Ciegos al amor

Autor: Lily_cullen
Género: Romance
Fecha Creación: 03/11/2017
Fecha Actualización: 17/11/2017
Finalizado: NO
Votos: 0
Comentarios: 1
Visitas: 404
Capítulos: 7

 

El multimillonario Edward Cullen había perdido la vista al rescatar a una niña de un coche en llamas y la única persona que lo trataba sin compasión alguna era la mujer con la que había disfrutado de una noche de pasión. ¡Pero se quedó embarazada!

Y eso provocó la única reacción que Isabella no esperaba: una proposición de matrimonio. Él no se creía enamorado, pero Bella sabía que ella sí lo estaba. Y cuando Edward recuperó la vista, Bella pensó que cambiaría a su diminuta y pelirroja esposa por una de las altas e impresionantes rubias con las que solía salir. . .

Cuando pueda verla, ¿seguirá deseándola?

 

Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer, esta historia está adaptada en el libro Ciegos al amor de: Kim Lawrence. Yo solo la adapte con los nombres de Bella y Edward.

Espero sea de su agrado. :D

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Capítulo 5:

Hola chicas, ¿cómo están?  

Aquí les traigo el capítulo de hoy, espero les guste! Nos vemos el lunes. :D

 

 

Las primeras gotas de lluvia empezaban a caer del oscuro cielo mientras Bella corría hacia el Land Rover para buscar el botiquín. Había esperado que la tormenta se desatara cuando ella ya estuviese en la granja porque un incidente de la infancia la había dejado con un miedo irracional a los truenos, pero no iba a tener suerte. Además, la lluvia hacía que la carretera, llena de curvas, fuese un verdadero peligro.

Casi sintió la tentación de subir al coche y delegar la tarea de curar la herida de aquel desagradecido a otra persona. Pero no volver sería como admitir que temía los sentimientos que aquel hombre despertaba en ella.

La cocina, con su chimenea y su suelo de piedra, era casi tan grande como un establo y, a pesar de eso, Bella sentía como si las paredes se cerrasen a su alrededor. El extraño hacía que cualquier espacio pareciese diminuto.

—¿Quiere sentarse? —le preguntó.

Era una invitación que la propia Bella hubiese querido aceptar porque le temblaban un poco las rodillas.

Y la expresión del extraño era tan hosca como antes mientras alargaba el brazo hacia ella.

¡Dio mío! Vamos, limpie la herida si tanto interés tiene.

—¿Ése es el encanto italiano del que tanto he oído hablar? —La irónica sonrisa de Bella desapareció al ver la herida en la palma de la mano—. Oiga, tiene que ir a un médico. Puede que tengan que darle puntos y. . .

—Lo que necesito es un poco de tranquilidad, así que póngame una tirita o váyase.

Bella suspiró mientras limpiaba la herida con antiséptico, el silencio puntuado sólo por el sonido de la lluvia golpeando los cristales.

—Se avecina una buena tormenta.

Ella dio un respingo cuando un relámpago iluminó la cocina.

—¿Qué le ocurre?

—Nada. . . que no me gustan las tormentas —en la distancia, Bella podía escuchar el retumbar de los truenos.

—Está muy cerca.

—Ya me había dado cuenta —suspiró ella—. Perdone si le he hecho daño — añadió luego, poniéndole una tirita—. Bueno, ya está. ¿Quiere que llame a alguien?

—Me gustaría. . .

En ese momento, un trueno retumbó con tal violencia que Bella soltó el botiquín que tenía en la mano, asustada. Pero unos segundos después no pudo ver nada porque se fue la luz y la cocina quedó en total oscuridad.

—Cálmese, no pasa nada.

—¡Se ha ido la luz!

Sólo podía ver su sombra, pero no los detalles de su rostro.

—Se fue para mí hace cinco semanas.

Sólo cinco semanas. Bella abrió mucho los ojos y, por un momento, se olvidó de la tormenta.

—¿Fue algo gradual o. . .?

—¿Quiere decir si tuve tiempo de practicar con el bastón y el Braille? No, no lo tuve. Fue un efecto secundario de la operación después de un accidente —le explicó él—. Lo bueno es que yo soy el hombre que cualquiera querría tener a su lado cuando se va la luz. ¿Te da miedo la oscuridad, ángel mío? —le preguntó, tuteándola por primera vez.

—¿Y a ti? —Bella alargó la mano para tocar su cara, deslizando los dedos por los contornos, intentando convertir el mensaje táctil en una imagen.

¿Era así como veía él?

¿Vivía con el miedo a la oscuridad a la que ahora tenía que enfrentarse cada día? La idea de un mundo a oscuras hizo que se le encogiera el corazón y, sin pensar, sin darse cuenta de lo que hacía, tomó su cara entre las manos y lo besó con una ferocidad nacida no sólo del deseo, sino de la compasión.

Él no reaccionó inmediatamente y durante esos segundos Bella deseó que se la tragara la tierra. Pero entonces respondió, besándola con la desesperación de un hombre hambriento.

—A veces —se oyó decir a sí misma cuando el beso terminó— me da miedo casi todo.

Pero nada en su vida la asustaba tanto como el deseo que sentía en los brazos de aquel completo extraño.

—Lo escondes bien.

Tal vez. Pero Bella no pudo esconder el escalofrío que sintió cuando él metió una mano bajo su blusa, los largos dedos masculinos deslizándose por su espalda. Ni siquiera lo intentó.

Y cuando inclinó la oscura cabeza para buscar su boca de nuevo, abriendo los labios con su lengua, le devolvió el beso sin pensárselo dos veces. Después, tomó su cara entre las manos para pasar un dedo por sus labios, hinchados por los besos.

Dio mio, ha pasado tanto tiempo.

Bella, temblando, susurró:

—No has perdido tu habilidad, te lo aseguro.

Él levantó las cejas, esbozando una sonrisa.

—Hace tiempo que no estoy con una mujer.

Esas palabras enviaron una nueva ola de calor por todo su cuerpo.

—¿Y me deseas?

La electricidad del silencio que siguió a esa pregunta contrastaba con la tormenta que se había desatado fuera. Cuando por fin habló, su voz era más ronca que antes:

—¿Tú qué crees? —agarrando su trasero, la apretó contra él para que pudiera sentir con qué fuerza la deseaba.

Un gemido escapó de la garganta de Bella al sentir el roce contra su vientre.

—¿Y tú a mí, cara? —sin esperar respuesta, él le quitó la blusa y alargó las dos manos para desabrochar el sujetador.

Pero Bella, de repente, recuperó el sentido común y negó con la cabeza.

—No, aún no.

—Para ti también ha pasado mucho tiempo, ¿verdad? —susurró él. Le temblaba la voz, como temblaba todo su cuerpo de deseo mientras buscaba sus labios de nuevo.

Bella se quedó sorprendida cuando, sin soltar sus caderas, se puso de rodillas y, colocando una mano en su espalda, la empujó hacia él.

—¿Qué estás. . .? —no pudo terminar la frase porque, de repente, sintió el roce de su lengua a través de la seda del sujetador. Bella echó la cabeza hacia atrás, la erótica caricia enviando una ola de calor hasta su pelvis—. Oh, Dios. . .

No reconocía su propia voz. Le daba vueltas la cabeza y no podía concentrarse en nada. Estaba encendida, cada célula de su cuerpo buscando las caricias de aquel hombre. Y pensó que no podría soportarlo más. Pero quizá esa frase no estaba en su cabeza, quizá lo había dicho en voz alta porque él dejó escapar un gruñido.

—Yo tampoco, cara —dijo, tomándola en brazos, sus grandes manos apretando su trasero.

Bella le echó los brazos al cuello para besarlo en la boca. Sabía a whisky. . . y entonces recordó las botellas vacías.

—¿Estás borracho?

—Esa sería una excusa. Pero no, no lo estoy. Aunque tampoco creo estar totalmente cuerdo —dijo él, buscando sus labios de nuevo—. Qué bien sabes. ¿Todos los ángeles saben así de bien?

—No pares —le rogó ella, enredando los dedos en su pelo.

—No lo haré. . . no puedo —algo en su voz daba a entender que la situación era incomprensible para él.

Ya eran dos, pensó Bella, agarrándose a su cuello mientras subía los peldaños de la escaleras de dos en dos, sujetándose con una mano a la barandilla. Lo hacía como si no pesara nada.

 Un relámpago iluminó el dormitorio cuando acababan de entrar y, sin decir nada, él la tumbó sobre la cama. De nuevo, la oscuridad se había cerrado sobre ellos, pero Bella recordaba el deseo que había visto en su rostro.

Mientras le quitaba el resto de la ropa lo oyó jadear, excitado. . . y para entonces Bella ya había dejado de respirar.

Recordó haber leído en alguna parte que las inhibiciones de una persona se liberaban en la oscuridad. Y tenía que ser cierto porque, de repente, Bella tomó su mano para ponerla sobre el triángulo de rizos entre sus piernas, urgiéndolo a tocarla.

—Yo no soy así —susurró, cuando él deslizó dos dedos en su interior. Pero estaba encendida, derritiéndose, arqueándose hacia su mano. . .

—Pues seas quien seas, cara, eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.

Bella dejó escapar un grito de protesta cuando se apartó de ella, pero volvió unos segundos después y su ropa había desaparecido. El contacto piel con piel la hizo sentir un escalofrío y también pareció despertar su instinto natural. Un instinto desconocido para ella.

—Eres tan guapo —musitó, poniendo una mano sobre su torso—. Me gustas mucho. . .

Era liberador y excitante acariciar su piel desnuda y notar cómo contenía el aliento cuando deslizó la mano hacia abajo. Aquel cuerpo masculino la fascinaba.

Con los ojos cerrados, respirando con dificultad por tal atrevimiento. Bella dejó que su mano rozase. . .

Cuando se apartó de golpe, él soltó una carcajada.

—Te he dicho que había pasado mucho tiempo. Y eso es lo que me haces, cariño.

Colocándose encima, la dejó sentir su erección sobre el vientre y luego, tomando su mano, la puso sobre el duro miembro. Y Bella tuvo que contener un grito.

—Eres increíble. . .

Esta vez fue él quien se apartó, ahogando su gemido de protesta con los labios. Mientras se besaban con enfebrecida desesperación, sus cuerpos apretados el uno contra el otro como si quisieran ser uno solo, Bella sintió algo que no había sentido nunca y a lo que no podía poner nombre cuando él metió una rodilla entre sus piernas y empujó hacia arriba. . . un grito escapó de su garganta en el momento de la íntima invasión.

Él le hablaba en voz baja. Bella no sabía lo que estaba diciendo porque no hablaba italiano, pero sonaba muy bonito. Y era maravilloso estar así porque, aunque más o menos sabía lo que seguiría después, estaba deseando vivirlo personalmente.

De modo que se agarró a sus hombros, deslizando los dedos por su espalda hasta llegar a las nalgas. . .

—Tengo que hacer un esfuerzo para controlarme —le advirtió él.

Pero Bella no quería que se controlase, al contrario. El fuego que había en su sangre le pedía que se dejase ir. Y él pareció entender porque, un segundo después, empezó a empujar con más fuerza, apoyando las dos manos a cada lado de su cara.

Bella enredó las piernas en su cintura, apretándose ansiosamente contra él. La anticipación era tal que pensó que iba a explotar. . . y lo hizo.

Empezó despacio, como un calambre que la recorría de arriba abajo. . . y luego una sensación indescriptible que la obligó a cerrar los ojos; la fuerza del clímax arrancando un grito de sus labios mientras él, jadeando, se dejaba ir en su interior.

Luego se quedó inmóvil, sin hacer el menor esfuerzo para romper la íntima conexión hasta unos segundos después.

—No quiero aplastarte, cara.

Bella, a quien le gustaba ser aplastada por aquel cuerpo masculino, no sabía qué hacer hasta que, de repente, él tiró de su brazo para tumbarla de costado.

—Vas a tener frío, ángel —murmuró, cubriéndola con el edredón—. Lo siento, no he dormido en varios días, pero ahora tengo que cerrar los ojos. No te vayas.

Mientras apoyaba la cabeza en su pecho, Bella recordó algo que le había dicho una amiga suya después de romper una turbulenta relación.

—«El sexo no es la cura, es una droga. Y a menudo es peor que la enfermedad. Yo prefiero estar sola que necesitar tanto a alguien».

Entonces Bella no lo había entendido, pero ahora sí. No se había sentido sola antes, no había sentido que a su vida le faltaba algo. . . y ahora sí.

Pero ella era una adulta y no iba a dejar que su vida cambiara por un encuentro fortuito con un hombre carismático, fascinante y lleno de defectos.

 

 

Ahora, doce semanas después, Bella se maravillaba de su ingenuidad al pensar que seguir adelante iba a ser tan sencillo. Una sola experiencia le había enseñado que era más fácil decirlo que hacerlo; sobre todo cuando tenía un constante recordatorio de esa noche.

Suspirando, se pasó una mano por el estómago, pensando en cuánto querría a aquel niño, fuera hijo de Edward Cullen o no.  

 

 

—Yo diría que es mejor que siga a pie —le aconsejó el taxista—. El tráfico no se mueve.

Bella miró al hombre, despistada.

—¿Qué? Ah, gracias —murmuró, buscando el monedero.

Que el pasado la arrastrase de esa forma, haciendo que se olvidara de todo, era algo que tenía que aprender a controlar. Era absurdo recordar y más absurdo pensar que pudiese tener algo en común con un hombre sólo porque hubieran compartido una noche de pasión.

Había estado entre sus brazos y habían hecho el amor, pero Edward Cullen seguía siendo un completo enigma para ella. Seguía sin saber qué pasaba por su cabeza y quizá era lo mejor. Eran de dos mundos diferentes.

Se decía a sí misma que se alegraba de que hubiera rechazado la oportunidad de tomar parte en la vida de su hijo. Al menos así podría mantenerlo fuera de la suya, decidió.

—Quédese con el cambio —le dijo al taxista, antes de perderse entre una masa de peatones. Ir a verlo había sido un error, pero un error que no volvería a cometer.

Capítulo 4: Capítulo 6:

 


 


 
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