Una noche deseada

Autor: Lily_cullen
Género: + 18
Fecha Creación: 23/02/2018
Fecha Actualización: 27/04/2018
Finalizado: SI
Votos: 1
Comentarios: 12
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Capítulos: 26

Isabella lo siente nada más entra en la cafetería. Es absolutamente imponente, con una mirada azul tan penetrante que casi se distrae al tomar nota de su pedido. Cuando se marcha, cree que no lo volverá a ver jamás, hasta que descubre la nota que le ha dejado en la servilleta, firmada  «E».

 

Todo lo que él quiere es una noche para adorarla. Sin resentimientos, sin compromiso, sólo placer sin límites. Isabella y Edward. Edward e Isabella. Opuestos como el día y la noche, y aun así tan necesarios el uno para el otro. Él es distante, desagradable y misterioso: sabe siempre lo que quiere y la quiere a ella. Ella es dulce y atenta, una mujer joven de hoy en día que se hace a sí misma y debe encontrar las respuestas a los interrogantes de la vida y de las relaciones a medida que los vive. Quiere ser feliz y amada, pero cuando Edward entra en su vida se da cuenta que ha perdido el control sobre sí misma y sucumbe a la pasión desenfrenada que nace entre ellos dos. ¿Debe escuchar a su corazón o a la razón?

 

“¿Crees que van a saltar chispas?”

Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer. La historia le pertenece a Jodi Ellen Malpas del libro Una noche deseada. 

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Capítulo 9: Capítulo 8

Me despierto en la oscuridad, completamente desnuda y desorientada. Me lleva unos instantes ubicarme y, cuando lo hago, sonrío. Me siento relajada. Me siento en paz. Me siento saciada y cómoda. Pero, cuando me vuelvo, él no está.

Me incorporo e inspecciono el dormitorio, preguntándome qué hacer. ¿Voy a buscarlo o me quedo aquí y espero a que vuelva? ¿Qué hago? Tengo el tiempo justo para ir al cuarto de baño y asegurarme de que lo dejo todo tal cual estaba cuando la puerta se abre y Edward aparece. Lleva puestos los shorts negros otra vez, y su semidesnuda perfección ataca mis ojos adormecidos, lo que me obliga a parpadear varias veces para comprobar que no estoy soñando. Me observa, de pie, nerviosa, envuelta en una sábana y con el pelo que probablemente parezca un nido de aves.

—¿Estás bien? —pregunta mientras se acerca. Su pelo es adorable, con esos rizos oscuros salvajes y revueltos, y con ese mechón rebelde que le cae perfectamente sobre la frente.

—Sí. —Me envuelvo más con la sábana y pienso que tal vez debería vestirme.

—Te he estado esperando. —Coge la sábana y me la quita de entre los dedos hasta que sostiene una esquina con cada mano y la abre, dejando mi cuerpo descubierto ante sus brillantes ojos azules. Sus labios no sonríen, pero sus ojos sí. Se mete bajo la sábana y se coloca las esquinas sobre los hombros, de manera que ambos quedamos envueltos en algodón blanco—. ¿Cómo te encuentras?

Sonrío.

—Bien.

Me siento mejor que bien, pero no quiero decírselo. Sé por qué estoy aquí, y me duele en la conciencia y en la moral cada vez que lo pienso, de manera que no lo hago.

—¿Sólo bien?

Me encojo de hombros. ¿Qué quiere? ¿Qué le haga una redacción de mil palabras sobre mi estado mental y corporal? Probablemente podría escribir diez mil palabras sobre eso.

—Muy bien.

Desliza las manos alrededor de mi trasero y lo aprieta.

—¿Tienes hambre?

—No tanta como para comer ostras —espeto estremeciéndome de asco.

Sale de los confines de las sábanas y me envuelve de nuevo con el máximo cuidado.

—No, ostras no —coincide, y me da un suave beso en los labios—. Otra cosa. —Apoya la mano en mi nuca por encima del pelo, y me obliga a volverme y a salir de la habitación.

—Debería vestirme —digo sin intentar detenerlo para informarlo de que no me siento del todo cómoda con el hecho de que sólo una sábana de algodón cubra mis pudores.

—No, vamos a comer, y luego nos daremos un baño.

—¿Juntos?

—Sí, juntos. —No le da a mi tono de preocupación la importancia que merece. Sé ducharme y bañarme solita. No necesito que me venere hasta ese punto.

Me dirige hasta la cocina y me sienta sobre una silla frente a una mesa inmensa. Doy gracias a los dioses del algodón por la sábana que separa mi trasero del frío asiento que tengo debajo.

—¿Qué hora es? —pregunto, esperando para mis adentros que no haya malgastado demasiado tiempo de mis veinticuatro horas durmiendo.

—Las once en punto. —Abre la puerta de espejo del enorme frigorífico doble y empieza a apartar cosas y a colocar otras sobre la encimera que tiene al lado —. Iba a dejarte dormir dos horas, después pensaba echarte un polvo. —Deja una botella de champán a un lado y se vuelve para mirarme—. Te has despertado justo a tiempo.

Sonrío, me ajusto un poco la sábana y pienso en lo fantástico que habría sido despertarme con esos relucientes ojos azules mirándome.

—¿Te importa que me vista? —pregunto.

Inclina la cabeza a un lado y entorna ligeramente los ojos.

—¿No te sientes cómoda desnuda?

—Sí —respondo con seguridad, aunque la verdad es que nunca me he planteado eso. Sé que estoy más delgada de lo normal, mi abuela me lo recuerda a diario, pero ¿me siento cómoda? Porque, por cómo me aferro a la sábana, cualquiera diría lo contrario.

—Bien. —Se vuelve de nuevo hacia la nevera—. Pues entonces ya está.

A continuación saca una fuente de cristal repleta de fresas grandes y jugosas. Entonces abre un armario que revela varias hileras de copas de champán perfectamente ordenadas. Coge dos y las coloca delante de mí, seguidas de la fuente de fresas, todas lavadas y sin rabito. Se acerca a otro armario, extrae una cubitera y la llena de hielo del dispensador de la parte delantera del frigorífico. La coloca delante de mí, con el champán en el centro, y entonces se acerca a los fogones y se pone un guante térmico. Observo fascinada cómo se las apaña en la cocina con desenvoltura, con movimientos precisos y elegantes, y todo con sumo cuidado. Nada de lo que mueve o deja permanece en la misma posición durante mucho tiempo. Siempre lo hace girar un poco o lo recoloca hasta que está satisfecho y pasa a otra cosa.

En estos momentos se acerca a mí con un cazo de metal con un cuenco de cristal en su interior que despide una columna de vapor.

—¿Te importa pasarme esa rejilla, por favor?

Miro hacia el lugar donde señala su dedo y me levanto todo lo rápido que me lo permite la sábana que me cubre. Cojo la rejilla de metal y la coloco junto a la fuente de fresas, el champán y las copas.

—Aquí tienes —digo, y me siento de nuevo mientras observo cómo la hace girar unos milímetros a la derecha antes de dejar el cazo caliente encima. Estiro el cuello y veo un montón de chocolate caliente—. Tiene un aspecto delicioso.

Ahora está a mi lado, acerca una silla y apoya las posaderas sobre el asiento.

—Y está delicioso.

—¿Puedo? —pregunto a punto de meter el dedo.

—¿Con el dedo?

—Sí. —Lo miro y veo que enarca sus cejas oscuras con desaprobación.

—Te quemarás. —Coge el champán y empieza a quitar el precinto de aluminio—. Además, para eso están las fresas.

Su ceño fruncido y sus bruscas palabras hacen que me sienta infantil.

—Entonces ¿puedo meter una fresa pero el dedo no?

Me mira con el rabillo del ojo y empieza a tirar del corcho.

—Supongo. —Hace caso omiso de mi sarcasmo y vierte el champán, pero no sin antes colocar bien los desperdicios que acaba de acumular en un pequeño montón ordenado sobre un platito.

Me pasa una copa y de inmediato niego con la cabeza.

—No, gracias.

Apenas logra contener un grito de indignación.

—Bella, es un Dom Pérignon Vintage del año 2003. Nadie puede negarse a eso. Acéptalo. —Empuja la copa hacia mí y yo me aparto.

—No la quiero, pero gracias.

Su mirada de desconcierto se transforma en una de consideración.

—¿No quieres esta bebida en particular o no quieres ninguna?

—Un poco de agua estaría bien, por favor. —No voy a entrar en eso—. Agradezco lo que has hecho con las fresas y el champán, pero preferiría beber agua, si no te importa.

Está claramente sorprendido de que haya rechazado su cara bebida, pero no insiste, cosa que le agradezco.

—Como prefieras.

—Gracias. —Sonrío mientras se levanta para sustituir mi champán por agua.

—Dime que te gustan las fresas —me ruega cogiendo una botella de Evian antes de regresar a mi lado.

—Me encantan las fresas.

—Menudo alivio. —Desenrosca el tapón y vierte mi agua en otra copa—. Dame el gusto —dice al ver mi gesto de extrañeza. Acepto la bebida y observo cómo se toma su tiempo seleccionando una fresa antes de sumergirla en el cuenco y menearla cuidadosamente para cubrir la fruta madura con el oscuro chocolate—. Abre la boca.

Agarra el asiento de mi silla con la mano libre y me acerca un poco más hasta que quedo perfectamente encajada entre sus muslos. Su pecho desnudo me distrae ligeramente. Mi mandíbula desciende al instante, principalmente porque me quedo boquiabierta al contemplar su belleza tan de cerca, y él mantiene la mirada fija en mis ojos conforme acerca la fruta a mi boca hasta que siento que me roza los labios. Cierro la boca alrededor de ella y hundo los dientes para morder un pequeño trozo de la carnosa pulpa.

—Mmm —murmuro de placer, y me llevo la mano a los labios para recoger un hilo de jugo de fresa que me cae por la barbilla, pero él me agarra de la muñeca antes de que pueda limpiarme.

—Permíteme —susurra.

Se acerca más hacia mí, posa los labios sobre mi barbilla y empieza a lamer lentamente el jugo antes de meterse el trozo que queda en la boca. Empiezo a masticar pausadamente, imitando los movimientos precisos de su boca. Finalmente traga.

—¿Está buena?

Tengo la boca llena, de modo que me limito a asentir, consciente de la obsesión de Edward por los modales, y levanto el dedo para pedirle que me dé un segundo mientras mastico rápidamente. Me lamo los labios y me asomo sobre la fuente de nuevo.

—Dame otra.

Sus ojos se iluminan. Selecciona otra fresa, la sumerge y la mueve de nuevo.

—Estaría mejor con el champán —dice pensativo al tiempo que me dirige una mirada de reproche.

Hago como que no lo oigo y coloco mi agua sobre la mesa.

—¿Qué chocolate es?

—Ah. —Acerca la fresa a mi boca, pero esta vez me restriega el chocolate por el labio inferior y mi lengua se dispone a lamerlo al instante—. No. —Niega con la cabeza y me pasa la mano por detrás del cuello para acercarme a él—. Ya lo hago yo —me susurra en la cara antes de iniciar el trabajo.

No se lo impido. Dejo que limpie lo que él ha ensuciado y aprovecho la ocasión para apoyar las manos sobre sus muslos, a ambos lados de mis rodillas. Acaricio el vello oscuro de sus piernas y disfruto de su piel mientras él termina de limpiarme la boca, besándome la comisura de los labios, el centro y después la otra comisura.

—¿Qué chocolate es? —repito tranquilamente deseando dejar a un lado todas las cosas dulces y saborear a Edward en su lugar.

—Green and Black’s. —Me ofrece la fresa y la acepto, sosteniéndola entre los dientes—. Tiene que tener al menos un ochenta por ciento de cacao. —La fresa que tengo en la boca me impide preguntar por qué, de modo que arrugo la frente, lo que lo insta a proseguir con su explicación—. La amargura del chocolate, combinada con la dulzura de la fresa, es lo que lo hace tan especial. Si le añades el champán, obtienes la combinación perfecta. Y las fresas tienen que ser británicas. —Se inclina, muerde la fresa que sostengo entre los dientes y el jugo estalla entre los dos.

Me da igual tener la barbilla cubierta de zumo y la boca llena.

—¿Por qué? —pregunto.

Él termina de masticar y traga.

—Porque son las más dulces que hay. —Desliza las manos por debajo de mis muslos, me levanta y me acerca, de manera que quedo sentada a horcajadas sobre él. Tarda una mortificante eternidad en limpiarme. La piel me arde y me cuesta respirar con normalidad mientras intento reprimir la necesidad de abalanzarme sobre él. Entonces tira de la sábana para admirar mi desnudez—. Hora de bañarse.

—No hace falta que me bañes —objeto, preguntándome hasta dónde va a llevar esto de la veneración. Ya me siento tremendamente especial, pero puedo lavarme solita.

Me toma de las manos y me las coloca sobre sus hombros, y después recoge la masa de rizos dorados que enmarca mi rostro.

—Necesito bañarte, Bella.

—¿Por qué?

Se levanta, sosteniéndome de las nalgas, y me acerca hasta la nevera. Me deja en el suelo, me da la vuelta para ponerme de cara al espejo y me encuentro con mi reflejo. Me siento incómoda, especialmente cuando miro un momento a Edward y veo que está recorriendo mi cuerpo con los ojos. Miro al suelo, pero levanto la vista al instante cuando presiona el pecho en mi espalda y siento su miembro duro contra mi zona lumbar, caliente y húmedo. Se ha quitado los shorts.

—¿Te sientes mejor? —pregunta, manteniendo mi mirada en el espejo. Entonces alarga el brazo para sostener con la mano uno de mis pechos.

Asiento, aunque en realidad quiero decir que no. Me intimida a todos los niveles, pero es muy adictivo.

Masajea mi pecho suavemente.

—Se me hace la boca agua —susurra moviendo lentamente los labios—. Eres perfecta. —Me pellizca el pezón ligeramente y me besa la oreja—. Y sabes de maravilla.

Cierro los ojos y me dejo caer hacia atrás sobre él, pero mi estado de ensueño se ve interrumpido cuando me empuja ligeramente hacia adelante, contra la fría superficie de la nevera, con mis modestas tetas aplastadas contra el cristal y la cara de lado, con la mejilla sobre la fría superficie.

—No te muevas.

Desaparece de detrás de mí, pero regresa en cuestión de segundos. Coloca la rodilla entre mis muslos y me los separa antes de agarrarme de las manos, de una en una, y de levantármelas y apoyarme las palmas contra el espejo por encima de mi cabeza. Estoy totalmente abierta de brazos y piernas contra la parte delantera del frigorífico, aprisionada, y sólo puedo verlo a través de mi visión periférica. Está sosteniendo el cuenco de chocolate, y antes de que me pueda parar a considerar su próximo movimiento, vierte todo el contenido sobre mis hombros y su calor hace que dé un respingo por la impresión. La sensación de notarlo descendiendo por mi espalda, por mi trasero y por mis piernas hace que pida auxilio para mis adentros. Va a llevarle mucho tiempo lamer todo eso, y ya sé lo que se siente teniendo su lengua sobre mí. No podré evitar gritar o volverme para devorarlo. Empiezo a temblar.

Oigo que coloca el cuenco sobre la encimera que tengo detrás y el sonido del cristal arrastrado por el mármol, señal inequívoca de que lo está recolocando. Acaba de echarme un cuenco de chocolate por encima, ¿y ahora le preocupa la posición del recipiente sobre la superficie?

Aparto la cara del frigorífico, lo busco en el reflejo y veo que se aproxima a mí. Su pene, duro, rebota alegremente conforme camina, y lleva un envoltorio de aluminio en la mano. Trago saliva y apoyo la frente contra el espejo, preparándome mentalmente para la dulce tortura a la que estoy a punto de someterme.

—¿Lo ves? Ahora sí que voy a tener que bañarte. —La calidez de sus palmas cubre la parte externa de mis muslos y se desliza hacia mis caderas, mi cintura y mis costillas hasta que descansan sobre mis hombros; entonces los masajea, extendiendo el chocolate con sus enormes manos. Echo la cabeza atrás, unos gemidos escapan de mis labios y se me hace un nudo de nervios en el estómago de pensar en lo que está por venir.

Baja las manos por mi columna y desliza un dedo por mis nalgas y por la parte superior del muslo, y baja, y baja, hasta que se postra de rodillas en el suelo detrás de mí y sube de nuevo las manos para acariciar mi cuerpo una vez más. Estoy totalmente alerta. Dócil, pero consciente; relajada, pero extasiada…, viva, pero perdiendo poco a poco la conciencia.

—Bella, no estoy seguro de que veinticuatro horas vayan a ser suficientes — susurra mientras traza círculos en mi tobillo con la punta del dedo.

Cierro los ojos e intento desviar mis pensamientos para evitar transferir a mi boca lo que quiero decir. No servirá de nada. Está excitado, eso es todo; se ha dejado llevar por la pasión del momento.

La punta de ese maldito dedo asciende ardientemente por la parte inferior de mi pierna hasta que llega a la parte trasera de mi rodilla. Estoy temblando de pies a cabeza.

—Edward —suspiro, y deslizo las palmas de las manos por el espejo.

—Mmm —murmura.

Sustituye el dedo por la lengua y me da un tentador lametón en la parte trasera del muslo hasta el culo. Me muerde la nalga y sus dientes se hunden en mi carne antes de chuparla con fuerza.

—Por favor —suplico. Estoy haciendo justo lo que me juré que no haría—. Por favor, por favor, por favor.

—¿Por favor, qué? —Ahora lo tengo en la espalda, recorriendo el centro de mi columna, lamiendo, chupando y mordiendo—. Dime qué es lo que quieres.

—A ti —jadeo—. Te quiero a ti —digo sin vergüenza, pero he empezado a notar de nuevo esa exquisita presión, y me hierve la sangre, lo que no deja espacio para sentir pudor.

—Y yo a ti.

—Puedes tomarme. —Vuelvo la cabeza cuando me agarra de la nuca y tuerce la muñeca y me encuentro con unos ojos tan claros que podrían rivalizar con la más azul de las aguas tropicales.

—No entiendo cómo algo tan bello puede ser tan puro —dice estudiando mi rostro con el asombro reflejado en su ardiente mirada—. Gracias. —Me besa con delicadeza y sus manos se deslizan por todas partes hasta que me extiende el chocolate por los brazos y envuelve mis puños con sus palmas.

Tengo la respuesta a su pregunta, pero no me ha preguntado directamente, de modo que mejor no se la doy. Esto no va de eso. Para él, se trata de satisfacer su fascinación; para mí, de remediar un problema que me he infligido a mí misma (tengo que seguir repitiéndome esto).

—Date la vuelta para que te vea —reclama pegado a mis labios, y me ayuda a girar.

Cuando apoyo la espalda cubierta de chocolate contra el frigorífico y me restriego contra él, da un paso atrás para estudiarme por completo. No me avergüenzo porque estoy demasiado ocupada admirando la montaña de perfección cubierta de chocolate que tengo ante mí: hombros anchos, caderas firmes, muslos fuertes…, una gruesa y larga columna que sobresale de su entrepierna. Empiezo a salivar, con la vista fija en esa zona, a pesar de la abundante cantidad de dura perfección que tengo para elegir. Quiero saborearlo.

Lo miro a los ojos cuando empieza a aproximarse y veo una expresión seria, como siempre, una expresión que no revela nada.

—¿En qué estás pensando? —pregunta mientras se agarra con fuerza la polla.

Los ojos se me van hacia abajo y me quedo sin aliento. Me ahogo al sofocar una exclamación. Estoy nerviosa, y mi falta de respuesta es un claro signo de ello. Por estúpido que parezca, no quiero decepcionarlo. Estoy segura de que habrá tenido muchos labios dulces a su alrededor, y probablemente todos sabían lo que hacían.

—Pues… puedo… Es… —empiezo a tartamudear.

Para hacer que me sienta menos incómoda, entierra el rostro bajo mi cuello y empuja hacia arriba hasta que me obliga a echar hacia atrás la cabeza y a mirar al techo.

—Tienes que relajarte un poco más. Pensaba que íbamos bien.

—Y así es.

Se aparta y me deja débil y temblorosa mientras abre el condón y lo extiende por su miembro con presteza. No me gusta. Me parece un crimen que tenga que cubrir su esplendor.

—Preferiría hacerlo a pelo —dice pensativamente levantando la vista hacia mí—. Pero no sería muy caballeroso por mi parte dejarte embarazada, ¿verdad?

No, no lo sería, aunque ¿qué tiene de caballeroso disponer de mí como si fuera un juguete sexual durante todo un día? ¿O decirme que va a echarme el mejor polvo salvaje de mi vida? Ha contradicho esa promesa. No hemos echado ningún «polvo» desde que llegué. Hasta ahora ha sido todo un caballero, un amante atento, cuidadoso y considerado.

Cada vez estoy más colada por él. Y su caballerosa estrategia no ayuda.

—¿Bella? —Su voz suave hace que abra los ojos. No me había dado cuenta de que los había cerrado—. ¿Estás bien? —Se acerca, se agacha hasta colocar la cara a la altura de la mía y me acaricia la mejilla.

—Sí. —Sacudo la cabeza ligeramente y le regalo una sonrisa.

—Si quieres parar…, no tenemos por qué… —Hace una pausa y se sume en sus pensamientos durante unos instantes—. Si no quieres continuar, lo aceptaré.

—¡No! —exclamo abruptamente presa del pánico. Me enfrento a una vacilación indeseada. Tengo momentos de reticencia, a pesar de mi sed por este hombre. Pero es demasiado tentador. Es el fruto prohibido. Ya he experimentado lo que se siente siendo venerada por él, y aunque sé que después lo pasaré mal, quiero más—. No quiero que lo aceptes.

¿He dicho eso en voz alta?

La expresión instalada en su rostro oscurecido por una barba incipiente, mezcla de confusión y alivio, me indica que sí.

—¿Quieres continuar?

—Sí —confirmo más tranquila, más controlada, aunque en realidad no me siento así en absoluto.

Sigo ardiendo de deseo, y todo por este hombre bello y respetuoso que tengo ante mí. Irritada por mi vacilación, reúno algo de seguridad y elevo los brazos cubiertos de chocolate para apoyar las manos sobre su suave pecho.

—Quiero tenerte de nuevo. —Inspiro hondo y acerco la boca al espacio de piel que queda entre mis palmas—. Quiero que hagas que me sienta viva.

Eso es exactamente lo que hace.

—Menos mal —suspira al tiempo que me agarra por debajo de los muslos y me levanta hasta la altura de sus caderas. Mis piernas se enroscan automáticamente alrededor de su firme cintura—. Lo habría aceptado, pero no me habría hecho ninguna gracia. —Me empotra suavemente contra la nevera e introduce una mano entre nuestros cuerpos—. Nunca me canso de ti, Isabella Taylor.

Estiro la espalda y me aferro a su cuello cuando siento la cabeza de su impresionante virilidad empujando contra mi abertura.

—Puedes tenerme todo lo que quieras —susurro con un hilo de voz.

—Y lo haré mientras estés aquí. —Sus palabras me matan, pero sólo brevemente. Me penetra con un siseo y me distraigo de su ominosa declaración —. Joder, ya te has amoldado a mí. —Hundo su rostro en mi pelo mientras se recompone y yo me adapto a él dentro de mí. Tiene razón. Todos mis músculos y el espacio vacío parecen ajustarse a él como un líquido. No siento nada de dolor, sólo un placer inmenso que aumenta cada vez que retrocede y empuja hacia adelante lentamente, con la cara todavía enterrada en mi cuello—. Me encanta sentirte por dentro.

El corazón se me sale del pecho. No puedo hablar. Mi cuerpo parece reaccionar automáticamente a sus estímulos, y crea sentimientos, sensaciones y pensamientos que soy incapaz de controlar.

—Fóllame, por favor —le suplico con la esperanza de que un poco menos de sentimiento y de intimidad curen mi creciente problema—. Ya me has penetrado poco a poco.

—Hay que saborearte despacio. —Me muestra su rostro y veo que lo tiene cubierto de chocolate—. Ya te lo he explicado antes. —Refuerza sus palabras con movimientos de cadera lentos, prolongados y estudiados, una y otra, y otra vez —. Te gusta esto, ¿verdad?

Asiento.

—Coincido. —Me agarra con más fuerza de los muslos y baja la boca hasta la mía—. Voy a alargar esto lo máximo posible.

Acepto su beso y me pierdo en los delicados lametones de su lengua. Esto es fácil. No tengo ningún reparo. Seguirlo es la cosa más fácil que he hecho en mi vida. Nuestras bocas se mueven como si nos hubiéramos besado más de un millón de veces, como si fuera la cosa más natural del mundo. Parece que lo es. Es como si todo encajara, a pesar de que somos totalmente diferentes en todos los aspectos de nuestra vida. Él es un hombre de negocios rudo, poderoso y seguro de sí mismo, y yo una dulce camarera aburrida e insegura. La expresión que dice que los polos opuestos se atraen nunca ha sido más apropiada. La dirección que toman mis pensamientos es válida, y debería tenerla en cuenta, pero no ahora, no mientras está haciendo que me sienta de esta manera. Me hierve la sangre, el placer me invade, y estoy más viva que nunca.

Él se lo toma con calma. Los movimientos rotatorios de sus caderas van a acabar conmigo. Mis manos recorren su cuerpo con frenesí, palpándolo allá donde puedo alcanzar. Siento las piernas doloridas y pesadas, pero me da igual.

—Edward —digo pegada a su boca—, ya viene.

Se muerde el labio y lo absorbe, provocando en mí una sobrecarga sensorial.

—Lo he notado.

—Mmm…

Ataco su boca con violencia y mis manos se aferran a su cabello. Me aferro con fuerza a sus caderas con las piernas, y sé que tengo que aflojar un poco, pero las pulsaciones entre mis muslos laten con furia y no puedo concentrarme en nada más. Los movimientos de mi cuerpo son espontáneos, no responden a instrucciones. Todo está pasando sin que yo lo pretenda.

—Por favor, por favor, por favor —ruego—. Más rápido.

El deseo de que me lleve al límite hace que me arrastre y ruegue un poco más, eso y la desesperada necesidad de hacer que esto sea otra cosa y no un acto de amor tierno. Me mantiene en el limbo, y necesito estallar.

—No, Bella. —Me apacigua con voz suave pero firme—. Yo todavía no estoy listo.

—¡No! —Esto es una tortura. Una tortura cruel y despiadada.

—Sí —responde hundiéndose en mí, manteniendo su ritmo constante—. Esto es maravilloso. Y tú no estás al mando.

Recupero mi temperamento y lo agarro con fuerza del pelo y separo su cabeza de mis labios. Estoy jadeando, y él también, pero eso no dificulta los movimientos de sus caderas. Tiene el pelo mojado y los labios entreabiertos. Su mechón rebelde esta vez está acompañado de unos cuantos más. Quiero que me empotre contra la nevera. Quiero que me insulte y me castigue por mi agresividad. Quiero que me folle salvajemente.

—Bella, esto no va a parar en un buen rato, así que contrólalo.

Lanzo un grito ahogado ante sus palabras y deseo para mis adentros que las acompañe con una fuerte embestida de su cuerpo contra el mío, pero el muy mezquino no lo hace y mantiene el control. Tiro de su pelo de nuevo intentando despertar algo de violencia por su parte, pero él se limita a regalarme su hermosa sonrisa…, de modo que tiro un poco más.

—Qué agresiva —murmura sin darme lo que quiero mientras me penetra todavía lentamente.

Echo la cabeza atrás y grito con frustración, asegurándome de seguir aferrada a su cabello.

—Bella, puedes maltratarme todo lo que quieras, pero vamos a hacer esto a mi manera.

—¡No puedo más! —grito.

—¿Quieres que pare?

—¡No!

—¿Te duele?

—¡No!

—Entonces ¿sólo es que te estoy volviendo loca?

Agacho la cabeza y acepto sus suaves arremetidas, ardiente todavía, y ahora sudando. Lo miro a los ojos y atisbo ese ligero aire arrogante tan familiar.

—Sí —digo entre dientes.

—¿Está mal que me alegre por ello?

—Sí —respondo haciendo rechinar los dientes.

Su leve sonrisa se transforma en un gesto taimado, y un nuevo brillo se instala en sus ojos.

—No voy a disculparme pero, por suerte para ti, estoy preparado.

Y de este modo, me levanta, me empala más profundamente, retrocede un poco y se hunde suavemente en mí, manteniéndose en el fondo, lanzando un sonoro gruñido contenido y temblando contra mí.

Funciona.

Empiezo a sacudirme en sus brazos. Mi cuerpo se torna laxo, mi mente se desconecta y mis manos liberan finalmente su cabello. No lo pretendo, pero las paredes de mi vagina se aferran a él con cada una de sus pulsaciones, prolongando las oleadas de placer que recorren mi cuerpo.

Aunque estoy muy a gusto sostenida contra la nevera, tirada sobre él como un muñeco de trapo, Edward decide cambiar de postura. Se agacha pegándome a su pecho, me deja en el suelo y se acomoda encima de mí. Observa cómo intento recobrar la respiración, acerca la boca a mi pezón y lo chupa con fuerza, lo mordisquea y exprime la piel que lo rodea con la mano.

—¿Te alegras de haber aceptado mi oferta? —pregunta seguro de conocer mi respuesta.

—Sí —suspiro. Levanto la rodilla y consigo reunir las fuerzas suficientes como para elevar el brazo y acariciarle la nuca.

—Por supuesto que sí. —Me besa todo el cuerpo hasta que llega a mis labios y los mordisquea lentamente—. Hora de ducharse.

—Déjame aquí —exijo resoplando y dejando caer los brazos a mis costados —. No tengo fuerzas.

—Pues yo haré todo el trabajo duro. Te dije que iba a venerarte.

—También me prometiste que me echarías el mejor polvo salvaje de mi vida —le recuerdo.

Me suelta el labio y se aparta, cavilando.

—También dije que te penetraría poco a poco.

Para mi sorpresa, ni siquiera me ruborizo.

—Creo que ya puedes tachar eso de tu lista de quehaceres. Ahora ya puedes echarme un polvo salvaje.

Pero ¿qué me pasa?

Es evidente que Edward se está preguntando lo mismo, porque enarca las dos cejas estupefacto, pero no dice nada. Igual lo he dejado sin palabras. Su frente se arruga ligeramente y empieza a retirarse de encima de mí. Después de quitarse el condón y de sacudirse las plantas de los pies, me levanta y me agarra de la nuca como de costumbre. Entonces empieza a guiarme hacia su dormitorio.

—Créeme, no quieres que te folle así.

—¿Por qué?

—Porque lo que acabamos de compartir es mucho más placentero.

Tiene razón, y aunque sé que es una estupidez por mi parte, no quiero añadir a Edward a mi lista de encuentros que no han significado nada.

—La cocina está hecha un asco —digo señalando el suelo y la nevera cubiertos de chocolate, pero él no mira hacia el lugar donde le indico, y me insta a seguir hacia adelante.

—No puedo mirar. —Su mirada se vuelve oscura, y entonces sacude la cabeza—. De lo contrario, no conseguiré dormir.

Sonrío, aunque sé que a él no le hará gracia. Es un maníaco de la limpieza. Está constantemente recolocando las cosas, pero después de estar aquí y ver lo inmaculado que está su armario, creo que roza un poco la obsesión.

Cuando atravesamos el umbral de su cuarto, me coge en brazos y me lleva por la habitación. Me pilla un poco por sorpresa, pero el gesto hace que me sienta tan bien que no digo ni pío. Es tan fuerte y está tan bien definido, es una obra de arte encarnada, y su tacto es tan bueno como su aspecto. Cuando me deja en el suelo dentro del cuarto de baño, miro hacia su dormitorio y pronto llego a una conclusión. Tengo las plantas de los pies llenas de chocolate. Él no. No quería manchar la moqueta. Empieza a pasearse por el baño, colocándolo todo con sumo cuidado, las toallas y los geles, y no me dedica ni una mirada al pasar por mi lado, de vuelta al dormitorio, lo que hace que me sienta pequeña e incómoda. Frunzo el ceño para mis adentros y rodeo mi cuerpo desnudo con los brazos mientras espero en silencio admirando el inmenso aseo hasta que por fin vuelve. Abre el grifo de la ducha y comprueba la temperatura del agua. No tiene ningún reparo en estar desnudo, y no me extraña. No tiene nada de lo que avergonzarse.

—Las damas primero. —Hace un gesto con el brazo invitándome a entrar en la espaciosa ducha.

Vacilo un instante; sin embargo, consigo recomponerme y obedezco, desnuda y cubierta de chocolate. Levanto la vista hacia su rostro impasible al pasar por su lado. Su expresión es formal y fría, completamente distinta de la de hace cinco minutos.

—Gracias —murmuro mientras me sitúo bajo la lluvia caliente y miro inmediatamente hacia abajo para ver cómo el agua chocolateada se arremolina alrededor de mis pies.

Permanezco sola durante unos instantes, con la mirada fija en el suelo hasta que sus pies aparecen en mi campo de visión. Incluso eso lo tiene perfecto. Mis ojos empiezan a ascender por su cuerpo y a estudiar cada perfecto y definido centímetro, hasta que veo que se vierte un poco de jabón en la palma de la mano. Esas manos estarán sobre mí en cualquier momento, pero a juzgar por su expresión, ésta no va a ser la típica escena tórrida en la ducha. Está demasiado concentrado masajeando la espuma entre las manos.

Sin mediar palabra, se agacha delante de mí y empieza a frotarme el gel de ducha por los muslos, limpiándome lentamente el chocolate. No puedo hacer nada más que observar la escena en silencio, pero la ausencia de conversación está haciendo que me sienta violenta.

—¿A qué te dedicas? —pregunto intentando romper el incómodo silencio.

Se detiene un momento, pero pronto prosigue con su tarea.

—No creo que debamos entrar en detalles personales dado nuestro acuerdo, Bella. —No me mira. Decide permanecer concentrado en mi limpieza.

Ojalá no hubiera dicho nada, porque esas palabras no me han aliviado en absoluto. Al contrario, ahora me siento todavía peor. Quiero saber más acerca de él, pero tiene razón. No servirá de nada, y sólo hará que este momento sea más íntimo de lo que debería ser.

Continúa deslizando sus espléndidas manos por toda mi piel, sin decir nada y sin mirarme. Después de los momentos que hemos vivido hasta ahora esta noche, esto se me hace difícil y desagradable. Es como si fuésemos extraños. Bueno, es que lo somos, pero el hombre que tengo postrado de rodillas delante de mí es la única persona del mundo con la que me he abierto de verdad. Y no me refiero a mi pasado ni a mis problemas, sino a mi cuerpo y a mi vulnerabilidad. Ha hecho que me cuestione mi manera de ver la vida y a los hombres. Me ha infundido una falsa sensación de seguridad, y ahora se está comportando como si esto fuera un trato de negocios, y no es agradable.

Estoy perpleja, aunque no debería estarlo. Conocía el acuerdo, pero su ternura y el hecho de que no me haya follado salvajemente quizá me hayan dado falsas esperanzas de que esto fuese algo más, lo cual es absurdo. Es un extraño; un extraño impredecible, taciturno e intimidante.

Mis vertiginosos pensamientos se ven interrumpidos cuando su mano llega a mis hombros. Sus firmes pulgares masajean mi piel de un modo delicioso. Ahora me está mirando, con un gesto serio y el pelo empapado. El peso del agua hace que sus rizos parezcan más largos. Acerca la cara y me besa suave pero dulcemente antes de continuar con la tarea de limpiarme todo el chocolate.

¿Qué ha sido eso?

¿Una tierna muestra de afecto? ¿Un gesto cariñoso? ¿Un instinto natural? ¿O sólo ha sido un beso amistoso? El calor de nuestras bocas unidas indicaba lo contrario, pero la expresión de su rostro no. Debería marcharme. No sé cómo pude pensar que lo de esta noche saldría bien. Debería haberlo pensado mejor, y entonces estoy segura de que habría rechazado su oferta. Yo no debería actuar de esta manera, y paso inmediatamente de la fascinación al resentimiento.

Estoy a punto de declararle mis intenciones de echarme atrás cuando dice:

—Dime cómo es posible que no te hayas acostado con ningún hombre en siete años —pregunta apartándome unos mechones de pelo mojado de la cara.

Suspiro y agacho la cabeza hasta que él me obliga a levantarla de nuevo.

—Pues… —¿Qué puedo decir?—. Es que…

—Continúa —me insiste con dulzura.

Esquivo su pregunta con facilidad al recordar su frase anterior.

—Dado nuestro «acuerdo», creía que no debíamos entrar en detalles personales.

Arruga la frente igual que yo. Parece avergonzado.

—Es verdad. —Me agarra del cuello con la mano por encima del pelo mojado y me saca de la ducha—. Perdóname.

Sigo con el ceño fruncido mientras me seca con una toalla. Después me vuelve a coger de la nuca y me dirige hasta su inmensa cama de piel. Está hecha, y preciosa, con una colcha de terciopelo arrugado de color rojo intenso y cojines dorados colocados de manera minuciosa. Antes no había caído, pero sé que es imposible que estuviese así cuando me he levantado hace un rato, por lo que ha tenido que hacerla él. No quiero volver a deshacerla, pero Edward me libera y empieza a quitar los cojines y a colocarlos ordenadamente sobre un arcón que hay a los pies de la cama. Después retira la colcha y me hace un gesto para que me acueste.

Me acerco con cautela y empiezo a subirme lentamente a la enorme cama. Me siento como la princesa del guisante. Me acurruco y observo cómo él se desliza a mi lado y ahueca su almohada antes de apoyar la cabeza y de rodearme la cintura con el brazo, atrayéndome hacia su cuerpo con delicadeza. Me pego al calor de su pecho de un modo reflejo, sabiendo que esto no está bien. Sé que no está bien, y más cuando me coge la mano y me besa los nudillos. Después se lleva mi palma a su pecho, coloca la mano sobre la mía y empieza a guiar mis caricias.

Estamos en silencio. Casi puedo oír mi mente repleta de interminables pensamientos esperanzadores. Y creo que también oigo los suyos, pero ahora hay una tensión invisible, y esa tensión invisible que hay entre nosotros está superando con creces todas las cosas fantásticas que han sucedido hasta ahora. Su corazón late a un ritmo constante bajo mi oreja, y de vez en cuando me aprieta la mano como un gesto reconfortante, aunque sé que no voy a dormirme, aunque mi cuerpo está exhausto y mi cerebro agotado.

De repente, Edward se mueve. Me aparta de su pecho y me coloca a un lado.

—No te muevas —susurra, y me besa en la frente antes de levantarse de la cama y ponerse los shorts.

Sale del dormitorio y yo me apoyo sobre los codos y observo cómo la puerta se cierra tras él. Deben de ser ya las primeras horas de la madrugada. ¿Qué está haciendo? La ausencia del incómodo silencio debería hacer que me sintiera mejor, y no es así. Estoy desnuda, me duele la entrepierna y me encuentro bien tapadita en la cama de un extraño, pero no puedo hacer otra cosa más que tumbarme de nuevo y mirar al techo con la única compañía de mis aciagos pensamientos. Edward hace que me sienta viva y maravillosa un momento, e incómoda e insuficiente al siguiente.

No sé cuánto tiempo pasó así, pero cuando oigo unos cuantos golpes y una educada maldición ya no puedo aguantar más. Me deslizo hasta el borde de la cama, me llevo la sábana conmigo y recorro la habitación, salgo al pasillo y me acerco en silencio hacia el origen de la conmoción. Los ruidos y las maldiciones se vuelven cada vez más claros, hasta que me encuentro de pie en el umbral de la cocina, observando cómo Edward limpia las puertas de espejo del frigorífico.

Lo que debería dejarme boquiabierta de incredulidad son los movimientos frenéticos de su mano pasando el paño por la superficie y, sin embargo, son los músculos de su espalda, perfectamente definidos, los que me dejan sin aliento y me obligan a agarrarme al marco de la puerta para no caerme al suelo. No puede ser real. Es una alucinación, un sueño o un espejismo. Estaría convencida de ello de no estar tan… dolorida.

—¡Qué puto desastre! —masculla entre dientes. Hunde la mano en un cubo lleno de agua jabonosa y escurre el paño—. ¿En qué cojones estaba pensando? ¡Mierda! —Estampa el trapo contra el espejo y continúa maldiciendo y frotando como un poseso.

—¿Va todo bien? —pregunto tímidamente, sonriendo para mí. A Edward le gusta tenerlo todo como él: perfecto.

Se vuelve, sorprendido pero con el ceño fruncido.

—¿Qué haces, que no estás en la cama? —Arroja el paño con rabia al interior del cubo—. Deberías estar descansando.

Me enrosco más la sábana alrededor del cuerpo, como si la estuviera utilizando a modo de escudo de protección. Está cabreado, pero ¿está cabreado conmigo o con el espejo sucio de la nevera? Empiezo a retroceder, algo cautelosa.

—¡Mierda! —Agacha la cabeza avergonzado, la sacude levemente y se pasa la mano por el pelo con frustración—. Perdóname, por favor. —Levanta la vista y veo que su arrepentimiento es sincero—. No debería hablarte así. No ha estado bien.

—No, no ha estado bien —replico—. No he venido aquí para que me ladres.

—Es que… —Mira hacia el frigorífico y cierra los ojos con fuerza, como si le doliera ver las manchas. Después suspira y se acerca a mí, alargando las manos, como pidiéndome permiso para tocarme.

No sé si hago bien, pero asiento y veo que se relaja al instante. Sin perder un segundo, me agarra, me estrecha contra sí y hunde su nariz en mi pelo húmedo. La sensación me resulta demasiado reconfortante como para pasarla por alto. Cuando antes ha dicho que no conseguiría dormir, lo decía en serio. No se ha vuelto para ver el desastre cuando se lo he señalado, pero está claro que ha estado rondándole por la cabeza, atormentándolo.

—Lo siento —repite, y me besa el pelo.

—No te gusta el desorden. —No lo pregunto porque es evidente, y no voy a darle la oportunidad de insultarme negándolo.

—Me gusta tener la casa impecable —me corrige, y me da la vuelta y me empuja de nuevo hacia el dormitorio.

Cada paso que damos me recuerda el palaciego espacio en el que me encuentro.

—¿No tienes una asistenta? —pregunto, pensando que un hombre de negocios como él, que vive donde vive, viste como viste, y conduce el coche que conduce debería al menos tener un ama de llaves.

—No. —Me quita la sábana, me levanta y me mete en la cama—. Me gusta hacerlo yo.

—¿Te gusta limpiar? —espeto estupefacta. No puede ser verdad.

Sus labios se curvan en las comisuras, y el gesto hace que me sienta mucho mejor después de los hechos, las palabras y los sentimientos que han tenido lugar desde nuestros últimos momentos íntimos.

—Yo no diría que me gusta. —Se mete en la cama conmigo, tira de mí para pegarme a él y entrelazamos nuestras piernas desnudas—. Supongo que puedes considerarme un dios doméstico.

Ahora yo también sonrío, y mi mano decide ponerse las botas al tener acceso directo a su pecho descubierto.

—Jamás lo habría imaginado —digo cavilando.

—Deberías dejar de pensar tanto. La gente piensa demasiado las cosas, y las hace más importantes de lo que son en realidad —responde tranquilamente, casi con desdén, pero sé que tras sus palabras hay algo más. Estoy segura.

—¿Cómo qué? —Nada en concreto. —Me da un beso en la cabeza—. Hablaba en general.

No hablaba en general para nada, pero decido callarme. Gracias a su cambio de humor ya no me siento incómoda, y dejo que la seguridad de su cuerpo me suma en una dulce duermevela. No tardo en cerrar los ojos lentamente y el último sonido que oigo es el de Edward tarareándome algo tierno e hipnotizante al oído.

Presa del pánico, abro los ojos y me incorporo en la cama. La habitación está completamente a oscuras. Me aparto el pelo salvaje de la cara. Me paro un momento a recordar y todo me vuelve a la cabeza. . . , ¿o acaso lo he soñado?

Palpo el colchón y no noto nada más que la suave ropa de cama y una almohada sin una cabeza encima.

—¿Edward? —susurro tímidamente, y entonces me llevo la mano al cuerpo y veo que no llevo nada puesto. Siempre duermo en bragas. No estoy soñando, y no sé si sentirme aliviada o asustada. Me obligo a salir de la cama y recorro la habitación a tientas pegada a la pared—. ¡Mierda! —maldigo cuando me golpeo la pantorrilla con un objeto duro. Me froto el golpe y continúo avanzando. Entonces me doy con algo en la cabeza. Un ruido interrumpe el silencio y forcejeo con algo que me ataca—. ¡Joder! —No consigo agarrar lo que sea que me ha golpeado y lo dejo caer, haciendo una mueca cuando se estrella contra el suelo antes de frotarme la frente—. ¡Maldita sea!

Confío en que Edward aparezca de donde sea que se está escondiendo para ver qué ha pasado, pero después de quedarme de pie en silencio una eternidad esperando a que entre y le dé al interruptor que me bendiga con un poco de luz, sigo ciega. Continúo mi avance a tientas pegada a la pared en la oscuridad hasta que palpo algo que parece un interruptor. Lo conecto y la repentina invasión de luz artificial me ciega por un momento. Definitivamente, estoy sola, y desnuda. Veo la cómoda contra la que me he golpeado la pantorrilla y la lámpara de pie contra la que me he golpeado la cabeza, que ahora descansa sobre la cómoda, hecha mil pedazos. Corro hacia la cama, arranco las sábanas y me envuelvo con ellas mientras me dirijo hacia la puerta. Probablemente esté limpiando la nevera otra vez, pero cuando llego a la cocina, no encuentro a Edward limpiando. De hecho, no lo encuentro en ninguna parte. Ha desaparecido. Recorro su apartamento dos veces, abriendo y cerrando las puertas, al menos todas las que se abren. Hay una que no. Intento girar el pomo, pero no se mueve, de modo que doy unos golpecitos en la puerta y espero. Nada. Vuelvo a su dormitorio con el ceño fruncido. ¿Adónde ha ido?

Me siento en su lado de la cama y me pregunto qué debo hacer, por primera vez, soy plenamente consciente de lo estúpida que he sido. Estoy en un apartamento extraño, desnuda en mitad de la noche, después de haber mantenido unas imprudentes relaciones sexuales sin ataduras con un extraño.

La sensata y cuidadosa Bella ha hecho una estupidez digna de un premio.  Me siento decepcionada conmigo misma.

Busco mi ropa, pero no la veo por ninguna parte.

—¡Joder! —maldigo.

¿Dónde coño la ha metido? De repente, me dejo guiar por la lógica y me hallo frente a la cómoda. Aparto la lámpara, abro el cajón y encuentro un montón de ropa de hombre perfectamente doblada. No me rindo. Abro el siguiente, y el siguiente, y el siguiente, hasta que me pongo de rodillas, abro el último cajón y encuentro mi ropa, perfectamente doblada también, con mis Converse perfectamente colocadas al lado, con los cordones dentro de las zapatillas. Me echo a reír. Saco mis pertenencias del cajón y me visto a toda prisa.

Cuando estoy a punto de salir, veo una nota de papel sobre la cama. No me puedo creer que me haya dejado una nota en la almohada, y debería marcharme sin leerla, pero soy demasiado curiosa. Edward despierta mi curiosidad, y eso no es bueno, porque todo el mundo sabe que la curiosidad mató al gato. Me odio por ello, pero corro hacia la nota y la cojo, cabreada incluso antes de leerla.

Bella:

He tenido que salir un momento. No tardaré, así que no te marches, por favor.

Si me necesitas, llámame. He guardado mi número en tu teléfono.

Un beso,

EDWARD

Idiota de mí, suspiro al ver que se ha despedido con un beso. Entonces me pongo tremendamente furiosa. ¿Que ha tenido que salir un momento? ¿Quién tiene la necesidad de salir un momento en plena noche? Busco mi teléfono para ver qué hora es exactamente. Localizo mi bolsa y mi móvil sobre la mesita de cristal del salón y, tras encenderlo y hacer caso omiso de las decenas de llamadas perdidas de Gregory y sus tres mensajes de texto advirtiéndome de que estaba en un lío, la pantalla me dice que son las tres de la mañana. ¿Las tres?

Hago girar repetidas veces el dispositivo en la mano mientras me dedico a pensar en qué habrá podido hacerlo salir a estas horas. ¿Una emergencia, tal vez? Es posible que le haya pasado algo a algún familiar. Quizá esté en algún hospital o recogiendo a alguna hermana borracha de alguna discoteca. ¿Tiene hermanas? Me vienen a la cabeza toda clase de motivos, pero cuando el teléfono empieza a sonar en mi mano, bajo la vista, veo su nombre en la pantalla y entonces dejo de pensar porque estoy a punto de descubrir qué ha pasado.

Contesto.

—¿Sí?

—Te has despertado.

—Pues sí, y tú no estás aquí. —Me siento en el sofá—. ¿Va todo bien?

—Sí, tranquila. —Habla en voz baja. Igual sí que está en un hospital—. No tardaré en volver. Relájate en la cama, ¿vale?

¿Que me relaje en la cama?

—Me voy a ir.

—¿Qué? —Ya no susurra.

—Tú no estás, así que no tiene sentido que me quede. —Esto no es veneración, es abandono.

—¡Pues claro que lo tiene! —difiere, y oigo de fondo que una puerta se cierra de golpe—. No te muevas de ahí —dice con desasosiego.

—Edward, ¿estás bien? —pregunto—. ¿Ha pasado algo?

—No, nada.

—Entonces ¿por qué has tenido que marcharte en plena noche?

—Por trabajo, Bella. Vuelve a la cama.

La palabra trabajo despierta un resentimiento injustificado en mí.

—¿Estás con alguna mujer?

—¿Qué te hace pensar eso?

Su pregunta transforma ese resentimiento en sospecha.

—Porque has dicho que es por trabajo. —He estado tan atontada con tanta veneración que me había olvidado de aquel pedazo de mujer de pelo negro.

—No, por favor. Vuelve a la cama.

Me dejo caer contra el respaldo del sofá.

—No tengo sueño. Esto no estaba en el trato, Edward. No quiero estar sola en un apartamento extraño.

Oigo mis palabras absurdas y me entran ganas de abofetearme. Claro, como si estuviera mejor en un apartamento extraño con un extraño que me hace perder toda la sensatez.

—El trato era de una noche, Isabella. Veinticuatro horas, y bastante cabreado estoy ya por tener que perder unas pocas. Como no estés en esa cama cuando vuelva a casa, te juro que…

Me incorporo.

—¿Que qué? —pregunto oyendo su respiración agitada, presa del pánico, al otro lado de la línea.

—Que…

—¿Sí?

—Que…

—¿Que qué? —insisto con impaciencia, y me pongo de pie y recojo mi bolsa. ¿Me está amenazando?

—¡Que iré a buscarte y volveré a meterte en ella! —exclama.

Me echo a reír.

—¿Te estás oyendo?

—Sí —dice más calmado—. No es cortés incumplir un trato.

—No hemos firmado nada.

—No, lo hemos sellado follando.

Dejo escapar un grito ahogado, frunzo el ceño y me quedo sin respiración al mismo tiempo.

—Creía que eras un caballero.

—¿Qué te ha hecho pensar eso?

Guardo silencio y medito mi respuesta. En nuestro primer encuentro nada sugería que fuese un caballero. Ni tampoco en los siguientes. Pero sus atenciones y sus modales desde que he llegado aquí sí lo han hecho. No ha habido sexo salvaje.

Entonces me doy cuenta de lo tremendamente estúpida que he sido y me horrorizo. Me ha seducido, y lo ha hecho de maravilla.

—No tengo ni idea, pero es evidente que me he equivocado. Gracias por los innumerables orgasmos.

Oigo cómo grita mi nombre mientras me aparto el teléfono de la oreja y cuelgo. Me sorprendo de mi propio descaro, pero Edward Masen despierta a la rebelde que hay en mí. Y eso es peligroso, pero fundamental a la hora de tratar con un hombre tan desconcertante. Me cuelgo la mochila del hombro, me dirijo hacia la puerta y rechazo la llamada entrante antes de apagar el teléfono.

Capítulo 8: Capítulo 7 Capítulo 10: Capítulo 9

 
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