Una noche enamorada (3)

Autor: Lily_cullen
Género: + 18
Fecha Creación: 18/06/2018
Fecha Actualización: 13/08/2018
Finalizado: SI
Votos: 1
Comentarios: 3
Visitas: 7993
Capítulos: 27

El desenlace de la historia entre Bella y Edward.

 

Bella nunca antes había conocido el puro deseo. El imponente Edward la ha cautivado, la ha seducido y la adora de formas que nunca había experimentado; conoce sus pensamientos más íntimos y hace todo lo que ella le pide. Él hará cualquier cosa para mantenerla a salvo, aunque para ello tenga que poner en peligro su propia vida. Pero el oscuro pasado de Edward no es lo único que amenaza su futuro juntos… Cuando descubren la verdad sobre el legado de Bella, sale a la luz un inquietante y perturbador paralelismo entre pasado y presente que hace que el mundo de Bella, tal y como lo conoce, se tambalee. Pronto se verá atrapada entre una incontrolable pasión y una peligrosa obsesión que podría destruirlos a los dos…

«Tú eres lo único que veo»

 

Los personajes le pertenecen Stephenie Meyer la historia le pertenece a Joodi Ellen Malpas del libro Una Noche.

 

Actualizaciones: Lunes, miércoles y viernes.

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Capítulo 11: Capítulo 10

17 de julio de 1996

 

Phil Dwyer,

 

Banquero de inversiones,

 

46 años. Nombre aburrido pero espíritu salvaje. Otra vez un hombre mayor. Casado, pero está claro que no tiene lo que necesita. Creo que ahora me necesitaa mí.

 

Primera cita: Cena en el Savoy

 

De entrantes, la mejor ensalada de langosta que he comido en mi vida, perome reservo la opinión hasta que haya comido en el Dorchester. Como plato principal, filete y unas cuantas miradas tímidas bien dirigidas. De postre, untiramisú rodeado de una pulsera de diamantes. Por supuesto, le he demostrado mi gratitud en la suite del ático antes de escabullirme. Creo que puede que vuelva a verlo. Hace cosas increíbles con la lengua.

 

 

Cierro el diario de mi madre de golpe y lo lanzo al sofá que tengo al lado, cabreada conmigo misma. ¿Por qué me hago pasar por esto otra vez? Nada de lo que pueda encontrar hará que me sienta mejor.

 

Recuerdo que Charlie me dijo una vez que mi madre escribió este diario para torturarlo. Y entre mi propia autocompasión, soy capaz de sentir un poco por el hombre que está contribuyendo a mi desdicha. Era una mujer muy retorcida.

 

Ahueco uno de los almohadones con flecos de la abuela, apoyo la cabeza en él, cierro los ojos y hago todo lo posible por dejar la mente en blanco y relajarme. Todo lo posible no es suficiente, pero me distraigo cuando oigo que alguien entra por la puerta y unos pasos urgentes se aproximan por el pasillo. Visualizo sus caros zapatos de piel y su traje hecho a medida antes incluso de abrir los ojos. Alguien se ha vuelto a colocar la armadura.

 

Cómo no, ahí está Edward, en toda su trajeada gloria, en el umbral del salón. Sus rizos oscuros están revueltos y, a pesar de su rostro impasible, sus penetrantes ojos azules albergan temor.

 

—Te has comprado más trajes —digo en voz baja, sin levantar la cabeza del sillón a pesar de que me muero por sus atenciones y su contacto.

 

Se pasa la mano por el pelo, se aparta el mechón rebelde de la frente y suspira con alivio.

 

—Sólo unos pocos.

 

¿Sólo unos pocos? Seguro que ha reemplazado todas y cada una de las máscaras que yo destrocé.

 

—Garrett le ha dado mi trabajo a otra persona.

 

Veo cómo se hunde por dentro. No le parecía adecuado que trabajase en una cafetería, pero sé que jamás me habría obligado a dejarlo.

 

—Lo siento.

 

—No es culpa tuya.

 

Se acerca hasta que lo tengo de pie delante de mí, con las manos metidas a medias en los bolsillos de sus pantalones.

 

—Estaba preocupado por ti.

 

—Ya soy mayorcita, Edward.

 

—Pero también eres mi posesión.

 

—Y una persona que piensa por sí misma.

 

No consigue evitar fruncir los labios con fastidio.

 

—Sí, que piensa demasiado, a veces, y no con mucha claridad en estos momentos.

 

Se agacha junto al sofá, a mi lado.

 

—Dime qué te preocupa, mi niña.

 

—¿Aparte del hecho de que alguien haya intentado arrollarme esta tarde?

 

Sus ojos reflejan peligro y su mandíbula se tensa. Por un instante creo que va a echarme en cara mi falta de atención, pero no dice nada, lo cual me cuenta todo lo que necesito saber.

 

—Todo. —No dudo en continuar—. Todo va mal. Charlie, la abuela, Gregory, mi trabajo.

 

—Yo —exhala, alargando la mano para tocar mi mejilla. El calor de su piel sobre la mía hace que cierre los ojos y que busque su tacto con el rostro—. No pierdas la fe en mí, Isabella. Te lo ruego.

 

Me tiembla la barbilla, le cojo la mano y tiro de ella para exigirle lo que más le gusta. No me lo niega, a pesar de estar vestido de los pies a la cabeza con las ropas más delicadas que el dinero pueda comprar y de que acaba de adquirirlas. El calor de su cuerpo templa el mío y sus suaves labios encuentran mi cuello. No necesito reafirmar mi promesa con palabras, de modo que dejo que mi cuerpo hable por mí y se aferre a él por todas partes.

 

Hallo ese lugar.

 

Hallo esa serenidad.

 

Hallo un confort profundo y familiar que no se puede encontrar en ningún otro lugar. Edward siembra el caos en mi mente, en mi cuerpo y en mi corazón. Pero también consigue disiparlo.

 

Una hora más tarde seguimos en la misma posición. No hemos hablado, simplemente hemos disfrutado de la presencia del otro. Está anocheciendo. El nuevo traje de tres piezas de Edward debe de estar muy arrugado, y mi pelo debe de estar lleno de nudos después de que lo haya estado retorciendo sin parar. Se me han dormido los brazos y siento como si me clavasen un millón de agujas en la piel.

 

—¿Tienes hambre? —pregunta contra mi pelo. Niego con la cabeza—. ¿Has comido algo hoy?

 

—Sí —miento. No quiero comer nada, mi estómago no lo toleraría, y si intenta obligarme a ingerir algo le soltaré alguna de mis insolencias.

 

Se incorpora, se apoya sobre los antebrazos y me mira.

 

—Voy a ponerme algo más cómodo.

 

—¿Quieres decir que vas a ponerte tus shorts?

 

Le brillan los ojos y sus labios se curvan.

 

—Voy a hacer que te sientas cómoda.

 

—Ya lo estoy.

 

Las imágenes de su perfecto torso desnudo de aquella noche inundan mi mente. Una noche que se ha transformado en toda una vida. La noche que pensé que sólo iba a durar veinticuatro horas, aunque esperaba que fuesen más. Incluso ahora, en medio de esta pesadilla, no me arrepiento de haber aceptado su oferta.

 

—Puede que tú sí, pero mi traje nuevo desde luego no lo está. —Mira su torso con una expresión de disgusto mientras separa su cuerpo del mío—. No tardaré. Y quiero que estés desnuda cuando vuelva.

 

Le sonrío con recato cuando se vuelve antes de salir de la habitación. Sus ojos repasan mi figura en silencio y parece arrancarme la ropa con su intensa mirada. Las chispas internas que estaba sintiendo se transforman en impresionantes rayos ardientes. Entonces desaparece y me deja excitada y sin nada más que hacer que obedecer, así que empiezo a desnudarme con calma.

 

Después de dejar la ropa a un lado, echarme la manta de lana por encima y encender el televisor, Edward regresa, pero no se ha puesto los shorts. No se ha puesto nada. No puedo apartar mi agradecida mirada de él, y mi cuerpo ansía sus atenciones. Se queda de pie delante de mí, con sus fuertes piernas ligeramente separadas y la mirada baja. Su hermosura desafía lo imaginable. Es una obra de arte magnífica. Es incomparable. Y es mi posesión.

 

—Tierra llamando a Isabella —susurra. Me enfrento a su mirada penetrante y me quedo mirándolo, totalmente embelesada. Separo los labios para respirar por la boca cuando veo que parpadea perezosamente—. He tenido un día muy estresante.

 

«Bienvenido al club», pienso mientras alargo la mano. Espero que se reúna conmigo en el sofá, pero, en lugar de hacerlo, tira de mí y la manta de lana cae al suelo a mis pies. Me pone mi mano en mi espalda, aplica un poco de presión y me estrecha contra su pecho. Estamos conectados. Por todas partes.

 

—¿Estás lista para desestresarme? —Su aliento caliente se extiende por mis mejillas, caldeándolas más todavía—. ¿Estás lista para dejar que te traslade a ese lugar en el que nada existe excepto nosotros dos?

 

Asiento y dejo que mis párpados se cierren cuando desliza la otra mano por la parte trasera de mi cabeza y empieza a peinarme el pelo con los dedos.

 

—Ven conmigo. —Me agarra de la nuca, me vuelve y me saca del salón.

 

Cuando estamos en mitad de la escalera, me impide seguir avanzando. Desliza las manos hasta mis caderas y tira de ellas hacia atrás ligeramente.

 

—Coloca las manos en un escalón.

 

—¿En la escalera? —Miro por encima de mi hombro y no veo nada más que deseo emanando de todos los afilados bordes de su ser.

 

—En la escalera —confirma, y alarga las manos para cogerme las mías y guiarlas hasta donde tienen que estar—. Cuando seamos viejos y peinemos canas, no habrá ni un solo sitio en el que no te haya venerado, Isabella Taylor. ¿Estás cómoda?

 

Asiento y oigo cómo abre un envoltorio de aluminio. Empleo el tiempo que tarda en colocarse el condón para intentar prepararme. Su mano acaricia ligeramente mi espalda desnuda. Mi respiración es laboriosa. Estoy empapada y temblando de anticipación. Sus mimos y atenciones borran de un plumazo todas mis preocupaciones. Él es mi huida. Soy suya. Esto es todo lo que tengo: su atención y su amor. Es lo único que me ayuda a pasar por esto.

 

Flexiono las manos sobre el escalón y cambio la posición de mis pies. Agacho la cabeza y veo cómo mi pelo cae sobre la moqueta, y cuando siento que la dureza de su punta roza mi abertura, contengo la respiración. Me masajea el culo durante unos momentos eternos. Después, traza la línea de mi columna, regresa a mi trasero y me separa las nalgas. Cierro los ojos con más fuerza todavía cuando desliza el dedo por mi pasaje anal. La falta de costumbre intensifica mi agitación. Estoy vibrando. Me tiembla todo el cuerpo. Su polla sigue rozando mi sexo y, con la sensación añadida de su dedo tentando mi otro agujero, me muero de ganas de que me penetre. Por donde sea.

 

—Edward —exhalo, y muevo las manos hasta el borde del escalón para prepararme.

 

Sus suaves caricias ascienden y descienden por mi ano y se detienen justo en el tenso anillo muscular. Me pongo rígida al instante, y él me calma deslizando la mano hasta mi sexo empapado. Empujo hacia atrás para intentar obtener algo de roce, pero fracaso. Retira la mano y me agarra de las caderas. Avanza lentamente y me deja sin aliento cuando su miembro duro y firme penetra en mí; silba entre dientes y me agarra con tanta fuerza que casi me hace daño. Lanzo un gemido, a medio camino entre un placer inconmensurable y un leve dolor que ilumina de estrellas mi oscuridad. Edward palpita dentro de mí y todos mis músculos internos me dominan. Soy esclava de las sensaciones. Soy esclava de Edward Masen.

 

—Muévete —le ordeno, y obligo a mi pesada cabeza a levantarse y a mirar al techo—. ¡Muévete!

 

Una súbita inspiración resuena detrás de mí. Edward flexiona los dedos sobre mis caderas.

 

—Te estás transformando en una amante muy exigente, ¿no? —Permanece quieto, e intento golpear hacia atrás, pero no consigo nada. Sólo que me agarre con más fuerza para mantenerme en el sitio—. Saboréalo, Isabella. Esto vamos a hacerlo a mi manera.

 

—Joder —susurro con voz ronca, y busco en mi interior algo de calma y autocontrol. Me siento impotente. No hay nada que pueda hacer para generar la fricción que mi cuerpo necesita—. Siempre dices que nunca me obligas a hacer nada que sabes que no quiero hacer.

 

—¿Eh?

 

Si no estuviese tan concentrada en mi desesperación actual, me reiría de su sincera confusión.

 

—¿No quieres ser venerada? —pregunta.

 

—¡No, no quiero que me mantengas en el limbo! —No hallo la calma en ninguna parte y he dejado de intentar buscarla—. Edward, por favor, hazme sentir bien y no me hagas esperar.

 

—¡Joder, Isabella! —Retrocede a un ritmo dolorosamente lento y se queda ahí, ahora tan sólo una fracción dentro de mí. Permanece quieto, pero respira con tanta agitación como yo, y sé que le está costando mantener el control—. Ruégamelo.

 

Aprieto los dientes y doy un respingo gritando mi satisfacción cuando me embiste fuerte y profundamente.

 

—¡Joder, Isabella! —Sale de mí y me deja sollozando súplicas en voz baja—. No te oigo.

 

Me siento derrotada. Mi mente revuelta busca desesperadamente las simples palabras que necesito para poder cumplir su exigencia.

 

—¡Ruega! —Su grito me coge por sorpresa, e intento en vano retroceder de nuevo. Sin embargo, me siento impotente atrapada en sus manos mientras su alta y poderosa figura permanece quieta detrás de mí, esperando a que obedezca su ruda solicitud—. Ya van dos veces —explica con la respiración agitada—. Escúchame, Isabella.

 

—Por favor.

 

—¡Más alto!

 

—¡Por favor! —grito, y lo acompaño de un alarido cuando sus caderas disparan hacia adelante con más fuerza de lo que esperaba.

 

Centro la atención en acoplar mis músculos internos a su alrededor, y el placer que me proporciona la fricción cuando se retira es indescriptible. Estiro los brazos para mantener la estabilidad justo cuando se hunde de nuevo en mí, y dejo caer la barbilla contra mi pecho, sin vida.

 

—Estoy viendo cómo mi polla se pierde dentro de ti, mi niña.

 

Todo se alinea y me catapulta a ese lugar lejano de pura dicha. Tras unas cuantas embestidas más establecemos un ritmo constante; nuestros cuerpos vuelven a estar en sintonía y se deslizan sin esfuerzo. Edward no para de gruñir y de farfullar palabras incoherentes de placer mientras mantiene su meticuloso paso. Me fascina su capacidad de autocontrol, pero sé que no le está resultando fácil. Levanto la cabeza, miro por encima de mi hombro y veo esa cautivadora expresión que tanto adoro: labios húmedos y entreabiertos; sombra de barba; y, cuando aparta la vista de su erección entrando y saliendo de mí, sus brillantes ojos azules conforman el pack completo.

 

—¿Siempre te cuesta? —resuello al tiempo que empuja hacia adelante con suavidad.

 

Sabe a qué me refiero. Sacude la cabeza perezosamente y se hunde profundamente en mí.

 

—Contigo no.

 

La fuerza que necesito para mantener la cabeza girada para mirarlo me abandona y me vuelvo hacia adelante. Siento que me empiezan a temblar las piernas y apoyo una rodilla en uno de los escalones. Sus arremetidas son constantes y el placer es interminable. Flexiono los brazos y pego la frente contra el escalón. Entonces siento que el calor de su pecho cubre mi espalda y obliga a mi cuerpo a tumbarse sobre la escalera. Permanecemos conectados hasta que Edward está tumbado sobre mí y continúa colapsando mis sentidos, ahora con las caderas en la posición perfecta para danzar sobre mi espalda.

 

—¿Lo hacemos? —pregunta justo cuando levanto el brazo y me aferro a uno de los balaustres de la escalera.

 

—Sí.

 

Aún manteniendo el control, acelera el ritmo. Cierro los ojos cuando un interruptor se enciende dentro de mí y mi orgasmo avanza de repente a pasos agigantados. Ya no hay vuelta atrás, y menos cuando Edward hinca los dientes en mi hombro y da una sacudida inesperada hacia adelante.

 

—¡Edward! —Mi temperatura corporal aumenta por segundos y me empieza a arder la piel.

 

—Eso es, Bella. —Arremete de nuevo hacia adelante y me sume en un placer indescriptible—. Grita mi nombre.

 

—¡Edward!

 

—Joder, qué bien suena. —Da un nuevo golpe controlado con las caderas—. ¡Otra vez!

 

Todo se nubla a mi alrededor, la visión, el oído…

 

—¡Edward! —Alcanzo el clímax y estallo en una difusa neblina de estrellas, centrada sólo en disfrutar de las deliciosas olas de placer que se apoderan de mí—. ¡Joder! —jadeo—. ¡Joder, joder, joder!

 

—Coincido —jadea él, empujando perezosamente dentro de mí—. Joder, coincido.

 

Quedo reducida a una masa de espasmódicas partes corporales, atrapada por su cuerpo y deleitándome con los continuos latidos de su polla todavía dentro de mí mientras él alcanza su propio orgasmo. Tengo los nudillos blancos y dormidos de aferrarme al balaustre y no paro de jadear y de resollar, y estoy empapada. Estoy perfecta.

 

—Isabella Taylor, creo que soy adicto a ti. —Hinca los dientes en mi hombro y me tira del pelo para obligarme a levantar la cabeza—. Deja que te saboree.

 

Dejo que haga lo que quiera conmigo mientras permanecemos extendidos sobre la escalera. Apenas siento la aspereza de la moqueta sobre mi húmeda piel a través de mi estado de dicha. Me chupa el labio inferior y aplica una ligera presión con los dientes antes de regalarme besitos delicados hasta llegar a mi mejilla.

 

Mis músculos cansados protestan e intentan aferrarse a él de manera desafiante cuando sale de mí. Me ayuda a darme la vuelta y me coloca sobre un escalón. Edward se arrodilla delante de mí. La expresión de concentración en su rostro perfecto mantiene mi atención mientras se pasa unos silenciosos instantes colocándome el pelo sobre los hombros. No deja escapar la oportunidad de juguetear con unos cuantos mechones. Me mira a los ojos.

 

—¿Eres de verdad, mi niña?

 

Sonrío, alargo la mano y le pellizco un pezón, pero no brinca ni se aparta. Me devuelve la sonrisa y se inclina para besarme la frente con afecto.

 

—Venga. Vamos a vegetar. —Me ayuda a levantarme y me guía de nuevo al piso de abajo cogiéndome de la nuca.

 

—¿Has visto la tele alguna vez? —le pregunto a Edward mientras se acomoda en el sofá, listo para vegetar.

 

No me imagino a Edward viendo la televisión, al igual que no me lo imagino haciendo la mayoría de las cosas que hace la gente normal. Se recuesta y me hace un gesto para que me una a él, de modo que me tumbo sobre su pecho, encajo perfectamente mi rostro debajo de su barbilla y dejo caer el cuerpo entre sus piernas cuando las separa.

 

—¿Te apetece ver la tele? —pregunta, me coge la mano y se la lleva a su boca.

 

Paso por alto el hecho de que no ha contestado a mi pregunta y cojo el mando a distancia con la otra mano. La pantalla cobra vida y sonrío en cuanto veo a Del y a Rodney Trotter.

 

—Tienes que haber visto «Only Fools and Horses». ¡Es un tesoro nacional!

 

—No he tenido el gusto.

 

—¿En serio? —pregunto mirándolo con incredulidad—. Pues hazlo. Ya no podrás parar.

 

—Como desees —accede en voz baja, y empieza a masajearme la nuca con firmes círculos—. Todo lo que desees.

 

Sólo estoy viendo la televisión, sin escuchar nada de lo que dicen, cuando mi mente vaga hasta un lugar en el que las palabras de Edward son ciertas. Tengo todo lo que deseo. Elaboro una lista mental de todas las cosas que quiero, y sonrío cuando siento las vibraciones de una risa contenida debajo de mí. Mi refinado caballero a tiempo parcial se divierte con las payasadas que aparecen en la pantalla que tenemos delante, y la normalidad de este hecho me inunda de alegría, por muy trivial que sea.

 

Pero entonces el móvil de Edward suena en la distancia y rompe la magia del momento.

 

Tras unos pocos y sencillos movimientos me despoja de su presencia debajo de mí, y detesto al instante su teléfono.

 

—Disculpa —masculla, y saca el cuerpo del salón. Observo cómo desaparece y sonrío al ver sus nalgas contraerse y relajarse a cada largo paso que da. Me hago un ovillo de lado y me echo encima la manta de lana, que seguía en el suelo.

 

—La tengo yo —dice prácticamente con un rugido cuando vuelve a la habitación.

 

Pongo los ojos en blanco. Sólo puede haber otro hombre preguntando dónde estoy, y no me apetece nada enfrentarme a él ni a su descontento por mi fuga de hoy. Ojalá mi fraudulento caballero no hablase de mí como si fuese un objeto todo el tiempo o, como en este caso, como si fuese una criminal. Miro hacia el otro extremo del sofá cuando apoya el culo en el borde y veo que la alegría de hace unos momentos se ha evaporado.

 

—Estaba ocupado —silba con los dientes apretados, y me mira un instante—. ¿Eso es todo?

 

Mi resentimiento se intensifica, dirigido ahora exclusivamente a Charlie Swan. Parece que se ha propuesto hacer que mi vida sea lo más difícil y desgraciada posible. Me encantaría arrancarle el teléfono de las manos a Edward y tener unas cuantas palabritas con él.

 

—Bueno, pues está conmigo, a salvo, y estoy harto de darte explicaciones, Swan. Nos veremos mañana. Ya sabes dónde encontrarme.

 

Cuelga y tira el teléfono todo crispado.

 

—¿Quién era? —pregunto, y sonrío cuando Edward me mira con la boca abierta.

 

—¿En serio, Isabella?

 

—Vale, relájate —digo, y apoyo los pies en el suelo—. Me voy a acostar. ¿Vienes?

 

—Puede que te ate.

 

Me encojo un poco, y un torrente de imágenes se agolpa en mi mente, recordándome algo. Correas.

 

Edward hace una mueca al instante al ver la inconfundible expresión de horror en mi rostro.

 

—Para que no me des rodillazos en las pelotas —se apresura a aclarar—. Porque no paras de moverte cuando duermes.

 

Incómodo, se pasa la mano por el pelo al tiempo que se pone de pie.

 

Me río y las imágenes desaparecen. Sé que no paro de moverme cuando duermo. El estado de las sábanas por la mañana son prueba de ello.

 

—¿Te he dado en las joyas de la corona?

 

Frunce el ceño.

 

—¿En las qué?

 

—Las joyas de la corona. —Sonrío—. Las pelotas.

 

Alarga la mano hacia mí, pero yo mantengo la mirada fija en su rostro lleno de exasperación y disfruto del hecho de saber que está haciendo todo lo posible por no alimentar mi insolencia.

 

—Muchas veces. Codazos en las costillas, rodillazos en las pelotas… pero son sólo el pequeño precio que tengo que pagar por tenerte entre mis brazos.

 

Acepto su mano y dejo que me levante.

 

—Lo siento.

 

No lo siento en absoluto. Daría lo que fuese por ser una mosca en la pared para poder presenciar mis fechorías nocturnas y a Edward esforzándose por aguantarlas.

 

—Ya te he perdonado. Y te lo volveré a perdonar mañana por la mañana.

 

Me río en voz baja, pero me detengo al instante cuando un fuerte golpe en la puerta interrumpe nuestra charla.

 

—¿Quién es? —pregunto, y mis ojos se dirigen automáticamente a la ventana. Mi insolencia recibe el equivalente proverbial a la chispa que enciende el combustible. Si Charlie se ha molestado en venir hasta aquí para expresar su enfado en persona, creo que estallaré en incontrolables llamas.

 

Edward desaparece al instante, llevándose la manta de lana con él, y me deja desnuda y sola en el salón. No me han gustado nada las vibraciones de ansiedad que emanaban de él antes de marcharse. Me acerco de puntillas a la puerta, me asomo por el pasillo y veo que se ha cubierto la cintura con la manta, pero sigue sin estar para nada presentable. De modo que cuando abre la puerta y sale sin decir ni una palabra y sin preocuparse por estar semidesnudo, empiezo a darle vueltas a la cabeza. Y entonces consigo ver unos rizos negros brillantes justo antes de que la puerta se cierre.

 

Estallo en llamas.

 

—¡Será zorra! —exclamo sin que haya nadie para oírme.

 

Me dispongo a seguir a Edward, pero me detengo al instante cuando me doy cuenta de que estoy desnuda.

 

—¡Mierda!

 

Doy media vuelta y me apresuro al salón. Busco mi ropa y me la pongo. Corro hacia la fuente de mi ira a una velocidad temeraria y abro la puerta. Me topo de frente con la espalda desnuda de Edward, pero la furia me consume demasiado como para apreciar la visión. Lo aparto y atravieso con la mirada la perfecta figura de Bree, lista para descargar un torrente de insultos contra ella.

 

Sólo que hoy su aspecto no es perfecto, y su lastimoso estado me sorprende tanto que me quedo paralizada. Tiene la tez pálida, casi gris, y no viste la ropa de diseño que acostumbra a lucir. Lleva un pantalón de chándal negro y un suéter gris claro de cuello vuelto. Aparta sus ojos vacíos de Edward y los fija en mí. A pesar de su crisis personal, está claro que mi presencia no despierta en ella más que puro desdén.

 

—Me alegro de verte, Isabella —dice sin la más mínima sinceridad en su tono.

 

En el momento justo, Edward apoya la mano en mi cuello e intenta en vano calmar mi irritación. Me lo quito de encima y enderezo los hombros.

 

—¿Qué haces aquí?

 

—Bella, ve adentro. —Me agarra del cuello e intenta volverme. De eso nada.

 

—Le he hecho una pregunta.

 

—Y es de mala educación no contestar, ¿verdad? —responde Bree con aires de superioridad.

 

Una bruma roja empieza a descender. ¿No usa esa frase sólo conmigo? Nunca me lo había planteado, pero ahora, después de que esta zorra lunática me lo haya restregado por la cara, no puedo pensar en otra cosa. Me parece un capullo arrogante cuando la dice, pero no puedo evitar sentirme traicionada. Y sé que es una tontería. Lo único que puedo ver en estos momentos es a Bree encima de Edward todas esas veces, y entonces me vienen flashbacks del despacho de Edward y de cómo lo atacaba con las uñas afiladas y gritaba como si estuviera loca.

 

—Bree —le advierte Edward mientras insiste en apartarme de lo que podría acabar en una auténtica batalla.

 

—Vale, vale. —Resopla y pone los ojos en blanco de manera dramática.

 

—¿Quieres parar? —le espeto a Edward y vuelvo a sacudírmelo de encima—. Después de lo que te hizo la última vez, cuando te atacó, ¿de verdad esperas que me vaya adentro?

 

—¿Y qué pasa con lo que me hizo él a mí? —interviene Bree—. ¡Las magulladuras acaban de desaparecer!

 

—Pues no haberte comportado como una animal —le silbo en la cara con los dientes apretados. Doy un paso hacia adelante, consciente de que ella no era la única y de que el otro animal está empezando a crisparse a mi lado.

 

—Maldita sea —masculla Edward, apartándome a un lado—. Bree, ya te he dicho antes que trataríamos este asunto mañana.

 

—Quiero tratarlo ahora.

 

—¿Tratar el qué? —pregunto irritada—. ¿Y cómo coño sabes dónde vivo? —Miro a Edward—. ¿Se lo has dicho tú?

 

—No. —Aprieta los dientes y sus ojos azules ahora están cargados de exasperación—. Nadie sabe que estoy aquí.

 

Extiendo los brazos en dirección a Bree.

 

—¡Ella sí!

 

—¡Isabella! —grita Edward, y me estrecha de nuevo contra él. No me había dado cuenta de que me estaba moviendo hacia adelante. Joder. Es como si el diablo se hubiese apoderado de mi mente y de mi cuerpo. Me siento peligrosa.

 

—¡¿Para qué ha venido?! —grito. Ya está. He perdido los papeles. Los acontecimientos del día, y de los últimos meses, me han pasado factura por fin. Voy a echar toda la mierda que llevo dentro, y Bree va a pagar el pato.

 

—He venido a disculparme —dice con indignación.

 

—¿Qué?

 

—Hemos quedado en que hablaríamos mañana —interviene Edward, y la señala con el dedo mientras me sostiene con fuerza—. Ya te he dicho que esperases a mañana. ¿Por qué cojones no me escuchas nunca?

 

—¿Te sientes mal? —pregunto.

 

Bree me mira con el ceño fruncido y después a Edward.

 

—Sí.

 

—¿Por qué? —insisto.

 

—Por cómo te he tratado.

 

Se vuelve hacia mí lentamente. Sigue sin sonar sincera. Está aquí porque no quiere perder a Edward. Detesta que la esté dejando atrás, que deje su mundo oscuro para encontrar su luz.

 

—Ahora Edward es mío. —Suelto la mano de Edward de mi brazo y doy un paso hacia adelante—. En cuerpo y alma. —Hago caso omiso de la punzada de inquietud que siento por la duda que Bree intenta ocultar de forma evidente. Soy la luz de Edward, pero al mismo tiempo soy consciente de que él es una especie de oscuridad para mí. Pero eso es irrelevante. No hay un él ni un yo; sólo hay un nosotros—. ¿Entendido?

 

Bree me mira y Edward permanece callado y me permite que diga lo que tengo que decir.

 

—Entendido.

 

Le mantengo la mirada durante una eternidad. No quiero ser la primera en apartarla. Tampoco parpadeo. Finalmente es Bree la que la aparta y, tras su silenciosa sumisión, doy media vuelta, me marcho y los dejo en la puerta.

 

Casi he llegado al piso de arriba cuando oigo que la puerta se cierra.

 

—Isabella. —La serena manera de llamarme de Edward me toca la fibra sensible. Me vuelvo y me aferro con fuerza a la barandilla—. Ella también necesita dejarlo. No voy a dejarla atrás. Los dos estamos atrapados en este mundo, y saldremos juntos de él.

 

—¿Ella quiere dejarlo?

 

—Sí —afirma, y da un paso adelante—. No quiero verte triste.

 

Sacudo la cabeza.

 

—Eso es imposible.

 

—He cerrado la puerta. Ya ha pasado. Ahora estamos aquí solos tú y yo.

 

—Pero el mundo sigue ahí fuera, Edward —digo en voz baja—. Y tenemos que abrir esa puerta y hacerle frente.

 

Huyo y lo dejo en la escalera angustiado y hecho un lío.

 

Necesita «lo que más le gusta» tanto como yo, y me detesto a mí misma por privarnos a ambos de ello.

Capítulo 10: Capítulo 9 Capítulo 12: Capítulo 11

 
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