LLANTO DE UNA PASION (+18) (*

Autor: anicullen12
Género: + 18
Fecha Creación: 30/06/2011
Fecha Actualización: 31/08/2011
Finalizado: NO
Votos: 1
Comentarios: 1
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Capítulos: 2

LA HISTORIA NI LOS PERSONAJES ME PERTENECEN ES UNA ADAPTACION DE LA HISTORIA CON EL MISMO NOMBRE Y ADAPTADO CON LOS PERSONEJS DE STEPHENIE MEYER

 

 

 

Bella Swan, que lleva doce años casada con un hombre que no la desea, se muere de soledad. Busca la ayuda de Edward Cullen un abogado de renombre, para desafiar al Parlamento Inglés y obtener el divorcio. Cínico y atormentado por su propia tragedia personal, Edward  tan solo aceptará el caso si Bella puede demostrarle que existe una pasión que puede sustituir los votos matrimoniales.

Y así, encuentro tras encuentro, caricia a caricia, los dos se embarcan en un viaje de descubrimiento que les conduce a intimidades que ninguno de los dos podía haber imaginado: sexo que no conoce el pecado; amor sin límites; un vínculo carnal que cura el dolor y la culpa. Juntos, Bella y Edward explorarán el placer definitivo, pero ¿qué deberán sacrificar para reclamar la pasión que tan desesperadamente desean?

 

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Capítulo 2: CAPITULO 2

Un agudo chasquido de madera perforó los enervantes chirridos de las ruedas y los coros de «...¡Dios bendiga a la Reina! Listos tiempos son los tiempos, pocas veces vistos...».

Bella lo miró durante un segundo. Al segundo siguiente, el coche en el que había desaparecido Edward Cullen  se perdió en medio del tráfico.

Sus dedos enguantados se aferraron a la seda, el metal y la madera.

Ella le había pedido ayuda y él le había dado la espaldaTal vez lo había sido.. Como si la ternura que había creído descubrir en los ojos de ese hombre hubiera sido sólo producto de su imaginación.


Cálidas lágrimas brotaron de sus ojos.

¿Qué podría saber ella, una mujer que no le inspiraba más que dolor a su esposo, acerca de las necesidades de otro hombre?

—¿Necesita un coche, señora?

Respirando profundamente. Bella se dio la vuelta.

Una mirada gentil y simpática encontró la de ella. Estaban al mismo nivel.

El hombre encorvado y sin edad le mostró una sonrisa sin dientes.

—Han tenido una pequeña riña de enamorados, ¿verdad?

Recuerdos de interminables cielos y ojos cafes risueños atravesaron la memoria de Bella.

Recién casados, habían sido amantes, ella y Jacob.

—Sí —dijo Bella, sonriendo débilmente para ocultar el sentimiento de pérdida que la embargaba. —Necesito un coche.

Antes de que pudiera sacar una moneda de bronce de su monedero, un coche ya se había detenido frente a ella.

Bella le tendió la propina al hombre con manos temblorosas.

—Gracias.

Lentamente, sintiéndose tan frágil como el viejo que le había buscado un coche, subió la escalerilla y se sentó en el interior.

El chófer preguntó, con indiferencia:

—¿Adónde, señora?

Ella no podía regresar a la casa de Jacob, repleta del eco y los lamentos de los niños no nacidos. Pero tampoco podía mantener en secreto el juicio en el que había declarado como testigo.

—A la calle Langham y Portland, por favor —dijo Bella.

El coche olia a cigarros masculinos y a perfume femenino. A ciegas, cerró la puerta para celebrar la victoria de otra mujer y miró fijamente a través del vidrio lleno de gotas de agua.

¿Qué debería decirle a su familia?, se preguntó. ¿La verdad?

Pero ¿cuál era la verdad?

Ella había hablado de temas provocativos en presencia de hombres. Ella había leído libros que la sociedad tachaba de sexualmente perversos.

Por encima de las orejas puntiagudas del caballo, el sombrero de copa negro y la espalda erecta del chófer se habían materializado.

Hacía dos años que acudía a las reuniones que el Club de Hombres y Mujeres celebraba en el Museo de Londres, y siempre le había parecido una actividad inocente. Nunca pensó que estuviera haciendo nada malo.

Bella se sujetaba con fuerza al asiento mientras el cochero conducía como un loco esquivando carruajes y peatones.

El juicio al que había asistido la había trastornado. Aún podía recordar el golpe de la maza del juez. Había resonado a través del suelo de la habitación sin ventanas en la que ella, sola, esperaba a que la llamaran para comparecer como testigo.

La rueda izquierda del coche cayó dentro de un bache y Bella se aferró a la agarradera de cuero. El coche, inevitablemente, se sacudió hacia delante.

A través del vidrio jaspeado, las fachadas de las tiendas daban paso a las casas de ladrillos. Cada hilera, una comunidad. Cada casa, un hogar. Cada mujer una esposa, madre, hija.

El coche se detuvo, sacudiéndose fuertemente, mientras el caballo daba pasos hacia delante... y hacia atrás... hasta detenerse.

Bella miró hacia arriba, hacia las nubes grises que parecían estrías en el cielo azul.

El viento había disipado la lluvia. Pero ahora el viento había muerto.

Bella todavía no sabía qué decirle a su familia.

De mala gana, abrió la puerta del coche.

Una delgada línea de luz marco la casa de ladrillos a la que ella había llamado hogar durante veintiún años, pero que había dejado de ser tal el día que contrajo matrimonio.

Su habitación tenía vistas a la calle. Ahora, las cortinas tenían tapada la alta ventana rectangular.

Bella pagó al chófer.

La puerta blanca y esmaltada se abrió.

—Sra. Swan

Petter, el mayordomo de sesenta y dos años, de pelo blanco y un imponente como la casa, hizo una pequeña reverencia.

—Hola, Petter —dijo Bella, con voz ronca, entregándole el paraguas.

El objeto de seda negra desapareció. Instantáneamente, la mano enguantada de blanco, reapareció.

Bella le entregó sus guantes de cuero negro... su capa...

No tan rápido como debía.

El mayordomo le quitó la cálida prenda de lana de los hombros.

Bella se pasó la cartera de una mano a la otra, perdiendo la capa. Sintiéndose inexplicablemente desnuda, dio un paso adelante.

Una tosecilla que le resultaba muy familiar la detuvo.

Con las lágrimas punzándole los ojos, Bella se limpió los pies en la alfombrilla de la entrada. Con la cabeza hacia abajo... inspeccionándose, preguntó:

—¿Mamá está en casa?

—El señor y la señora Pattinson están en la sala de dibujo. Ella levantó la barbilla, resuella, y enderezó los hombros.

—Gracias.

Un hombre y una mujer, ambos rollizos —él, con el cabello gris que se volvía más claro, ella, con el cabello castaño que se volvía gris, —estaban sentados alrededor de la mesa de cuero forjado que había sido, durante toda la vida de Bella, el centro de la familia Pattinson.

Pero no era la hora del té, ni de armar un rompecabezas, ni de jugar a las cartas. Bella se detuvo cerca de la mesa, con los pies hundidos en la alfombra de lana gruesa, con el aliento encerrado en el pecho, sin atreverse a respirar.

Al verlos, supo que ya estaban al tanto de todo. Unos ojos cafes muy parecidos a los suyos la miraron y le perforaron el alma. Su padre tenía cincuenta y nueve años, pero en ese momento parecía diez años mayor.

—Bella, ¿nos tienes en un baja estima que permites que nos enteremos de todo esto a través de los diarios?

El dolor y la traición en el tono de voz de su padre le apretaron aún más la garganta.

Su madre le había enseñado a servir el té en esa mesa, pensó Bella con esa amarga punzada. Su padre le había enseñado a jugar a las damas.

Ahora, El Globo estaba esparcido por todo el cuero forjado, la tinta negra destruyendo treinta y tres años de respeto y confianza.

Edward Cullen había dicho que ella era una mujer muy hermosa. Bella no se veía tan hermosa en el diario de la tarde.

El pie del dibujo de su imagen decía:

—Bella Swan: ¿una mujer en busca de iluminación de fornicación?

—¿Me tienes en un baja estima, padre, que crees que le vería infiel a Jacob? —se las arregló Bella para preguntar.

—No he dicho que le seas infiel —negó el hombre con severidad.

Bella levantó la mirada.

—Pero eso es lo que crees, ¿no es cierto?

¡Qué terrible era el color de la culpa!

La mirada del hombre cuyos ojos había heredado Bella apartó, ligeramente avergonzada.

—¿Por qué no nos dijiste nada, Bella?

Bella miró hacia abajo, a la mujer de cincuenta y tres años que tenía el mismo color de pelo que ella.

—¿Decirles que, mamá?

—¿Por qué no nos dijiste que eras tú la que no quería tener hijos? Durante todos estos años pensábamos...

La voz de la mujer se desvaneció, incapaz de completar el pensamiento: Durante todos estos años pensamos que era Jacob el que no quería tener hijos.

Los secretos que Bella le había ocultado a su familia se le acumularon en la garganta.

Demasiado tarde.

Su revelación no alteraría el futuro.

—¿Es eso lo que dice el periódico? ¿Que me uní al Club de Hombres y Mujeres para aprender métodos anticonceptivos?

El rostro que durante toda la vida de Bella había brillado como un faro —pálido de preocupación durante las enfermedades de la niñez... sonrojado con orgullo durante los eventos sociales... húmedo por el llanto el día de su boda, —se volvió oscuro, y de un rojo cargado de vergüenza.

—Tal vez, madre... padre —el corsé le apretaba el corazón, —no les conté nada sobre el Club de Hombres y Mujeres para evitar la misma reacción que estan teniendo en este momento.

O tal vez no se lo había contado porque necesitaba tener un lugar privado en el que pudiera ser una mujer en lugar de la madre que otros, diariamente, esperaban que fuera.

—¿Qué me dices de Jacob? —De repente, el horror ahogó la voz de su padre. —Supongo que no habrás permitido que él descubra todo esto por los periódicos, como nosotros. Espero que a él se lo hayas contado.

Bella sintió las miradas de su padre y de su madre aún más penetrantes que las de los hombres y mujeres del juzgado, que habían examinado su vestido, su rostro, su voz, su matrimonio, su valor como ser humano.

—Jacob sabe que soy miembro de ese club, sí —dijo Bella. Una verdad a medias. O una mentira a medias. Jacob estaba inconsciente de tanto beber cuando ella le contó que era miembro del Club de Hombres y Mujeres.

—¿Y le hablaste del juicio? ¿Sabe que hoy comparecías como testigo en un juicio que ha escandalizado a todo Londres? —insistió su padre.

—No. —Bella miró fijamente a su padre. Había respondido a Edward Cullen con la verdad cuando él le había hecho la misma pregunta. Le debía a su padre la misma sinceridad. —No le dije nada acerca del juicio.

—¡Oh, Bella! —exclamó su madre, consternada. De repente, el rostro de su padre se llenó de arrugas, como si hubiera envejecido otros diez años.

Y sólo ella tenía la culpa de los sufrimientos de sus padres. Cerró los ojos.

—Sr y Sra. Pattinson —La voz del mayordomo los distrajo momentáneamente. —He preparado una bandeja. Quizá la Sra. Swan quiera tomar el té.

Bella, agradecida, se dio la vuelta hacia el mayordomo que fruncía el ceño en público cuando ella ensuciaba el suelo pero, en privado, le llevaba a escondidas galletas a la hora de dormir.

—Gracias, Petter.

Petter apartó el ejemplar de El Globo y puso una bandeja de plata sobre la mesa de cuero forjado.

Tenía las manos firmes, a diferencia de las manos de Bella.

Cuidadosamente, ella levantó una pesada tetera de plata que irradiaba calor.

—Puedes irte, Petter —le pidió el padre de Bella.

El té negro se desbordó de la delicada taza de porcelana china con bordes de oro.

Una horrible mancha se esparció por toda la bandeja de plata, como la mancha que ella había creado sobre la reputación de su esposo. Creciendo con cada suspiro... con cada diario comprado...

Bella dejó la tetera a un lado. Simultáneamente, las puertas de la sala de dibujo se cerraron.

—¿Por qué testificaste, Bella? —preguntó su madre, pragmáticamente. Más parecida a la madre de Bella del pasado.

Bella miraba fijamente la mancha en crecimiento.

—Tenía una citación judicial.

Del abogado al que ella le había pedido que le tramitara su divorcio.

El hombre que la había acusado de haberse unido al Club de Hombres y Mujeres para aprender técnicas sexuales y métodos anticonceptivos. Un hombre que, a pesar de que era culpable de amar a la esposa de otro hombre, la había acusado de haberse unido al club con la esperanza de encontrar un amante que le diera el placer sexual que su esposo no le había dado.

¿En qué había estado pensando para pedirle ayuda?

—Eres una mujer, pudiste haber sido excusada.

—No. —Bella buscó la mirada de su madre. —No hubiera podido.

—¿Por qué no? —preguntó su padre, con los cafes llenos de dolor.

La frase son mis amigos se le quedó atrapada en la garganta.

En dos años no había hecho amistad con ningún miembro del club. No quería crear lazos de amistad con nadie por lo que, a propósito, se había alejado de ellos.

—Un hombre intentó internar a una mujer, un miembro del club al que pertenezco, en un manicomio, padre. —Bella suspiró profundamente. —Simplemente porque no aprobaba lo que estábamos discutiendo.

—Él es su hijo —objetó su padre.

—Y estaba equivocado —refutó Bella.

—No te incumbe interferir en los asuntos familiares de otra mujer —intervino su madre.

Bella la miró, muy seria.

—Si papá quisiera internarte en un manicomio, madre, ¿querrías que me mantuviera al margen?

La mujer se puso pálida.

—¡Tu padre jamás haría eso!

—Pero podría hacerlo, madre.

Si una cosa había quedado clara en el juicio era ésa. Era evidente que ninguna mujer se encontraba a salvo.

Bella miró fijamente a su padre.

—¿No podrías, padre?

El desconcierto oscureció el dolor que se reflejaba en su mirada.

—¿Crees que no amo a tu madre, Bella?

—Creo —dijo ella, sensatamente —que no siempre es cuestión del amor.

—Bella... —La preocupación maternal la hizo sentirse incómoda. —Sabes que tu padre y yo te amamos.

Y Bella amaba a Jacob. Y Jacob amaba a Bella. Pero él no era su padre. Y Bella no era su madre.

Y el amor ya no era suficiente.

—Me voy a divorciar de Jacob.

El mudo traqueteo de las ruedas de los carruajes penetró el silencio.

De noche, cuando estaba acostada sola, el traqueteo de los carruajes se oía mucho más fuerte.

Algunas veces, recordaba Bella, la soledad de ese traqueteo la había ensordecido.

—No te entiendo, Bella.

Una sonrisa se asomó a los labios de Bella, aunque esta no reflejaba humor.

—Ya somos dos, padre.

—¿Estás haciendo esto a causa de ese club? —preguntó, molesta, su madre.

—No —dijo Bella con sinceridad.

Pero la sociedad pensaba lo contrario. Esa misma sociedad que ahora pensaba que ella era una adúltera.

Una pequeña brasa de esperanza brilló dentro de Bella.

—Los quiero mucho. —Respiró profundamente, espirando con lentitud. —Pero el Club de Hombres y Mujeres, el juicio y mi divorcio no tienen nada que ver con ustedes dos. Espero que lo entiendan.

Fugazmente, Bella miró las fotografías enmarcadas en plata y bronce que se esparcían por todo el salón.

Bella tenía cinco hermanos, de treinta y uno, veintinueve, veintiocho, veinticinco y veintitrés años. Las fotografías enmarcadas catalogaban cada momento de sus vidas: su niñez... sus días en la escuela... sus bodas.

La fotografía era una técnica relativamente nueva, y ella aún se asombraba de ver los rostros de sus seres queridos plasmados en un papel para siempre.

Un bebé, el hijo de su hermano menor, sonreía a la cámara con enternecedora candidez. Un niño, el hijo mediano de su hermano mayor, se tambaleaba sobre unos patines.

Unos ojos brillantes como el mármol atraparon la mirada de Bella.

Un caballo de juguete estaba inmóvil en un rincón, la crin estaba enredada, con el cuerpo alegremente pintado y astillado por el envejecimiento y el uso.

Ella y sus hermanos se habían mecido tantas veces en ese caballo... Ahora, los hijos de su hermano se mecían en él.

Esa habitación contenía todo lo que su esposo había deseado alguna vez.

Directamente, Bella buscó la mirada de su madre y luego la de su padre.

—Espero que apoyéis mi decisión. —Sacó una tarjeta de su cartera. En una cara, con una letra negra y elegante, estaba impresa la dirección de Jacob. La otra cara estaba escrita a mano por la propia Bella. —He alquilado una casa. Ésta es mi nueva dirección. Espero que, cuando todo esté en orden, vayan a visitarme.

Su sorpresa le pesaba en los hombros.

—Que disfruten el té —dijo Bella a sus perplejos padres, y se levantó para marcharse. No había nada más que decir.

La gruesa alfombra amortiguó sus pasos mientras atravesaba la sala. Fuera, sus pasos resonaron en el suelo de madera.

—Su abrigo, Sra. Swan —Bella se sobresaltó al oír la voz inesperada.

Recordó que Petter siempre aparecía de la nada. Alargó el brazo derecho, luego el izquierdo. —Gracias.

Mecánicamente, se puso los guantes y aceptó el paraguas.

Petter deslizó una columna de papel en su mano izquierda. Bella tardó varios segundos en darse cuenta de que era El Globo.

—No es una buena imagen, Sra. Swan.

Las lágrimas le nublaban la visión.

—¿Eso crees, Petter?

Pero él no contestó, y en su lugar, le preguntó:

—¿La Sra. Stanley quedó libre?

Bella había testificado a las dos de la tarde. El juicio había terminado cuatro testigos y dos horas y cincuenta minutos después. Muy tarde para que El Globo hubiera alcanzado a imprimir el veredicto. Pero no muy tarde para arruinar la reputación de Bella.

—Sí —dijo. —Ella ganó.

No había ni un rastro de emoción en los ojos del mayordomo.

—He enviado al chico a buscar un coche. No tardará.

—Gracias —repitió Bella, intentando cortar las lágrimas al parpadear rápidamente.

No tenía otra opción que recorrer el camino solitario que había planeado. La puerta de su niñez se cerró detrás de ella.

Un rosa pálido teñía el cielo que se oscurecía.

Un coche tirado por un solo caballo esperaba en el lugar. Era tan negro como el chófer que lo guiaba.

Bella cerró la portezuela y se sentó. A la fuerza, se concentró en el atardecer y no en su destino.

El chico de los faroles caminaba sobre el pavimento, encendiendo las lámparas de acero de la calle, una a una. Las llamas en forma de lágrima no alcanzaban a dispersar las sombras.

Muy pronto el cabriolé llegó a la parada.

—Espéreme aquí —le indicó Bella al chófer.

El crepúsculo iba consumiendo ladrillo a ladrillo la casa familiar, convirtiendo el tenue dorado en gris turbio. Desde una ventana con parteluz alcanzó a ver a Emily, la doncella, que estaba encendiendo una lámpara del salón.

La puerta nublada de sombras no se abrió mágicamente.

Bella deslizó una llave en el cerrojo. En ese momento, la puerta se abrió.

—¡Señora Swan! —El mayordomo parecía sorprendido de verla.

—Stefan

La severidad del mayordomo la incomodó. Durante unos segundos, el hombre la miró fijamente, incómodo. Luego, dio un paso atrás e hizo una pequeña reverencia.

Estaba claro que ya había leído el periódico.

Bella lo miró con valentía. Tenía que mantenerse firme.

—¿Está el Sr. Swan? —preguntó, en lugar de llorar, mientras sostenía los guantes con firmeza.

—No, señora. -Se sintió aliviada.

Se enfrentaría a Jacob. Pero no esa noche.

«Por favor. Dios», pensó. Esta noche no».

—Un coche me está esperando afuera —le informó Bella al rígido mayordomo. —Por favor, haga que bajen el baúl de mi habitación y que lo amarren a él.

—Perfecto, señora.

El mayordomo se dio la vuelta con afectada rigidez.

Más allá de la brillante curva de la escalera de caoba, cinco puertas cerradas le prohibían la entrada.

Había traicionado a su esposo, las puertas cerradas la acusaban. Ya no pertenecía a esa casa. Su casa.

Suspiró varias veces para hacer desaparecer la náusea que se estaba gestando en su garganta. Cerró los ojos; al abrirlos, un brillo de plata le llamó la atención.

Los sobres estaban limpiamente ordenados sobre la bandeja. Doblado junto al correo de la tarde, descansaba un diario que solo podía ser El Globo.

Entonces, decidida, se dirigió hacia la mesita de la entrada donde, sobre la acusadora bandeja de plata, descansaba el correo. El primer cajón contenía tarjetas de recados... una pluma... papel... el segundo cajón contenía sobres.

Bella se quedó mirando fijamente, con la mirada vacía, una hoja de papel pergamino blanco.

Vio el pesado cenicero de plata —un regalo de bodas de su hermano menor —que descansaba sobre el escritorio de Jacob. Vio el florero de cristal veneciano —un recuerdo de su luna de miel —que descansaba arriba, sobre una mesita de noche.

Había demasiados recuerdos entre esas cuatro paredes.

El oro que recubría el dedo de su anillo, otro recuerdo.

Se lo quitó, lo dejó sobre la mesa y empuñó una gruesa pluma de metal; pero no se le ocurrió nada.

Ninguna palabra le vino a la mente.

¿Cómo le decía una mujer al hombre que amaba, al hombre con el que había compartido tantas cosas... que no podía seguir viviendo de recuerdos y de reproches?

Capítulo 1: CAPITULO 1

 


 


 
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