos segundos lo tengo detrás de mí, enfadado y pasándose la mano por el pelo. Echa hacia atrás el mechón que se empeña en caerle sobre la frente y me alcanza con dos decididas zancadas, visiblemente ofendido. Introduce el código con furia y abre la puerta con más fuerza de la necesaria. La manija choca contra la pared de yeso.

 

Doy un respingo al oír el golpe y Edward agacha la cabeza.

 

—Mierda —maldice en voz baja sin moverse del sitio. No parece tener intención de querer entrar en su oficina.

 

—¿Estás bien? —pregunto guardando las distancias. Me encanta cuando expresa sus emociones, pero éstas no me gustan un pelo.

 

—Te pido disculpas —murmura sin levantar la vista del suelo.

 

Se está saltando su regla, la de que hay que mirar a la cara a la gente cuando le hablan a uno. No se lo recuerdo. Está claro que ha estado charlando con el gerente de mí. Y ahora está cabreado.

 

—¿Bella?

 

Mi columna vertebral se estira y me obliga a ponerme derecha.

 

—¿Sí?

 

Deja escapar un profundo suspiro y sus hombros suben y bajan.

 

—Dame «lo que más me gusta». —Su mirada azul es una súplica—. Por favor.

 

Se me cae el alma a los pies. Nunca había visto a Edward Masen así. Quiere que lo consuele. Llevo las manos a sus anchas espaldas y me pongo de puntillas para hundir la cara en su cuello.

 

—Gracias —susurra al tiempo que me coge y me levanta del suelo.

 

La fuerza de su abrazo me oprime las costillas. Me cuesta respirar, pero no voy a decirle nada. Envuelvo con las piernas su cintura. Edward entra en su despacho conmigo en brazos, cierra la puerta y camina hacia su escritorio vacío. Se apoya en el borde para que podamos permanecer abrazados y no da señales de querer soltarme. Me sorprende. Voy a dejarle el traje como un acordeón, y todavía tiene pendiente la entrevista.

 

—Te estoy arrugando la ropa —digo en voz baja.

 

—Tengo una plancha —replica, y me estrecha con más fuerza.

 

—Me lo imaginaba. —Me aparto de su cuello para poder mirarlo a los ojos. No dicen nada. Ya no parece estar tan enfadado, y su rostro se ve tan impasible como siempre—. ¿Por qué te has cabreado tanto?

 

—La vida… —dice sin dudar—. La gente que da demasiadas vueltas a las cosas y que se mete donde no la llaman.

 

—¿En qué se mete? —pregunto, a pesar de que creo que ya lo sé.

 

—En todo —suspira.

 

—¿Quién es Bree? —Eso creo que también lo sé.

 

Se pone de pie, me deja en el suelo y me coge por las mejillas.

 

—La mujer que creías que era mi novia —responde, y me dedica un beso largo y húmedo. Qué mareo.

 

—¿Por qué va a venir? —pregunto con la boca pegada a la suya.

 

No le pone fin al beso.

 

—Porque es como un grano en el culo. —Me da un mordisco en la oreja—. Y porque cree que el hecho de ser accionista del club le da derecho a mandar en él.

 

Trago saliva y me aparto.

 

—Entonces ¿es verdad que es tu socia?

 

Casi me echa la bronca antes de volver a estrecharme contra su pecho.

 

—Sí. ¿Cuántas veces voy a tener que decírtelo? Confía en mí.

 

El hecho de saberlo no me hace sentir mejor. No soy tonta del todo, y he visto cómo mira a Edward. Y también cómo me mira a mí.

 

—He tenido un día horrible. —Me besa en la mejilla y me distrae con la suavidad de sus labios—. Pero vas a quitarme todo el estrés en cuanto lleguemos a casa.

 

Dejo que me coja de la mano y me lleve al otro lado de la mesa.

 

—¿Qué estamos haciendo?

 

Me sienta en su silla y me coloca mirando al escritorio. Coge un mando a distancia del primer cajón y se sienta en cuclillas a mi lado, con el codo apoyado en el reposabrazos de la silla.

 

—Quiero enseñarte algo.

 

—¿Qué? —pregunto, y veo que la mesa de Edward está tan vacía como la última vez que la vi. Un teléfono es lo único que hay encima.

 

—Esto.

 

Pulsa un botón y brinco como un resorte al ver que la mesa empieza a moverse sola.

 

—Pero ¿qué…?

 

Me he quedado sin habla y con la boca abierta como una imbécil. Cinco pantallas planas emergen del escritorio.

 

—¡Madre mía!

 

—¿Impresionada?

 

Estoy un poco confundida, pero ni aun así se me escapa lo orgulloso que está.

 

—Y ¿te sientas aquí a ver la tele?

 

—No, Bella —suspira, al tiempo que pulsa otro botón, que hace que las pantallas cobren vida. Todas ellas muestran imágenes de su club.

 

—¿Hay cámaras de seguridad? —pregunto mirando las pantallas. Cada una se divide en seis, excepto la del centro. Ésa sólo muestra una imagen.

 

Y ahí estoy yo.

 

Me acerco y me veo la noche de la inauguración de Ice, bebiendo con Gregory. Luego la imagen cambia, estamos subiendo la escalera y yo mirándolo todo, impresionada. A continuación estoy en la pista de baile, con Edward detrás, rondándome. Veo a Gregory susurrándome al oído, yo a punto de volver la cabeza, y a Edward acercándose, mirándome de arriba abajo antes de ponerme las manos encima. Las imágenes son muy nítidas, pero aún aumentan más de tamaño cuando Edward toca el centro de la pantalla, y su mirada me pone a cien al instante. Siento un cosquilleo ahí abajo. Entonces me pregunto qué demonios hago con la vista fija en una pantalla cuando a mi lado tengo al Edward de carne y hueso.

 

Me vuelvo para mirarlo.

 

—Estuviste aquí sentado espiándome. —No lo pregunto porque es más que evidente. No me imaginaba que el club estuviera lleno de cámaras de seguridad.

 

Me mira fijamente y ladea la cabeza.

 

—Mi niña, mi preciosidad, ¿te has puesto cachonda?

 

No quiero, pero me retuerzo en su enorme silla de oficina y me pongo colorada hasta las orejas.

 

—Te tengo enfrente. Claro que me he puesto cachonda.

 

Debo intentar tener tanto aplomo como él. Intentar es la palabra clave. Nunca podré poseer su misma intensidad, ni podré ser tan taciturna, ni podré ser tan sexy ni estar tan buena. Pero puedo ser igual de descarada.

 

Gira la silla para tenerme cara a cara. El mando a distancia está perfectamente colocado sobre la mesa. Me desliza las manos por los muslos y me acerca a él hasta que sólo unos centímetros separan nuestras caras.

 

—Cuando te vi el sábado por la noche —susurra—, yo también me puse cachondo.

 

La imagen de Edward recostado en su silla con un whisky en la mano, mirando cómo yo bebía, charlaba y vagaba por su club inunda mi mente calenturienta. El calor desciende de mi cara a mi entrepierna. Estoy saturada, y lo sabe.

 

—Y ahora, ¿estás cachondo? —Me acerco hasta que le rozo la punta de la nariz con la mía.

 

—¿Por qué no lo compruebas tú misma?

 

Toma mi boca y se incorpora. Tengo que levantar la barbilla y echar la cabeza atrás para recibir su beso. Sus manos están apoyadas en los reposabrazos de la silla. Me tiene atrapada, y el gemido de satisfacción que se le escapa contra mis labios es lo más bonito que he oído nunca.

 

No pierdo el tiempo y le meto mano. Le desabrocho la hebilla del cinturón mientras nos comemos la boca con frenesí. No hay ni rastro del rollo delicado. Parece atormentado, pero voy a aliviar sus pesares si puedo.

 

—Sólo con la mano —masculla con desesperación.

 

Le bajo la bragueta e introduzco la mano en los pantalones. La tiene dura.

 

La saco de su encierro, Edward traga saliva y tengo que mirarlo. Sus ojos son de un azul cegador cuando la acaricio con suavidad, y su boca entreabierta me echa su aliento tibio en la cara.

 

—¿Hiciste esto mientras me espiabas? —pregunto en voz baja, animada por las ganas que le tengo, que me infunden confianza.

 

—Nunca hago esto.

 

Me sorprende su respuesta y pierdo la concentración.

 

—¿Nunca?

 

—Nunca.

 

Echa las caderas hacia adelante para recordarme que no pare.

 

—¿Por qué no? —Estoy boquiabierta y, aunque suena increíble, lo creo.

 

—Eso no importa.

 

Se abalanza sobre mis labios y pone fin al interrogatorio. Me concentro en acariciarlo con suavidad, pero su boca es mucho más voraz que de costumbre y parece influir en mis manos, que cada vez se mueven más deprisa y le arrancan gemidos sin parar.

 

—Baja el ritmo. —Casi está suplicando.

 

Sigo su consejo hasta que mantengo un vaivén constante, arriba y abajo.

 

—Dios. —Se tensa, como si tuviera miedo, pero lo está disfrutando. Lo siento palpitar en mi mano, cada vez más caliente. Le cuesta respirar.

 

Mantener nuestro beso profundo es fácil. Evitar que mi mano se acelere es harina de otro costal. Soy consciente de que está a punto de correrse, y me duele la mano de tanto contenerme para no acariciarle la polla más deprisa.

 

Me muerde el labio y se aparta para darme una visión maravillosa de su cara perfecta mientras sigo tocándolo. Menea las caderas en una cadencia que acompaña el movimiento de mi mano. Tensa los brazos y se agarra a la silla, pero sigue teniendo cara de póquer.

 

—¿Bien? —pregunto. Quiero algo más que las reacciones de su cuerpo. Quiero las palabras que tan bien se le dan en momentos como éste.

 

—Nunca lo sabrás.

 

Agacha un poco la cabeza y de sus labios brotan jadeos entrecortados. Con mi mano libre busco el bajo de su camisa, la aparto y le acaricio el estómago, sintiendo las contracciones de sus abdominales.

 

—¡Mierda! —maldice.

 

Lo sujeto con más fuerza, pero en ese mismo instante llaman a la puerta y doy un brinco. Lo suelto y me encojo en la silla.

 

Resopla.

 

—¡Joder, Bella!

 

—¡Lo siento! —exclamo sin saber si debo volver a meterle mano o esconderme bajo la mesa.

 

Veo en su expresión lo poco que le gusta tener que apartarse de la silla y recobrar el aliento para retomar el control.

 

—Qué oportuno, ¿no te parece?

 

Aprieto los labios y observo cómo se mete la camisa por dentro del pantalón y se lo abrocha en un instante.

 

—Lo siento —repito sin saber qué más puedo decir.

 

Sigue duro como una piedra, y se le ve la tienda de campaña a través de los pantalones.

 

—Como debe ser —gruñe, y no puedo aguantarme la risa por más tiempo.

 

—Mira. —Señala su entrepierna y enarca una ceja al ver la gracia que me hace—. Tengo un pequeño problema.

 

—Es verdad.

 

No puedo estar más de acuerdo, y en una de las pantallas veo que hay dos personas esperando tras la puerta del despacho. Vuelven a llamar.

 

—Esto va a ser un suplicio —dice al tiempo que se recoloca las partes con un gruñido—. Adelante.

 

Me levanto y dejo que Edward ocupe su silla. La única forma de controlar mi propia ebullición es distraerme con su incomodidad.

 

La puerta se abre y aparece una mujer muy guapa que me da un buen repaso y frunce el ceño.

 

—¿Y tú eres…? —dice haciéndole un gesto con la mano a un hombre que hay detrás de ella y que lleva una cámara.

 

Retrocedo para dejarlos entrar antes de que me pasen por encima.

 

—Bella. —Hablo sola, porque ya me ha dejado atrás y está casi junto a la mesa, toda sonriente y efusiva.

 

Me encanta ver que Edward se pone la máscara de nuevo. Vuelve a ser el frío hombre de negocios, nada que ver con el que yo tenía derretido entre manos y a punto de correrse hace un instante.

 

—¡Hola! —exclama toda sonrisas al tiempo que se abalanza por encima de la mesa para acercarse a él todo lo posible—. Tanya Denali. —Le ofrece la mano, pero sé que se muere por besarlo—. Vaya, este sitio es impresionante.

 

—Gracias. —Edward es tan formal como siempre y le estrecha la mano antes de señalar una silla frente a su escritorio y recolocarse con disimulo los tesoros de su entrepierna—. ¿Le apetece beber algo?

 

Ella aparca su culo prieto en la silla y deja un cuaderno encima de la mesa. Capto de inmediato las incómodas vibraciones que emite Edward al ver el bloc.

 

—En teoría no debo beber mientras trabajo, pero ésta es mi última cita del día. Tomaré un Martini con hielo.

 

El fotógrafo pasa junto a mí. Resulta evidente que está cansado.

 

De repente me pregunto por qué Edward quiere que esté presente, así que lo miro y hago un gesto en dirección a la puerta, pero él niega con la cabeza y me indica que me siente en el sofá mientras coge el cuaderno de la señorita Denali y se lo deposita en la mano. Quiere que me quede.

 

Cierro la puerta y observo cómo el fotógrafo toma asiento junto a la mujer y deja caer la cámara sobre su regazo.

 

—¿Desea tomar algo? —Edward está mirando al hombre, pero veo que éste niega con la cabeza.

 

—No, estoy bien así.

 

—Voy a buscar las bebidas —proclamo abriendo de nuevo la puerta—. ¿Un Martini y un whisky escocés?

 

—¡Con hielo! —exclama la mujer volviéndose y dándome otro repaso—. No te olvides del hielo.

 

—Con hielo —confirmo mirando a Edward, que asiente en señal de agradecimiento.

 

»Vuelvo enseguida —digo dando las gracias por no tener que soportar la voz chillona de Tanya Denali durante un rato.

 

Han bajado la luz y encendido los focos azules. El bar vuelve a tener el brillo que yo recordaba. Hay varias barras abiertas para elegir, y al final me dirijo a la misma en la que Edward se ha reunido antes con Eleazar. Hay un chico joven en cuclillas, reponiendo la nevera.

 

—Hola —saludo para llamar su atención—. ¿Me pones un Martini con hielo y un whisky escocés solo?

 

—¿Para el señor Masen?

 

Asiento y él se pone en acción. Saca un vaso liso y le da una friega extra antes de verter en él unos dedos de whisky y deslizármelo por la barra.

 

—¿Y un Martini?

 

—Sí, por favor.

 

Mientras el camarero prepara la bebida me quedo de pie, incómoda, como si mil ojos me miraran. Sé que Eleazar tiene curiosidad. Lo miro y me dedica una pequeña sonrisa que no hace que me sienta mejor. Su rostro redondo parece pensativo.

 

—¿Qué tal por ahí abajo? —pregunta rompiendo el incómodo silencio.

 

—Acabo de dejarlos, iban a empezar —respondo con educación cogiendo el Martini.

 

—A Edward no le gusta armar revuelo ni ser el centro de atención.

 

Intento discernir si lo ha dicho con doble sentido.

 

—Lo sé —contesto, porque sospecho que intenta decirme que no tengo ni idea.

 

—Es feliz en su pequeño y ordenado mundo.

 

—Lo sé —repito sin pretender ser antipática, pero no me gusta el rumbo de esta conversación.

 

—No está disponible emocionalmente.

 

De pronto me vuelvo hacia él. Antes de hablar, observo unos instantes su rostro pensativo.

 

—¿Adónde quieres ir a parar? —pregunto mirándolo de frente. Estoy tan enfadada que se nota que he perdido la compostura.

 

Edward me dijo exactamente lo mismo, pero resulta que rebosa emociones. Puede que no de un modo típico, pero están ahí.

 

Eleazar sonríe y es una sonrisa sincera que al mismo tiempo sugiere que soy una ingenua, que estoy ciega y que me he metido en camisa de once varas.

 

—Una chica tan dulce como tú no debería meterse en un mundo como éste.

 

—¿Qué te hace pensar que soy tan dulce? —Estoy empezando a perder la paciencia.

 

¿Qué significa eso de «un mundo como éste»? ¿La noche? ¿La bebida?

 

Niega con la cabeza y vuelve a sus papeles sin contestarme.

 

—Eleazar, ¿qué has querido decir?

 

—Quiero decir… —Hace una pausa, suspira y levanta la vista—. Que eres una distracción que él no necesita.

 

—¿Una distracción?

 

—Sí, debe centrarse.

 

—¿En qué?

 

Levanta su cuerpo fornido del taburete, recoge sus papeles, se pone el bolígrafo detrás de la oreja, coge su botellín de cerveza y añade:

 

—En este mundo. —Luego da media vuelta y se va.

 

Me quedo de pie viendo cómo la distancia entre los dos es cada vez mayor; estoy atónita. Tal vez una distracción sea justamente lo que Edward necesita. Trabaja muy duro, está estresado y necesita librarse de ese estrés al caer el día. Eso quiero hacer. Quiero ayudarlo.

 

Miro los dos vasos que llevo en las manos. El calor que emana de mi palma ha derretido un poco el hielo del Martini, pero paso. Tanya Denali tendrá que beberse el Martini con cubitos medio derretidos. Vuelvo al despacho de Edward.

 

Él está mirando la puerta cuando entro mientras Tanya se pasea por el despacho. Se le da muy bien contonearse. El fotógrafo se aburre mucho y permanece tirado en su asiento.

 

Le tiendo su whisky a Edward. No lo dejo encima de la mesa porque no sé dónde suele ponerlo.

 

—Gracias —dice casi con un suspiro, y me indica que me siente en su regazo.

 

Me sorprende bastante que se comporte con tanta familiaridad en una reunión de negocios, pero no protesto. Me siento en sus rodillas y me lo paso en grande observando en silencio la reacción de Tanya Denali; no puedo evitar disfrutar con la sensación de poder. Y tampoco le ofrezco su Martini, sino que es ella la que debe acercarse a buscarlo.

 

En cuanto coge el vaso, Edward me rodea la cintura con el brazo y me estrecha contra su pecho.

 

La periodista finge sonreír mientras recupera la compostura.

 

—Me parece que voy a tener que cambiar el titular de mi artículo.

 

—¿Cuál era, señorita Denali? —pregunta Edward con tranquilidad.

 

—«El soltero de oro de Londres abre un club para la élite».

 

Edward se tensa debajo de mí.

 

—Sí. —Se bebe el resto de su whisky y deja el vaso en la mesa con precisión—. Tendrá que cambiarlo.

 

Veo que la mujer está atacada de los nervios mientras toma asiento de nuevo en la silla que está enfrente de él. ¿«El soltero de oro de Londres»? Edward lo ha confirmado, pero aun así es agradable oír a otra persona decir que está soltero… O lo estaba.

 

Ella frunce el ceño y deja su copa sobre el escritorio de Edward, que se pone tenso y, como resultado, me pongo tensa yo también.

 

—¿Le importa? —Me inclino hacia adelante, cojo el vaso y vuelvo a ponérselo en la mano—. No hay posavasos, y esta mesa es carísima.

 

Parpadea confusa en dirección al vaso vacío de Edward, que descansa encima de la mesa sin posavasos… pero en el lugar adecuado.

 

—Perdona —responde cogiéndolo.

 

—No pasa nada. —Sonrío con una expresión tan falsa como la suya.

 

Edward me da un apretón agradecido.

 

—Bueno, para terminar —dice ella peleando con el vaso mientras intenta tomar notas en el cuaderno—, ¿cuáles son los requisitos necesarios para ser miembro del club?

 

—Que se efectúen los pagos —responde Edward cortante y cansado. Me hace sonreír.

 

—Y ¿qué hay que hacer para solicitar ser miembro?

 

—No hay que hacer nada.

 

Ella alza la vista confusa.

 

—Entonces ¿cómo consigue uno ser miembro?

 

—Tiene que invitarte alguien que ya lo sea.

 

—¿No limita eso su clientela?

 

—En absoluto. Ya tengo más de dos mil miembros y abrimos hace menos de una semana. Ahora tenemos lista de espera.

 

—Ah. —Parece decepcionada, pero luego le dedica una sonrisa sugerente mientras cruza las piernas muy despacio—. ¿Y qué tiene que hacer uno para saltarse esa lista de espera?

 

Hago una mueca de disgusto. Será descarada, la muy zorra.

 

—Sí, ¿qué tiene que hacer uno, Edward? —pregunto mirándolo y poniéndole morritos.

 

Le brillan los ojos, y las comisuras de sus labios se levantan levemente mientras dirige la mirada a Tanya Denali.

 

—¿Conoce usted a algún miembro, señorita Stanley?

 

Se le ilumina la cara.

 

—¡Lo conozco a usted!

 

Debo contenerme para no atragantarme de la sorpresa. ¿Acaso no me ve?

 

—No me conoce, señorita Denali —replica Edward alto y claro—. Casi nadie me conoce.

 

El fotógrafo se revuelve incómodo en el asiento y Tanya se ruboriza avergonzada. Imagino que no le dan esos cortes muy a menudo, y me pregunto si Edward hace bien en ser tan hostil, teniendo en cuenta que esa mujer va a escribir un artículo sobre él y su nuevo club. A mí lo que ha dicho no me afecta porque yo sí lo conozco.

 

—¡Foto! —exclama Tanya saltando de su silla y dejando de nuevo la bebida encima de la mesa. Al parecer, con el apuro se le ha olvidado lo que le he pedido antes.

 

La recojo antes de que a Edward le dé un ataque, y me echo a un lado para que el fotógrafo pueda encuadrar bien la imagen. Edward se incorpora para alisarse el traje y estirárselo para quitarle las arrugas. Es culpa mía. Lo he distraído y no ha podido sacar la plancha para devolverle la perfección a su atuendo, aunque tampoco es que lo necesite. Siempre está impecable.

 

Me lanza una mirada acusadora y mueve los labios:

 

—Culpa tuya.

 

Sonrío, me encojo de hombros y susurro:

 

—Lo siento.

 

—No lo sientas —responde en voz alta—. Yo no me arrepiento.

 

Me guiña un ojo y casi me caigo de culo.

 

Vuelve a sentarse en su silla y a desabrocharse la chaqueta. Luego asiente en dirección al fotógrafo.

 

—Cuando quiera.

 

—Estupendo.

 

El hombre prepara la cámara y da unos pasos atrás.

 

—Vamos a dejar los monitores a la vista. Creo que necesitaremos que haya más cosas encima de la mesa.

 

—¿Cómo qué? —pregunta Edward horrorizado ante la idea de que alguien le estropee la superficie lisa y perfecta.

 

—Papeles —responde el fotógrafo cogiendo el cuaderno de Tanya y colocándolo a la izquierda de Edward—. Perfecto.

 

Tengo la sensación de que el hombre se pasa una eternidad enfocando y sacando fotos de mi pobre Edward, que parece estar a punto de explotar a causa del estrés. Va cambiando de posición según se lo indican. El fotógrafo rodea la mesa y saca una instantánea de los monitores con Edward observando las imágenes de vídeo como si él no estuviera, luego le pide que se siente en el borde de la mesa con naturalidad, cruzado de piernas y brazos. Lo está matando y, cuando le pide que sonría, es la gota que colma el vaso.

 

Me mira sin poder creérselo, como diciendo «¿Cómo se le ocurre pedirme semejante cosa?».

 

—Hemos terminado —replica entonces tajante al tiempo que se abrocha la chaqueta y recoge el cuaderno que han dejado encima de su mesa demasiado tiempo—. Gracias por su tiempo.

 

Le entrega el cuaderno a Tanya Denali y se planta en la puerta de dos zancadas. La abre y, con un gesto, les indica que se marchen.

 

Ninguno de los dos hace que se lo repitan. Se apresuran a pasar junto a Edward y a cruzar la puerta del despacho.

 

—Gracias —dice Tanya a unos pasos de la puerta mientras levanta la mirada hacia Edward—. Espero que volvamos a vernos.

 

Estoy alucinada, y me pregunto si es un comportamiento normal. Esta tía es incorregible.

 

—Adiós —sentencia Edward, y la envía a seguir con lo suyo.

 

Pero justo entonces entra otra mujer en el despacho.

 

La socia de Edward.

 

Bree.

 

Parece que viene con prisas y sin aliento, pero recobra el temple en cuanto le pone los ojos encima a Tanya Denali, que está demasiado cerca de Edward. Le lanza una mirada asesina.

 

—Creía que te había dicho que no se lo podía entrevistar.

 

—Lo sé. —Tanya ni siquiera se inmuta ante la hostilidad que emana de Bree, que va vestida de marca de la cabeza a los pies—. Pero estabas equivocada porque, tras un par de llamadas, lo he conseguido. —Se vuelve hacia Edward y sonríe seductora—. Hasta la vista. —Se despide con la mano y le devuelve la mirada asesina a Bree mientras se contonea fuera del despacho.

 

Bree está de un humor de perros y, en cuanto la periodista desaparece, sé que la va a pagar conmigo.

 

Se vuelve y parece advertir mi presencia por primera vez.

 

—¿Qué está haciendo ella aquí? —escupe mirando a Edward en busca de respuestas.

 

Retrocedo perpleja, igual que él.

 

—No te metas donde no te llaman —responde Edward con calma, cogiéndola del brazo y conduciéndola de nuevo hacia la puerta.

 

—Me preocupo por ti —discute sin resistirse. Sus palabras confirman mis sospechas.

 

—No pierdas el tiempo, Bree.

 

La empuja para que salga y cierra de un portazo. Pego un brinco del susto.

 

Me dijo que confiara en él y debería hacerlo. En realidad la ha mandado a paseo. Entonces, se vuelve hacia mí con cara de estar agotado y agobiado.

 

—Estoy estresado —declara con un ladrido que me confirma lo evidente, y me hace dar otro brinco sobre la moqueta.

 

—¿Te traigo otra copa? —pregunto, y por primera vez me da por pensar que quizá Edward beba demasiado. ¿O es sólo desde que nos conocemos?

 

—No necesito una copa, Bella. —Su voz se ha vuelto ronca y su mirada me electrifica—. Creo que sabes lo que necesito.

 

La sangre me arde en las venas bajo esa mirada de deseo, todo mi ser es consciente de cómo me mira y se vuelve receptivo. Que Dios me ayude cuando me ponga las manos encima.

 

—Desestresarte… —susurro sin apenas ver nada cuando se acerca lentamente a mí.

 

—Eres mi terapia. —Me coge en brazos y me besa con determinación, con decisión, gimiendo y susurrando en mi boca mientras su lengua me lleva al cielo. Mi raciocinio se desvanece—. Me encanta besarte.

 

Estamos en su despacho. No quiero estar en su despacho, quiero estar en su cama.

 

—Llévame a casa.

 

—Está demasiado lejos. Necesito desestresarme ahora.

 

—Por favor. —Apoyo las manos en sus hombros y me aparto—. Me agobio cuando estás tan tenso.

 

Suspira hondo y baja la cabeza. El rizo rebelde le cae sobre la frente. Me tienta, quiere que lo coloque otra vez en su sitio, y eso hago. Aprovecho para pasarle la mano por el pelo. Es todo un privilegio que este hombre tan complicado me haya asignado el papel de ser yo quien lo desestrese, y siempre disfrutaré haciéndolo, donde sea, cuando sea, aunque hay formas en las que puede hacerlo él solo.

 

—Discúlpame —musita—. Tomo nota de tu petición.

 

—Te lo agradezco. Llévame a tu cama.

 

—Como prefieras. —Se mira el traje y frunce el ceño al ver unas pocas arrugas que se esfuerza por alisar. Suspira y ladea la cabeza.

 

Me pilla sonriendo.

 

—¿Qué es lo que tiene tanta gracia? —inquiere.

 

—Nada —digo encogiéndome de hombros.

 

Acto seguido, me arreglo la ropa en un gesto sarcástico, pero cuando levanto la vista me encuentro con que Edward ha sacado la tabla de planchar de un armario secreto y está preparándolo todo para planchar. Se me borra la sonrisa de la cara.

 

—No irás a…

 

Hace una pausa y mira mis ojos de alucinada.

 

—¿Qué?

 

—No irás a plancharte el traje ahora, ¿no?…

 

—Está muy arrugado. —Le horroriza que me haya quedado atónita al ver la tabla de planchar—. Antes alguien me ha distraído y por eso voy a salir en la prensa hecho un gurruño.

 

—Y ¿qué hay de tu cama? —Suspiro al pensar en el tiempo que me voy a pasar esperando que Edward deje perfecto lo que ya lo está.

 

—En cuanto haya terminado —replica. Se da la vuelta y saca la plancha.

 

—Edward… —Me detengo al ver que se le tensan levemente los hombros.

 

Me pica la curiosidad. Me acerco y me topo con la sonrisa picarona y feliz más grande que jamás he tenido el placer de ver. La mandíbula me llega al suelo. Estoy tan perpleja que ni siquiera me acuerdo de lo que iba a decir.

 

—¡Qué cara! —Se echa a reír plegando la tabla de planchar y guardándola en su sitio.

 

Edward Masen, don Circunspecto, mi hombre confuso y complejo… ¿Se está burlando de mí? ¿Me estaba gastando una broma? Creo que voy a desmayarme.

 

—No tiene gracia —musito cerrando de un portazo el armario secreto de la plancha, como una niña enfurruñada que tiene mal perder.

 

—Discrepo —dice entre carcajadas mientras se endereza y me deja fuera de combate de nuevo con esa sonrisa picarona. Nunca he visto nada igual.

 

—Discrepa todo lo que quieras —replico, y grito cuando me coge en brazos y empieza a dar vueltas—. ¡Edward!

 

—No voy a plancharme el traje porque lo más importante ahora es llevarte a mi cama.

 

—¿Más importante aún que devolverle el planchado perfecto a tu traje? — pregunto enredando los dedos entre sus rizos—. ¿Más importante que arreglarte el pelo?

 

—Mucho más. —Me deja en el suelo—. ¿Lista?

 

—Me hacía ilusión que me invitaras a cenar.

 

—¿Cena o cama? —se burla—. Lo dices por fastidiar.

 

Sonrío.

 

—Y ¿qué tiene uno que hacer para saltarse la lista de espera?

 

Se le iluminan los ojos, los entorna y se pone muy serio. Está intentando no reírse.

 

—¿Conoce a algún miembro, señorita?

 

—Conozco al dueño —proclamo con seguridad, aunque rápidamente recuerdo la respuesta que le ha dado a Tanya. ¿Me dirá eso mismo a mí? Conozco a Edward pero ¿opina él lo mismo?

 

Asiente pensativo y se dirige a su mesa. Abre el cajón y saca algo. Sea lo que sea, lo pasa por los monitores y lo escanea con un pitido antes de que éstos desaparezcan en las profundidades de la mesa blanca.

 

—Aquí tienes. —Me entrega una tarjeta de plástico duro y transparente con una palabra grabada en el centro:

 

 

 

ICE

 

Le doy la vuelta y veo una banda plateada, pero eso es todo. No hay nada más. Ni los datos del club ni los del propietario de la tarjeta. Lo miro recelosa:

 

—No será falsa, ¿no?

 

Se ríe a carcajadas y me saca de la oficina, de vuelta a la zona de barras, pero no me coge de la nuca como de costumbre, sino que me pasa su musculoso brazo por los hombros y me estrecha contra sí.

 

—Es de lo más auténtica, Isabella.

 

 

 

 

 

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