Una noche deseada (1)

Autor: Lily_cullen
Género: + 18
Fecha Creación: 23/02/2018
Fecha Actualización: 27/04/2018
Finalizado: SI
Votos: 1
Comentarios: 12
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Capítulos: 26

Isabella lo siente nada más entra en la cafetería. Es absolutamente imponente, con una mirada azul tan penetrante que casi se distrae al tomar nota de su pedido. Cuando se marcha, cree que no lo volverá a ver jamás, hasta que descubre la nota que le ha dejado en la servilleta, firmada  «E».

 

Todo lo que él quiere es una noche para adorarla. Sin resentimientos, sin compromiso, sólo placer sin límites. Isabella y Edward. Edward e Isabella. Opuestos como el día y la noche, y aun así tan necesarios el uno para el otro. Él es distante, desagradable y misterioso: sabe siempre lo que quiere y la quiere a ella. Ella es dulce y atenta, una mujer joven de hoy en día que se hace a sí misma y debe encontrar las respuestas a los interrogantes de la vida y de las relaciones a medida que los vive. Quiere ser feliz y amada, pero cuando Edward entra en su vida se da cuenta que ha perdido el control sobre sí misma y sucumbe a la pasión desenfrenada que nace entre ellos dos. ¿Debe escuchar a su corazón o a la razón?

 

“¿Crees que van a saltar chispas?”

Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer. La historia le pertenece a Jodi Ellen Malpas del libro Una noche deseada. 

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Capítulo 10: Capítulo 9

No he dormido nada a pesar de encontrarme cómodamente en mi cama. Después de colarme como una ladrona profesional en mi casa, subí la escalera de puntillas, sorteando todos los tablones que crujen, y recorrí el descansillo a hurtadillas hasta hallarme segura en mi propia habitación. Luego me quedé aquí tumbada, en la oscuridad de lo que quedaba de noche, con la mirada perdida en el techo.

Ahora que los pájaros cantan, oigo a mi abuela trajinando por la cocina, y no me apetece nada enfrentarme al día de hoy. Tengo la mente plagada de imágenes, de pensamientos y de conclusiones, y no quiero malgastar espacio en mi cerebro con ellas. Sin embargo, por más que me esfuerzo no consigo quitármelo de la cabeza.

Me inclino sobre la mesilla de noche, desconecto el teléfono del cargador y me aventuro a encenderlo. Tengo otras cinco llamadas perdidas de Gregory, una de Edward y un mensaje en el buzón de voz. No quiero oír lo que ninguno de los dos tenga que decir, pero me torturo igualmente escuchando el puto mensaje. Es de mi preocupado amigo, no de Edward.

 

Isabella Taylor, tú y yo vamos a tener unas palabritas cuando consiga dar contigo. ¿En qué estás pensando, nena? ¡Por Dios! Creía que tú eras la más sensata de los dos. ¡Haz el favor de llamarme, o iré a ver a tu abuela y le contaré todos tus pecados! ¡Podría ser un violador, o un asesino con un hacha! ¿Cómo eres tan estúpida? ¡Estoy muy cabreado!

 

Suena totalmente exasperado. ¡Será dramático! Y sé que no va a decirle nada a mi abuela porque, como yo, sabe que, en lugar de poner el grito en el cielo, ella se alegrará. Su mensaje no son más que amenazas vacías. En parte tiene razón, pero es un exagerado y no lo ve con perspectiva.

En parte.

Un poco.

En absoluto.

Vale, tiene toda la razón, y no sabe de la misa la media. Soy una idiota. Lo llamo antes de que le dé un ataque, y me responde inmediatamente. Por su voz diría que ya estaba al borde del infarto.

—¿Bella?

—Estoy viva. —Me dejo caer sobre la almohada—. Respira hondo, Gregory.

—¡No te burles de mí! Llevo toda la noche intentando averiguar dónde vive.

—Estás exagerando.

—¡Pues yo creo que no!

—Entonces ¿no lo has encontrado? —pregunto, tapándome un poco más con el edredón y acurrucándome en la cama.

—Bueno, no me diste muchos datos, ¿no? He buscado «Edward» en Google, pero lo único interesante que he encontrado es que significa molinero, y no creo que se dedique a moler trigo.

Me río para mis adentros.

—No sé a qué se dedica.

—Bueno, pues da igual, porque no vas a volver a verlo. ¿Qué ha pasado? ¿Te has acostado con él? ¿Dónde estás? ¡¿Es que te has vuelto loca?!

Dejo de reírme.

—No es asunto tuyo. No es asunto tuyo. Estoy en casa. Y, sí, me he vuelto loca.

—¡¿Que no es asunto mío?! —chilla—. Bella, llevo años rompiéndome la cabeza para intentar sacarte de esa burbuja en la que te has metido. Te he presentado a miles de hombres decentes, todos loquitos por ti, pero tú rechazabas de plano hasta considerar tomarte algo con ellos, o salir a cenar. Salir a cenar y a tomar algo con un hombre no te convierte en tu madre.

—¡Cállate! —silbo. La mención de mi madre hace que me hierva la sangre, y mi tono lo refleja.

—Lo siento, pero ¿qué tiene ese gilipollas que te ha transformado en una idiota irresponsable e imprudente?

—El único gilipollas que conozco eres tú —lo acuso tranquilamente, porque no sé qué otra cosa decir. He sido bastante imprudente, como mi mad…—. Y no es ningún criminal, ni ningún asesino. Es todo un caballero. —«A veces», añado para mis adentros.

—¿Qué ha pasado? Cuéntamelo.

—Me ha venerado —confieso. No va a parar de intentar sonsacarme, así que será mejor que se lo cuente. Lo hecho, hecho está. Ya no hay vuelta atrás.

—¿«Venerado»? —susurra Gregory, y me lo imagino dejando lo que sea que esté haciendo al otro lado del teléfono.

—Sí, ha dejado el listón demasiado alto para quien sea que llegue después. — Y es verdad. No se podrá comparar. Ningún hombre igualará su destreza, sus atenciones y su pasión. Estoy apañada.

—¡Joder! —sigue susurrando—. ¿Tan bueno es?

—Ni te lo imaginas, Gregory. Me siento estafada. Me prometió veinticuatro horas, y sólo han sido ocho. Y necesito desesperadamente cobrarm…

—¡¿Qué?! ¡Rebobina! ¡Rebobina, joder! —grita, haciéndome dar un brinco en la cama—. ¡Rebobina! ¿Qué es eso de las veinticuatro horas? ¿Veinticuatro horas para qué?

—Para venerarme —me vuelvo hacia el otro lado y me paso el teléfono a la otra oreja—. Me ofreció ese tiempo porque era lo único que podía ofrecerme.

No me puedo creer que esté contándole todo esto a Gregory. Esta historia se lleva la palma, sobre todo teniendo en cuenta que es de mí de quien estamos hablando.

—Ni siquiera sé qué decir. —Si cierro los ojos imagino perfectamente la cara de estupefacción que debe de estar poniendo—. Tengo que verte. Voy para allá.

—¡No, no! —Me incorporo agitada—. Mi abuela no sabe que estoy aquí. He entrado a hurtadillas.

Gregory se echa a reír.

—Nena, siento ser yo quien te lo diga, pero tu abuela sabe perfectamente dónde estás.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque ha sido ella la que me ha llamado para decirme que estabas en casa. —Detecto cierto tono de satisfacción en su voz.

Alzo la vista al cielo para que me dé fuerzas. Debería habérmelo imaginado.

—Entonces ¿por qué me has preguntado dónde estaba?

—Porque quería saber si mi alma gemela había adquirido la nueva costumbre de mentir, además de haberse vuelto totalmente idiota. Me alegro de confirmar que sólo ha sucedido lo último. Voy para allá.

Cuelga el teléfono, y en cuanto dejo el mío sobre la cama, oigo el familiar crujido del suelo, de modo que me escondo bajo las sábanas y contengo la respiración.

La puerta se abre, pero yo permanezco inmóvil como una estatua, escondida, con los ojos cerrados y sin respirar, aunque sé que no servirá de nada. Seguro que está deseando obtener una primicia, la muy cotilla.

Hay un silencio total, pero sé que está ahí, y entonces siento unas ligeras cosquillas en la planta del pie y doy una patada en el aire riéndome de manera incontrolada.

—¡Abuela! —exclamo.

Me quito el edredón de encima y me encuentro su rechoncha figura a los pies de mi cama, cruzada de brazos y con una sucia sonrisa dibujada en la cara.

—No me mires así —le advierto.

—Tu jefe…, ¡y un cuerno!

—Era mi jefe.

Se mofa y se sienta en el borde de la cama, cosa que me pone en alerta máxima.

—¿Por qué me cuentas mentirijillas?

—No te miento. —Mi respuesta es débil, y el hecho de que haya apartado la mirada de la suya delata mi culpabilidad.

—Bella, ¿por quién tomas a tu abuela? —Me da una palmada en el muslo por encima del edredón—. Puede que sea vieja, pero mis ojos y mis oídos funcionan perfectamente.

Le lanzo una mirada de reticencia y veo que está conteniendo una sonrisa burlona. Le alegraré el día si le confirmo lo que ya sabe.

—Sí, y tu mente cotilla también.

—¡No soy cotilla! —se defiende—. Sólo soy… una abuela preocupada.

Resoplo y tiro del edredón de debajo de su culo. Me envuelvo con él y me escapo al cuarto de baño.

—No tienes de qué preocuparte.

—Me parece que sí, si mi dulce nietecita la ermitaña de repente sale hasta el amanecer.

Me encojo de vergüenza, acelero el paso y ella me sigue por el descansillo. La excusa del trabajo ya no va a colar, de modo que me muerdo la lengua y me apresuro a cerrar la puerta del baño al entrar, atisbando brevemente antes de hacerlo sus grises cejas enarcadas y sus finos labios formando una pícara sonrisa.

—¿Es tu novio? —pregunta a través de la puerta.

Abro el grifo de la ducha y suelto el edredón.

—No.

—¿Era tu novio?

—¡No!

—¿Estáis festejando?

—¿Qué?

—Saliendo. Que si estáis saliendo, querida.

—¡No!

—Entonces ¿es sólo sexo?

—¡Abuela! —exclamo mirando hacia la puerta sin poder creer lo que acabo de oír.

—Sólo pregunto.

—¡Pues no lo hagas!

Me meto en la ducha y doy gracias por el agua caliente, pero no por las imágenes de mi ducha anterior. Él invade cada rincón de mi cerebro, excepto la pequeña parte que en estos momentos está reservada para responder a las irracionales preguntas de mi abuela. Me echo un poco de champú en las manos y me dispongo a frotarme el pelo con la esperanza de eliminar así los recuerdos.

—¿Estás enamorada de él?

Me quedo congelada bajo el agua, con las manos quietas entre la espuma de mi cabeza.

—No digas tonterías. —Intento sonar desconcertada, pero lo único que consigo es exhalar un suspiro pensativo y silencioso.

No sé cuáles son mis sentimientos exactamente, porque ahora mismo están todos desordenados. Y no debería ser así, especialmente al saber que hay otra mujer. Pero no estoy enamorada de él. Me intriga, eso es todo. Me resulta fascinante.

Espero un nuevo disparo por parte de mi abuela y me quedo quieta mientras me planteo qué ocurrencia me va a soltar ahora. Pasa un rato, pero al final oigo el crujido distante del suelo de madera. Se ha ido, sin replicar a mi poco convincente respuesta a su última pregunta, lo cual es tremendamente extraño.

 

Gregory está supliendo el moderado interrogatorio de mi abuela. Lleva unas horas siguiéndome la corriente. Nos hemos subido al piso superior descubierto del autobús turístico y ha estado oyéndome hablar de por qué me gusta tanto Londres, pero cuando me lleva a la terraza de una cafetería de Oxford Street, sé que mi tiempo de evitarlo ha acabado.

—¿Café o agua? —pregunta cuando el camarero empieza a acercarse y me lanza su mirada de salido.

—Agua.

Paso del camarero y empiezo a juguetear con la servilleta, doblándola perfectamente demasiadas veces, hasta que ya no se puede doblar más.

Mi amigo mira al camarero de la misma manera que el camarero me mira a mí, con los ojos saltones y una enorme sonrisa en la cara.

—Un agua y un expreso, por favor, si es tan amable.

Sonrío a Gregory para convertir la escena en un continuo triángulo de sonrisas mientras el camarero anota nuestro pedido y se retira sin reparar en la señora de la mesa de al lado, que está haciéndole señales para llamar su atención. Está nublado y hay mucha humedad, de modo que los vaqueros ceñidos se me están pegando a las piernas.

—¿Y bien? —comienza Gregory quitándome la servilleta de la mano. Me pongo a juguetear con el anillo—. Te prometió veinticuatro horas y sólo fueron ocho. —Va directo al grano, sin rodeos.

Hago un puchero y me detesto por ello.

—Eso dije, ¿verdad? —suspiro.

Unas horas distraída por la grandiosidad de mi querido Londres han conseguido que me lo quitase temporalmente de la cabeza. Pero ése es el problema; sólo temporalmente.

—¿Qué pasó?

—Tuvo que marcharse.

—¿Adónde?

—No lo sé. —Hablo sin mirarlo a la cara, como si la falta de contacto visual facilitara contarle la verdad. Y debe de estar funcionando, porque prosigo, ansiosa por conocer su opinión—. Me desperté a las tres de la mañana y se había ido. Me dejó una nota en la almohada para decirme que volvería; después me llamó, pero no me dijo dónde estaba, sólo que había tenido que irse por trabajo. Me enfadé un poco, y él también.

—¿Por qué se enfadó él?

—Porque le dije que me iba a marchar y que es de mala educación incumplir un trato. —Miro un momento a Gregory y veo que tiene los ojos marrones como platos—. No firmamos nada —termino, sin añadir que, según Edward, lo sellamos follando.

—Me parece un gilipollas —declara con desprecio—. ¡Un gilipollas arrogante!

—No lo es —digo inmediatamente—. Bueno, puede que lo parezca al principio, pero no cuando me tenía entre sus brazos. De verdad que me veneraba. Dijo que iba a echarme un polvo salvaje, pero luego…

—¡¿Qué?! —chilla Gregory inclinándose hacia adelante—. ¿En serio te dijo eso?

Me hundo en la silla, pensando que tal vez debería haberme reservado esa parte. No quiero que mi amigo odie a Edward, aunque yo sí que lo haga un poco.

—Sí, pero luego no lo hizo. Fue muy respetuoso y… —Hago una pausa para no decir semejante estupidez en estas circunstancias.

—¿Qué?

Sacudo la cabeza.

—Se comportó como un caballero.

Llegan nuestras bebidas e inmediatamente me vierto el agua en el vaso y le doy un buen trago mientras el camarero se me come con los ojos y Gregory se lo come a él.

—Gracias. —Mi amigo sonríe al camarero para dejarle bien claro su interés, a pesar de la evidente preferencia sexual de éste.

—De nada. Que lo disfruten —dice el camarero sin apartar la vista de mí hasta que por fin se decide a atender a la mujer que vuelve a intentar captar su atención.

La expresión sonriente de Gregory pronto se torna en un ceño fruncido cuando me mira a mí.

—Bella, me dijiste que lo habías visto con una mujer, y sabes tan bien como yo que probablemente no sea ninguna socia. A mí me parece de todo menos un caballero.

—Ya lo sé —farfullo hoscamente al recordarlo, y siento una puñalada en el alma. Esa mujer es guapa, elegante, y probablemente tan rica y sofisticada como Edward. Ése es su mundo: mujeres pijas, hoteles pijos, actos pijos, ropa pija, comida y bebida pija. El mío es servir esa comida y bebida pija a esa gente pija. Tengo que olvidarme de él. Tengo que recordarme lo furiosa que estoy con él. Tengo que recordarme que sólo ha sido sexo—. No voy a volver a verlo. —Suspiro. Para mí no ha sido sólo sexo.

—Me alegro. —Gregory sonríe y le da un sorbo al expreso—. Te mereces todo el paquete, no sólo los restos de un hombre que te usa cuando le apetece. —Se acerca y me aprieta la mano para reconfortarme—. Creo que en el fondo sabes que no es bueno para ti.

Sonrío, porque sé que mi mejor amigo tiene toda la razón.

—Lo sé.

Gregory asiente, me guiña un ojo y se apoya de nuevo en el respaldo de su silla. En ese momento, mi teléfono empieza a sonar dentro de mi bolsa. Cojo la mochila de la silla de al lado y empiezo a buscarlo.

—Será mi abuela —protesto—. Me está volviendo loca.

Gregory se echa a reír y provoca que yo también sonría, pero dejo de hacerlo al instante cuando veo que no es mi abuela la que llama. Abro los ojos como platos y miro a Gregory.

Él también deja de reírse.

—¿Es él?

Asiento y miro de nuevo la pantalla, con el dedo planeando sobre el botón que me conectará con Edward.

—No le he devuelto la llamada.

—Sé inteligente, nena.

«Sé inteligente. Sé inteligente. Sé inteligente». Respiro hondo y contesto.

—Hola.

—¿Isabella?

—Edward —respondo con un tono frío y calmado a pesar de que el ritmo cardíaco se me acelera.

Su manera pausada y contundente de pronunciar mi nombre hace que visualice perfectamente el lento movimiento de sus labios.

—Tenemos que continuar donde lo habíamos dejado. Tengo un compromiso esta noche, pero me aseguraré de estar libre mañana —dice con tono formal y firme haciendo que mi corazón se acelere un poco más, pero no de deseo, sino de irritación. ¿Qué soy?, ¿una transacción comercial?

—No, gracias.

—No era una pregunta, Bella. Te estoy informando de que vas a pasar conmigo el día de mañana.

—Es muy amable por tu parte, pero me temo que tengo planes. —Sueno vacilante, cuando lo que pretendía era sonar segura.

Soy consciente de que Gregory me está observando y escuchando atentamente, y me alegro, porque seguro que, de no estar aquí controlando la conversación, acabaría accediendo. El sonido de su voz suave, a pesar de que no denota ni una pizca de simpatía, me recuerda las cosas que sentí antes de la furia de ser abandonada.

—Cancélalos.

—No puedo.

—Por mí, puedes.

—No, no puedo. —Cuelgo antes de caer y apago el móvil—. Hecho —declaro mientras lo tiro dentro de la bolsa.

—Buena chica. Sabes que es lo mejor. —Mi amigo me sonríe desde el otro lado de la mesa—. Termínate el agua y te acompaño a casa.

 

Nos despedimos en la esquina. Gregory va a casa a prepararse para salir esta noche, yo me encerraré en mi dormitorio para escapar de mi entrometida abuela. Introduzco la llave con cuidado en la cerradura. La puerta se abre y me encuentro con dos pares de ojos ancianos que me miran con interés: los de mi abuela, analizándome, y los de George, asomando por encima del hombro de ella con una sonrisa en la cara. Me imagino lo que habrá pasado en esta casa desde que me fui esta mañana y George llegó. Este hombre haría cualquier cosa por mi abuela, incluso escucharla cotorrear sin parar sobre su aburrida e introvertida nieta. Sólo que esta vez no soy aburrida. Y la alegría de George al enterarse de esta noticia se refleja en todo su rostro redondo.

—Tienes el teléfono apagado —me acusa mi abuela—. ¿Por qué?

Dejo caer los brazos a ambos lados del cuerpo y suspiro exageradamente. Paso por delante de ellos y me dirijo hacia la cocina.

—Me he quedado sin batería.

Se mofa de mi mentira y me sigue.

—Ha venido tu jefe.

Doy media vuelta horrorizada y la veo muy seria. George sigue sonriendo por detrás de su hombro.

—¿Mi jefe? —tanteo. El corazón se me sale del pecho.

—Sí, tu jefe de verdad. —Espera mi reacción y no la decepciono. Procuro no hacerlo, pero me pongo como un tomate, y mi cuerpo se relaja por completo de alivio—. Un cockney muy agradable.

—¿Qué quería? —digo recobrando la compostura.

—Dice que ha intentado llamarte. —Llena el hervidor de agua y le hace un gesto a George para que se siente. El anciano obedece sin demora y continúa sonriéndome—. Algo de una gala benéfica esta noche.

—¿Quiere que trabaje? —pregunto esperanzada. Saco mi móvil y lo conecto.

—Sí. —Mi abuela continúa preparando el té, de espaldas a mí—. Le dije que quizá era demasiado después del turno tan largo que hiciste anoche.

La miro con el ceño fruncido, y sé que la sonrisa de George debe de haberse ampliado.

—Abuela, ya vale —le advierto, apuñalando los botones de mi teléfono.

Ella no se vuelve ni tampoco me responde. Ya ha dicho lo que tenía que decir, y yo también.

Me llevo el aparato a la oreja y subo la escalera para refugiarme en el santuario de mi habitación. Garrett necesita que trabaje esta noche, y yo acepto de buen grado sin saber ni la hora ni el lugar. Haré lo que sea con tal de distraerme.

 

Cruzo la puerta de entrada del personal del hotel y enseguida me encuentro con Alice. Se me echa encima como un lobo, tal y como esperaba.

—¡Cuéntamelo todo!

Paso por su lado y me dirijo a la cocina.

—No hay nada que contar —digo quitándole importancia, reacia a confirmar que tenía razón. Garrett me ofrece un delantal. Lo acepto y empiezo a colocármelo —. Gracias.

Le pasa otro a Alice, que lo coge sin darle siquiera las gracias a nuestro jefe.

—¿Y bien? ¿Lo has mandado a freír espárragos?

—Sí. —Asiento con convicción, probablemente porque en parte es verdad. Lo he rechazado. Empiezo a cargar con copas mi bandeja—. Así que deja ya de preocuparte, porque no tienes motivos.

—Vaya —dice complacida, y empieza a ayudarme—. Bueno, me alegro. Es un capullo arrogante.

Ni lo niego ni lo confirmo. Decido cambiar de tema completamente. Se supone que quiero ocupar la mente con otras cosas.

—¿Saliste anoche?

—Sí, y todavía me encuentro fatal —admite mientras vierte el champán—. El cuerpo lleva pidiéndome comida basura todo el día, y creo que me he bebido unos dos litros de Coca-Cola normal.

—Y ¿eso es malo?

—Horrible. No voy a volver a beber en mi vida… hasta la semana que viene.

Me echo a reír.

—¿Qué es lo que peor…?

—¡Calla! El olor del champán me está revolviendo el estómago. —Hace como que le da una arcada y se tapa la nariz mientras sigue llenando copas. Ahora que me paro a observarla, me percato de que su moño oscuro, habitualmente brillante y alegre, parece un poco apagado, al igual que sus mejillas, normalmente sonrosadas—. Sí, lo sé, estoy hecha un asco.

Vuelvo a centrarme en la bandeja.

—La verdad es que sí —admito.

—Y me siento todavía peor.

Garrett aparece, tan alegre como siempre.

—Chicas, esta noche tenemos miembros del Parlamento y unos cuantos diplomáticos. Sé que no hace falta que os lo diga, pero recordad vuestros modales —dice mirando a Alice, y entonces arruga la frente—. Tienes un aspecto espantoso.

—Sí, ya lo sé. No te preocupes, no les echaré el aliento —responde, y exhala en la palma de la mano y se la huele.

Hago una mueca al ver su gesto de asco y observo cómo rebusca en el bolsillo y se mete un caramelo de menta en la boca.

—No hables a menos que sea estrictamente necesario —dice Garrett sacudiendo la cabeza a modo de desaprobación.

Nos deja a Alice y a mí terminando con el champán y pasando los canapés de la fiambrera a las bandejas.

—¿Lista? —pregunta mi compañera llevándose la bandeja al hombro.

—Tú primero.

—Genial. Vamos a darles de comer y de beber a esos elitistas —refunfuña sonriendo con dulzura a Garrett cuando éste le lanza una mirada de advertencia—. O ¿prefieres que los llame esnobs?

Nuestro jefe la señala reprimiendo una sonrisa cariñosa.

—No, preferiría contar con suficiente personal para no tener que recurrir a ti. Mueve el culo.

—¡Sí, señor! —lo saluda ella muy formal. Da media vuelta y empieza a marchar.

Yo la sigo, riendo. Aunque no llego muy lejos. Y mi sonrisa desaparece al instante.

Me observa con rostro inexpresivo, y yo me quedo clavada en el sitio, temblando, con el pulso acelerado. Él, sin embargo, parece muy tranquilo. Lo único que me da alguna pista sobre lo que está pensando es su manera de analizarme detenidamente.

—No —susurro para mis adentros, intentando controlar la bandeja mientras retrocedo hacia la cocina.

Está con aquella mujer, que esta vez lleva un vestido de seda de color crema y luce un montón de diamantes. Tiene la mano pegada a su culo, y lo mira con una sonrisa radiante. ¿Trabajo? Me pongo enferma, enferma de celos, de dolor, de deleite al ver lo guapísimo que está con ese traje de tres piezas de color gris topo. Su perfección desafía la realidad a todos los niveles.

—¿Bella? —La voz de preocupación de Garrett se cuela en mis oídos y siento cómo me apoya las manos en los hombros por detrás—. ¿Estás bien, querida?

—¿Perdón? —Aparto la mirada de la dolorosa visión al otro lado de la sala y me vuelvo hacia mi jefe. La expresión de su rostro refleja la preocupación de su tono.

—Dios mío, Bella, estás más blanca que la pared. —Me quita la bandeja y me toca la frente—. Y estás fría.

Tengo que marcharme. No puedo trabajar toda la noche cerca de Edward, y menos con ella pegada a él. No después de lo de anoche. Doy media vuelta, empiezo a mirar a todas partes y mi corazón no parece tener intenciones de relajarse.

—Creo que será mejor que me vaya —susurro lastimosamente.

—Sí, márchate. —Garrett me acompaña por la cocina y me entrega mi mochila —. Métete en la cama y suda la fiebre.

Asiento débilmente justo cuando Alice aparece echando humo por la cocina con una bandeja llena de copas vacías, con una mirada frenética y preocupada que se acentúa cuando localiza mi patética y sudorosa figura. Abre la boca para hablar, pero yo niego con la cabeza. No quiero que me descubra. ¿Qué pensaría Garrett si supiera que estoy así a causa de un hombre?

—Tendrás que esmerarte un poco más, Alice. Le he dicho a Bella que se vaya a casa. No se encuentra bien. —Garrett se vuelve y me empuja hacia la salida.

Miro por encima del hombro y le sonrío a Alice para disculparme, agradecida cuando hace un gesto con la mano indicándome que no pasa nada.

—¡Que te mejores! —exclama.

Salgo al callejón trasero del hotel, donde se reciben los suministros y el personal sale a fumar. Está anocheciendo, y el aire está cargado, como mi corazón. Busco un escalón apartado del ajetreo de las plataformas de carga y descarga, me siento y apoyo la cabeza en las rodillas, intentando tranquilizarme antes de volver a casa. Olvidar mis encuentros con Edward Masen y las sensaciones que viví cuando estuve con él sería mucho más sencillo si no volviera a verlo jamás, pero va a ser imposible si me topo con él en todas partes.

Regresar a mi encierro solitario parece ser mi mejor opción, pero ahora que he probado algo nuevo y atrayente, quiero más. No obstante, la pregunta importante, la pregunta que debería hacerme y considerar muy seriamente, es si quiero más sólo con Edward o si puedo revivir esas sensaciones apasionantes y estimulantes con otra persona, con un hombre que me quiera para algo más que para una noche, un hombre que haga que siempre esté bien, no que me seduzca para luego hacer que me sienta impropia y desgraciada.

Dudo que ese hombre exista.

Obligo a mi reticente cuerpo a levantarse y, al alzar la vista, me encuentro frente a frente con Edward Masen. Está a tan sólo unos centímetros de distancia, con las piernas separadas y las manos en los bolsillos. Su cara, inexpresiva, sigue sin decirme nada, pero eso no desluce en lo más mínimo su extraordinaria belleza. Quiero decir muchas cosas, pero hacerlo sólo provocará que iniciemos una conversación que casi con toda seguridad conseguirá que me hechice de nuevo. Lo más sensato que debería hacer ahora mismo es huir de su presencia. Y, decidida, empiezo a alejarme de él.

—¡Bella! —exclama, y sus pasos me siguen—. Bella, sólo es trabajo.

—No tienes que darme explicaciones —digo suavemente. Su lenguaje corporal no era el de una socia—. Deja de seguirme, por favor.

—Bella, te estoy hablando —me advierte.

—Y yo decido no escucharte. —Mis nervios hacen que mi tono sea tímido y débil, cuando lo que quiero es mostrarme segura, pero la energía que necesito para hacerlo la estoy empleando en caminar.

—Bella, me debes dieciséis horas.

Su osadía hace que me detenga un momento a medio paso, pero de inmediato continúo caminando.

—No te debo nada.

—Discrepo. —Se coloca delante de mí y me bloquea el paso, de modo que lo sorteo rápidamente, sin desviar la mirada de mi objetivo: la calle principal que tengo delante—. Bella. —Me agarra del brazo, pero yo lo sacudo y me lo quitó de encima, en silencio pero firme—. ¿Dónde están tus putos modales?

—No pienso usarlos contigo.

—Pues deberías. —Me agarra de nuevo, esta vez con más fuerza, y me retiene en el sitio—. Accediste a pasar veinticuatro horas conmigo.

Me niego a mirarlo, y también a hablar. Tengo mucho que decir, pero mostrar mis emociones, físicamente y de modo audible, sería un tremendo error, de modo que permanezco quieta y callada mientras él observa mi indolente figura. Mi actitud hace que se sienta frustrado. La fuerza con la que me agarra de los brazos lo confirma, como la respiración agitada bajo su pecho trajeado. Me he escondido en mi caparazón y no pienso salir. Aquí estoy a salvo. A salvo de él.

Agacha la cara hasta mi línea de visión, de modo que yo bajo la mirada hasta el suelo para evitarla. Mirar sus cristalinos ojos azules haría que cediera al instante.

—Bella, cuando te hable, me gustaría que me mirases a la cara.

No lo hago. Hago caso omiso de su petición y me concentro en permanecer poco receptiva con la esperanza de que, aburrido, decida que no merece la pena el esfuerzo y me deje en paz. Necesito que me deje en paz. Ahí dentro hay una mujer preciosa, claramente interesada en él; ¿por qué pierde el tiempo aquí conmigo?

—Bella —susurra.

Cierro los ojos e imagino sus labios pronunciando mi nombre… lentamente.

—Mírame, por favor —me ordena con delicadeza.

Empiezo a negar con la cabeza en mi oscuridad privada mientras me esfuerzo por conservar puesto mi escudo protector, el escudo contra Edward.

—Deja que te vea, Isabella Taylor. —Se acerca a mí y pega el rostro contra mi cuello—. Concédeme ese tiempo contigo.

Quiero detenerlo, y al mismo tiempo no quiero. Deseo sentirme viva otra vez, pero no quiero volver a sentirme desolada. Lo deseo más de lo que pensaba.

—No he tenido suficiente. Necesito más. —Sus labios alcanzan mi mejilla y sus manos se deslizan por mi nuca, hundiendo los dedos en mi pelo y agarrándome—. Quiero ahogarme en ti, Bella. —Me besa, y la sensación me catapulta al instante a la noche anterior. Mi escudo se hace añicos. Un leve sollozo escapa de mis labios y cierro los ojos con fuerza para evitar que las lágrimas desciendan por mis mejillas—. Abre la boca —susurra.

Mi mandíbula se relaja al oír su orden y otorga libre acceso a mis sentidos. Su lengua se desliza lenta y suavemente a través de mis labios, trazando un dulce círculo en mi boca. Su cuerpo se pega contra el mío. No hay ni un solo centímetro de mi parte delantera que no lo esté rozando. Mi cuerpo se relaja. Inclino la cabeza para proporcionarle mejor acceso y mis manos se elevan por voluntad propia y ascienden por sus costados hasta posarse sobre sus hombros. Ha establecido un ritmo tierno y lento, y yo lo sigo, masajeando su lengua con la mía y renunciando a mi intención de hacer lo que debo.

—¿Ves qué fácil es? —dice apartándose lentamente y dándome un breve beso en los labios.

Asiento, porque es verdad, pero ahora que sus labios han liberado los míos, recupero ligeramente la sensatez.

—¿Quién era esa mujer? —pregunto al tiempo que retrocedo—. ¿Era éste el compromiso tan importante del que estabas hablando? ¿Una cita?

—Es trabajo, Bella. Sólo trabajo.

Retrocedo de nuevo.

—¿Y el trabajo implica que tenga la mano pegada a tu culo? —No tengo ningún derecho a acusarlo de esta manera. Él ha jugado sus cartas.

Asiente, y empieza a fruncir el ceño ligeramente.

—En ocasiones tengo que aceptar un poco de familiaridad por el bien del negocio.

—¿Qué negocio?

—Ya hemos hablado de eso. No creo que sea buena idea entrar en temas personales.

—Nos hemos acostado. No hay nada más personal que eso —rebato.

—Me refiero a nivel emocional, Bella, no físico.

Sus palabras confirman lo que imaginaba. Malditas seamos las mujeres con nuestra profundidad. Y malditos sean los hombres con su superficialidad. Sólo sexo. Será mejor que lo recuerde. Estos sentimientos los provoca la lujuria, y nada más.

—No soy esa clase de persona, Edward. Yo no hago cosas así. —No estoy segura de a quién estoy tratando de convencer.

Él da un paso adelante, desliza la mano por detrás de mi cuello y me agarra como de costumbre.

—Tal vez sea eso lo que me fascina tanto.

—O igual te lo estás tomando como un desafío entretenido.

—En ese caso —me besa suavemente en la mejilla—, creo que podría decirse con toda seguridad que te he conquistado.

Tiene toda la razón. Me ha conquistado, y es el único hombre que lo ha conseguido.

—Tengo que marcharme.

Echo a andar, justo cuando su teléfono empieza a sonar desde su bolsillo. Lo saca, mira la pantalla y, después, a mí. Veo que lo destroza verme marchar.

—Deberías contestar —digo señalando su teléfono con la cara con la esperanza de que rechace la llamada y cumpla su amenaza de llevarme de nuevo a su cama.

Si logro escapar ahora, se acabó. Cerraré esta puerta para siempre, y hallaré las fuerzas para resistirme a él. Pero si me detiene y se viene conmigo, entonces me pasaré las próximas dieciséis horas siendo venerada de nuevo. Quiero hacer las dos cosas, pero su decisión decidirá por mí. La decisión de otra persona va a decidir mi destino. Y, por la expresión de su rostro, sé que él también lo sabe.

Se me encoge el corazón cuando veo que responde a la llamada, aunque sé que es lo mejor para mí.

—Voy para allá —añade en voz baja antes de colgar, y observa cómo alargo la distancia que nos separa.

Sonrío un poco antes de darle la espalda a Edward Masen, y empiezo a trazar un plan para erradicarlo por completo de mi mente.

 

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