Una noche enamorada (3)

Autor: Lily_cullen
Género: + 18
Fecha Creación: 18/06/2018
Fecha Actualización: 13/08/2018
Finalizado: SI
Votos: 1
Comentarios: 3
Visitas: 7029
Capítulos: 27

El desenlace de la historia entre Bella y Edward.

 

Bella nunca antes había conocido el puro deseo. El imponente Edward la ha cautivado, la ha seducido y la adora de formas que nunca había experimentado; conoce sus pensamientos más íntimos y hace todo lo que ella le pide. Él hará cualquier cosa para mantenerla a salvo, aunque para ello tenga que poner en peligro su propia vida. Pero el oscuro pasado de Edward no es lo único que amenaza su futuro juntos… Cuando descubren la verdad sobre el legado de Bella, sale a la luz un inquietante y perturbador paralelismo entre pasado y presente que hace que el mundo de Bella, tal y como lo conoce, se tambalee. Pronto se verá atrapada entre una incontrolable pasión y una peligrosa obsesión que podría destruirlos a los dos…

«Tú eres lo único que veo»

 

Los personajes le pertenecen Stephenie Meyer la historia le pertenece a Joodi Ellen Malpas del libro Una Noche.

 

Actualizaciones: Lunes, miércoles y viernes.

+ Añadir a Favoritos
Leer Comentarios
 


Capítulo 25: Capítulo 24

Penúltimo capítulo...

 

 

—Ven. —Edward me coge en brazos al pie de la escalera pero insisto en apartarlo.

 

—Estás agotado —protesto y me da igual si se enfada—. Puedo subir andando.

 

Subo despacio para que su cuerpo cansado pueda seguirme el ritmo, pero no tarda en cogerme en brazos.

 

—¡Edward!

 

—Vas a dejar que te adore, Isabella —salta—. Eso hará que me encuentre mejor.

 

Me rindo con facilidad. Lo que haga falta.

 

Sus pasos regulares retumban sobre el cemento. Le paso los brazos por los hombros y estudio su cara mientras subimos las diez plantas. No parece estar cansado, respira con normalidad y está tan guapo e impasible como siempre. No puedo quitarle los ojos de encima. Estoy recordando el momento en que me subió por primera vez por la escalera, cuando no sabía nada de este hombre misterioso pero estaba tan fascinada con él que me obsesionaba por completo. Nada ha cambiado. Siempre me tendrá fascinada y todas sus manías me alegran la vida.

 

Para siempre.

 

Hasta el fin de los tiempos.

 

Y más allá.

 

Una vez Edward me dijo que iba derecho al infierno. Que sólo yo podía salvarlo.

 

Los dos hemos estado allí.

 

Y hemos vuelto juntos.

 

Sonrío para mis adentros cuando me mira de reojo y me pilla embobada con él.

 

—¿En qué piensas? —pregunta mientras se concentra de nuevo en llegar a su apartamento.

 

Me deja en el suelo con sumo cuidado, abre la puerta y me invita a pasar. Entro muy despacio y contemplo el interior. No me cuestiono que éste es mi sitio.

 

—Estoy pensando en que me alegro de estar en casa. —Sonrío cuando oigo una exclamación silenciosa de sorpresa, pero no me muevo del sitio. Su apartamento es perfecto y palaciego.

 

—Tampoco es que tengas elección —me contesta fingiendo indiferencia. Sé lo mucho que significa para él.

 

—El bebé necesitará una habitación —lo pincho.

 

Me lo voy a pasar bomba cuando por fin comprenda que los bebés vienen con mucho desorden bajo el brazo. Ahora que ya no tiene que pensar en cosas horribles y deprimentes, no creo que tarde en darse cuenta.

 

—Estoy de acuerdo —se limita a contestar. Sonrío.

 

—Y todo estará siempre lleno de trastos.

 

Esta vez tarda en responder.

 

—Explícate.

 

Me vuelvo para saborear el pánico que le va a entrar sólo de imaginárselo. No puedo ocultar lo mucho que me divierte.

 

—Pañales, pijamas, biberones, leche en polvo, todo en la encimera de tu cocina. —Me muerdo el labio cuando el pánico se intensifica. Se mete las manos en los bolsillos y se relaja para intentar disimularlo. Fracasa miserablemente—. La lista es interminable —añado.

 

Se encoge de hombros con un mohín.

 

—Pero será todo en pequeñito, no creo que cause mucho trastorno.

 

Podría seguir achuchándolo hasta la muerte. Está claro que lo necesita.

 

—¿Estás seguro, Edward?

 

—Bueno, no habrá leche en polvo porque vas a darle el pecho. Y tendremos sitio para guardar todo lo demás. Estás ahogándote en un vaso de agua.

 

—Tu mundo perfecto está a punto de saltar por los aires.

 

Me regala una de sus sonrisas con hoyuelos, se le iluminan los ojos y todo. Le sonrío y se me echa encima, me levanta del suelo y me lleva por el salón pegada a su pecho.

 

—Mi mundo perfecto nunca ha sido tan perfecto y luminoso como ahora, Isabella Taylor. —Me da un beso de película y me río en su boca—. Y todavía va a ser mejor, mi dulce niña.

 

—Estoy de acuerdo. —Me lleva al dormitorio y suelto un gritito cuando me tira en la cama y sus almohadones decorativos salen volando en todas direcciones. Me ha sorprendido, y aún me sorprende más cuando se lanza encima de mí, vestido y todo—. ¿Qué haces? —pregunto entre risas, abriéndome de piernas para que pueda ponerse cómodo.

 

Empieza a tirar de las sábanas de la cama, a sacarlas, a arrugarlas en una bola sin el menor cuidado. Yo grito y me río, asombrada y feliz en cuanto rodamos por la cama y nos enredamos con el algodón blanco.

 

—¡Edward! —Me río y lo pierdo de vista, igual que a la habitación, cuando me quedo enterrada bajo una montaña de tela. Estoy atrapada. Las sábanas se tensan porque intento moverme. Edward se ríe y maldice al tratar de desenredarnos pero sólo consigue liarla más.

 

No sé cuántas vueltas me ha dado. Estoy debajo de él, encima de él, unidos por el lío de sábanas, sin ver nada y muertos de la risa.

 

—¡No puedo salir! —digo haciendo un esfuerzo por liberarme las piernas a patadas—. ¡No puedo moverme!

 

—Cojones —maldice dándonos otra vez la vuelta, pero se equivoca de lado y de repente no hay cama debajo de nosotros.

 

—¡Ay! —grito cuando caemos al suelo con un estrépito. Me río a mandíbula batiente y Edward tira y rebusca entre las sábanas intentando localizarme.

 

—¿Dónde diablos estás? —gruñe.

 

Lo único que veo es algodón. Algodón blanco por todas partes, pero puedo olerlo y sentirlo y cuando me aparta la sábana de la cama con un último taco, también puedo verlo. Me deja sin aliento.

 

—Lo de caerse de la cama empieza a convertirse en una costumbre —susurra dándome un beso de esquimal antes de dejarme tonta con un beso que vale toda una vida de amor y toneladas de exquisito deseo—. Sabes a gloria.

 

Nuestras lenguas bailan con lentitud y nuestras manos exploran sin límites. Tenemos los ojos abiertos, ardientes de pasión. Volvemos a estar solos, Edward y yo, en nuestra pequeña burbuja de felicidad, igual que otras muchas veces antes. Sólo que ahora ya no hay un mundo cruel acechándonos ahí fuera.

 

Se ha acabado.

 

Una noche que se ha convertido en una vida. Bueno, también en mucho más que eso.

 

—Me muero por tus huesos, Edward Masen —musito en su boca y sonrío cuando noto que sus labios se estiran.

 

—Eso me hace muy feliz.

 

Se aparta y realiza una secuencia de movimientos: parpadea despacio, entreabre un poco los labios y me mira con los ojos entornados, intensamente. Es como si supiera que todas y cada una de esas cosas contribuyeron a que me quedara fascinada con él desde el principio y quisiera recordármelas. No hace falta. Cierro los ojos y las veo. Abro los ojos y las veo. Mis sueños y mi realidad se confunden pero ahora todo está bien. Ya no me escondo. Es mío de día, de noche, en sueños y de verdad. Me pertenece.

 

—Me estás arrugando el traje, mi dulce niña. —Lo dice muy serio y suelto una sonora carcajada. Resulta que ahora sólo le preocupa el paño fino—. ¿Qué te hace tanta gracia?

 

—¡Tú! —me parto de risa—. ¡Tú y tú!

 

—Excelente —concluye tajante. Se levanta—. Eso también me hace feliz. —Me coge las manos y me sienta—. Quiero hacer una cosa.

 

—¿Qué?

 

—Calla —me dice ayudándome a que me ponga de pie—. Ven conmigo.

 

Me coge de la nuca y cierro los ojos, saboreando su caricia; el calor que emana de su piel se extiende por mi piel. Desde el cuello hasta la punta de los pies. Estoy inmersa en el calor y la tranquilidad de sus caricias.

 

—Tierra llamando a Isabella —me susurra al oído. Abro los ojos.

 

Sonrío con los ojos entornados y dejo que me conduzca a su estudio. La sensación de paz se multiplica por mil cuando entramos.

 

—¿Qué hacemos aquí?

 

—Una vez alguien me dijo que me resultaría mucho más satisfactorio pintar algo de carne y hueso que me pareciera bello. —Me lleva hasta el sofá, me sienta y me levanta las piernas y las coloca en el sofá a su gusto—. Quiero contrastar esa teoría.

 

—¿Vas a pintarme? —No me lo esperaba. Pinta paisajes y edificios.

 

—Sí —contesta con decisión. Alucino. Coge un caballete y lo pone en el centro del estudio—. Quítate la ropa.

 

—¿Desnuda?

 

—Correcto. —No me mira.

 

Me encojo de hombros.

 

—¿Alguna vez has pintado algo vivo? —pregunto sentándome y quitándome los vaqueros. Lo que quiero saber es si alguna vez ha pintado a alguien. Cuando me mira con ojos sonrientes sé que ha decodificado la pregunta y que sabe exactamente a qué me refiero.

 

—Nunca he pintado a una persona, Isabella.

 

Intento que no se note que es un gran alivio pero mi cara no coopera y sonrío de oreja a oreja sin querer.

 

—¿Está mal que eso me complazca enormemente?

 

—No. —Se echa a reír. Coge un lienzo en blanco que estaba apoyado en la pared y lo coloca en el caballete.

 

Estoy hablando con él por encima del respaldo del sofá, que está de cara a la ventana, lejos de lo demás. ¿Cómo va a pintarme si no puede verme?

 

Cuando viene me estoy quitando la camiseta, esperando a que le dé la vuelta al sofá para tenerlo de cara, pero no. Me ayuda a sacarme la ropa interior, despacio, y se pelea con mi cuerpo hasta que me quedo sentada en el respaldo de este mamotreto y los pies en el asiento. Estoy de espaldas a la habitación, mirando el espectacular cielo de Londres. Sólo las luces de los edificios lo iluminan.

 

—¿No sería mejor hacerlo de día? —pregunto. Dejo caer el pelo por los hombros y coloco las manos en el sofá, junto a mis caderas—. Así verás mejor los edificios.

 

Me estremezco cuando el calor de su aliento me roza la piel, seguido de sus labios. Me besa en la espalda, un hombro, la columna, y el hueco de detrás de la oreja.

 

—Si hubiera luz tú no serías el tema principal.

 

Me coge la cabeza y la vuelve hasta que veo sus ojos azules.

 

—Tú eres lo único que veo. —Me besa con ternura y me relajo con los atentos movimientos de sus labios—. De día o de noche, tú eres lo único que veo.

 

No digo nada. Permito que me colme de besos. Me vuelve la cara hacia el ventanal y me deja sentada en el respaldo del sofá, desnuda y sin una pizca de vergüenza. Intento admirar el paisaje de Londres de noche, en el que normalmente me pierdo con facilidad, pero me distrae demasiado el oírlo trabajar detrás de mí. Echo un vistazo por encima del hombro. Está cogiendo pinceles y pintura, un poco agachado, con el mechón rebelde haciendo de las suyas. Sonrío cuando sopla para apartárselo de la frente; no puede hacerlo con las manos porque las tiene llenas de utensilios. Ordena todo lo que necesita, se quita la chaqueta y se sube las mangas de la camisa. Pero todo lo demás sigue en su sitio: el chaleco, la corbata…

 

—¿Vas a ponerte a pintar con el traje nuevo puesto? —pregunto mientras arregla botes y pinturas. Eso sí que sería una novedad.

 

—Tampoco es para tanto. —No me presta atención, sigue preparándose para la sesión de pintura—. Mírate el hombro izquierdo.

 

Frunzo el ceño.

 

—¿Que me mire el hombro izquierdo?

 

—Sí.

 

Se acerca y moja el pincel en pintura roja. Lo sigo con la mirada hasta que lo tengo justo detrás. Coge el pincel de punta fina y lo lleva a mi hombro. Escribe dos palabras.

 

TE QUIERO.

 

—Aún no te lo he escrito en el izquierdo. No pierdas de vista esas palabras.

 

Me besa la cara sonriente y se va otra vez. Pero no lo miro porque no pierdo de vista esas palabras. Son aún más bonitas que el paisaje de Londres.

 

No me muevo más que para pestañear. Veo cómo se mueve con el rabillo del ojo pero no le veo la cara y eso me molesta un poco. Lo que está haciendo lo relaja y me alegro de serle de ayuda. Los segundos se convierten en minutos y los minutos en horas. Soy una estatua y aprovecho este momento de quietud para pensar en todo por lo que hemos pasado y en lo que nos deparará el futuro.

 

Un futuro que incluye a nuestro bebé, a mi madre y a mi padre. No hay lugar para el resentimiento. Empezaremos nuestra nueva vida sin problemas. Impoluta y perfecta. Mi mente está libre de cosas malas y así será nuestra vida. Ahora mismo sólo siento una paz absoluta. Respiro hondo, tranquila, serena y sonrío para mis adentros.

 

—Tierra llamando a Isabella. —Su tono fluido atraviesa mi felicidad y me excita.

 

Siento el cosquilleo de su proximidad en la piel desnuda. Levanto la vista y lo veo detrás de mí, sigue inmaculado. No le ha caído ni una gota de pintura.

 

—¿Estabas pensando en mí? —Apoya las manos limpias en mis caderas y mi espalda contra su pecho, envolviéndome en tela cara.

 

—Sí. —Le cojo las manos, estoy un poco entumecida—. ¿Cuánto tiempo llevo así?

 

—Un par de horas.

 

—Se me ha dormido el trasero. —Del todo, e imagino que las piernas también. Me va a doler cuando me levante.

 

—Ven. —Me levanta y me deja en el suelo, sin soltarme, por si no me tengo en pie—. ¿Te duele? —Me masajea el culo para intentar devolverle la vida.

 

—Sólo se me ha dormido.

 

Me sujeto a sus hombros mientras se toma su tiempo masajeándome, hasta que llega a mi vientre y cesan los movimientos circulares. Mira hacia abajo pero no dice nada durante mucho mucho tiempo. Lo dejo tranquilo, feliz de que me esté mirando.

 

—¿Crees que nuestro hijo será perfecto? —pregunta muy preocupado. Me hace sonreír.

 

—En todos los sentidos —le digo, porque sé que será… igualito a Edward—. ¿Hijo?

 

Me mira, le brillan los ojos de felicidad.

 

—Presiento que será niño.

 

—¿Cómo es que estás tan seguro?

 

Menea un poco la cabeza, no muy dispuesto a satisfacer mi curiosidad.

 

—Simplemente lo sé.

 

Está mintiendo. Lo cojo de la barbilla y lo obligo a mirarme a la cara.

 

—Explícate.

 

Intenta cerrar los ojos pero le brillan demasiado.

 

—Lo he soñado —dice acariciándome el pelo. Juega con él, recoloca algunos mechones aquí y allá—. Me he permitido soñar con lo imposible, como hice contigo. Y ahora te tengo a ti.

 

Relajo los hombros. Estoy tranquila, contenta. Me cubre la boca con la suya.

 

Va a adorarme.

 

Lentamente, con ternura, al estilo perfecto de Edward.

 

—Necesito hacerte el amor, Isabella —masculla en mi boca. Desliza los labios por mi mejilla, mi oído y mi pelo—. Agáchate. —Me coge de la cintura y da un par de pasos atrás, tirando de mis caderas—. Pon las manos en el sofá.

 

Asiento y me sujeto al respaldo del viejo sofá. Se desabrocha los pantalones. No está preparado para perder el tiempo desnudándose y me parece bien. Yo estoy como mi madre me trajo al mundo y Edward está completamente vestido, pero siento que así es mucho más poderoso y ahora mismo necesita sentirse poderoso.

 

—¿Estás lista para mí? —pregunta metiendo los dedos entre mis muslos y sumergiéndolos en mis jugos calientes. Lo invito a entrar, se lo suplico. Gruño mi respuesta, que la verdad es que sobra. Estoy chorreando—. Siempre estás lista para mí —susurra besándome la columna antes de lamerme el cuello. Sabe cómo me siento cuando no me deja verle la cara.

 

Respiro sumida en el placer y hago lo que me pide. Vuelvo la cara para que me vea de perfil y así poder perderme en él. No me preocupa no verle el pecho desnudo, me basta con su cara.

 

—Mejor. —Saca los dedos y me siento vacía y estafada, pero no por mucho tiempo. Los reemplaza con la punta de su polla jugando con mi entrada, humedeciéndome toda. Gimoteo y meneo la cabeza, suplicante. Sabe lo que quiero—. No deseo hacerte esperar, mi dulce niña.

 

Me la mete con un profundo gemido y echa la cabeza hacia atrás sin dejar de mirarme a los ojos.

 

Clavo las uñas al sofá y tenso los brazos. Irrumpe en mí sin tener en consideración el daño que puede hacerme.

 

—¡Mierda!

 

—Calla —dice con voz gutural, le tiemblan las caderas—. Esto es una gozada.

 

Sale de mi interior, temblando, y de inmediato se mete y con las caderas dibuja círculos contra mi culo.

 

Me falla la respiración.

 

—Me encanta ese sonido. —La saca otra vez y me embiste de nuevo. No paro de gemir y de jadear—. No sabes lo mucho que me gusta.

 

—Edward —resoplo intentando no moverme por él. Me abro de piernas para darle mejor acceso—. ¡Dios, Edward!

 

—Te gusta, ¿verdad?

 

—Sí.

 

—¿El mejor?

 

—¡Dios, sí!

 

—Estoy de acuerdo, dulce niña. —Está en racha, ha encontrado el ritmo perfecto. Entra, sale, meneo y otra vez igual—. Me voy a tomar mi tiempo contigo —me promete—. Toda… la… noche.

 

Me parece bien. Quiero estar pegada a él para siempre.

 

—Empezamos aquí. —Me la mete hasta el fondo, grito y me echo hacia adelante para disfrutar de la sensación—. Luego voy a hacértelo contra la nevera. —La saca, coge aire. Su pecho se expande bajo la camisa y el chaleco—. En la ducha. —Adentro otra vez—. En la mesa del estudio. —Mueve las caderas contra mi culo, me pongo de puntillas y gimo—. En mi cama.

 

—Por favor —le suplico.

 

—En el sofá.

 

—¡Edward!

 

—En la mesa de la cocina.

 

—¡Me corro!

 

—En el suelo.

 

—¡Dios!

 

—Vas a ser mía en todas partes.

 

«¡Bang!»

 

—¡Aaaaah!

 

—¿Quieres correrte?

 

—¡Sí! —Y cuanto antes. Estoy sudando y temblando. Cojo aire a grandes bocanadas y tenso todos los músculos de mi cuerpo. Quiero ese orgasmo que está a punto de estallar en mi interior. Va a ser de los gordos. Va a hacer que me cedan las piernas y me quede afónica de tanto gritar—. ¡Me corro! —grito a sabiendas de que no hay forma de pararlo.

 

—Quiero verte los ojos —me avisa, sabe que me tiene enloquecida—. No los escondas de mí, Isabella.

 

Rota las caderas sin parar, cada vez con más precisión. Es imposible comprender lo bien que se mueve y lleva el ritmo a menos que te someta a sus habilidades. Y a mí me tiene bien sometida. Lo comprendo del todo. Va a hacerme sentir eufórica y feliz, a dejarme la mente en blanco. Si pudiera, gritaría. Trago saliva cuando noto que palpita y se agranda en mi interior. Maldice. Él también está a punto.

 

—Necesito que nos corramos juntos. —Jadea aumentando el ritmo, chocando contra mi culo, clavándome los dedos en la cintura—. ¿De acuerdo?

 

Asiento. Entorna los ojos y me atrae hacia sí con fuerza.

 

Se me nubla la mente, una oleada de placer inunda mi cuerpo como un maremoto y casi me caigo al suelo.

 

—¡Edward! —grito. He recuperado la voz—. ¡Edward, Edward, Edward!

 

—¡Joder, joder, joder! —brama estremeciéndose mientras tira de mí y me baja la espalda. Está temblando y tiene los ojos cerrados. Dejo caer la cabeza, agotada, sintiendo cómo me chorrea por las piernas y me calienta. Me completa—. Dios, Isabella. Eres una diosa.

 

Se desploma; la tela de su traje caro se empapa con el sudor de mi espalda. Respira entrecortadamente en mi cuello.

 

Estamos molidos, intentando recobrar el aliento. Me pesan los párpados pero sé que no va a dejarme dormir.

 

—Voy a adorarte toda la noche. —Se despega de mi espalda desnuda y me vuelve en sus brazos. Me seca el sudor de la cara y me colma de besos—. A la nevera —susurra.

Capítulo 24: Capítulo 23 Capítulo 26: Capítulo 25

 
13606893 visitas C C L - Web no oficial de la saga Crepúsculo. Esta obra está bajo licencia de Creative Commons -
 10170 usuarios