Una noche enamorada (3)

Autor: Lily_cullen
Género: + 18
Fecha Creación: 18/06/2018
Fecha Actualización: 17/07/2018
Finalizado: NO
Votos: 1
Comentarios: 0
Visitas: 1556
Capítulos: 15

El desenlace de la historia entre Bella y Edward.

 

Bella nunca antes había conocido el puro deseo. El imponente Edward la ha cautivado, la ha seducido y la adora de formas que nunca había experimentado; conoce sus pensamientos más íntimos y hace todo lo que ella le pide. Él hará cualquier cosa para mantenerla a salvo, aunque para ello tenga que poner en peligro su propia vida. Pero el oscuro pasado de Edward no es lo único que amenaza su futuro juntos… Cuando descubren la verdad sobre el legado de Bella, sale a la luz un inquietante y perturbador paralelismo entre pasado y presente que hace que el mundo de Bella, tal y como lo conoce, se tambalee. Pronto se verá atrapada entre una incontrolable pasión y una peligrosa obsesión que podría destruirlos a los dos…

«Tú eres lo único que veo»

 

Los personajes le pertenecen Stephenie Meyer la historia le pertenece a Joodi Ellen Malpas del libro Una Noche.

 

Actualizaciones: Lunes, miércoles y viernes.

+ Añadir a Favoritos
Leer Comentarios
 


Capítulo 5: Capítulo 4

Tengo sueños plácidos en los que se repite la última parte del día de ayer. Mis párpados soñolientos se abren poco a poco y mi mente, a punto de despertarse, registra su presencia cerca de mí. Muy cerca. Estoy acurrucada junto a él, hecha un ovillo y abrazándolo, como a él le gusta.

 

Con mucho cuidado y en silencio, levanto la mano izquierda y busco mi anillo, suspirando y saboreando la insistencia de mi mente en recordarme cada una de las palabras y las acciones del día anterior.

 

Los sueños plácidos no sólo tienen lugar cuando estás durmiendo.

 

Aprovechando que Edward está sumido en un sueño profundo, dedico un poco de tiempo a solas a trazar las líneas de su pecho. Está muerto para el mundo… al menos la mayor parte de él lo está. Observo con fascinación cómo su polla empieza a endurecerse cuando deslizo la mano hacia la pronunciada V que nace en la parte inferior de su vientre, hasta que está totalmente erecta y palpitante, suplicando atenciones.

 

Quiero que se despierte gimiendo de placer, de modo que empiezo a descender por su cuerpo poco a poco y me acomodo entre sus muslos. Éstos se abren para hacerme hueco sin necesidad de que yo los separe; ante mí tengo en primer plano su erección matutina, me lamo los labios y me preparo mentalmente para volverlo loco. Alargo la mano y desvío la mirada hacia su rostro mientras agarro la base del miembro y espero alguna señal de vida, pero no encuentro ninguna. Sólo unos labios separados y unos párpados quietos. Vuelvo a centrar la atención en el pétreo apéndice muscular y sigo mi instinto. Lamo la punta en lentos círculos y recojo la gota de semen que ya se está formando. El calor de su carne, la suavidad de su piel firme y la dureza que se esconde debajo resultan tremendamente adictivos y no tardo en ponerme de rodillas y deslizo los labios hasta abajo del todo, gimiendo con indulgencia mientras vuelvo a ascender. Toda mi atención está centrada exclusivamente en lamerlo y besarlo. Me paso una eternidad disfrutando de la deliciosa sensación de tenerlo en la boca. No estoy segura de en qué momento empieza a gemir, pero sus manos en mi pelo de manera repentina me alertan de ello y sonrío entre los lentos movimientos de mi boca mientras envaino su verga una y otra vez. Empieza a elevar ligeramente las caderas para recibir cada uno de mis avances y sus manos guían mi cabeza a la perfección.

 

Sus murmullos soñolientos con voz rota y débil son indescifrables. Mi mano empieza a acariciarlo arriba y abajo, imitando los movimientos de mi boca y multiplicando su placer. Menea las piernas y sacude la cabeza lentamente de un lado a otro. Todos los músculos que están en contacto con mi cuerpo se han vuelto rígidos y el tamaño de su miembro en mi boca me indica que está cerca, de modo que acelero el ritmo de mis manos y de mi cabeza y siento cómo me golpea el fondo de la garganta, incrementando mi propio placer.

 

—Para —exhala, y continúa empujando mi cabeza contra él—. Para, por favor.

 

Va a correrse en cualquier momento, y saberlo me alienta a continuar.

 

—¡No! —Levanta la rodilla y me golpea en la mandíbula haciéndome gritar de dolor.

 

Me aparto mientras me agarro la cara y aplico presión para aliviar el fuerte golpetazo, y libero su erección.

 

—¡No me toques!

 

Se incorpora y retrocede por el suelo hasta que su espalda impacta contra el sofá, con una rodilla levantada y la otra pierna extendida delante de él. Sus ojos azules están abiertos como platos y cargados de temor; su cuerpo sudoroso y su pecho agitado muestran una clara aflicción.

 

Aparto el cuerpo como por instinto. El desconcierto y la precaución me impiden acercarme a él para reconfortarlo. No puedo ni hablar. Me quedo ahí, observando cómo mira hacia todas partes, con la mano sobre el pecho para intentar calmar las palpitaciones. Siento un dolor tremendo en la mandíbula, pero mis ojos secos no producen lágrimas. Estoy emocionalmente en shock. Parece un animal asustado, acorralado e indefenso y, cuando baja la vista a su entrepierna, yo lo hago también.

 

Sigue empalmado. Su polla empieza a dar sacudidas y él gruñe y deja caer la cabeza sobre sus hombros.

 

Se corre.

 

Y empieza a gimotear con abatimiento.

 

El líquido blanco se vierte sobre su estómago, sobre sus muslos, y parece que no va a parar nunca de salir.

 

—No —murmura para sí mismo mientras se pasa los dedos por el pelo y cierra los ojos con fuerza—. ¡No! —brama, golpeando las manos contra el suelo y haciendo que me estremezca.

 

No sé qué hacer. Sigo sentada lejos de él, con la mano todavía en la mandíbula, y no paro de darle vueltas a la cabeza. Un montón de flashbacks se agolpan en mi mente. Dejó que se la chupara una vez. Fue breve y no se corrió. Gimió de placer, me ayudó, me guio, pero no tardó en retirarse. El resto de las veces que me he acercado a esa zona con la boca me ha detenido. Una vez me dejó que lo masturbara en su despacho, y recuerdo que me dejó bien claro que sólo podía usar la mano. También recuerdo que me dijo que él no se masturba en privado.

 

¿Por qué?

 

Coge un pañuelo de la caja que está cerca de la mesa y se dispone a limpiarse como un poseso.

 

—¿Edward? —digo en voz baja, uniendo mi voz a los frenéticos sonidos de su respiración y sus acciones.

 

No puedo reducir la distancia. No hasta que sea consciente de que estoy aquí.

 

—Edward, mírame.

 

Deja caer los brazos, pero sus ojos miran todo mi cuerpo a excepción de mi rostro.

 

—Edward, por favor, mírame. —Me inclino un poco hacia adelante, con cautela, desesperada por reconfortarlo porque está claro que lo necesita—. Por favor. —Espero, impaciente, pero sé que tengo que ir con tiento—. Te lo ruego.

 

Cierra lentamente sus atormentados ojos azules y vuelve a abrirlos de nuevo, clavándolos en lo más profundo de mi corazón. Empieza a sacudir la cabeza.

 

—Lo siento muchísimo —dice, casi ahogándose con las palabras, y llevándose la mano a la garganta, como si le costase respirar—. Te he hecho daño.

 

—Estoy bien —respondo, aunque tengo la sensación de que la mandíbula se me ha salido del sitio.

 

Me la suelto, me aproximo a él y me acurruco lentamente sobre su regazo.

 

—Estoy bien —repito.

 

Entierro el rostro en su cuello mojado y siento un gran alivio al ver que acepta el consuelo que le ofrezco.

 

—¿Tú estás bien?

 

Resopla, casi riéndose.

 

—No sé muy bien qué es lo que ha pasado.

 

Arrugo la frente y me doy cuenta al instante de que va a evadir cualquier pregunta que le haga al respecto.

 

—Puedes contármelo —le pido.

 

De repente aparta mi pecho del suyo, me clava la mirada y me siento pequeña e inútil. Su rostro impasible tampoco ayuda.

 

—¿Contarte el qué?

 

Me encojo ligeramente de hombros.

 

—El porqué de esa reacción tan violenta.

 

Me siento incómoda bajo la intensidad de sus ojos. No entiendo la razón, ya que he sido el único centro de su penetrante mirada desde que lo conocí.

 

—Lo siento. —Suaviza el gesto y sus ojos se llenan de preocupación en cuanto se fijan en mi mandíbula—. Es que me has cogido por sorpresa, Isabella. Sólo es eso.

 

Me acaricia suavemente la mejilla con la mano.

 

Me está mintiendo, pero no puedo obligarlo a compartir algo que puede que le resulte demasiado doloroso expresar. Ya he aprendido eso. El oscuro pasado de Edward Masen necesita permanecer en la oscuridad, lejos de nuestra luz.

 

—Bien —digo, pero no lo pienso en absoluto. No estoy bien, para nada, y sé que Edward tampoco.

 

Lo que quiero es decirle que se explique, pero el instinto me lo impide. Ese instinto que me ha guiado desde que conocí a este hombre desconcertante. Insisto en repetirme eso a mí misma, aunque me pregunto dónde estaría ahora de no haber seguido todas las reacciones naturales que me llevaban hasta él y de no haber respondido como lo he hecho a las situaciones en las que me ha puesto. Sé dónde: muerta, sin vida, fingiendo ser feliz con mi solitaria existencia. Es posible que mi vida haya dado un giro radical, que se haya llenado de situaciones dramáticas para compensar la falta de emociones de los últimos años, pero no flaquearé en mi determinación de ayudar al hombre que amo con esta batalla. Estoy aquí para él.

 

He descubierto muchas cosas oscuras sobre Edward Masen, y en el fondo sé que hay más. Tengo más preguntas. Y las respuestas, sean las que sean, no cambiarán ni un ápice lo que siento por él. Sé que para él es doloroso, lo que hace que para mí también lo sea. No quiero causarle más sufrimiento, y eso es lo que conseguiré si lo obligo a contármelo. De modo que la curiosidad puede irse a tomar por el culo. Hago caso omiso de esa molesta vocecilla en mi cabeza que señala que a lo mejor lo que pasa es que no quiero saberlo.

 

—Me muero por tus huesos —susurro en un intento de distraernos a ambos del momento incómodo—. Me muero por tus huesos atormentados y obsesivos.

 

Una amplia sonrisa ilumina la seria expresión de su rostro, revelando su hoyuelo y haciendo brillar sus ojos.

 

—Y mis huesos atormentados y obsesivos están profundamente fascinados por ti. —Levanta la mano para tocarme la mandíbula—. ¿Te duele?

 

—No mucho. Estoy acostumbrada a recibir golpes en la cabeza.

 

Se encoge, y me doy cuenta al instante de que he fracasado en mi empeño de calmar el ambiente.

 

—No digas eso.

 

Estoy a punto de disculparme cuando el estrepitoso timbre del teléfono de Edward suena en la distancia.

 

Me aparta de su regazo y me coloca con cuidado a su lado. Me besa la frente, se levanta y se dirige a la mesa para cogerlo.

 

—Edward Masen —responde con el mismo tono frío e indiferente de costumbre mientras pasea su cuerpo desnudo por el despacho.

 

Ha cerrado la puerta tras de sí cada vez que ha recibido una llamada desde que llegamos, pero esta vez la ha dejado abierta. Interpreto el gesto como una señal. Me levanto y lo sigo hasta que llego al umbral y me quedo observándolo, reclinado desnudo en la silla del despacho y masajeándose la sien con la punta de los dedos. Parece irritado y estresado, pero cuando levanta la mirada y encuentra la mía toda emoción negativa desaparece y es reemplazada por una sonrisa y unos brillantes ojos azules. Levanto la mano y me vuelvo para marcharme.

 

—Un momento —dice de repente por el auricular, lo aparta y se lo coloca sobre el pecho desnudo—. ¿Va todo bien?

 

—Sí. Te dejo trabajar.

 

Da unas palmaditas sobre el teléfono, que ahora descansa en su pecho, y recorre mi cuerpo de arriba abajo con la mirada.

 

—No quiero que te vayas —dice mirándome a los ojos, y detecto un doble sentido en la frase. Ladea la cabeza, y yo me acerco con cautela a él, sorprendida por su orden, aunque no tanto por el creciente deseo que empiezo a sentir.

 

Edward me mira con una leve sonrisa en el rostro, me coge la mano y besa la parte superior de mi anillo nuevo.

 

—Siéntate. —Tira de mí hasta que aterrizo sobre su desnudo regazo, y todos mis músculos se tensan cuando su polla semierecta queda encajada entre mis nalgas. Me invita a reclinarme, de modo que pego la espalda a su pecho y acurruco la cabeza en el hueco de su cuello.

 

—Continúa —ordena por teléfono.

 

Sonrío para mis adentros ante la capacidad de Edward de ser tan tierno y dulce conmigo y tan seco y hosco con quien sea que esté al otro lado del aparato. Un brazo musculoso rodea mi cintura y la sostiene con fuerza.

 

—Es Bella —silba—. Podría estar hablando con la puta reina, pero si Isabella me necesita, la reina tendrá que esperar.

 

Mi rostro se arruga con confusión, pero al mismo tiempo se infla de satisfacción. Me giro para mirarlo. Quiero preguntarle quién es, pero algo me lo impide. Es el sonido apagado de una voz suave, familiar y muy comprensiva.

 

Charlie.

 

—Me alegro de que haya quedado claro —resopla Edward, y me da un pico en los labios antes de pegar mi cabeza de nuevo contra su cuello y moverse un poco en la silla para estrecharme más contra su cuerpo.

 

Se queda callado y empieza a jugar ociosamente con un mechón de mi pelo, retorciéndolo varias veces hasta que empieza a tirarme del cuero cabelludo y le muestro mi molestia dándole un leve toque en las costillas. Oigo el tono apacible de la voz de Charlie, pero no logro distinguir lo que están diciendo. Edward me desenreda el mechón para volver a retorcerlo de nuevo.

 

—¿Y has determinado algo al respecto? —pregunta Edward.

 

Imagino de lo que deben de estar hablando, pero encontrarme aquí en su regazo, escuchando este tono tan plano y distante, acrecienta mi curiosidad. Debería haberme quedado en el salón, sin embargo ahora no paro de darle vueltas a la cabeza y de preguntarme qué habrá descubierto Charlie.

 

—Un momento —dice, y veo con el rabillo del ojo cómo el brazo que sostiene el teléfono cae sobre el brazo de la silla.

 

Me suelta el pelo, probablemente dejando atrás un montón de nudos. Apoya la mano en mi mejilla y me vuelve hacia él. Me mira profundamente a los ojos, presiona un botón de su teléfono y lo deja sobre la mesa sin apartar la mirada de mí. Ni siquiera interrumpe el contacto para comprobar dónde lo ha dejado ni para recolocarlo.

 

—Charlie, saluda a Isabella.

 

Me revuelvo, nerviosa, sobre el regazo de Edward y un millón de sensaciones acaban con la serenidad que estaba sintiendo resguardada en sus brazos.

 

—Hola, Isabella —dice Charlie con voz reconfortante. Aunque no quiero escuchar nada de lo que tenga que decir. Me advirtió de que me alejase de Edward desde el momento en que supo de nuestra relación.

 

—Hola, Charlie. —Me vuelvo hacia Edward rápidamente y tenso los músculos, dispuesta a levantarme de su regazo—. Os dejaré trabajar en paz.

 

Pero no voy a ninguna parte. Edward me mira sacudiendo la cabeza lentamente y me sostiene con fuerza.

 

—¿Cómo estás? —La pregunta de Charlie era fácil de responder… hace media hora.

 

—Bien —me apresuro a decir, y me reprendo a mí misma por sentirme incómoda y, sobre todo, por actuar como tal—. Estaba a punto de preparar el desayuno.

 

Intento levantarme… y de nuevo, no lo consigo.

 

—Isabella se queda —anuncia Edward—. Continúa.

 

—¿Por dónde íbamos? —pregunta Charlie, extrañado, y eso hace que mi incomodidad se transforme en puro pánico.

 

—Por donde íbamos —responde Edward. Me coloca la mano en la nuca y empieza a masajear mi tensión con firmeza y determinación. Pierde el tiempo.

 

Se hace el silencio al otro lado de la línea. Entonces se oye una especie de movimiento. Probablemente Charlie se esté revolviendo incómodo en su enorme silla del despacho antes de hablar.

 

—No sé si…

 

—Se queda. —Lo corta Edward, y me preparo para el contraataque de Charlie… que no llega.

 

—Masen, dudo de tu moralidad a diario. —Edward se ríe, y es una risa oscura y sarcástica—. Pero siempre te había creído cuerdo, a pesar de lo poco cuerdos e insanos que hayan sido tus actos. Siempre he sabido que estabas perfectamente lúcido.

 

Quiero intervenir y poner a Charlie en su sitio. No hay nada de lúcido en Edward cuando pierde los estribos. Es violento e irracional. Se vuelve, oficialmente, loco de atar. ¿O no? Me doy la vuelta lentamente para observar su rostro. Sus penetrantes ojos azules abrasan inmediatamente mi piel. Su rostro, aunque impasible, es angelical. Me devano los sesos pensando si lo que Charlie está diciendo es cierto o no. No puedo estar de acuerdo. Quizá Charlie no haya visto nunca a Edward alcanzar la clase de rabia que ha desencadenado desde que me conoció.

 

—Siempre sé exactamente lo que hago y por qué lo hago —dice Edward de manera lenta y concisa. Sabe lo que estoy pensando—. Puede que a veces pierda la razón por una milésima de segundo, pero sólo durante ese tiempo. —Susurra en voz tan baja que no creo que Charlie lo haya oído. Y así, sin más, responde a otra pregunta que se me estaba pasando por la cabeza—. Mis acciones son siempre válidas y justificadas.

 

Charlie oye esa parte. Y lo sé porque se echa a reír.

 

—¿En el mundo de quién, Masen?

 

—En el mío. —Vuelve a centrar la atención en el teléfono y me agarra con más fuerza—. Y ahora en el tuyo también, Swan.

 

Sus palabras son crípticas. No las entiendo, pero el temor que asciende por mi columna y el largo y sobrecogedor silencio que las acompaña me indican que he de recelar de ellas. ¿Por qué he venido aquí? ¿Por qué no habré ido directamente a la cocina a por algo de comer? Tenía hambre cuando me he despertado. Pero ahora no. Ahora mi estómago es un vacío que se llena rápidamente de ansiedad.

 

—Tu mundo jamás será el mío —responde Charlie con un tono cargado de ira—. Jamás.

 

Tengo que marcharme. Ésta podría ser una de esas veces en las que sus dos mundos colisionan, y no quiero estar cerca cuando eso suceda. El Atlántico evitará el enfrentamiento físico, pero el tono de voz de Charlie, sus palabras y la encolerizada vibración del cuerpo de Edward debajo de mí son claros indicativos de que la cosa se va a poner fea.

 

—Quiero marcharme —digo, y me esfuerzo por apartar la mano de Edward de mi vientre.

 

—Quédate aquí, Isabella. —Mis intentos son en vano y la irracional insistencia de Edward en que me quede a presenciar este espectáculo desagradable hace resurgir mi intrepidez.

 

—Suél-ta-me.

 

Me duele la mandíbula. Me vuelvo y atravieso sus serias facciones con la mirada. Me sorprendo al ver que me suelta de inmediato. Me pongo de pie al instante y, sin saber si debo marcharme deprisa o tranquilamente, empiezo a sacudirme la ropa inexistente mientras medito sobre mi dilema.

 

—Lo siento —dice Edward. Me coge una de mis ocupadas manos y me la estrecha con suavidad—. Por favor, me gustaría que te quedaras.

 

Se hace un breve e incómodo silencio hasta que la risa divertida y sincera de Charlie interrumpe nuestro momento de intimidad y me recuerda que, técnicamente, sigue en la habitación con nosotros.

 

—Sí, ya hemos terminado —confirma—. Yo también lo siento.

 

—No entiendo para qué quieres que me quede —confieso. Bastante tengo ya que procesar.

 

—Charlie ha estado intentando averiguar algunas cosas, eso es todo. Por favor, quédate y escucha lo que tenga que decir.

 

Me alivia que quiera que lo ayude a compartir la carga, pero, al mismo tiempo, tengo miedo. Asiento levemente, vuelvo a sentarme sobre su regazo y permito que coloque mi cuerpo en la posición que más le gusta, que es de lado, con mis piernas colgando por encima del reposabrazos de la silla y con mi mejilla apoyada en su pecho.

 

—Bien. ¿Seguimos con lo de Irina?

 

Se me hiela la sangre con tan sólo oír su nombre.

 

—Insiste en que jamás le pio ni una palabra a Aro.

 

¿Aro? ¿Quién es Aro?

 

—La creo —dice Edward algo reacio. Esto me sorprende, y más todavía cuando Charlie coincide—. ¿Notaste en algún momento que fuese ella la que seguía a Isabella?

 

—No estoy seguro, pero todos sabemos lo que esa mujer siente por ti, Masen.

 

Sé perfectamente lo que Irina siente por Edward, principalmente porque tuvo la amabilidad de decírmelo ella misma. Es una antigua cliente que se enamoró de él. O, más bien, que se obsesionó con él. Edward tenía miedo de que intentase secuestrarme. ¿Tanto lo quiere que sería capaz de deshacerse de mí?

 

—¿Notar con Irina Reinhoff? —Charlie se mofa—. Lo único que noto en su presencia es frialdad. Fuiste muy descuidado. Llevar a Bella al Ice fue una estupidez por tu parte. Y llevarla a tu apartamento más todavía. Seguro que está disfrutando de lo lindo sabiendo que puede delatarte, Masen.

 

Me encojo, y siento cómo Edward baja la vista para mirarme. Sé lo que va a pasar.

 

—Tanto Isabella como yo hemos llevado nuestra relación en secreto. Sólo he ido al Ice con Bella cuando el club estaba cerrado.

 

—¿Y cuando apareció sin advertencia previa? ¿La acompañaste hasta la salida? ¿Mantuviste las distancias con ella para disminuir el riesgo de que os relacionaran? —dice Charlie muy serio aunque con cierta sorna. Quiero esconderme—. ¿Y bien? —insiste, aunque sabe perfectamente cuál es la respuesta.

 

—No —contesta Edward con la mandíbula apretada—. Sé que fui un idiota.

 

—De modo que lo que tenemos es un club lleno de personas que fueron testigos de varios incidentes en los que el distante y notoriamente cerrado Edward Masen perdió los estribos por una preciosa jovencita. ¿Ves adónde quiero ir a parar?

 

Pongo los ojos en blanco ante el impulso innecesario de Charlie de menospreciar a Edward. También me siento tremendamente culpable. Mi desconocimiento de las consecuencias de mis actos y mi comportamiento han acelerado la situación y lo han acorralado.

 

—Perfectamente, Swan.

 

Edward suspira y busca en mi pelo otro mechón que retorcer. Se hace el silencio. Es un silencio incómodo, que aumenta mi deseo de huir del despacho y dejar que estos dos hombres continúen solos con las conjeturas sobre su diabólica situación.

 

Pasa un buen rato antes de que Charlie hable de nuevo y, cuando lo hace, no me gusta lo que dice.

 

—Debes de haber anticipado las repercusiones de tu dimisión, Masen. Sabes que eso no es decisión tuya.

 

Me hago un ovillo al costado de Edward, como si hacerme más pequeña e intentar meterme dentro de él pudiese borrar la realidad. No he dedicado demasiado espacio en mi cerebro a pensar en las cadenas invisibles de Edward ni en los cerdos inmorales que poseen las llaves. El fantasma de Renée Taylor ha monopolizado mi mente y, curiosamente, ahora eso me parece mucho mejor que esta situación. Esto es la auténtica realidad, y escuchar la voz de Charlie, sentir el tormento de Edward y verme de repente consumida por la derrota me empujan al límite de la ansiedad. No estoy del todo segura de qué nos espera en Londres cuando volvamos, pero sé que va a ponerme a prueba, que nos pondrá a prueba a ambos, más que nunca antes.

 

La sensación de sus suaves labios sobre mi sien hace que regrese a la habitación.

 

—En su momento no me preocupaba demasiado —admite Edward.

 

—Pero ¿las conoces? —la pregunta de Charlie y la brusquedad con la que la formula indican claramente que sólo hay una contestación posible.

 

—Ahora sólo me preocupa proteger a Isabella.

 

—Buena respuesta —responde Charlie secamente.

 

Levanto la vista y veo a Edward sumido en sus pensamientos, con la mirada perdida.

 

Detesto que esté tan derrotado. He visto esta mirada demasiadas veces, y me preocupa más que ninguna otra cosa. Me siento ciega, inútil y, al no encontrar las palabras adecuadas para reconfortarlo, deslizo la mano por su cuello y tiro con fuerza hacia mí hasta pegar el rostro contra la barba que cubre su garganta.

 

—Te quiero.

 

Mi susurrada declaración escapa de mi boca de manera natural, como si mi instinto me indicase que un refuerzo constante de mi amor por él es todo lo que tengo. En el fondo, muy a mi pesar, sé que así es.

 

Charlie continúa:

 

—No me puedo creer que fueses tan estúpido como para dejarlo.

 

Los músculos de Edward se tensan al instante.

 

—¿Estúpido? —masculla, y me recoloca en su regazo. Casi puedo sentir cómo bullen sus emociones a través de nuestros cuerpos desnudos en contacto—. ¿Estás sugiriendo que debería seguir follando con otras mujeres mientras tengo una relación con Isabella?

 

Su manera de expresarse me obliga a hacer una mueca de disgusto, al igual que las imágenes que se agolpan en mi mente, de correas y…

 

«¡Basta!»

 

—No. —Charlie no se amilana—. Lo que sugiero es que jamás deberías haber tocado lo que no puedes tener. Pero todo esto desaparecerá si haces lo correcto.

 

Lo correcto. Dejarme. Volver a Londres y ser el Especial.

 

No puedo contener la rabia que se instala en mi interior tras escuchar las palabras de Charlie, especialmente al ver que insiste en ser tan capullo.

 

—Sí que puede tenerme —espeta mi intrepidez mientras forcejeo en brazos de Edward. Me incorporo y me acerco al teléfono lo máximo posible para que me oiga alto y claro—. ¡No te atrevas a empezar con esto, Charlie! ¡No me obligues a clavar un cuchillo y a retorcerlo!

 

—¡Isabella!

 

Edward me estrecha de nuevo contra su pecho, pero mi resistencia inyecta fuerza a mi constitución menuda. Me libero de sus brazos y me acerco de nuevo al teléfono. Oigo su exasperación perfectamente, pero eso no va a detenerme.

 

—Sé que no me estás amenazando con violencia, Isabella —dice Charlie con un ligero tono burlón.

 

—Renée Taylor. —Digo su nombre con los dientes apretados y no me deleitó al escuchar cómo inspira con dolor a través de la línea—. ¿La he visto? —pregunto exigiendo una respuesta.

 

Edward me estrecha contra su pecho inmediatamente y empiezo a forcejear con sus brazos.

 

—¡¿Era ella?! —grito. En mi frenesí, lanzo un codazo hacia atrás y le doy en las costillas.

 

—¡Joder! —ruge Edward mientras me suelta.

 

Me abalanzo sobre el teléfono e intento tomar aire para exigirle una respuesta, pero Edward se adelanta y corta la llamada antes de que llegue hasta él.

 

—¡¿Qué haces?! —le chillo, apartándole las manos mientras intenta reclamarme.

 

Él gana. Me estrecha contra su cuerpo y atrapa mis brazos con fuerza.

 

—¡Cálmate!

 

Me estoy dejando llevar por la ira más absoluta, cegada por la determinación.

 

—¡No! —Una nueva fortaleza me invade. Me estiro hacia arriba y arqueo la espalda con violencia en un intento de escapar del abrazo de Edward, cada vez más preocupado.

 

—Cálmate, Isabella —me susurra en el oído a modo de advertencia con los dientes apretados cuando por fin consigue asegurarme contra su torso desnudo. La ira que nos invade a ambos se palpa a través del calor de nuestra piel—. No me obligues a tenerlo que repetir.

 

Me cuesta respirar y el pelo me cae en una maraña de rizos sobre el rostro.

 

—¡Suéltame! —Apenas puedo hablar claro con mi agotamiento autoinfligido.

 

Edward inspira hondo, pega los labios a mi pelo y me suelta. Sin perder ni un segundo, me levanto de su regazo, huyo de mi fría realidad, doy un portazo al salir y no me detengo hasta que llego al baño de la habitación principal. También cierro esa puerta de un portazo. Me meto con rabia en la bañera con forma de huevo y abro los grifos. La ira que me invade bloquea las instrucciones que envía mi mente para que me calme. Tengo que serenarme, pero mi odio por Charlie y mi tormento mental sobre mi madre no me lo permiten. Me llevo las manos al pelo y tiro con fuerza. La rabia se transforma en frustración. En un esfuerzo por distraerme, echo un poco de dentífrico en mi cepillo de dientes y me los lavo. Es un estúpido intento de eliminar de mi boca el sabor amargo que se me ha quedado al pronunciar su nombre.

 

Después de pasar más tiempo del necesario cepillándome los dientes, escupo, me enjuago y me miro en el espejo. Mis pálidas mejillas están sonrosadas a causa de la ira que va menguando y del perpetuo estado de deseo en el que me hallo últimamente. Pero mis ojos azul marino reflejan angustia. Después de los horribles acontecimientos que nos obligaron a huir de Londres, enterrar mi ignorante cabeza en un foso de arena sin fondo ha sido fácil. Y ahora la cruda realidad me está castigando.

 

—Encierra al mundo fuera y quédate aquí conmigo para siempre —susurro, y me pierdo en el reflejo de mis propios ojos.

 

Todo a mi alrededor se ralentiza mientras me agarro a los lados del lavabo y pego la barbilla al pecho. La desesperanza se apodera de mi mente agitada. Es una sensación desagradable, pero mi mente y mi cuerpo exhaustos no consiguen hallar ni un rastro de determinación entre todas estas emociones negativas. Todo parece imposible de nuevo.

 

Suspiro apesadumbrada. Levanto la vista y veo que el agua de la bañera está a punto de desbordarse, pero no corro hacia ella, no tengo energías. Me vuelvo y arrastro lentamente mi cuerpo abatido por la habitación para cerrar los grifos. Me meto en la bañera y me sumerjo en el agua, resistiendo la necesidad de cerrar los ojos y hundir mi rostro. Permanezco quieta, con la mirada perdida, obligando a mi mente a desconectar. Funciona hasta cierto punto. Me concentro en los agradables tonos de la voz de Edward, en cada una de las maravillosas palabras que me ha dedicado y en cada caricia que ha regalado a mi cuerpo. En todas. Desde el principio hasta ahora. Y espero y rezo para que haya muchas más en el futuro.

 

Un ligero golpe en la puerta del baño atrae mi mirada y parpadeo varias veces para humedecer mis ojos de nuevo.

 

—¿Isabella? —dice Edward con una voz grave de preocupación que hace que me sienta como una mierda.

 

No espera a que conteste, sino que abre poco a poco la puerta y sostiene el pomo mientras se asoma por el marco y me busca con la mirada. Se ha puesto unos bóxer negros y veo que tiene una mancha roja a la altura de las costillas, gracias a mí. Cuando sus brillantes ojos azules me encuentran, mi sentimiento de culpa se multiplica por mil. Intenta esbozar una sonrisa, pero acaba bajando la vista al suelo.

 

—Lo lamento.

 

Su disculpa me confunde.

 

—¿El qué?

 

—Todo —responde sin vacilar—. Haber dejado que te enamoraras de mí. Haber… —Me mira y toma algo de aliento—. Lamento que me fascinases tanto que no pude dejarte en paz.

 

Una triste sonrisa se forma en mis labios y estiro el brazo para coger el champú antes de entregárselo a él.

 

—¿Me concederías el honor de lavarme el pelo?

 

Necesita venerarme un poco para olvidarse de todo, lo que sea con tal de estabilizar este mundo nuestro que se desmorona.

 

—Nada me complacería más —confirma, y sus largas piernas recorren la distancia que nos separa.

 

Se pone de rodillas junto a la bañera, coge la botella de champú y vierte un poco del contenido en sus manos. Me incorporo y me vuelvo de espaldas a él para facilitarle el acceso, y cierro los ojos cuando siento cómo sus fuertes dedos masajean mi cuero cabelludo. Sus lentos movimientos y sus cuidados infunden algo de paz a mis preocupados huesos. Nos quedamos callados un rato. Me masajea la cabeza, me ordena con voz suave que me enjuague y aplica acondicionador a mi cabello.

 

—Me encanta tu pelo —susurra, y se toma su tiempo palpándolo y peinándolo con los dedos mientras tararea algo.

 

—Tengo que cortarme las puntas —respondo, y sonrío cuando sus dedos diligentes se detienen de golpe.

 

—Sólo las puntas. —Recoge mi melena mojada y resbaladiza en una coleta y la retuerce hasta que la tiene toda alrededor de su puño—. Y quiero ir contigo. —Tira ligeramente hacia atrás y acerca el rostro al mío.

 

—¿Quieres controlar a mi peluquera? —pregunto, divertida, volviéndome en el agua y agradeciéndole su intención de distraerme.

 

—Sí. Sí quiero. —Sé que no está bromeando. Me besa suavemente en los labios y después me da una infinidad de pequeños picos hasta que su lengua caliente se adentra en mi boca y me lame con ternura. Me pierdo en su beso, cierro los ojos y mi mundo se estabiliza—. Me encanta tu sabor.

 

Interrumpe nuestro beso, pero mantiene el rostro pegado al mío mientras desovilla mi pelo por completo y lo deja caer sobre mi espalda. La mitad de su longitud se extiende en el agua. Lo llevo demasiado largo, casi por el culo, pero me temo que así se va a quedar.

 

—Vamos a aclarar el acondicionador de tus rizos rebeldes.

 

Me acaricia la mejilla con el pulgar durante unos instantes antes de trasladar la mano a mi cuello para animarme a sumergir la cabeza en el agua. Me hundo en la bañera y cierro los ojos mientras desaparezco bajo las profundidades y mi oído se ensordece.

 

Contener el aliento me resulta fácil. Lo he hecho infinidad de veces desde que conocí a Edward, cuando me lo roba con uno de sus besos de veneración o cuando me hace llegar al orgasmo tocándome ahí. Sin ver y sin apenas oír nada, lo único que puedo hacer es sentirlo. Sus firmes manos trabajan en mi pelo y eliminan el acondicionador y mi impotencia al mismo tiempo. Pero entonces, su mano abandona mi cabeza y desciende por un lado de mi rostro hasta mi garganta. De mi garganta a mi pecho, y de mi pecho a un montículo inflamado. La punta de mi pezón arde con anticipación. La rodea de manera deliciosa y entonces su tacto desciende por mi vientre hasta la parte interna del muslo. Me pongo tensa bajo el agua y me esfuerzo por permanecer quieta y contener la respiración. La oscuridad y el silencio desarrollan el resto de mis sentidos, sobre todo el del tacto. Su dedo se desliza entre mis temblorosos labios y me penetra profundamente. Saco la mano del agua al instante, me agarro al borde de la bañera y me impulso para incorporarme rápidamente. Necesito disfrutar de cada gratificante elemento de la veneración de Edward, como, por ejemplo, su rostro pleno de satisfacción.

 

Jadeo y lleno de aire mis pulmones. Edward empieza a meterme y a sacarme los dedos perezosamente.

 

—Hmmm.

 

Apoyo la cabeza y dejo que caiga hacia un lado para poder ver cómo me satisface con sus dedos prodigiosos.

 

—¿Te gusta? —pregunta con voz áspera mientras sus ojos se oscurecen.

 

Asiento, me muerdo el labio inferior y contraigo todos mis músculos internos con la intención de contener el cosquilleo que siento en la boca del estómago. Pero me desconcentro cuando presiona el pulgar contra mi clítoris y empieza a trazar círculos tortuosos y precisos sobre mi parte más sensible.

 

—Me encanta —exhalo, y empiezo a jadear.

 

Mi placer se intensifica cuando veo que separa los labios y cambia de posición junto a la bañera para tener mejor acceso a mí. Saca los dedos lentamente, me mira a los ojos, vuelve a hundirlos y todo su ser destila satisfacción y triunfo. Mi cuerpo empieza a temblar.

 

—Edward, por favor —le ruego, y comienzo a sacudir la cabeza con desesperación—. Por favor, házmelo.

 

Mi petición no queda desatendida. Está tan desesperado como yo por borrar la angustia de nuestro rato en el despacho. Se inclina sobre el baño sin dejar de meterme los dedos, pega la boca a la mía y me besa hasta que me corro. Cuando alcanzo el orgasmo, le muerdo el labio inferior. Imagino que la presión de mis labios le habrá causado dolor, pero eso no detiene su determinación de arreglar lo sucedido. Intensos estallidos de placer atacan mi cuerpo sin cesar, una y otra vez. Empiezo a sacudirme violentamente, salpicando a mi alrededor hasta que pierdo las fuerzas y me quedo flotando en el agua. Ahora estoy agotada por un motivo totalmente diferente, y es mucho más agradable que el agotamiento de hace unos momentos.

 

—Gracias —balbuceo entre jadeos, y me obligo a abrir los párpados.

 

—No me des las gracias, Isabella Taylor.

 

Mi respiración es pesada y laboriosa mientras mi cuerpo absorbe los restos de mi satisfactoria explosión.

 

—Siento haberte hecho daño.

 

Sonríe. Es sólo una leve sonrisa, pero cualquier atisbo de esa hermosa visión es bien recibido. Y también lo voy necesitando más a cada día que pasa. Inspira, extrae los dedos de mi interior y asciende por mi piel hasta que alcanza mi mejilla. Sé lo que va a decir.

 

—No puedes infligirme ningún daño físico, Isabella.

 

Asiento y dejo que me ayude a salir de la bañera y que me envuelva con una toalla. Coge otra del estante cercano y procede a eliminar el exceso de agua de mi cabello con ella.

 

—Vamos a secar estos rizos incontrolables.

 

Me agarra de la nuca, me dirige a la cama y me ordena que me siente al final de ésta con un gesto. Obedezco sin protestar, pues sé que pronto sus manos estarán tocando mi pelo mientras lo seca. Saca el secador del cajón y lo enchufa. Se sitúa detrás de mí en un santiamén, con una pierna a cada lado de mi cuerpo, de manera que me envuelve con el suyo. El ruido del aparato impide la conversación, cosa que agradezco. Me relajo, cierro los ojos y disfruto de la sensación de sus manos masajeando mi cuero cabelludo mientras golpea mi cabello con el aire del secador. También sonrío al imaginar la expresión de realización en su rostro.

 

Demasiado pronto para mi gusto, el ruido se apaga y Edward se aproxima a mí, entierra el rostro en mi pelo recién lavado y me envuelve con fuerza la cintura con los brazos.

 

—Has sido muy dura, Isabella —dice con voz tranquila, casi cautelosa.

 

Detesto que tenga que decirme esto, aunque esté en su derecho, pero adoro que lo haga con tanta delicadeza.

 

—Ya me he disculpado.

 

—No te has disculpado con Charlie.

 

Me pongo rígida.

 

—¿En qué momento te has hecho admiradora de Charlie Swan?

 

Me da un toque en el muslo con la pierna. Es una advertencia silenciosa ante mi insolencia.

 

—Está intentando ayudarnos. Necesito información, y no puedo obtenerla yo mismo mientras estoy aquí en Nueva York.

 

—¿Qué información?

 

—No tienes que preocuparte por eso.

 

Aprieto la mandíbula y cierro los ojos para armarme de paciencia.

 

—Me preocupo por ti —me limito a decir.

 

Me aparto de Edward y hago como que no oigo su respiración sonora y cansada. Él también está intentando armarse de paciencia. Me da igual. Cojo mi cepillo del pelo de la mesita de noche y dejo que Edward se tumbe boca arriba refunfuñando maldiciones. Tuerzo el gesto, enfadada, me marcho airada al salón y me dejo caer sobre el sofá. Me llevo el cepillo al pelo y empiezo a tirar de los nudos, como si en un estúpido arranque de venganza quisiera dañar deliberadamente una de las cosas favoritas de Edward.

 

Vuelvo a caer en el abatimiento. Tiro continuamente del cepillo y obtengo una enfermiza satisfacción del dolor que esto me provoca. Los fuertes tirones absorben mi atención y evitan que piense en otras cosas. Incluso consigo ignorar el leve cosquilleo que siento bajo la piel y que se va apoderando de todo mi ser a cada segundo que pasa. Sé que está cerca, pero no lo busco y continúo arrancándome el pelo de la cabeza.

 

—¡Oye! —Detiene las destructivas acciones de mi mano, la sostiene en el aire y me arrebata el cepillo de los dedos—. Ya sabes que aprecio mis posesiones —gruñe.

 

Pasa las piernas por detrás de mí y me coloca el pelo sobre los hombros. Sus palabras, por muy arrogantes que sean, consiguen hacerme entrar en razón.

 

—Y esto forma parte de mi posesión. No lo maltrates. —Las suaves cerdas del cepillo acarician mi cuero cabelludo y descienden hasta las puntas de mis rizos. En ese momento empieza a sonar God Only Knows, de los Beach Boys.

 

El temperamento de Edward se niega a aparecer, y la intervención de una canción tan alegre y contundente así lo señala, de modo que me quedo sola con mi enfado. Una parte irracional de mí esperaba provocarlo un poco para tener algo contra lo que rebotarme.

 

—¿Por qué le has colgado a Charlie?

 

—Porque se te ha ido la cosa de las manos, Isabella. Te estás convirtiendo en una buena competidora en cuestiones de locura. Hago que llegues al límite de tu cordura. —Detecto desesperación en su voz. Y culpabilidad.

 

Asiento en silencio y acepto que tiene razón. Se me ha ido de las manos. Y es cierto que me lleva al límite.

 

—Has mencionado a un tal Aro. ¿Quién es?

 

Inspira hondo antes de empezar a hablar. Yo contengo la respiración.

 

—Un cerdo inmoral.

 

Y ya está. Eso es todo lo que dice, y mi siguiente pregunta, aunque ya sé la respuesta, escapa de mis labios al tiempo que libero el aire contenido.

 

—¿Respondes ante él?

 

Se hace un incómodo silencio y me preparo para la respuesta que sé que está a punto de darme.

 

—Sí, así es.

 

Empieza a dolerme ligeramente la cabeza a causa de todas las preguntas que me surgen y que descarto con demasiada facilidad. Edward responde ante un hombre llamado Aro. No es difícil imaginar de qué clase de personaje se trata si Edward lo teme.

 

—¿Te hará daño?

 

—Conmigo gana mucho dinero, Isabella . No pienses que lo temo, porque no es así.

 

—Y entonces ¿por qué huimos?

 

—Porque necesito tiempo para respirar, para pensar en cuál es la mejor manera de manejar esta situación. Ya te dije que no es tan sencillo dejarlo. Te pedí que confiaras en mí mientras intentaba solucionar esto.

 

—¿Y lo has hecho?

 

—Charlie me ha conseguido un poco de tiempo.

 

—¿Cómo?

 

—Le ha dicho a Aro que él y yo nos hemos cabreado. Que me estaba buscando.

 

Frunzo el ceño.

 

—¿Charlie le dijo a Aro que tú lo habías cabreado?

 

—Tenía que explicar qué hacía en mi apartamento. Charlie y Aro no se llevan demasiado bien, igual que Charlie y yo, como habrás imaginado. —Está siendo sarcástico, y resoplo mi asentimiento—. Aro no debe enterarse de que me he asociado con Charlie; de lo contrario, éste tendrá problemas. No es santo de mi devoción, pero tampoco quiero que Aro vaya a por él, por muy capaz que sea de cuidar de sí mismo.

 

Mi pobre mente se colapsa de nuevo.

 

—¿Y eso en qué lugar nos deja? —pregunto, y mi voz apenas se oye a causa del temor a la respuesta.

 

—Swan cree que es mejor que regrese a Londres, pero yo discrepo.

 

Me desinflo, aliviada. No pienso volver a Londres si va a tener que ocultarme y seguir entreteniendo a esas mujeres hasta que encuentre una salida.

 

Me abraza para infundirme seguridad, como si supiese lo que estoy pensando.

 

—No pienso ir a ninguna parte hasta estar seguro de que no corres ningún peligro.

 

¿Peligro?

 

—¿Sabes quién me seguía?

 

El breve y ensordecedor silencio que se hace como resultado de mi pregunta no apacigua mi creciente inquietud. Edward se limita a observarme mientras la gravedad de nuestra situación me atrapa entre sus terribles garras.

 

—¿Era Aro?

 

Asiente lentamente y el suelo se hunde bajo mis pies.

 

—Sabe que eres la razón por la que quiero dejarlo.

 

Debe de percibir mi pánico, porque suelta el cepillo, me da la vuelta y me ayuda a acomodarme sobre su regazo. Estoy encerrada en «lo que más le gusta», pero hoy no hace que me sienta mejor.

 

—Chist. —Intenta tranquilizarme en vano—. Confía en mí. Yo me encargaré de esto.

 

—¿Qué otra opción tengo? —pregunto. Esto no es una pregunta de selección múltiple. Aquí sólo hay una respuesta.

 

No tengo elección.

Capítulo 4: Capítulo 3 Capítulo 6: Capítulo 5

 
13606887 visitas C C L - Web no oficial de la saga Crepúsculo. Esta obra está bajo licencia de Creative Commons -
 10162 usuarios