Odioso adorable (+18)

Autor: Maggie_Swan
Género: Romance
Fecha Creación: 06/05/2017
Fecha Actualización: 23/05/2017
Finalizado: NO
Votos: 1
Comentarios: 8
Visitas: 2187
Capítulos: 6
Una joven ambiciosa.
Un ejecutivo perfeccionista.
Un odio insoportable.
Una atracción irresistible.
Una mezcla perfecta de sexo, amor y mucho descaro.
 
Bella Swan se ha relacionado con los Cullen desde que era una mocosa, así que cuando necesita una beca para finalizar su tesis en empresariales enseguida recurre a la Compañía Cullen Media. Lo que no se imaginaba es que tendría que trabajar para Edward, el atractivo hijo de los Cullen, que se comporta como un perfecto imbécil con Bella... hasta que una tarde, repasando una presentación, acaban sucumbiendo a la pasión encima de la mesa de reuniones.
Tratando de mantener el equilibrio entre la profesionalidad y la lujuria, descubrirán con pavor que no es solo el sexo lo que les une: están perdidamente enamorados. Pero todo es tan complicado... y los continuos malentendidos a los que tienen que enfrentarse no van a facilitarles nada la tarea...
 
Los personajes pertenecen a SM
La historia pertenece a Cristine y Lauren.
Original "Beutiful Bastard"
Esta historia contiene lenguaje sexual y vulgar no apropiado para menores de 18 años.
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Capítulo 4: Capítulo 4

POVE

 Pánico. La emoción que me atrapó mientras me apresuraba —casi corría— hacia mi despacho, solo podía describirse como puro pánico. No podía creer lo que estaba ocurriendo. Estar a solas con ella en esa pequeña prisión de acero (su olor, sus sonidos, su piel) hacía que mi autocontrol se evaporara. Era perturbador. Esa mujer tenía una influencia sobre mí que no había experimentado nunca antes. Por fin en la relativa seguridad de mi despacho, me dejé caer en el sofá de cuero. Me incliné hacia delante y me tiré con fuerza del pelo deseando calmarme y que mi erección bajara. Las cosas iban de mal en peor. Había sabido desde el primer minuto en que me recordó la reunión de la mañana que no había forma de que fuera capaz de formar un pensamiento coherente, mucho menos dar una presentación entera, en esa maldita sala de reuniones. Y podía olvidarme al sentarme en esa mesa. Entrar allí y encontrármela apoyada contra el cristal, enfrascada en sus pensamientos, fue suficiente para que se me pusiera dura otra vez. Me había inventado una historia inverosímil sobre que la reunión se iba a celebrar en otra planta y ella se había enfadado conmigo por ello. ¿Por qué siempre se enfrentaba a mí? Pero me ocupé de recordarle quién estaba al mando. De todas formas, como en todas las discusiones que hemos tenido, ella encontró la forma de devolvérmela. Me sobresalté al oír un estruendo en la oficina exterior. Seguido de un golpe. Y después otro. ¿Qué demonios estaba pasando ahí? Me levanté y me encaminé a la puerta y al abrirla me encontré a la señorita Swan dejando caer carpetas en diferentes montones. Crucé los brazos y me apoyé contra la pared, observándola durante un momento. Verla tan enfadada no mejoraba el problema que tenía en los pantalones lo más mínimo. —¿Le importaría decirme cuál es el problema? Ella levantó la vista para mirarme de una forma que parecía que me acabara de salir una segunda cabeza. —¿Se te ha ido la cabeza? —No, ni lo más mínimo. —Pues perdóname si estoy un poco tensa —dijo entre dientes cogiendo una pila de carpetas y metiéndolas sin miramientos en un cajón. —Amí tampoco me encanta la idea de… —Edward —saludó mi padre al entrar con paso vivo a mi despacho—. Muy buen trabajo el de la sala de reuniones. Emmet y yo acabamos de hablar con Dorothy y Troy y los dos estaban… —Se quedó parado y mirando a donde estaba la señorita Swan, agarrándose al borde de la mesa con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos. —Bella, querida, ¿estás bien? Ella se irguió y soltó la mesa, asintiendo. Tenía la cara hermosamente enrojecida y el pelo un poco despeinado. Y eso se lo había hecho yo. Tragué saliva y me volví para mirar por la ventana. —No pareces estar bien —dijo mi padre, se acercó a ella y le puso la mano en la frente—. Estás un poco caliente. Apreté la mandíbula al ver el reflejo de ambos en el cristal y una extraña sensación empezó a subirme por la espalda. « ¿De dónde viene esto?» —La verdad es que no me encuentro muy bien —dijo ella. —Entonces deberías irte a casa. Con tu horario de trabajo y el final del semestre en la universidad seguro que estás… —Tenemos la agenda llena hoy, me temo —dije volviéndome para mirarlos —. Quería acabar lo de Beaumont, señorita Swan —gruñí con los dientes apretados. Mi padre se volvió y me lanzó una mirada helada. —Estoy seguro que tú puedes ocuparte de lo que haga falta, Edward. —Se dirigió a ella—: Vete a casa. —Gracias, Carlisle. —Me miró arqueando una ceja perfectamente esculpida —. Lo veré mañana por la mañana, señor Cullen. La miré mientras salía. Mi padre cerró la puerta tras ella y se volvió hacia mí con la mirada encendida. —¿Qué? —le pregunté. —No te mataría ser un poco más amable, Edward. —Se acercó y se sentó en la esquina de la mesa de ella—. Tienes suerte de tenerla, ya lo sabes. Puse los ojos en blanco y sacudí la cabeza. —Si su personalidad fuera tan buena como sus habilidades con el PowerPoint, no tendríamos ningún problema. Él me atravesó con su mirada. —Tu madre ha llamado y me ha dicho que te recuerde lo de la cena en casa esta noche. Emmet y Rosalie vendrán con la niña. —Allí estaré. Se encaminó hacia la puerta, pero se detuvo para mirarme. —No llegues tarde. —No lo haré, ¡por Dios! —Sabía tan bien como cualquiera que nunca llegaba tarde, ni siquiera a algo tan tonto como una cena familiar. Emmet, en cambio, llegaría tarde a su propio funeral. Por fin solo, volví a entrar en mi despacho y me dejé caer en mi silla. Vale, tal vez estaba un poco de los nervios. Metí la mano en el bolsillo y saqué lo que quedaba de su ropa interior. Estaba a punto de meterla en el cajón con las otras, cuando me fijé en la etiqueta: « Agent Provocateur» . Se había gastado un dineral en esas. Eso encendió mi curiosidad y abrí el cajón para mirar las otras. La Perla. Maldita sea, esa mujer iba realmente en serio con su ropa interior. Tal vez debería pararme en la tienda de La Perla del centro en algún momento para ver por curiosidad cuánto le estaba costando a ella mi pequeña colección. Me pasé la mano libre por el pelo, las volví a meter en el cajón y lo cerré. Estaba oficialmente perdiendo la cabeza. Por mucho que lo intenté, no pude concentrarme en todo el día. Incluso tras una carrera enérgica a la hora de comer, no pude conseguir que mi mente se apartara de lo que había pasado esa mañana. Hacia las tres supe que tenía que salir de allí. Llegué al ascensor, solté un gruñido y opté por las escaleras. Justo entonces me di cuenta de que eso era un error todavía peor. Bajé corriendo los dieciocho pisos. Cuando aparqué delante de la casa de mis padres esa noche, sentí que parte de mi tensión se desvanecía. Al entrar en la cocina me vi inmediatamente envuelto por el olor familiar de la cocina de mamá y la charla alegre de mis padres que llegaba desde el comedor. —Edward —me saludó cantarinamente mi madre cuando entré en la habitación. Me agaché, le di un beso en la mejilla y dejé durante un momento que intentara arreglarme el pelo rebelde. Después le aparté los dedos, le cogí un cuenco grande de las manos y lo coloqué en la mesa, cogiendo una zanahoria como recompensa. —¿Dónde está Emmet? —pregunté mirando hacia el salón. —Todavía no han llegado —respondió mi padre mientras entraba. Emmet ya era un tardón, pero si le añadíamos a su mujer y su hija tendríamos suerte si al menos conseguían llegar. Fui hasta el bar para ponerle a mi madre un martini seco. Veinte minutos después llegaron ecos de caos desde el vestíbulo y salí para recibirlos. Un cuerpecito pequeño e inestable con una sonrisa llena de dientes se lanzó contra mis rodillas. —¡Eddy ! —chilló la niña. Cogí a Sofia en el aire y le llené las mejillas de besos. —Dios, eres patético —gruñó Emmet pasando a mi lado. —Oh, como si tú fueras mucho mejor. —Los dos deberíais cerrar la boca, si a alguien le importa mi opinión —dijo Rosalie, siguiendo a su marido hacia el comedor. Sofia era la primera nieta y la princesa de la familia. Como era habitual, ella prefirió sentarse en mi regazo durante la cena y y o intenté evitarla para poder comer, haciendo todo lo posible para no sufrir su « ayuda» . Sin duda me tenía comiendo de su mano. —Edward, quería decirte una cosa —empezó mi madre pasándome la botella de vino—, ¿podrías invitar a Bella a cenar la semana que viene y hacer todo lo posible para convencerla de que venga? Solté un gruñido como respuesta y recibí una patada en la espinilla por parte de mi padre. —Dios. ¿Por qué insistís todos tanto en que venga? —pregunté. Mi madre se irguió con su mejor expresión de madre indignada. —Esta ciudad no es la suya y… —Mamá —la interrumpí—, lleva viviendo aquí desde la universidad. Tiene veintiséis años. Esta ciudad ya es bastante suya. —La verdad, Edward, es que tienes razón —respondió ella con un tono extraño en su voz—. Ella vino aquí para estudiar, se licenció suma cum laude, trabajó con tu padre unos años antes de pasar a tu departamento y ser la mejor empleada que has tenido nunca… Y todo ello mientras iba a clases nocturnas para sacarse la carrera. Creo que Bella es una chica increíble, así que hay alguien a quien quiero que conozca. Mi tenedor se quedó congelado en el aire cuando comprendí lo que acababa de decir. ¿Mamá quería emparejarla con alguien? Intenté revisar mentalmente todos los hombres solteros que conocíamos y tuve que descartarlos a todos inmediatamente: « Brad: demasiado bajo. Damian: se tira a todo lo que se mueve. Kyle: gay. Scott: tonto» . Qué raro era aquello. Sentí una presión en el pecho, pero no estaba seguro de lo que era. Si tenía que definirlo diría que era… ¿enfado? ¿Y por qué me iba a enfadar que mi madre quisiera emparejarla con alguien? « Pues probablemente porque te estás acostando con ella, idiota» . Bueno, acostándome con ella no cogiendola. Vale, me la había cogido… dos veces. « Follándomela» implicaba una intención de continuar. También le había metido mano un poco en el ascensor y estaba atesorando sus bragas rotas en el cajón de mi mesa. « Pervertido» . Me froté la cara con las manos. —Vale. Hablaré con ella. Pero no te ilusiones mucho. No tiene el más mínimo encanto, así que te costará salirte con la tuya. —¿Sabes, Ed? —dijo mi hermano—. Creo que todo el mundo estaría de acuerdo en decir que tú eres el único que tiene problemas en el trato con ella. Miré alrededor de la mesa y fruncí el ceño al ver que todas las cabezas asentían, dando la razón al imbécil de mi hermano. El resto de la noche consistió en más conversación sobre que necesitaba ser más simpático con la señorita Swan y lo genial que todos pensaban que era y cuánto le iba a gustar a ella el hijo de la mejor amiga de mi madre, Jacob. Se me había olvidado por completo Jacob. Estaba bastante bien, tenía que reconocerlo. Excepto porque jugó a las Barbies con su hermana pequeña hasta que tuvo catorce años, y lloró como un bebé cuando le di con una pelota de béisbol en la espinilla cuando teníamos quince años. Swan se lo iba a comer vivo. Me reí para mis adentros solo de pensarlo. También hablamos de las reuniones que teníamos planeadas para esa semana. Había una importante el jueves por la tarde y yo iba a acompañar a mi padre y mi hermano. Sabía que la señorita Swan ya lo tenía todo planeado y listo para entonces. Por mucho que odiara admitirlo, ella siempre iba dos pasos por delante y anticipaba cualquier cosa que necesitara. Me fui tras hacer la promesa de que haría todo lo posible para convencerla de que viniera, aunque para ser sinceros no sabía cuándo iba a poder verla en los próximos días. Tenía reuniones y citas por toda la ciudad, y dudaba de que, en los breves momentos que estuviera en la oficina, tuviera algo que mereciera la pena decirle. Mirando por la ventanilla mientras bajábamos lentamente por South Michigan Avenue la tarde siguiente, me pregunté si sería posible que mi día mejorara. Odiaba verme atrapado en el tráfico. El despacho estaba solo a unas manzanas y estaba considerando seriamente decirle al conductor que parara el coche para poder salir e ir andando. Ya eran más de las cuatro y solo habíamos avanzado tres manzanas en veinte minutos. Perfecto. Cerré los ojos y apoyé la cabeza en el asiento mientras recordaba la reunión que acababa de tener. No había nada en particular que hubiera ido mal: de hecho, era más bien al contrario. A los clientes les habían encantado nuestras propuestas y todo había ido como la seda. Pero no podía evitar estar de un humor de perros. Emmet se había ocupado de decirme cada quince minutos durante las tres últimas horas que me estaba comportando como un adolescente malhumorado y para cuando acabamos de firmar los contratos solo quería matarlo. No hacía más que preguntarme cada vez que podía qué demonios me pasaba y francamente, supongo que era lo normal. Yo mismo tenía que admitir que había estado imposible el último par de días. Y eso, teniendo en cuenta que hablábamos de mí, era algo extraordinario. Como era propio de Emmet, cuando y a se iba a casa declaró que lo que me hacía falta era echar un buen palo. Si él supiera… Solo había pasado un día. Solo un día desde que lo del ascensor me dejó excitadísimo y con un deseo insoportable de tocar cada centímetro de su piel. Por cómo estaba actuando, cualquiera pensaría que y o no había tenido sexo en seis meses. Pero no, apenas había pasado dos días sin tocarla y ya parecía un lunático. El coche se paró de nuevo y y o estuve a punto de gritar. El conductor bajó la mampara de separación y me miró con una sonrisa de disculpa. —Lo siento, señor Cullen. Seguro que se está volviendo loco ahí atrás. Solo estamos a cuatro manzanas. ¿Cree que preferiría caminar? —Miré por el cristal tintado de las ventanillas y vi que acabábamos de pararnos justo en la acera contraria a la de la tienda de La Perla—. Puedo pararme justo… Yo y a había salido del coche antes de que tuviera oportunidad de acabar la frase. De pie en la acera, esperando para cruzar, se me ocurrió que no tenía ni idea de qué sentido tenía entrar en aquella tienda. ¿Qué planeaba hacer? ¿Le iba a comprar algo o solo me estaba torturando? Entré y me paré delante de una mesa alargada cubierta de lencería con volantes. Los suelos eran de una cálida madera de color miel y en los techos estaban dispuestos unos focos largos y cilíndricos, reunidos en grupos a lo largo de todo la sala. La iluminación tenue se extendía por todo el espacio creando un ambiente suave e íntimo, iluminando las mesas y los expositores de lencería cara. Algo en el delicado encaje y la seda me devolvió un deseo por ella que ya me era demasiado familiar. Pasé los dedos por la mesa que había cerca de la entrada de la tienda y me di cuenta de que ya había captado la atención de una de las dependientas. Una rubia alta se dirigió hacia mí. —Bienvenido a La Perla —me dijo levantando la vista para mirarme. Parecía una leona mirando un buen filete. Se me ocurrió que una mujer que trabajaba en eso debía de saber cuánto había pagado por mi traje y que mis gemelos eran de diamantes auténticos. En sus ojos prácticamente habían aparecido signos de dólar parpadeantes—. ¿Puedo ayudarle en algo? ¿Está buscando un regalo para su esposa? ¿O para su novia tal vez? —añadió con un tono de flirteo en la voz. —No, gracias —le respondí y de repente me sentí ridículo por estar ahí—. Solo estoy mirando. —Bueno, si cambia de idea, dígamelo —me dijo con un guiño antes de girarse y volver al mostrador. La vi alejarse y me enfadé inmediatamente porque ni siquiera se me había pasado por la cabeza conseguir su número de teléfono. Maldición. No era un mujeriego empedernido, pero una mujer guapa en una tienda de lencería (de entre todos los sitios posibles) acaba de flirtear conmigo y a mí ni se me había ocurrido flirtear también con ella. Pero ¿qué demonios me estaba pasando? Estaba a punto de girarme para salir cuando algo me llamó la atención. Dejé deslizar los dedos por el encaje negro de un liguero que colgaba de un expositor. No me había dado cuenta de que las mujeres se ponían realmente esas cosas en otros lugares que no fueran las fotos de las páginas de Playboy hasta que empecé a trabajar con « ella» . Recordé una reunión el primer mes que trabajábamos juntos. Había cruzado las piernas por debajo de la mesa y la falda se le había subido lo justo para que quedara al descubierto la delicada cinta blanca con la que se sujetaba la media. Era la primera vez que veía una prueba de su afición por la lencería, pero no era la primera vez que me pasaba la hora de la comida masturbándome en mi oficina pensando en ella. —¿Has visto algo que te guste? Me giré, sorprendido de oír aquella voz familiar detrás de mí. « Mierda» . La señorita Swan. Pero nunca la había visto así antes. Se la veía tan elegante como siempre, pero iba vestida completamente informal. Llevaba unos vaqueros oscuros y ajustados y una camiseta de tirantes roja. Llevaba el pelo en una coleta muy sexy y sin el maquillaje ni las gafas que siempre llevaba en la oficina no parecía tener más de veinte. —¿Qué demonios estás haciendo aquí? —me preguntó y la falsa sonrisa desapareció de su cara. —¿Y por qué iba a ser eso asunto tuyo? —Solo sentía curiosidad. ¿No tienes suficientes piezas de mi lencería que has pensado en empezar una colección propia? —Me miró fijamente señalando el liguero que todavía tenía en las manos. Lo solté rápidamente. —No, no, y o… —De todas formas, ¿qué haces con ellas exactamente? ¿Las tienes guardadas en alguna parte como una especie de recordatorio de tus conquistas? —Cruzó los brazos, lo que hizo que se le juntaran los pechos. Mi mirada se fue directamente a su escote y mi miembro se despertó dentro de los pantalones. —Dios —dije negando con la cabeza—. ¿Por qué tienes que ser tan desagradable todo el tiempo? —Podía sentir la adrenalina corriendo por mis venas, los músculos que se tensaban mientras empezaba literalmente a estremecerme de lujuria y de rabia. —Supongo que tú sacas lo mejor de mí —me dijo. Estaba un poco inclinada hacia delante y su pecho casi tocaba el mío. Miré a mi alrededor y me di cuenta de que habíamos llamado la atención de las otras personas que había en la tienda. —Mira —le dije intentando recomponerme un poco—, ¿por qué no te calmas y bajas la voz? —Sabía que teníamos que salir de allí pronto, antes de que ocurriera algo. Por alguna enfermiza razón, mis discusiones con aquella mujer siempre acababan con sus bragas en mi bolsillo—. De todas formas, ¿qué estás haciendo aquí? ¿Por qué no estás en el trabajo? Ella puso los ojos en blanco. —Llevo trabajando para ti casi un año, por lo que creo que deberías recordar que tengo que ir a ver a mi tutor una vez cada dos semanas. Acabo de salir y quería hacer unas compras. Tal vez deberías ponerme una tobillera de seguimiento para poder tenerme vigilada todo el tiempo. Pero bueno, la verdad es que has conseguido encontrarme aquí y eso que no llevo una. La miré fijamente intentando encontrar algo que decirle. —Siempre eres tan irritante conmigo… « Muy bien, Ed. Esa ha sido buena» . —Ven conmigo —me dijo, me agarró del brazo y me arrastró hasta la parte de atrás de la tienda. Giramos una esquina y entramos en un probador. Obviamente se había pasado allí un buen rato; había pilas de lencería en las sillas y los colgadores, todas ellas llenas de encajes indefinibles. Sonaba música a través de unos altavoces encastrados en el techo y yo me alegré de no tener que preocuparme de hablar en voz baja mientras la estrangulara. Cerró la gran puerta con un espejo que había frente a un silloncito tapizado en seda y me miró fijamente. —¿Me has seguido hasta aquí? —¿Y por qué demonios iba a hacer eso? —Así que simplemente es casualidad que estuvieras mirando prendas en una tienda de lencería femenina. ¿Un pasatiempo pervertido de los tuyos? —No se lo crea usted tanto, señorita Swan. —¿Sabes? Es una suerte que la tengas grande, así hace juego con esa bocota tuy a. Y al segundo siguiente me encontré inclinándome hacia delante y susurrando: —Estoy seguro de que te iba a encantar mi boca también. De repente todo era demasiado intenso, demasiado alto y demasiado vívido. Su pecho subía y bajaba y su mirada pasó a mi boca mientras se mordía el labio inferior. Se enroscó lentamente mi corbata en la mano y me estiró hacia ella. Yo abrí la boca y sentí la presión de su suave lengua. Ahora y a no podía apartarme y deslicé una mano hasta su mandíbula y subí la otra hasta su pelo. Le solté el pasador que le sujetaba la coleta y sentí que unas suaves ondas me caían sobre la mano. Agarré con fuerza esa mata de pelo, tirándole de la cabeza para poder acomodar mejor la boca. Necesitaba más. Lo necesitaba todo de ella. Ella gimió y y o le tiré más fuerte del pelo. —Te gusta. —Dios, sí. En ese momento, al oír esas palabras ya no me importó nada más: ni dónde estábamos, ni quiénes éramos ni qué sentíamos el uno por el otro. Nunca en mi vida había sentido una química tan potente con nadie. Cuando estábamos juntos así, nada más importaba. Bajé las manos por sus costados y le agarré el borde de la camiseta, se la subí y se la quité por la cabeza, rompiendo el beso solo durante un segundo. Para no quedarse atrás, ella me bajó la chaqueta por los hombros y la dejó caer en el suelo. Dibujaba círculos con los pulgares por toda la piel mientras movía las manos hasta la cintura de los vaqueros. Se los abrí rápidamente y cayeron al suelo. Ella los apartó de una patada a la vez que se quitaba las sandalias. Yo bajé por su cuello y sus hombros sin dejar de besarla. —Maldición —gruñí. Al levantar la vista pude ver su cuerpo perfecto reflejado en el espejo. Había fantaseado con ella desnuda más veces de las que debería admitir, pero la realidad, a la luz del día, era mejor. Mucho mejor. Llevaba unas bragas negras transparentes que solo le cubrían la mitad del trasero y un sujetador a juego, y el pelo sedoso le caía por la espalda. Los músculos de sus piernas largas y musculosas se flexionaron cuando se puso de puntillas para alcanzarme el cuello. La imagen, junto con la sensación de sus labios, hizo que mi miembro empujara dolorosamente el confinamiento de los pantalones. Ella me mordió la oreja y sus manos pasaron a los botones de mi camisa. —Creo que a ti también te gusta el sexo duro. Yo me solté el cinturón y los pantalones, los bajé hasta el suelo junto con los bóxer y después la empujé hacia el silloncito. Un estremecimiento me recorrió cuando le acaricié las costillas con las manos en dirección al cierre de su sujetador. Tenía los pechos apretados contra mí como si quisiera meterme prisa y y o la besé por el cuello mientras le soltaba rápidamente el sujetador y le bajaba los tirantes. Me aparté un poco para dejar que el sujetador cay era y por primera vez pude tener una visión completa de sus pechos completamente desnudos ante mí. « Maldición, son perfectos» . En mis fantasías les había hecho de todo: tocarlos, besarlos, chuparlos, follármelos, pero nada comparado con la realidad de simplemente quedarme mirándolos. Sus caderas se sacudieron contra mí; nada aparte de sus bragas nos separaba ya. Enterré mi cabeza entre sus pechos y ella metió las manos entre mi pelo, acercándome. —¿Quieres probarme? —me susurró mirándome fijamente. Me tiró del pelo con suficiente fuerza para apartarme de su piel. No se me ocurrió ninguna respuesta ocurrente, nada hiriente que hiciera que dejara de hablar y simplemente se dedicara a cogerme. Sí que quería probar su piel. Lo deseaba más de lo que había deseado nada en mi vida. —Sí. —Pídemelo con educación entonces. —Y una mierda te lo voy a pedir con educación. Suéltame. Ella gimió, inclinándose hacia delante para permitirme meterme un pezón perfecto en la boca, lo que hizo que me tirara aún más fuerte del pelo. Mierda, eso era genial. Miles de pensamientos me pasaban por la mente. No había nada en este mundo que quisiera más que hundirme en ella, pero sabía que cuando acabara, nos iba a odiar a los dos: a ella por hacerme sentir débil y a mí por permitir que la lujuria anulara mi sentido común. Pero también sabía que no podía parar. Me había convertido en un yonqui que solo vivía para el siguiente chute. Mi vida perfectamente organizada se estaba rompiendo en pedazos y todo lo que me importaba era sentirla. Deslicé la mano por sus costados y dejé que mis dedos rozaran el borde de sus bragas. Ella se estremeció y yo cerré los ojos con fuerza mientras agarraba la tela fuertemente con las manos, deseando poder parar. —Vamos, rómpelas… Sabes que lo estás deseando —murmuró junto a mi oído y después me mordió con fuerza. Medio segundo después sus bragas no eran más que un montón de encaje tirado en una esquina del probador. Le agarré las caderas con fuerza, la levanté mientras sujetaba la base de mi miembro con la otra mano y la empujé hacia mí. La sensación fue tan intensa que tuve que obligarla a dejar las caderas quietas para no explotar. Si perdía el control ahora, ella me lo echaría en cara más tarde. Y no le iba a dar esa satisfacción. En cuanto recuperé el control otra vez, empecé a moverme. No lo habíamos hecho en esa postura nunca (ella encima, mirándonos a la cara) y aunque odiaba admitirlo, nuestros cuerpos encajaban a la perfección. Bajé las manos desde sus caderas hasta sus piernas, le agarré una con cada mano y me rodeé la cintura con ellas. El cambio de posición me hizo entrar más profundamente en ella y hundí la cara en su cuello para evitar que se me oyera gemir. Era consciente del murmullo de voces a nuestro alrededor, con gente entrando y saliendo de los otros probadores. La idea de que podían pillarnos en cualquier momento solo mejoraba la situación. Ella arqueó la espalda a la vez que ahogaba un gemido y dejó caer la cabeza. Esa forma engañosamente inocente con que se mordía el labio me estaba volviendo loco. Una vez más me vi mirando por encima de su hombro para vernos en el espejo. No había visto nada tan erótico en toda mi vida. Ella me tiró del pelo otra vez para llevar mi boca hacia la suya y nuestras lenguas se deslizaron la una contra la otra, acompasadas con el movimiento de nuestras caderas. —Estás increíble encima de mí —le susurré junto a la boca—. Gírate, tienes que ver una cosa. —Tiré de ella y la giré para que viera el espejo. Con su espalda contra mi pecho, ella se agachó un poco para volver a meterme en ella. —Oh, Dios —dijo. Suspiró profundamente y dejó caer la cabeza sobre mi hombro y y o no estaba seguro de si era por notarme dentro de ella o por la imagen del espejo. O por ambas. La agarré del pelo y la obligué a volver a levantarse. —No, quiero que mires justo ahí —dije con voz ronca junto a su oído, mi mirada encontrando la suya en el espejo—. Quiero que lo veas. Y mañana, cuando te encuentres dolorida, quiero que te acuerdes de quién te lo hizo. —Deja de hablar —me dijo, pero se estremeció y supe que disfrutaba con cada palabra. Sus manos subieron por su cuerpo y después se acercaron al mío hasta que se hundieron entre mi pelo. Yo recorrí cada centímetro de su cuerpo y le cubrí de besos y mordiscos la parte posterior de los hombros. En el espejo podía ver cómo entraba y salía de ella y por mucho que no quisiera guardar esos recuerdos en mi cabeza, supe que esa era una imagen que no iba a olvidar. Bajé una mano hasta su clítoris. —Oh, mierda —murmuró—. Por favor. —¿Así? —le pregunté apretándolo y rodeándolo. —Sí, por favor, más, por favor, por favor. Nuestros cuerpos estaban ahora cubiertos por una fina capa de sudor, lo que hacía que el pelo se le pegara un poco a la frente. Su mirada no se apartaba del lugar donde estábamos unidos mientras seguíamos moviéndonos el uno contra el otro y supe que los dos estábamos cerca. Quería que nuestras miradas se encontraran en el espejo… pero inmediatamente pensé que eso le iba a revelar demasiado. No quería que viera tan claramente lo que me estaba haciendo. Las voces que nos rodeaban seguían sonando, completamente ajenas a lo que estaba ocurriendo en esa minúscula habitación. Si no hacía algo, nuestro secreto no se iba a poder mantener mucho tiempo. Cuando sus movimientos se hicieron más frenéticos y sus manos se apretaron más y más en mi pelo, le puse la mano en la boca para amortiguar su grito cuando se corrió allí, rodeándome. Yo acallé mis propios gemidos contra su hombro y tras unas pocas embestidas más, exploté en lo más profundo de ella. Su cuerpo cay ó sobre mí y yo me apoy é contra la pared. Necesitaba levantarme. Necesitaba levantarme y vestirme, pero no creía que mis piernas temblorosas pudieran sostenerme. Cualquier esperanza que hubiera tenido de que el sexo se volviera menos intenso con el tiempo y y o pudiera olvidarme de esa obsesión acababa de esfumarse. La razón estaba empezando a volver lentamente a mí, junto con la decepción por haber vuelto a sucumbir a esa debilidad. La levanté y la aparté de mi regazo antes de agacharme para coger mis calzoncillos. Cuando se giró para mirarme yo esperaba odio o indiferencia, pero vi algo vulnerable en sus ojos antes de que le diera tiempo a cerrarlos y a apartar la vista. Ambos nos vestimos en silencio; la zona de probadores de repente parecía demasiado pequeña y silenciosa y y o era consciente incluso de todas y cada una de sus respiraciones. Me enderecé la corbata y recogí las bragas rotas del suelo, depositándolas en mi bolsillo. Fui a agarrar el picaporte y me detuve. Estiré la mano y la pasé lentamente por la tela de encaje de una prenda que colgaba de uno de los ganchos de la pared. Sus ojos se encontraron con los míos y le dije: —Compra el liguero también. Y sin mirar atrás, salí del probador. 

Capítulo 3: capítulo 3 Capítulo 5: Capítulo 5

 


 


 
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