Una noche enamorada (3)

Autor: Lily_cullen
Género: + 18
Fecha Creación: 18/06/2018
Fecha Actualización: 13/08/2018
Finalizado: SI
Votos: 1
Comentarios: 3
Visitas: 7030
Capítulos: 27

El desenlace de la historia entre Bella y Edward.

 

Bella nunca antes había conocido el puro deseo. El imponente Edward la ha cautivado, la ha seducido y la adora de formas que nunca había experimentado; conoce sus pensamientos más íntimos y hace todo lo que ella le pide. Él hará cualquier cosa para mantenerla a salvo, aunque para ello tenga que poner en peligro su propia vida. Pero el oscuro pasado de Edward no es lo único que amenaza su futuro juntos… Cuando descubren la verdad sobre el legado de Bella, sale a la luz un inquietante y perturbador paralelismo entre pasado y presente que hace que el mundo de Bella, tal y como lo conoce, se tambalee. Pronto se verá atrapada entre una incontrolable pasión y una peligrosa obsesión que podría destruirlos a los dos…

«Tú eres lo único que veo»

 

Los personajes le pertenecen Stephenie Meyer la historia le pertenece a Joodi Ellen Malpas del libro Una Noche.

 

Actualizaciones: Lunes, miércoles y viernes.

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Capítulo 23: Capítulo 22

—¡No! —Los ojos se me llenan de lágrimas y me tapo la boca con las manos—. Edward, no. No, no, no.

 

Alguien lo mete en la habitación de un empujón y cierra la puerta. Y ahí se queda, de pie y en silencio. No se oye nada, ni siquiera cuando se ha cerrado la puerta. Intento cerrar los ojos, no quiero ver más, pero es como si una palanca me los mantuviera abiertos, no hay escapatoria. No puedo pensar.

 

«El mando. Busca el mando. Apágalo. ¡No mires!»

 

Pero miro. Me quedo sentada como una estatua, petrificada, lo único que me funciona son los ojos y la cabeza. Mi cerebro me ordena que busque la manera de ponerle fin a esto, no sólo ahora, sino también entonces. Se pone de rodillas. Creo que estoy teniendo una experiencia extracorpórea. Me veo sentada a su lado, gritando. Edward agacha la cabeza y ahogo un chillido al ver aparecer a un hombre por la esquina inferior, de espaldas a la cámara. Empiezo a sollozar cuando agarra a Edward del cuello. Va bien vestido, es alto, lleva un traje negro. No puedo vérsela, pero conozco exactamente la expresión de su cara. Superioridad. Poder. Arrogancia de la peor especie.

 

Sigo torturándome a mí misma. Diciéndome que esto no es nada comparado con lo que está soportando mi amor. El desconocido sigue teniendo a Edward cogido del cuello y se quita el cinturón de un tirón. Sé lo que viene a continuación.

 

—Hijo de puta —susurro poniéndome en pie.

 

Se pone cómodo. Con la otra mano coge la cara de Edward y aprieta hasta que lo obliga a abrir la boca. Luego se la mete hasta el fondo y empieza a embestirlo como un demente. Me muerdo el labio mientras veo cómo violan a Edward, mi hombre fuerte y poderoso, de la peor manera posible. Sigue y sigue. Por muchas lágrimas que derrame, por mucho que solloce con toda el alma, no puedo evitar el horror de lo que está ocurriendo ante mis ojos. Se me revuelve el estómago cuando el extraño echa la cabeza hacia atrás y aminora el ritmo, moviéndola en círculos en la boca de Edward como si fuera lo más normal. Creo que voy a vomitar cuando veo a Edward tragar. Luego, como si nada hubiera pasado, se sube la bragueta, aparta a Edward de un empujón y se va.

 

Suspiro con todo mi ser hasta que me quedo sin aire en los pulmones cuando veo a Edward inmóvil en el suelo, sin la menor indicación de lo que pasa por su cabeza. Ahora entiendo por qué es tan cuidadoso cuando se la chupo y por qué en Nueva York reaccionó con tanta violencia el día en que decidí despertarlo con una mamada. Estoy temblando de rabia, de pena, de todas las emociones posibles, y es todo por él. Lloro y me sorbo los mocos, animándolo a que se levante y se vaya.

 

—Vete —le suplico—. Sal de ahí.

 

Pero no lo hace. No hace nada. Sólo se mueve cuando aparece otro hombre por el mismo rincón que el primero. Esta otra vez de rodillas.

 

—¡No! —grito al ver acercarse al hombre, también vestido de traje, como un depredador—. ¡Edward, no! ¡No, por favor!

 

El hombre repite la misma secuencia de movimientos que el anterior, sólo que éste acaricia la mejilla de Edward. Vuelvo a taparme la boca con las manos para contener el vómito. Empieza a desabrocharse los pantalones.

 

—¡No!

 

Busco el mando a distancia. No puedo ver más. Mis manos trabajan como locas, lanzando cojines y almohadones por todas partes.

 

—¡¿Dónde se ha metido?! —grito empezando a sudar. Estoy agotada y desesperada por poner fin a lo que está ocurriendo en la pantalla que tengo a mis espaldas. Me agacho y busco por el suelo. Está debajo de la mesa. Me arrodillo, lo cojo y me doy la vuelta para apagarlo pero mis dedos no aprietan el botón. Se quedan justo encima, temblando mientras con los ojos muy abiertos veo a Edward arrancarse la venda de los ojos.

 

Me atraganto, el corazón se me va a salir del pecho, me late con tanta fuerza que me caigo de culo. Puedo verle los ojos. No hay nada. Están vacíos. Oscuros.

 

Me suenan.

 

El hombre se tambalea y da un paso atrás, sorprendido, abrochándose los pantalones a toda velocidad mientras Edward se levanta. El peligro mana de cada uno de los poros de su piel desnuda. Ha dicho que mató a un hombre. A este hombre. No noto los brazos, ni los dedos. Sé lo que va a pasar y ni siquiera soy capaz de sentirme mal por la alegría sádica que voy a tener al verlo. En el vídeo Edward no está tan cuadrado y musculoso como ahora, pero habría que ser muy tonto para subestimar la violencia animal que desprende su ser. Da un paso adelante, impasible, sin el menor rastro de ira o emoción. Parece estar perfectamente bajo control. Es un robot. Una máquina. Es letal.

 

Lentamente, consigo levantarme. Lo animo en silencio.

 

El hombre levanta las manos para defenderse cuando los músculos de Edward se tensan, listos para abalanzarse sobre él…

 

Y entonces la pantalla se queda en blanco.

 

Trago saliva y aprieto el «Play» sin parar. ¿Ya está? Necesito ver cómo lo destroza. Necesito ver que se vengó.

 

—¡Funciona de una vez! —grito, pero después de apretar el botón hasta desgastarlo me doy por vencida—. ¡Que te den! —chillo tirando el mando a la otra punta de la habitación con todas mis fuerzas. Ni siquiera parpadeo cuando se estampa contra uno de los cuadros de Edward y hace añicos el cristal que protegía el lienzo. Me doy la vuelta, temblando y sollozando.

 

Me siento estafada.

 

—Edward —exhalo. Echo a correr por el apartamento como alma que lleva el diablo y luego atravieso el pasillo que lleva a su estudio.

 

Entro como una exhalación y me paro a buscarlo. Está sentado en la punta del sofá desvencijado, con los codos apoyados en las rodillas y la cara entre las manos. Pero no tardan en aparecer unos sorprendidos ojos azules. Están vivos. Resplandecen y brillan, nada que ver con los del vídeo y nada que ver con cómo eran cuando nos conocimos. Todo ha cambiado mucho desde que nos encontramos el uno al otro y prefiero caminar por las brasas del infierno que perderlo todo. Un sollozo desgarrador puede más que mi enfado y echo a correr hacia él con los ojos llenos de lágrimas. Casi ni lo veo ponerse de pie.

 

—¿Isabella?

 

Vacilante, da un paso adelante con el ceño fruncido. No puede creerse que siga aquí.

 

Me lanzo a sus brazos. Nuestros cuerpos desnudos chocan y estoy segura de que me habría hecho daño de no ser porque mis terminaciones nerviosas ya están bastante doloridas.

 

—Me tienes fascinada —sollozo agarrada a su cuello, fundiéndome con él.

 

Edward acepta mi abrazo de oso y me abraza igual de fuerte, o puede que más. Me aprieta tanto que no puedo ni respirar, pero lo mismo da. No pienso soltarlo nunca.

 

—Yo también te quiero —susurra escondiendo la cabeza en mi cuello—. Te quiero muchísimo, Isabella.

 

Cierro los ojos y la ansiedad del horror de lo que acabo de ver desaparece con lo que más nos gusta.

 

—Quería verte hacerlo —confieso, sea sensato o no. Necesito ser parte del rompecabezas. O puede que sólo necesite asegurarme de que de verdad mató a ese cabrón hijo del mal.

 

—Lo tiene Aro.

 

No afloja su abrazo, y me parece bien porque no quiero que lo haga. Podría estrujarme aún más fuerte y no protestaría.

 

Empiezo a tranquilizarme y a pensar con más claridad.

 

—Se la entregará a la policía.

 

Edward asiente levemente en mi cuello.

 

—Si no hago lo que él quiere.

 

—Y no vas a hacer lo que él quiere, ¿verdad?

 

—No, Isabella. No podría hacerte eso. No podría volver a mirarme al espejo.

 

—¿Y podrás vivir con las manos manchadas de sangre?

 

—Sí —dice con rapidez y decisión antes de despegarme de su cuerpo y mirarme detenidamente—. Porque la alternativa es mancharme las manos con tu sangre.

 

Me quedo sin aliento pero Edward sigue hablando. Así no tengo que buscar las palabras. No hay palabras. Sé, con total seguridad, que no hay nada que yo pueda hacer para evitar que Edward mate a Aro.

 

—No siento ningún remordimiento por lo que le hice a aquel hombre. Aún tendré menos con Aro. Pero si te ocurriera algo, jamás podría permitírmelo.

 

Cierro los ojos. La sinceridad de sus palabras me duele y por fin me permito pensar en lo que le hicieron. En el vídeo era muy joven. Como si el pobre no hubiera sufrido bastante. ¿Cuándo fue? ¿Cuántas veces antes de que se rebelara? ¿Fue Aro quien lo organizó todo? Sin duda. Y ahora quiere entregárselo a una rusa que sólo quiere volver a humillarlo. De eso nada.

 

—Tengo que contestar —dice Edward cuando suena el teléfono.

 

Me coge en brazos y me lleva a la cocina. No me suelta. Agarra el teléfono con una mano y a mí con la otra.

 

—Masen.

 

Apoya el culo en la mesa y me deja entre sus muslos. Sigo pegada a su pecho pero no protesta ni me pide que lo deje solo.

 

—¿Está ahí?

 

Oigo claramente la voz enfadada de Charlie. Normal, tengo la cara pegada a una de las mejillas de Edward y él tiene el móvil en la otra.

 

—Sí, está aquí.

 

—Acabo de recibir una llamada —dice Charlie.

 

—¿De quién?

 

—Aro.

 

Me entra el pánico en cuanto oigo su nombre. ¿Por qué habrá llamado a Charlie? Son enemigos.

 

—Entonces ¿ya sabe con seguridad que estoy durmiendo con el enemigo? —Hay un toque de ironía en la pregunta de Edward.

 

—Masen, tiene copias del vídeo.

 

Se me cae el alma a los pies. Sé que Edward lo ha notado porque me abraza más fuerte.

 

—A ver si lo adivino. Si le ocurre algo, hay otras dos personas con copias del vídeo e instrucciones de lo que deben hacer con él.

 

Larga pausa. Me imagino a Charlie frotándose las sienes grises.

 

—¿Cómo lo sabes?

 

—Irina me lo dijo. También me dijo que había destruido todas las copias.

 

La exclamación de sorpresa que viaja a través de la línea telefónica me pone la piel de gallina.

 

—No. —Charlie casi parece estar a la defensiva—. ¿Y tú la creíste?

 

—Sí.

 

—Edward —dice Charlie usando su nombre de pila—. Aro es intocable.

 

—Parece casi como si no quisieras que lo matara.

 

—Joder —dice Charlie con un suspiro.

 

—Adiós.

 

Edward deja el teléfono encima de la mesa sin ningún cuidado y me rodea con el brazo.

 

—Charlie… —musito contra su cuello, sin comprender del todo la conversación de hace unos segundos—, ¿sabe lo que hay en el vídeo?

 

—Supongo que se lo imaginaba. Aro se lo habrá confirmado. Siempre ha habido rumores sobre una noche en el Templo en la que acabé matando a un hombre, pero eso era todo. Nadie estaba al corriente de las circunstancias exactas y nadie sabía si era verdad. Es como el secreto mejor guardado del inframundo de Londres.

 

Edward intenta separarme un poco de él. Llevamos tanto tiempo pegados que es como si me estuvieran quitando una escayola. Protesto un poco, luego gruño pero él se limita a sonreírme con cariño. No sé a qué viene esa sonrisa, no tiene nada de gracioso. Me acaricia tímidamente la frente y me recoge el pelo detrás de la oreja.

 

—Me sorprende que aún no te hayas esfumado, mi dulce niña.

 

Sonrío un poco, buscando su cara.

 

—Me sorprende que tengas el culo desnudo en la mesa del comedor.

 

Intenta poner cara de ofendido.

 

—Gracias a mi preciosa novia, mi mesa de comedor no podría estar más sucia. —Se detiene para pensar algo—. ¿Sigues siendo mi novia?

 

No es nada apropiado pero no puedo evitar sonreírle como una boba a mi bello amado.

 

—¿Sigues siendo mi novio?

 

—No. —Menea la cabeza, me coge las manos, se las lleva a la boca y me besa los anillos y los nudillos—. Soy tu esclavo, mi dulce niña. Vivo y respiro sólo por ti.

 

Hago un mohín mirando sus rizos oscuros y sus labios carnosos que colman mis manos de besos. No me gusta la palabra esclavo y menos aún después de lo que acabo de ver.

 

—Prefiero novio. O amante. —Cualquier cosa menos esclavo.

 

—Como quieras.

 

—Eso quiero.

 

Levanta la cabeza hasta que estamos cara a cara y estudia detenidamente mis ojos. Siento que se está alimentando de la luz que dice haber encontrado en ellos.

 

—Haría cualquier cosa por ti —susurra—. Cualquier cosa.

 

Asiento. Me mira tan fijamente que me arden las pupilas.

 

—Lo sé. —Me lo ha demostrado—. Pero no puedes ir a la cárcel.

 

No puede luchar por su libertad para acabar entre rejas. Esa posibilidad es inaceptable. Sólo lo vería una vez a la semana… Por mucho que sea no sería bastante.

 

—No podría vivir un solo día sin perderme en ti, Isabella Taylor. No es una opción.

 

Qué alivio.

 

—¿Y ahora qué?

 

Me acuna antes de soltarme y secarse las mejillas. Se lo ve decidido y, aunque debería tranquilizarme, en realidad me pone de los nervios.

 

—Escucha con atención. —Me pone las manos en los hombros para que no me mueva. Se me acelera el pulso—. Aro cree que me tiene acorralado. Cree que voy a acudir a esa cita y que confío en que cumplirá su parte del trato. Y por si tienes la más mínima duda, quiero que sepas que nunca ha tenido intención de cumplir con la mía. —Me da un golpecito en la sien y arqueo las cejas.

 

No me gusta el cariz que está tomando esto. Edward está demasiado decidido y veo claramente que trata de convencerme a mí también. No sé si eso es posible.

 

—¿Qué estás intentando decirme?

 

—Que voy a ir al Templo. He aceptado la oferta de Aro y…

 

—¡No! No quiero ni imaginarte con ella.

 

Sé que ése es el menor de nuestros problemas, pero me estoy volviendo más posesiva cada segundo que pasa. No puedo controlarlo.

 

—Calla —me corta tapándome la boca con un dedo—. Creo haberte dicho que escuches con atención.

 

—¡Eso hago! —Me estoy volviendo loca—. Y no me gusta lo que oigo.

 

—Isabella, por favor. —Me agita un poco los hombros—. Tengo que acudir a esa cita. Es el único modo de entrar en el Templo y acercarme a Aro. No voy a tocar a esa mujer.

 

Acercarse a Aro. Abro unos ojos como platos.

 

—Entonces ¿de verdad vas a matarlo?

 

No sé por qué lo pregunto. Se lo ha dicho a Charlie. Yo misma lo he oído pero creía que iba a despertarme. Ésta es la pesadilla más larga de la historia.

 

—Tienes que ser fuerte por mí, Isabella. —Me sujeta con tanta fuerza que casi me hace daño. Me besa en la frente y suspira—. Confía en mí.

 

La mirada de súplica de Edward me asusta y entonces las imágenes repugnantes que acabo de ver se repiten en mi mente. Tardo un segundo en recordar las ganas que tenía de ver a Edward haciendo pedazos a ese hombre. Saber que había hecho justicia. Quiero que todo esto acabe. Quiero que Edward sea mío. Ahora entiendo las palabras de Edward:

 

«Tú posees todas y cada una de las partes de mi ser, Isabella Taylor. Te imploro clemencia por todas las cosas que he hecho y que haré mal. Sólo conseguiré salir de este infierno con la ayuda de tu amor».

 

—Está bien.

 

No me sorprende lo poco que me ha costado aceptar. Es una decisión fácil. De repente yo también estoy decidida. Estoy cuerda y sé lo que hay que hacer.

 

Quiero librarme de estas cadenas invisibles, porque yo también estoy encadenada. Pero más que nada, quiero que Edward sea libre. Libre de todo. Que pueda decidir a quién pertenece. Nunca será mío hasta que todo esto haya terminado. No más intromisiones. Se acabó vivir al borde del abismo. Nuestros pasados serán lo que tienen que ser: pasado.

 

—Hazlo —le susurro—. Aquí me tienes. Siempre.

 

Se le llenan los ojos de lágrimas y le tiembla la barbilla. Creo que yo también voy a llorar.

 

—No llores —le suplico acercándome a su pecho y rodeándome la cintura con sus brazos—. Por favor, no llores.

 

—Gracias —dice con la voz entrecortada mientras me abraza con fuerza—. No creo que pueda quererte más.

 

—A mí también me tienes fascinada. —Sonrío, triste, planeando qué voy a hacer mientras él cumple su promesa de matar a Aro.

 

¿Puede uno morir una noche y volver después a la vida?

 

 

 

Cuando por fin dejamos de abrazarnos, Edward coge el teléfono y sale de la cocina a hacer unas llamadas.

 

Mientras, doy vueltas buscando algo que hacer, algo que limpiar u ordenar. Nada. Suspiro, harta, cojo una bayeta de cocina y me pongo a limpiar gotas de agua inexistentes del fregadero. Repaso los mismos sitios una y otra vez, frotando el acero inoxidable hasta que parece un espejo. Mi reflejo es horrible, así que sigo frotando.

 

Paro.

 

Bang…

 

Me doy la vuelta muy despacio, bayeta en mano, apoyándome en el fregadero. Está en la puerta, reclinado contra el marco y dándole vueltas al móvil en la mano.

 

—¿Todo bien? —pregunto doblando la bayeta y volviéndome para guardarla en su sitio. Creo que es mejor que actúe con normalidad. Qué tontería he pensado. No tengo ni idea de qué es eso de ser normal.

 

Como no contesta, me doy la vuelta mordiéndome el labio, nerviosa.

 

—Ya está preparado. —Se refiere a la supuesta cita.

 

Asiento levemente, dándole vueltas a mi anillo.

 

—¿Cuándo?

 

—Esta noche.

 

—¿Esta noche? —¿Tan pronto? No me lo esperaba.

 

—Hay un evento en el Templo. Estoy obligado a acompañarla.

 

—Ya. —Trago saliva y asiento con determinación—. ¿Qué hora es?

 

—Las seis.

 

—¿A qué hora…? —Me yergo y respiro hondo—. ¿A qué hora es la cita? —Esas palabras me dan ganas de vomitar.

 

—A las ocho —responde sin decir más y sin apartar su fría mirada azul de mi falsa expresión de valentía.

 

—Tenemos dos horas para prepararte —le digo.

 

—¿Los dos?

 

—Sí, voy a ayudarte.

 

Voy a bañarlo, a afeitarlo, a vestirlo y a darle un beso de despedida, igual que cualquier mujer que manda a su novio a trabajar. Es un día más en la oficina, eso es todo.

 

—Isabella, yo…

 

—No intentes impedírmelo, Edward —le advierto aproximándome y cogiéndole la mano. Quiere que sea fuerte—. Vamos a hacerlo a mi manera. —Lo acerco al altavoz del móvil y busco una canción alegre—. Perfecta —proclamo poniendo la elegida.

 

Diamonds de Rihanna empieza a sonar y me vuelvo con una sonrisa tímida. Edward también sonríe de un modo adorable y me encanta.

 

—Sí que lo es.

 

Empiezo a llevarlo al dormitorio pero me para.

 

—Espera.

 

Freno de mala gana. Sólo quiero concentrarme en arreglarlo.

 

—Antes de que hagamos las cosas a tu manera —dice cogiéndome en brazos—, vamos a hacerlas a la mía.

 

Está en movimiento antes de que pueda chistar. Me lleva al dormitorio, me coloca con cuidado en la cama, como si fuera el objeto más delicado del universo, y se sienta al borde, apoyando una mano para poder estar encima de mí.

 

—Tienes que ser mía una vez más.

 

Aprieto los labios y procuro contener mis emociones. Quiere decir una vez más antes de irse a asesinar a alguien. La yema de su dedo se posa un instante en mi labio inferior y me observa con atención. Luego me acaricia la barbilla, el cuello y un pecho. Todas mis terminaciones nerviosas se encienden como bengalas bajo su suave caricia. Los pezones se me ponen duros, suplican sus atenciones. No se las niega. Sin dejar de mirarme, se mete uno en la boca y lo roza con la lengua antes de mordisquearle la punta. Arqueo la espalda y lucho para no mover los brazos. Coge la otra teta con la mano, reclamando lo que es suyo, moldeándolo y masajeándolo mientras dibuja círculos con la lengua en el otro pezón. Me revuelvo en la cama, me tiemblan las piernas y levanto las rodillas hasta que tengo las plantas de los pies sobre la cama.

 

Está siendo supertierno, nada que ver con nuestro polvo de antes. Creo que no se trata sólo de hacerme suya una vez más. Quiere reponer fuerzas.

 

—¿Bien? —pregunta antes de llenarse la boca con mi pecho y chuparlo con delicadeza.

 

—Sí. —Gimo de placer y noto cómo la presión en mi entrepierna se intensifica. Mis brazos cobran vida y mis manos buscan la suavidad de sus rizos. Lame, acaricia, chupa y mordisquea con precisión mientras yo lo sujeto por la nuca, siguiendo sus movimientos más que indicándole dónde le quiero en mi pecho.

 

—Sabes a gloria bendita, Bella —musita, besándome la areola y el ombligo. Cierro los ojos, estoy en el cielo, disfrutando de cada precioso segundo con él, de sus besos, de sus caricias y de su adoración. Sus labios están en todas partes y me hacen gemir y suspirar. Me muerde, me colma de besos y por un instante consigue hacerme olvidar nuestro futuro inmediato.

 

Contengo la respiración cuando su mano desciende a mi entrepierna, mi piel suave, húmeda y sensible le suplica que se aventure por ella. Gimo. Ladeo la cabeza y le comunico mis deseos en silencio tirándole del pelo de la nuca. Quiero su boca ahí.

 

Con el pulgar hace círculos en mi clítoris sin dejar de besarme el vientre. Es un roce delicioso que consigue que me tense y contenga la respiración.

 

—Siempre estás lista para recibirme.

 

Suspiro y lo dejo mimarme a su gusto. La sensación en la entrepierna se vuelve más intensa y mi respiración, entrecortada. Intento no gemir para poder oír los sonidos placenteros que emite Edward.

 

—Quiero que te corras así primero. —Me mete los dedos y mis músculos avariciosos los aprietan con todas sus fuerzas—. Luego te voy a hacer el amor muy en serio.

 

—Siempre me haces el amor muy en serio —musito llevándome las manos a la cabeza y cogiéndome con fuerza el cuero cabelludo. Levanto las caderas por instinto, siguiéndole el ritmo.

 

—Y es lo mejor del mundo. —Dobla los dedos dentro de mí y trago saliva—. El modo en que te brillan los ojos cuando vas a correrte y los jadeos entrecortados con los que intentas controlarlo. —Sigue con los círculos, aplicando más presión hasta que me levanto de la cama—. No hay nada comparable a ver cómo estallas debajo de mí.

 

Estoy a punto de estallar.

 

—¿Estás lista? —pregunta con ternura, bajando la cabeza para soplar en mi entrepierna al rojo vivo. Me lleva al borde del abismo. Me tiro del pelo con fuerza y me agarro a sus dedos mientras me los mete y hace círculos en mi interior.

 

—Aaaah —jadeo meneando la cabeza de un lado a otro—. Edward, necesito correrme.

 

La sangre se me sube a la cabeza e intento controlar la respiración. Grito cuando su boca toma mi clítoris, sus dedos penetrándome despacio. Empiezo a temblar sin control.

 

—¡Edward!

 

Saca los dedos y rápidamente se coloca entre mis muslos y me abre de piernas. Me pongo rígida y es posible que hasta le pegue sin querer con las caderas, pero es que el orgasmo se ha apoderado de mí. El calor húmedo de su boca chupándome me lleva con delicadeza al éxtasis y dejo escapar una larga bocanada de aire. Me derrito en la cama. Palpito contra su lengua, larga y firme, cojo aire de vez en cuando y muevo las caderas en círculo contra su boca.

 

—Me encanta cuando gritas mi nombre con desesperación.

 

Me da lametones en el sexo empapado, calmándome, ayudándome a recuperarme de mi sutil explosión.

 

—Me encanta cuando me llevas al borde de la desesperación.

 

Me dan espasmos cuando sus labios reparten besos tiernos en mi entrepierna hinchada y ascienden por mi cuerpo hasta que estamos frente a frente. Sin dejar de mirarme a los ojos, me penetra hasta el fondo con un movimiento de caderas que me pilla por sorpresa. Tiene la frente empapada de sudor y el mechón rebelde fuera de su sitio.

 

—Estás muy caliente. —Se mete un poco más. Le brillan los ojos—. Me gusta tanto estar dentro de ti…

 

Lo beso en la boca y responde con un largo gemido. Nuestras lenguas se entrelazan.

 

—No tanto como a mí tenerte dentro —susurro contra sus labios; la sombra de su barba me raspa la cara.

 

Me da un beso de esquimal.

 

—Estamos de acuerdo en que no estamos de acuerdo. —Sus caderas entran en acción y sale, despacio—. Isabella. —Susurra mi nombre y se me acelera el pulso, me arden las venas—. Isabella Taylor, mi posesión más preciada. —Vuelve a penetrarme, despacio, con delicadeza, bajo control.

 

Arqueo la espalda y me agarro a sus hombros. Siento cómo sus músculos se tensan y se relajan cuando vuelve a salir.

 

—Me encanta tomarme mi tiempo contigo.

 

Cierro los ojos con un largo gemido y lo dejo hacer.

 

—No me prives de tus ojos, mi dulce niña. Necesito verlos. Enséñamelos.

 

No puedo negarme. Sé que en parte sobrevive gracias a la fuerza y la seguridad que le doy. Ahora los necesita de verdad, así que muestro mis ojos zafiro a sus penetrantes ojos azules. Está apoyado sobre sus antebrazos y me observa con atención mientras me penetra sin prisa. Mis caderas empiezan a moverse al ritmo de las suyas y rotan y giran a la vez. Es una caricia divina y constante, unidos por la entrepierna, dibujando círculos interminables. Empiezo a jadear.

 

—Por favor.

 

—¿Qué quieres? —me pregunta con calma. No sé cómo lo hace. Me saca de quicio. Noto cómo mi cuerpo pierde el control de placer.

 

—Necesito correrme otra vez —admito y me encanta que su polla crezca cuando lo digo—. Quiero que me hagas gritar tu nombre.

 

Los ojos le brillan como farolas y su erección responde expandiéndose un poco más. Mis caderas han puesto el piloto automático. Mejor, porque sólo puedo concentrarme en el fuego que arde entre mis muslos.

 

—Hoy nada de gritos —dice abalanzándose sobre mi boca—. Hoy vas a gemir mi nombre en mi boca y voy a tragarme cada segundo.

 

Aumenta la velocidad de sus caderas y vuelvo a estar a punto. Le como la boca con ansia, pero lo aprovecho porque sé lo que va a decirme.

 

—Saboréame, Bella —me ordena con ternura, frenándome.

 

Le acaricio los brazos largos y bajo hasta su trasero. Gimo de felicidad de lo duro que está. Primero lo acaricio y luego me agarro a él con fuerza. Ahora él también gime y nuestros gemidos chocan en nuestras bocas, que se baten en duelo.

 

—Aquí viene. —Su lengua acelera y me anima a seguirla, cosa que hago, y mi cuerpo se tensa debajo del suyo. Se acerca. Está sin aliento, tirante y tembloroso—. ¡Joder, Isabella! —Me muerde el labio y prosigue con su beso ardiente y apasionado—. ¿Lista?

 

—¡Sí! —grito esforzándome por llegar a lo más alto. Ya casi estoy. Ya…

 

—¡Me corro! —grita en mi boca—. ¡Córrete conmigo, Isabella!

 

—¡Edward!

 

—¡Eso es!

 

Un último círculo. Sale de mí y vuelve a meterse muy despacio con un gemido entrecortado que me catapulta a las estrellas. Mi espalda se arquea todo lo posible y me hago mil pedazos entre sus brazos, con los ojos cerrados y la cabeza ladeada en la almohada, agotada.

 

Un calor húmedo y pegajoso baña mis entrañas y Edward se desploma sobre mí, jadeando en mi cuello. En mi neblina postorgásmica, noto que se hace pequeña dentro de mí.

 

Y nos quedamos dormidos a la vez, fundidos el uno con el otro, arropándonos con nuestros cuerpos.

 

 

 

Tengo las rodillas flexionadas y las piernas abiertas. Me sujeta los brazos por encima de la cabeza y noto que se mueve encima de mí. Abro los ojos, medio dormida después de una corta siesta. Edward me está mirando con la boca entreabierta y unos ojos azules que brillan como diamantes. Pone los brazos junto a mi cabeza hasta que sus bíceps la rodean, pero no me sujeta, sólo se queda así.

 

Gimoteo cuando se levanta y deja que su erección se coloque entre sus piernas antes de volver a meterse en mí con un gemido. Me recoloco para poder recibirlo y suspiro cuando empieza a moverse muy despacio, dentro y fuera, dentro y fuera.

 

—Te quiero —susurra cubriendo mi boca con la suya.

 

De nuevo su adoración y las ganas que le tengo ahogan todas mis penas. Disfruto de tenerlo dentro de mí y correspondo a las lánguidas caricias de su lengua. Se aparta un poco y apoya la frente en la mía mientras continúa con sus lentas y silenciosas embestidas.

 

—Serás lo único que vea todo el tiempo. —Me la mete hasta el fondo y traza un círculo perfecto.

 

Gimo.

 

—Dime que lo sabes.

 

—Lo sé —susurro.

 

Empieza a ir un poco más rápido, entra y sale con precisión sin separar nuestras frentes. Jadea y suelta pequeñas bocanadas de aire. Empieza a temblar. Yo también estoy a punto.

 

—Deja que te saboree, Isabella.

 

Le dejo que me bese hasta que se corre y me uno a él mientras se tensa y se pone rígido con un gemido ahogado, temblando cada vez más fuerte. Me estremezco de tal manera que grito en su boca y me suelto para poder abrazarlo y sentirlo más cerca mientras seguimos besándonos, despacio, con ternura, con amor, más allá de nuestros orgasmos.

 

Ha sido su despedida.

 

—Ahora podemos hacerlo a tu manera —dice en voz baja pegado a mi cuello. Vuelve a olerme el pelo, colocándose con mi fragancia.

 

Me pongo muy seria conmigo misma y me digo que puedo hacerlo. Me revuelvo debajo de él para que se levante. Nuestras pieles sudorosas se despegan lentamente y se me parte el corazón cuando dejo de sentir su polla dentro de mí. Pero tengo que ser fuerte. No puedo dar señales de debilidad o de dolor, cosa que es muy difícil porque tengo mis dudas y me mata pensar lo que se va a ver obligado a hacer. Me mira y sé que él también tiene dudas. Me obligo a sonreírle y a darle un beso casto.

 

—Vamos a ducharnos.

 

—Como quieras. —Me huele por última vez, se separa de mí y me ayuda a levantarme pero no me deja ir al cuarto de baño—. Un momento.

 

Me quedo de pie y en silencio mientras él se tira un buen rato arreglándome el pelo para que caiga de determinada manera sobre mis hombros. Frunce el ceño cuando una de las nuevas capas cortas se niega a quedarse donde él la había dejado. Su bello rostro, contrariado, me hace sonreír.

 

—Volverá a crecer —lo tranquilizo.

 

Me mira a los ojos y se rinde.

 

—Ojalá no te lo hubieras cortado, Isabella.

 

Se me cae el alma a los pies.

 

—¿Ya no te gusta?

 

Niega con la cabeza, frustrado, y me coge de la nuca para llevarme al baño.

 

—Me encanta. Sólo es que odio recordar qué te empujó a cortártelo. Odio que te hicieras eso.

 

Llegamos al baño y abre el grifo de la ducha antes de coger las toallas e indicarme que me meta en el cubículo. Me gustaría decirle lo mucho que detesto todo lo que se ha hecho a sí mismo pero me muerdo la lengua porque no me apetece empeorar aún más las cosas. Estos minutos juntos no tienen precio y los recuerdos serán lo que me mantenga viva esta noche. No quiero discutir. Obedezco y me meto en la ducha, cojo el gel de baño y me pongo un poco en la palma de la mano.

 

—Quiero enjabonarte yo —dice quitándome la botella.

 

De eso nada. Lo necesito.

 

—No —contesto con suavidad cogiendo otra vez la botella—. Vamos a hacerlo a mi manera.

 

Dejo la botella en su sitio y me froto las manos para hacer espuma. Me paso una eternidad examinando su delicioso cuerpo, buscando el mejor sitio por el que empezar. Me llama, cada músculo de su ser me pide que lo toque.

 

—Tierra llamando a Isabella —susurra dando un paso hacia mí y cogiéndome las muñecas—. ¿Y si empiezas por aquí? —Me pone las manos sobre sus hombros—. No vamos a salir de aquí hasta que me hayas acariciado el último centímetro.

 

Agacho la cabeza y busco en el fondo de mi alma la fuerza que necesitaré para dejarlo marchar cuando haya terminado de arreglarlo. Se me escurre entre los dedos con cada palabra y cada caricia que intercambiamos.

 

—Quédate conmigo —susurra sin soltarme las manos. Las guía por su cuerpo y observo cómo su pecho sube y baja mientras mis ojos ascienden por sus músculos y me pierdo en un océano de color azul—. Tócame, Isabella. Acaríciame de pies a cabeza.

 

Contengo un sollozo y me trago las lágrimas que intentan escapar de mis ojos. La encuentro. Hallo la fuerza que necesito para sobrevivir a esto, para que los dos sobrevivamos. La encuentro en la desolación y doy un paso hacia él, acercándome a su cuerpo, para masajearle suavemente los hombros.

 

—Qué bien —suspira, y cierra los ojos pesarosos y echa la cabeza hacia atrás.

 

Está agotado. Lo sé. Mental y físicamente. Se lo están arrebatando todo. Me coge de la cintura y me atrae hacia sí un poco.

 

—Mejor.

 

Pienso en Edward y en nada más que Edward y no permito que nada ni nadie penetre en mis barreras. Ni penas ni preocupaciones… Nada. Deslizo las manos por todas partes, de sus hombros a sus pectorales, su vientre, sus muslos, sus rodillas, los gemelos y los pies. Luego asciendo de nuevo muy despacio antes de ir a por su espalda. Hago una mueca al ver el destrozo que le he hecho. Lo lavo deprisa y con cuidado y luego lo aparto de mi vista para poder verle la cara. Lo único que se oye es el agua al caer. Sólo pienso en Edward. Pero cuando llego a su cuello y empiezo a enjuagarlo veo que tiene los ojos cerrados y me pregunto si él sólo piensa en mí. No quiero creer que tal vez esté pensando en la noche que le espera, en cómo va a ejecutar su plan, en hasta dónde tendrá que llegar con la rusa, en cómo va a librar al mundo de Aro. Sé que si estuviera pensando en mí, me estaría mirando. Como si me leyera el pensamiento, abre los ojos y parpadea como a mí me gusta. No consigo disimular lo triste que estoy suficientemente rápido.

 

—Te quiero —dice en voz baja, así, de repente. Lo ve. No hay manera de engañarlo—. Te quiero, te quiero, te quiero.

 

Empieza a andar hacia adelante y retrocedo hasta que estoy pegada a la pared de azulejos y rodeada de piel mojada y caliente.

 

—Dime que lo entiendes.

 

—Lo entiendo —digo en voz baja, y aunque estoy segura, sé que no lo parece—. Lo entiendo —repito intentando inyectarles un poco de convicción a mis palabras. Fracaso total.

 

—No le daré la oportunidad de saborearme.

 

Me da un escalofrío. No quiero ni pensarlo. Asiento y cojo el champú. Intento no pensar en su mirada de preocupación y sé que me está estudiando con detenimiento mientras me preparo para lavarle el pelo. Sigo cuidándolo con paciencia y esmero pero detrás de mi ternura me repito palabras de ánimo para darme seguridad. Mi mente es un remolino silencioso de frases de aliento y voy a asegurarme de que sigan sonando de fondo hasta que Edward vuelva.

 

Edward parece una estatua. Se mueve sólo cuando se lo pido y me mira con el rabillo del ojo. Sé que puede leerme el pensamiento sólo con una mirada porque me contesta en voz alta. Le pertenezco en cuerpo y alma y nada podrá cambiar eso.

 

 

 

Cierro el grifo de la ducha y salgo a por una toalla para secar a Edward, luego se la enrollo en la cintura. Sé lo mucho que le cuesta no tomar el control y ponerse a cuidarme él a mí.

 

Abro el armario que hay encima del lavabo, cojo el desodorante y se lo enseño. Sonríe y levanta un brazo para que pueda ponérselo. Luego voy a por la otra axila y guardo el desodorante. Ahora al vestidor. Lo cojo de la mano y lo llevo al dormitorio sin dejar de repetir mentalmente mi mantra de pensamientos positivos.

 

Pero cuando entro pierdo el hilo y casi derrapo. Suelto la mano de Edward y recorro con la mirada las tres paredes cubiertas de rieles. Me ha dejado boquiabierta.

 

—¿Te has comprado todo un nuevo vestuario? —pregunto sin poder creérmelo.

 

No parece avergonzado.

 

—Por supuesto —dice como si fuera tonta por pensar que no iba a hacerlo. ¡Debe de haberle costado una fortuna!—. ¿Cuál quieres que me ponga?

 

Hace un gesto con la mano señalando todos los trajes y lo sigo hasta que me ahogo en un mar de tela cara.

 

—No lo sé —confieso, un poco sobrepasada. Empiezo a darle vueltas a mi anillo mientras inspecciono los rieles en busca de algo que ponerle. Me decido en cuanto veo un traje azul marino de raya diplomática. Toco la tela. Es muy suave, un lujo. Se le iluminan los ojos—. Éste. —Saco la percha del riel y me vuelvo para enseñárselo—. Éste me encanta.

 

Tiene que estar perfecto cuando lo deje salir de casa para ir a matar a alguien. Meneo la cabeza intentando eliminar esa clase de pensamientos.

 

—No me extraña. —Se acerca y coge el traje—. Cuesta tres mil libras.

 

—¿Cuánto? —pregunto horrorizada—. ¿Tres mil libras?

 

—Correcto —dice como si nada—. Lo bueno se paga.

 

Le quito el traje y lo cuelgo en la puerta del vestidor. Voy a buscar un bóxer y me arrodillo para ponérselo. Primero un pie, luego el otro.

 

Se lo subo por los muslos y me aseguro de rozarlo en mi ascenso. No son imaginaciones mías: cierra los ojos con cada roce y se le altera la respiración. Quiero dejar mi huella por todo su cuerpo.

 

—Ya está —le digo arreglándole el elástico de la cintura. Retrocedo para verlo mejor. No debería, pero el cuerpazo de Edward vestido sólo con un bóxer blanco es digno de ver. Es imposible no quedarse embobada. Es imposible no tocarlo. Nadie se resistiría a tocarlo.

 

Pero ella no podrá saborearlo. Tengo dos frentes abiertos y mi mente va de uno a otro, ambos son de pesadilla y no quiero pensar en ninguno. Contemplo su torso musculado, impresionante, tentador, fuerte y poderoso. En el vídeo parecía letal. No estaba tan macizo como ahora, no parecía peligroso a simple vista, pero sus ojos vacíos lo decían todo. Ahora a su temperamento mortífero hay que sumarle la fortaleza de su cuerpo.

 

«¡Para!»

 

Cojo los pantalones. Cómo me gustaría poder arrancarme todos esos pensamientos de la cabeza.

 

—Ahora el pantalón —digo a trompicones, desabrochándolo de un tirón y arrodillándome de nuevo a sus pies.

 

No comenta mis movimientos nerviosos. Sabe lo que estoy pensando. Cierro los ojos y sólo los abro cuando lo oigo revolverse al verme con sus pantalones en la mano. No va a decir nada y se lo agradezco.

 

«Concéntrate. Concéntrate. Concéntrate».

 

Tardo una eternidad en subirle las perneras y se los dejo sin abrochar en la cintura, sujetos por sus caderas. El corazón me late con fuerza en el pecho pero tantas emociones lo tienen agotado. No tardará en fallar. Se me está rompiendo, literalmente.

 

—La camisa —digo en voz baja, como si estuviera repasando la lista—. Necesitamos una camisa.

 

De mala gana le quito las manos de encima y busco entre los rieles de camisas caras. No me molesto en examinarlas todas, cojo una de las muchas camisas blancas y la desabrocho con cuidado para no arrugarla. Su aliento me besa las mejillas mientras la sostengo y se la meto por los brazos. Está callado y colabora. Me deja hacer a mi ritmo. La abrocho, despacio, ocultando la perfección de su pecho. Levanta la barbilla para que me sea más fácil abrocharle el cuello. Y ahí está: el chupetón más escandaloso del mundo. Paso a los puños sin hacer caso a mi mente, que se pregunta cómo va a lavar la sangre de este paño tan fino. ¿Correrá la sangre?

 

Cierro los ojos un momento para dejar de pensar esas cosas.

 

Corbata. Hay muchísimas, un arcoíris al completo. Al final me decanto por una gris plateado, a juego con la raya del traje. Me acerco a él y caigo en lo difícil que va a ser. Nunca conseguiré hacerle el nudo a su gusto. Empiezo a jugar con la tela, alzo la vista y unos ojos azules perezosos me observan. Imagino que así es como me ha estado mirando desde que me he metido en mi mundo y he empezado a vestirlo.

 

—Será mejor que lo hagas tú. —Acepto mi derrota y le ofrezco la corbata pero aparta mi mano, me coge por las caderas y me sienta en la cómoda.

 

Me da un beso casto en los labios y se levanta el cuello de la camisa.

 

—No, hazlo tú.

 

—¿Yo? —No me fío y se nota—. No lo voy a hacer bien.

 

—Me da igual. —Se lleva mis manos al cuello—. Quiero que me hagas el nudo de la corbata.

 

Nerviosa y sorprendida, le paso la suave tira de seda por el cuello y dejo caer los dos extremos por su pecho. Mis manos tiemblan y titubean. Respiro hondo un par de veces, me tranquilizo y me concentro en hacerle el nudo de la corbata a Edward Masen. Estoy segura de que nadie ha tenido nunca el privilegio.

 

Le doy mil vueltas y pierdo el tiempo pero lo mismo da. Siento una presión tremenda, todo tontería mía. No parezco capaz de ser racional y no darle más importancia de la que tiene. Para mí es importante. Aplasto el nudo cien veces, ladeando la cabeza, repasándolo desde todos los ángulos. Me da la impresión de que está bastante perfecto. Seguro que a Edward le parece una tragedia griega.

 

—Hecho —proclamo colocándome las manos en el regazo pero sin apartar la vista del nudo más o menos perfecto. No quiero verle la cara de disgusto.

 

—Perfecto —susurra llevándose mis manos a los labios. Que utilice ese adjetivo para describir el trabajo de otro me deja patidifusa.

 

Me atrevo a mirarlo a la cara, tiene el aliento en mis nudillos.

 

—Ni lo has visto.

 

—Ni falta que me hace.

 

Frunzo el ceño y miro otra vez la corbata.

 

—Pero no está perfecto al estilo Edward —digo perpleja. ¿Y el temblor de las manos que se mueren por arreglarlo?

 

—No. —Edward me besa una y otra mano y vuelve a dejarlas pulcramente en mi regazo. Luego se baja el cuello de la camisa, con poco cuidado—. Está perfecto al estilo Isabella.

 

Levanto la vista como un rayo. Le brillan un poco los ojos.

 

—Pero perfecto al estilo Isabella no es perfecto de verdad.

 

Una hermosa sonrisa se une al brillo de sus ojos y pone orden en el caos de mi mundo.

 

—Te equivocas. —Retrocedo al oír su respuesta pero no le discuto—. ¿El chaleco?

 

—Cierto. —Pronuncio la palabra despacio, me bajo de la cómoda y vuelvo a los rieles.

 

Mantiene la sonrisa.

 

—Date prisa.

 

Con el ceño fruncido me voy a buscar el chaleco. No puedo dejar de mirarlo, muerta de curiosidad.

 

—Aquí tienes. —Lo sostengo para que lo coja.

 

—Vamos a hacerlo a tu manera —me recuerda acercándose y extendiendo un brazo para que lo vista—. Me gusta que me cuides.

 

Resoplo burlona, y me echo a reír. Descuelgo el chaleco de la percha y me dispongo a ponérselo. Pronto lo tengo frente a frente y me coge las manos para que se lo abroche. Sólo puedo obedecer, abrocharle todos los botones y coger los calcetines y los zapatos cuando he terminado. Me arrodillo, con el culo en los talones, para ponérselos y atarle los cordones antes de estirarle el bajo del pantalón. Por último, la chaqueta. Con eso está todo. Está espectacular y tiene el pelo mojado y superrizado.

 

Está divino.

 

Guapísimo.

 

Arrollador.

 

—Listo —suspiro y doy un paso atrás para verlo mejor mientras me arreglo la toalla—. ¡Ah! —Corro a coger el frasco de Tom Ford. No me resisto a oler la botella antes de echarle unas gotas a Edward en el cuello. Levanta la barbilla para ayudarme y me clava la mirada mientras lo perfumo—. Ahora sí que estás perfecto.

 

—Gracias —susurra.

 

Retiro el frasco, evitando mirarlo a los ojos.

 

—No tienes que dármelas.

 

—Es cierto —contesta con suavidad—. Tengo que dárselas al ángel que te puso en mi camino.

 

—Nadie me puso en tu camino, Edward. —Delante de mí hay una belleza inimaginable y entorno los ojos para que no me queme las pupilas—. Tú me encontraste.

 

—Dame lo que más me gusta.

 

—Te llenaré de arrugas.

 

No sé por qué busco excusas cuando me muero por abrazarlo. Bueno, sí lo sé: no seré capaz de soltarlo.

 

—Te lo he pedido una vez. —Avanza hacia mí, con delicadeza pero amenazador—. No hagas que me repita, Isabella.

 

Aprieto los labios y niego con la cabeza.

 

—No podría soportar tener que soltarte. No seré capaz de dejarte marchar.

 

Tuerce el gesto y los ojos azules se le ponen vidriosos.

 

—Te lo suplico, por favor.

 

—Y yo te suplico que no me obligues a hacerlo. —Me mantengo firme, sé que es lo correcto—. Te quiero. Vete.

 

No he sido tan desafiante en mi vida. No ceder me está matando y ver a Edward sin saber qué hacer tampoco me ayuda. Sus zapatos caros no se mueven del sitio y sus ojos no se apartan de los míos, como si estuviera intentando ver qué hay más allá de mi forzado y duro exterior. Este hombre me lee el pensamiento. Sabe lo que estoy haciendo y le grito en silencio que me deje hacerlo. A mi manera. Hay que hacerlo a mi manera.

 

Siento un gran alivio cuando da media vuelta y me agarro a la cómoda para no caerme. Camina despacio, sus pasos lentos reflejan su dolor, y todavía no ha salido de la habitación. Siento el impulso irrefrenable de gritarle que no se vaya y mis pies amenazan con echar a correr detrás de él.

 

«Sé fuerte, Isabella».

 

Las lágrimas me arden en los ojos y el corazón se me va a salir por la garganta. Esto es una agonía.

 

Se detiene en la puerta.

 

Contengo la respiración.

 

Le oigo coger aire.

 

—Isabella Taylor, nunca dejes de amarme.

 

Desaparece.

 

Me quedo sin fuerzas y me desplomo en el suelo. Pero no lloro. No hasta que oigo cerrarse la puerta principal. Entonces me sale todo a borbotones, como una cascada. Apoyo la espalda en la cómoda y pego las rodillas a mi pecho. Hundo la cabeza en ellas y las rodeo con mis brazos. Me hago todo lo pequeña que puedo.

 

Lloro.

 

Durante una eternidad.

 

Ésta va a ser la noche más larga de mi vida.

 

  

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