Una noche enamorada (3)

Autor: Lily_cullen
Género: + 18
Fecha Creación: 18/06/2018
Fecha Actualización: 13/08/2018
Finalizado: SI
Votos: 1
Comentarios: 3
Visitas: 6056
Capítulos: 27

El desenlace de la historia entre Bella y Edward.

 

Bella nunca antes había conocido el puro deseo. El imponente Edward la ha cautivado, la ha seducido y la adora de formas que nunca había experimentado; conoce sus pensamientos más íntimos y hace todo lo que ella le pide. Él hará cualquier cosa para mantenerla a salvo, aunque para ello tenga que poner en peligro su propia vida. Pero el oscuro pasado de Edward no es lo único que amenaza su futuro juntos… Cuando descubren la verdad sobre el legado de Bella, sale a la luz un inquietante y perturbador paralelismo entre pasado y presente que hace que el mundo de Bella, tal y como lo conoce, se tambalee. Pronto se verá atrapada entre una incontrolable pasión y una peligrosa obsesión que podría destruirlos a los dos…

«Tú eres lo único que veo»

 

Los personajes le pertenecen Stephenie Meyer la historia le pertenece a Joodi Ellen Malpas del libro Una Noche.

 

Actualizaciones: Lunes, miércoles y viernes.

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Capítulo 6: Capítulo 5

Edward se ha pasado el resto del día intentando animarme. Hemos subido al autobús turístico de techo descubierto que recorre Nueva York. Ha sonreído amablemente cuando he pasado del guía turístico y he decidido darle mi propia explicación de las vistas. Ha escuchado con interés lo que le he contado e incluso me ha hecho algunas preguntas que le he respondido al instante. Se ha mostrado relajado cuando hemos bajado para dar un paseo, y ha accedido de buena gana cuando lo he arrastrado a un típico deli. El ritmo acelerado de la ciudad me intimidaba un poco cuando llegamos, pero ya me estoy acostumbrando. He pedido rápido y he pagado aún más rápido. Después hemos dado un paseo y hemos comido por ahí, algo nuevo para Edward. Se sentía un poco incómodo, pero no se ha quejado. Yo estaba encantada, pero he hecho como si nada, como si nuestro día a día fuese siempre así.

 

El drama matutino y las horas de turismo me dejan físicamente incapaz de mantenerme en pie para cuando volvemos al ático. La idea de enfrentarme a doce tramos de escalones casi termina conmigo y Edward, en lugar de enfrentarse a su temor a utilizar el ascensor, me coge en brazos y transporta mi cuerpo exhausto por la escalera. Disfruto de la cercanía, como siempre. Gasto las últimas energías que me quedan para aferrarme a él. Puedo sentirlo y olerlo, aunque mis ojos pesados se niegan a permanecer abiertos. Su firmeza contra mi cuerpo y su característico aroma me trasladan a un mundo onírico que supera al mejor de mis sueños.

 

—Me encantaría meterme dentro de ti en este mismo momento —murmura, y, al escuchar su timbre grave y sexual, mis párpados se abren mientras me deja sobre la cama.

 

—Vale —accedo rápidamente, aunque adormilada.

 

Me quita las Converse verdes de los pies y las coloca ordenadamente a un lado. Sé que eso es lo que hace por el tiempo que tarda en seguir desvistiéndome. Está en plan metódico, y también en plan venerador. Me desabrocha los shorts vaqueros y me los baja por las piernas.

 

—Estás demasiado cansada, mi niña.

 

Pliega los shorts y los coloca con mis zapatos. Ni siquiera soy capaz de reunir las fuerzas suficientes como para protestar, lo cual me indica que tiene toda la razón. No estoy para nada en estos momentos.

 

Me alza un segundo para retirar las sábanas y me pone con cuidado sobre el colchón.

 

—Levanta los brazos.

 

Me regala su sonrisa descarada por un instante y su rostro desaparece tras la tela de mi camiseta. Sólo levanto los brazos porque él los obliga a ascender al quitarme la camiseta, y en cuanto me libera de mis bragas y mi sujetador, me dejo caer boca arriba con un suspiro y me doy la vuelta para ponerme boca abajo y acurrucarme. Siento el calor de su boca contra mi hombro durante un buen rato.

 

—Llévame a tus sueños perfectos, Isabella Taylor.

 

Ni siquiera puedo asentir, ni puedo asegurarle verbalmente que lo haré. El sueño me reclama y lo último que oigo es el familiar sonido de Edward tarareando.

 

 

 

He tenido sueños dulces, y Edward aparecía en ellos en toda su perfecta y relajada gloria. Abro los ojos, y la oscuridad me confunde inmediatamente. Tengo la sensación de haberme pasado años durmiendo. Me siento llena de energía y preparada para comerme el día… si es que es por la mañana. El colchón se hunde detrás de mí y noto que Edward se aproxima. Quiero darle los buenos días, pero creo que es un poco prematuro. De modo que me doy la vuelta, me pego a Edward y hundo el rostro en el áspero vello de su garganta. Entonces inspiro y coloco la rodilla entre sus muslos.

 

Él se adapta a mi demanda de intimidad y deja que me mueva y me remueva hasta que estoy cómoda y mi respiración se torna relajada de nuevo. Hay un apacible silencio, hasta que Edward empieza a tararear The Power of Love y me hace sonreír.

 

—Me tarareaste esto una de las primeras veces que estuvimos juntos.

 

Pego los labios contra el hueco que hay debajo de su nuez y chupo brevemente antes de deslizar la lengua hasta su barbilla.

 

—Es verdad —dice, y deja que le mordisquee el labio inferior—. Convertiste mi mundo perfecto en un caos absoluto.

 

Evita que le dé mi opinión respecto a esa afirmación apartándose y colocándome de lado antes de imitar mi nueva postura. Está oscuro, pero ahora que mis ojos se han adaptado a la penumbra puedo verle el rostro.

 

Y no me gusta lo que veo.

 

Cavilación.

 

Preocupación.

 

—¿Qué pasa? —pregunto, y mi pulso empieza a acelerarse.

 

—Tengo que decirte algo.

 

—¿El qué? —digo abruptamente.

 

Me vuelvo, enciendo el interruptor de la lámpara de la mesita y la habitación se inunda con una tenue luz. Parpadeo ante el repentino asalto contra mis ojos y después me vuelvo hacia Edward de nuevo. Está sentándose y parece inquieto.

 

—Dime —insisto.

 

—Prométeme que me vas a escuchar. —Coge mis manos entre las suyas y me las aprieta—. Prométeme que dejarás que termine antes de…

 

—¡Edward! ¡Dímelo ya! —El frío que se instala en mí acelera mi pánico y mi temor.

 

Su rostro parece desfigurado de dolor.

 

—Es tu abuela.

 

Me quedo sin aliento.

 

—Dios mío. ¿Qué ha pasado? ¿Está bien?

 

Intento quitarme a Edward de encima para ir a buscar mi teléfono, pero me sostiene en el sitio con firmeza.

 

—Has prometido que ibas a dejarme terminar.

 

—¡Pero no sabía que se trataba de la abuela! —grito, y siento cómo me abandona la cordura. Creía que me iba a golpear con algún otro obstáculo, con un fragmento de su historia o… No estoy segura de con qué, con cualquier otra cosa que no fuera esto—. ¡Cuéntame qué ha pasado!

 

—Ha sufrido un ataque al corazón.

 

Mi mundo estalla en un millón de fragmentos de devastación.

 

—¡No! ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo lo…?

 

—¡Isabella, maldita sea, déjame hablar! —me grita con tono seco pero delicado, y arquea las cejas para respaldar su advertencia de que mantenga la calma.

 

¿Cómo voy a mantenerla? Me está proporcionando la información con cuentagotas. Abro la boca para espetarle unos cuantos improperios conforme aumentan mi impaciencia y mi preocupación, pero levanta la mano para silenciarme y por fin acepto que me enteraré antes si cierro la puta boca y le escucho.

 

—Está bien —empieza, acariciándome el dorso de la mano en círculos, pero nada conseguirá reducir mi preocupación. Ha enfermado y yo no estoy ahí para cuidar de ella. Siempre he estado para ella. Unas lágrimas de culpabilidad hacen que me ardan los ojos—. Se encuentra en el hospital y la están cuidando.

 

—¿Cuándo ha sido? —pregunto ahogándome con un sollozo.

 

—Ayer por la mañana.

 

—¡¿Ayer?! —grito desconcertada.

 

—La encontró George. No quería llamarte para que no te preocuparas, y no tenía mis datos de contacto. Esperó a que Charlie pasase por la casa. Swan le dijo que me lo transmitiría.

 

Siento lástima por el viejo George. Seguro que se sintió perdido y desamparado.

 

—¿Cuándo llamó?

 

—Anoche a última hora. Estabas durmiendo.

 

—¿Y no me despertaste? —Aparto las manos y vuelvo a tumbarme, lejos de Edward y de su alcance.

 

—Necesitabas descansar, Isabella. —Intenta volver a cogerme las manos, pero yo lo aparto con tenacidad y me levanto de la cama.

 

—¡Ya podría estar a medio camino de casa!

 

Me dirijo al armario, iracunda y pasmada de que no pensase que el ataque al corazón de mi abuela fuese motivo suficiente como para interrumpir mi descanso. Saco la bolsa de deporte de un tirón y empiezo a meter todo lo que puedo en ella. Muchas de las cosas que he comprado desde que llegamos tendrán que quedarse aquí. Habíamos planeado comprar maletas, pero todavía no lo hemos hecho. Ahora no tengo tiempo de preocuparme por dejar atrás cientos de dólares en ropa.

 

Mi pánico frenético es interrumpido cuando me quita la bolsa de las manos y la tira al suelo. No podré contener mis emociones por mucho más tiempo.

 

—¡Eres un capullo! —le grito a la cara, y entonces procedo a darle puñetazos en el hombro. Él no se mueve ni me reprende por ello. Permanece frío e impasible—. ¡Eres un capullo! ¡Un capullo! ¡Un capullo! —Lo golpeo de nuevo, y mi frustración aumenta ante su falta de reacción—. ¡Deberías haberme despertado! —Ahora le pego con los puños dos veces en el pecho. He perdido el control de mis emociones y de mi cuerpo agitado. Sólo quiero descargarme, y Edward es lo único que tengo al alcance—. ¿Por qué? —Me desmorono contra su pecho, exhausta y llena de dolor—. ¿Por qué no me lo has dicho?

 

Sostiene mi cuerpo en pie, con una mano en mi nuca, estrechándome contra él, mientras con la otra me frota en círculos la zona lumbar para consolarme. Me hace callar y me besa una y otra vez la cabeza hasta que mis sollozos disminuyen y me quedo lloriqueando sobre su hombro.

 

Me coge de las mejillas y sostiene mi rostro desfigurado en sus manos.

 

—Lamento que sientas que te he traicionado… —Hace una pausa, me observa con cautela y estoy convencida de que lo hace porque sabe que no me va a gustar lo que va a decirme—. No podemos volver a Londres, Isabella. No es seguro.

 

—¡Ni te atrevas, Edward! —Intento reunir fuerzas, algo que le demuestre que esto no es negociable—. Llama a Charlie y dile que volvemos a casa.

 

Percibo su tormento. Se refleja perfectamente en sus facciones tensas.

 

No logro hallar esas fuerzas.

 

—¡Llévame a casa! —le ruego, secándome las lágrimas que no paran de caer—. Por favor, llévame con mi abuela.

 

Veo cómo el derrotismo invade su rostro compasivo mientras asiente levemente. Sé que no está conforme. No está preparado para volver a casa. Se siente acorralado.

 

Capítulo 5: Capítulo 4 Capítulo 7: Capítulo 6

 
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