Una noche enamorada (3)

Autor: Lily_cullen
Género: + 18
Fecha Creación: 18/06/2018
Fecha Actualización: 13/08/2018
Finalizado: SI
Votos: 1
Comentarios: 3
Visitas: 7992
Capítulos: 27

El desenlace de la historia entre Bella y Edward.

 

Bella nunca antes había conocido el puro deseo. El imponente Edward la ha cautivado, la ha seducido y la adora de formas que nunca había experimentado; conoce sus pensamientos más íntimos y hace todo lo que ella le pide. Él hará cualquier cosa para mantenerla a salvo, aunque para ello tenga que poner en peligro su propia vida. Pero el oscuro pasado de Edward no es lo único que amenaza su futuro juntos… Cuando descubren la verdad sobre el legado de Bella, sale a la luz un inquietante y perturbador paralelismo entre pasado y presente que hace que el mundo de Bella, tal y como lo conoce, se tambalee. Pronto se verá atrapada entre una incontrolable pasión y una peligrosa obsesión que podría destruirlos a los dos…

«Tú eres lo único que veo»

 

Los personajes le pertenecen Stephenie Meyer la historia le pertenece a Joodi Ellen Malpas del libro Una Noche.

 

Actualizaciones: Lunes, miércoles y viernes.

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Capítulo 3: Capítulo 2

Estoy en la acera, fuera del hotel, contemplando el cielo. Forma parte de mi rutina diaria. Todas las mañanas bajo y dejo a Edward haciendo algo arriba y espero junto a la calzada, con la cabeza hacia atrás, mirando a lo alto, maravillada. La gente me sortea, los taxis y los todoterreno pasan por delante de mí a toda velocidad, y el caos neoyorquino satura mis oídos. Me quedo cautivada bajo el embrujo de las torres de cristal y metal que protegen la ciudad. Es… increíble.

 

Pocas cosas pueden sacarme de mi estado de abstracción, pero su tacto es una de ellas. Y su respiración junto a mi oreja.

 

—Pum —murmura, y me da la vuelta en sus brazos—. No crecen de noche, ¿sabes?

 

Levanto la vista de nuevo.

 

—Es que no entiendo cómo se mantienen en pie. —Me cierra la boca y tira de mi mandíbula. Su expresión es suave y divertida.

 

—Quizá deberías saciar esa fascinación.

 

Retraigo el cuello.

 

—¿Qué quieres decir?

 

Su mano se desliza por mi nuca y empieza a guiarme hacia la Sexta Avenida.

 

—Que quizá deberías plantearte estudiar ingeniería de estructuras.

 

Me suelto y coloco la mano en la suya. Él me lo permite y flexiona los dedos hasta que nuestras manos se acomodan.

 

—Prefiero la historia del edificio a cómo se construyó.

 

Lo miro, dejo que mis ojos desciendan por su larga figura y sonrío. Se ha puesto unos vaqueros. Unos vaqueros bonitos y cómodos y una sencilla camiseta blanca. Llevar trajes aquí sería tremendamente inapropiado; no dudé en decírselo. Él tampoco protestó y dejó que lo arrastrara por Saks durante nuestro primer día en la ciudad. No tiene ninguna necesidad de llevar trajes en Nueva York. No le hace falta fingir ser un caballero distante con nadie. No obstante, Edward Masen todavía no lleva muy bien lo de pasear sin rumbo fijo. O lo de fundirse con el resto.

 

—Entonces ¿no recuerdas tu desafío del día? —pregunta con las cejas enarcadas cuando nos detenemos frente a un semáforo en rojo.

 

Sonrío.

 

—Sí, y estoy preparada.

Ayer me perdí durante horas en la Biblioteca Pública de Nueva York mientras Edward hacía unas llamadas de negocios. No quería marcharme. Me torturé un poco buscando «Renée Taylor» en Google, pero era como si jamás hubiese existido. Tras unos cuantos e infructuosos intentos más, me perdí entre decenas de libros, pero no todos eran de arquitectura histórica. También le eché un vistazo a uno sobre el TOC, y aprendí unas cuantas cosas, como su relación con la ira. Edward, sin duda, tiene mal temperamento.

 

—¿Y qué edificio has elegido?

 

—El Brill.

 

Me mira con extrañeza.

 

—¿El Brill?

 

—Sí.

 

—¿Por qué no el Empire State o el Rockefeller?

 

Sonrío.

 

—Todo el mundo conoce la historia de esos dos.

 

También pensaba que todo el mundo conocía la historia de la mayoría de los edificios de Londres, pero me equivocaba. Edward no sabía nada sobre el Café Royal ni sobre su historia. Puede que me haya sumido demasiado en la opulencia de Londres. Lo sé todo de ella, y no sé si eso me convierte en una persona triste, obsesionada o en una magnífica guía turística.

 

—¿Ah, sí?

 

Su duda me llena de júbilo.

 

—El edificio Brill es menos conocido, pero he oído hablar de él y creo que te gustará saber lo que he aprendido. —El semáforo cambia de color y empezamos a cruzar—. Tiene una historia interesante relacionada con la música.

 

—¿De veras?

 

—Sí. —Lo miro y me sonríe con dulzura. Puede que parezca sorprendido ante mis inútiles datos históricos sobre arquitectura, pero sé que disfruta de mi entusiasmo—. ¿Y tú? ¿Has recordado tu desafío? —Lo obligo a detenerse antes de cruzar otra calle.

 

Mi hombre, obsesivo y encantador, frunce los labios y me observa detenidamente. Sonrío. Se acuerda.

 

—Algo sobre comida rápida.

—Perritos calientes.

 

—Eso —confirma con turbación—. Quieres que me coma un perrito.

 

—Exacto —confirmo entusiasmada por dentro.

 

Todos los días desde que llegamos a Nueva York nos hemos estado proponiendo desafíos el uno al otro. Los que me ha propuesto Edward han sido bastante interesantes, desde preparar un discurso sobre un edificio local hasta bañarme sin tocarlo, incluso si él sí que me tocaba a mí. Ése fue una tortura y fracase estrepitosamente; aunque no pareció importarle demasiado, me hizo perder un punto. Los que yo le he propuesto a él han sido bastante infantiles, pero totalmente apropiados para Edward, como sentarse en el césped de Central Park, comer en un restaurante sin alinear perfectamente la copa de vino y, ahora, que se coma un perrito caliente. Mis desafíos son muy fáciles… en apariencia.

 

Algunos los ha conseguido realizar y otros no, como lo de no mover la copa de vino. ¿Cómo vamos? Ocho a siete a favor de Isabella.

 

—Como desees —resopla, e intenta tirar de mí para cruzar la calle, pero yo me mantengo firme y espero a que me mire de nuevo.

 

Me está observando detenidamente, y está claro que no para de darle vueltas a la cabeza.

 

—Me vas a obligar a comerme un perrito caliente de uno de esos carritos mugrientos, ¿verdad?

 

Asiento, consciente de que hay uno de esos «carritos mugrientos» a sólo unos pasos de distancia.

 

—Ahí tenemos uno.

 

—Vaya, qué oportuno —masculla, siguiéndome a regañadientes hasta el puesto.

 

—Dos perritos, por favor —le digo al vendedor mientras Edward espera, nervioso e incómodo, a mi lado.

 

—Marchando, guapa. ¿Cebolla? ¿Ketchup? ¿Mayonesa?

 

Edward da un paso hacia adelante.

 

—¡Nada!

 

—¡De todo! —lo interrumpo, apartándolo y pasando por alto su grito sofocado de indignación—. Y mucho.

 

El vendedor se ríe mientras mete el perrito en el pan y procede a apilar cebolla antes de echar un chorro de ketchup y otro de mayonesa.

—Como quiera la señorita —dice, entregándome el producto.

 

Se lo paso a Edward con una sonrisa.

 

—Que lo disfrutes.

 

—Lo dudo —masculla mirando su desayuno con vacilación.

 

Sonrío a modo de disculpa al vendedor, cojo mi perrito y le entrego un billete de diez dólares.

 

—Quédese el cambio —digo. Me cojo del brazo de Edward y me lo llevo de allí rápidamente—. Eso ha sido muy grosero por tu parte.

 

—¿El qué? —Levanta la vista, extrañado de verdad, y yo pongo los ojos en blanco ante su falta de sensibilidad.

 

Hinco los dientes en un extremo del pan y le hago un gesto para que haga lo mismo. Pero él se limita a observar el perrito como si fuese la cosa más rara que ha visto en su vida. Incluso empieza a girarlo en la mano varias veces como si mirarlo desde un ángulo diferente fuese a hacerlo más apetecible. Permanezco callada, disfrutando el mío, y espero a que se lance. Cuando yo ya llevo medio, se aventura a mordisquear un extremo.

 

Entonces observo con horror —que casi iguala al de Edward—, cómo un montón de cebolla mezclada con una copiosa cantidad de ketchup y mayonesa se escurre por el otro extremo e impacta contra su camiseta blanca impoluta.

 

—Ups… —Arrugo los labios y trago saliva, preparándome para la explosión inminente.

 

Se mira el pecho, con la mandíbula apretada, y tira al instante el perrito al suelo. Toda tensa, me muerdo el labio inferior con fuerza para evitar decir algo que pueda avivar la clara irritación que emana de él a borbotones. Me quita mi servilleta y empieza a frotar frenéticamente la tela, extendiendo la mancha y haciéndola aún más grande. Me encojo. Edward respira hondo para tranquilizarse. Después cierra los ojos y vuelve a abrirlos lentamente, centrándose en mí.

 

—Perfecto. Esto es… perfecto.

 

Se me hinchan las mejillas, me muerdo con fuerza el labio y hago todo lo posible por contener la risa, pero no lo consigo. Tiro mi perrito en la papelera más cercana y pierdo el control.

 

—¡Lo siento! —exclamo—. Es que… tienes cara de que el mundo se vaya a terminar.

 

Con mirada fulminante, me agarra del cuello y me guía por la calle mientras yo me esfuerzo por controlarme. No lo soporta, estemos en Londres, en Nueva York o en la Conchinchina.

 

—Ésta valdrá —declara.

 

Levanto la vista y veo una tienda Diesel al otro lado de la calle. Me guía rápidamente por el paso de cebra cuando tan sólo quedan unos segundos de la cuenta atrás del semáforo para los peatones. No quiere retrasar ni un minuto su misión de deshacerse de la horrible mancha de su camiseta. Estoy completamente convencida de que ésta no sería una de sus tiendas de elección en circunstancias normales, pero su sucio estado no le permite buscar una tienda menos informal.

 

Entramos y al instante nos bombardea una música a todo volumen. Edward se quita la camiseta y revela kilómetros de firmes músculos delante de todo el mundo. Unas líneas definidas ascienden desde la cintura de sus perfectos vaqueros y se funden con unos abdominales de infarto… y ese pecho… No sé si ponerme a llorar de placer o gritarle por exponer ante todos esta magnífica visión.

 

Varias dependientas femeninas compiten para ser las primeras en llegar hasta nosotros.

 

—¿En qué puedo ayudarle? —Una asiática menuda gana la carrera y sonríe con malicia a sus compañeras antes de babear encima de Edward.

 

Para mi deleite, él se coloca su máscara.

 

—Una camiseta, por favor. La que sea. —Menea la mano hacia la tienda para despacharla.

 

—¡Por supuesto! —Se marcha, selecciona varias prendas por el camino y nos avisa para que la sigamos, cosa que hacemos cuando Edward me coloca la mano en la nuca. Caminamos hasta que llegamos a la parte de atrás de la tienda y la dependienta tiene un montón de ropa en los brazos—. Se las dejaré en el probador. Llámeme si necesita ayuda.

 

Me echo a reír. Edward me lanza una curiosa mirada de soslayo y doña ligona tuerce el morro.

 

—Creo que hay que medirte los bíceps. —Me acerco y le paso la mano por el muslo con las cejas enarcadas—. O la parte interna de la pierna.

 

—Descarada —se limita a decir antes de girar de nuevo su torso desnudo hacia la dependienta y revisar la montaña de ropa que lleva en sus brazos—. Con esto bastará.

 

Extrae una camisa casual azul y blanca de cuadros con mangas enrolladas y un bolsillo en cada pectoral. Le arranca las etiquetas sin cuidado, se la pone y se aleja, dejando a doña ligona con los ojos abiertos como platos y a mí siguiéndole hacia la caja.

 

Deja las etiquetas en el mostrador junto a un billete de cien dólares y sale del establecimiento abrochándose los botones.

 

Veo cómo se marcha de la tienda, y la dependienta se queda a mi lado, pasmada y babeando todavía.

 

—Esto… gracias. —Sonrío y voy tras mi estirado y grosero caballero a tiempo parcial.

 

»¿Cómo puedes ser tan maleducado? —exclamo cuando lo encuentro en la calle, cerrándose el último botón.

 

—He comprado una camisa. —Deja caer los brazos a los costados, claramente sorprendido por mi enfado. Me preocupa el hecho de que sea tan poco consciente de su comportamiento singular.

 

—¿Te parece normal la manera en que la has comprado? —pregunto, y miro al cielo suplicando ayuda.

 

—Le he dicho a la dependienta lo que quería, ella lo ha encontrado, yo me lo he probado y he pagado la prenda.

 

Agacho la cabeza con aire cansado y me encuentro su familiar expresión impasible.

 

—Listillo.

 

—Me limito a relatar los hechos.

 

Incluso si tuviese energía como para discutir con él, que no es el caso, jamás ganaría. Las viejas costumbres nunca mueren.

 

—¿Estás mejor? —le pregunto.

 

—Esto ayudará. —Se pasa la mano por la camisa de cuadros y tira del dobladillo.

 

—Sí, ayudará. —Suspiro—. ¿Y ahora adónde vamos?

 

Coloca la mano en su lugar favorito de mi cuello y me vuelve con un movimiento de la muñeca.

 

—Al edificio Brillante. Es la hora de tu desafío.

 

—Es edificio Brill. —Me río—. Y está en esta dirección. —Me desvío rápidamente y, al hacerlo, Edward se suelta y lo cojo de la mano—. ¿Sabías que muchos músicos conocidos escribieron sus éxitos en ese edificio? Algunas de las canciones más famosas en la historia de Estados Unidos.

—Qué fascinante —dice Edward mirándome con ternura.

 

Sonrío y alargo la mano para acariciar su oscura mandíbula barbada.

 

—No tan fascinante como tú.

 

 

Tras unas cuantas horas deambulando por Manhattan y dándole a Edward una clase de historia, no sólo sobre el edificio Brill sino también sobre la iglesia de St. Thomas, nos dirigimos a Central Park. Nos tomamos nuestro tiempo, deambulamos en silencio por un camino arbolado con bancos a ambos lados y una sensación de paz nos envuelve, dejando atrás el caos del hormigón. Una vez que atravesamos la calle que divide el parque por la mitad, esquivamos a los corredores y descendemos la gigante escalera de cemento de la fuente arquitectónica, donde me levanta de la cintura y me coloca de pie en el borde.

 

—Eso es —dice, y me alisa la falda—. Dame la mano.

 

Hago lo que me ordena, sonrío ante su formalidad y dejo que me guíe alrededor de la fuente. Él sigue en el suelo, con la mano levantada para mantener el contacto mientras yo estoy por encima de él. Doy unos pasitos y observo cómo se mete la otra mano en el bolsillo de los vaqueros.

 

—¿Cuánto tiempo tendremos que quedarnos aquí? —le pregunto en voz baja y con la mirada al frente, sobre todo para no caerme y un poco para evitar su gesto torcido.

 

—No estoy seguro, Isabella.

 

—Echo de menos a la abuela.

 

—Ya lo sé. —Me aprieta la mano en un intento de infundirme confianza. No va a funcionar.

 

Sé que Charlie se va a encargar de su bienestar en mi ausencia, algo que me preocupa porque aún no sé qué le ha contado a mi abuela sobre su historia con mi madre y su historia conmigo.

 

Levanto la vista y veo a una niña que corre hacia mí con mucha más estabilidad que yo. No hay espacio suficiente para ambas, así que me dispongo a bajarme, pero sofoco un grito cuando Edward me agarra y me da la vuelta para permitir que la niña me esquive antes de colocarme de nuevo sobre el borde elevado de la fuente. Apoyo las manos en sus hombros mientras él se toma unos momentos para alisarme la falda de nuevo.

 

—Perfecto —dice para sus adentros, y me coge de la mano para guiarme de nuevo—. ¿Confías en mí, Isabella?

 

Su pregunta me coge por sorpresa. No porque dude de la respuesta, sino porque no me la había formulado desde que llegamos aquí. No ha hablado sobre lo que dejamos en Londres, cosa que me ha parecido bien. Cerdos inmorales, mis persecuciones, la locura de Bree con Edward, las advertencias de Irina, cadenas, sexo por dinero…

 

Me sorprende lo fácil que me ha resultado enterrarlo todo en mi interior en el caos de Nueva York. Un caos que me proporciona alivio en comparación con todo con lo que podría estar torturándome. Sé que a Edward le ha extrañado un poco mi falta de insistencia, pero hay una cosa que no puedo dejar de lado tan fácilmente. Algo que soy incapaz de mencionar en voz alta, ni ante Edward ni ante mí misma. Lo único que necesitaba era saber que la abuela iba a estar bien atendida. Ahora siento que ha llegado la hora de que la silenciosa aceptación de Edward sobre mi silencio cambie.

 

—Sí —respondo con rotundidad, pero él no me mira ni reacciona ante mi respuesta. Continúa mirando hacia adelante, sosteniendo mi mano suavemente mientras yo sigo la curva de la fuente.

 

—Y yo confío en que compartas tus preocupaciones conmigo. —Se detiene y me vuelve hacia él. Me coge de las dos manos y me mira a la cara.

 

Cierro los labios con fuerza. Lo quiero más aún si cabe por conocerme tan bien, pero detesto el hecho de que eso signifique que nunca podré ocultarle nada. También odio que se sienta tan culpable por haberme arrastrado a este mundo.

 

—Cuéntamelo, Isabella. —Su tono es suave, alentador. Desesperado.

 

Bajo la vista hacia sus pies al ver que los aproxima.

 

—Es una tontería —digo sacudiendo ligeramente la cabeza—. Creo que toda aquella conmoción y tanta adrenalina me trastornó un poco.

 

Me agarra de la cintura y me baja para que me siente en el borde de la fuente. Después se arrodilla y atrapa mis mejillas en sus manos.

 

—Cuéntamelo —susurra.

 

Su necesidad de reconfortarme me infunde el valor de escupir lo que me ha estado atormentando desde que llegamos aquí.

 

—En Heathrow… me pareció ver algo, aunque sé que no fue así. Sé que es imposible y totalmente absurdo, y no podía verlo bien, y estaba tan estresada y cansada y sensible… —Inspiro sin mirar sus ojos abiertos—. Sé que no puede ser. Porque lleva muerta…

 

—¡Isabella! —Edward interrumpe mi vómito verbal, con los ojos abiertos como platos y con una expresión de alarma en su rostro perfecto—. ¿De qué demonios estás hablando?

 

—De mi madre —exhalo—. Creo que la vi.

 

—¿A su fantasma?

 

No estoy segura de si creo en los fantasmas. Puede que ahora sí. No sé qué responder, de modo que me limito a encogerme de hombros.

 

—¿En Heathrow? —insiste.

 

Asiento.

 

—¿Cuando estabas agotada, sensible y siendo secuestrada por un exchico de compañía irascible?

 

Lo miro con recelo.

 

—Sí —contesto con los dientes apretados.

 

—Ya veo —dice, y aparta la vista brevemente antes de volver a mirarme a los ojos—. ¿Por eso has estado tan callada y te has comportado de esa manera tan reservada?

 

—Soy consciente de lo absurdo que suena.

 

—Absurdo no —responde con voz tranquila—. Doloroso.

 

Lo miro extrañada, pero él continúa antes de que cuestione su conclusión.

 

—Isabella, hemos soportado muchas cosas. El pasado de ambos ha estado muy presente en las últimas semanas. Es comprensible que te sientas perdida y confundida. —Se acerca y pega los labios a los míos—. Por favor, confía en mí. No dejes que tus problemas te consuman estando yo aquí para ayudarte a soportarlos. —Se aparta, me acaricia las mejillas con los pulgares y me derrite con la sinceridad que refulge en sus magníficos ojos—. No soporto verte triste.

 

De repente me siento muy tonta y, sin nada más que decir, lo envuelvo con los brazos y lo acerco a mí. Tiene razón. Es normal que mi mente me juegue malas pasadas después de todo lo que hemos vivido.

 

—No sé qué haría sin ti.

 

Acepta mi abrazo feroz e inhala mi cabello. Noto cómo me coge un mechón y empieza a juguetear con él.

 

—Pues estarías en Londres, viviendo tranquilamente —susurra.

 

Su sombría afirmación me obliga a apartarme inmediatamente de la calidez de su cuerpo. No me han gustado esas palabras, y mucho menos su tono.

 

—Viviendo una vida vacía —respondo—. Prométeme que nunca me vas a dejar.

 

—Te lo prometo —dice sin vacilar ni un segundo, aunque en estos momentos no me parece suficiente.

 

No sé qué más puedo obligarlo a decir para que me convenza. Es similar a lo que le pasa a él con respecto a mi amor. Sé que sigue dudando, y no me gusta. Todavía vivo con el temor de que vuelva a marcharse, incluso aunque no quiera hacerlo.

 

—Quiero un contrato —espeto—. Algo legal que diga que no puedes dejarme. —En cuanto lo digo me doy cuenta de lo idiota que parezco, me encojo y me doy una bofetada mental por todo Central Park—. No quería decir eso.

 

—¡Eso espero! —Carraspea y casi se cae de culo de la impresión.

 

Puede que no lo haya querido decir de esa manera, pero su reacción me sienta como una patada en el estómago. No me he planteado el matrimonio, ni nada más allá del momento. Demasiadas cosas eclipsan nuestros sueños de un futuro y una felicidad en común, pero esto no ayuda. Su evidente rechazo a la idea hace que plantearse algo a largo plazo sea imposible. Quiero casarme algún día. Quiero tener hijos, y un perro, y el calor de un hogar. Quiero que la casa esté llena de trastos de los niños y me acabo de dar cuenta de que quiero compartir todo eso con Edward.

 

Entonces caigo de bruces de nuevo en la realidad. Está claro que el matrimonio le parece algo terrible. Detesta el desorden, con lo cual lo del hogar familiar queda totalmente descartado. Y en cuanto a los niños… Bueno, no voy a preguntarle, y no creo que sea necesario, porque recuerdo la fotografía de aquel niño perdido y desaliñado.

 

—Deberíamos irnos —digo, y me pongo de pie delante de él antes de añadir alguna  estupidez más y tener que enfrentarme a otra reacción indeseada—. Estoy cansada.

 

—Coincido —responde claramente aliviado. Esto no acrecienta mi ánimo. Ni mis esperanzas de futuro… cuando por fin podamos centrarnos en nuestro «vivieron felices para siempre».

Capítulo 2: Capítulo 1 Capítulo 4: Capítulo 3

 
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