Veneno Irresistible (Fic Terminado)

…VENENO IRRESISTIBLE…

Una cárcel. Una vigilante. Un preso. Y un amor a escondidas... ¿Qué pasa cuando te enamoras de alguien del cual no sabes nada? Una situación única... y un amor IRRESISTIBLE.


*Los protagonistas del siguiente fanfiction son obra de Stephenie Meyer*
http://www.fanfiction.net/~giavasgv
Tuenti: Claudia Giava
PRÓLOGO

*BELLA POV*

Cambiaría ese espantoso sonido por cualquier otro, preferiblemente por otro más agradable.

Espantoso porque me sacaba de mis más profundos deseos, mi mundo paralelo en el que yo era una princesa que vestía con trajes caros y joyas elegantes, en el que llevaba mi pelo largo, ondulado y sedoso, brillante bajo la luz del sol; un mundo en el que mi príncipe azul venía a buscarme en un caballo blanco, y depositaba un dulce beso en mi mano al verme…Pero ese horrible sonido destrozaba todo eso, lo partía, lo  reventaba. El despertador.

Sabedora de que no podía quedarme echada en la cama, por mucho que quisiera, me levanté para irme a trabajar.

A veces me preguntaba cómo es que había escogido mi trabajo. La excusa de mi padre me había parecido patética “seguir los pasos familiares”, aunque al final, tuvo razón. Nunca fui buena estudiante, jamás, así que recurrí al camino fácil, si tenía un padre policía, ¿por qué no aprovecharme de la situación?

Nunca, ni siquiera cuando era una niña, me planteé un futuro en el que yo fuera una jefa de oficina, de una tienda de moda, de una agencia de viajes, de una cadena de hoteles, de una empresa de marketing…ni tampoco vestida de falda de tubo y chaqueta, con una camisa blanca y tacones; ni mucho menos, con el pelo recogido, jamás. Siempre me ha gustado llevarlo suelto, me queda fatal recogido.

Siempre pensé que sería más feliz siendo, yo que sé, recepcionista, camarera, panadera (aunque no sepa cocinar), pastelera, peluquera…en resumen, alo que tenga contacto social.

Ponerme en el lugar de una jefa que se lleva todo el trabajo a casa que no ha podido terminar me parece un horror. Gente que se desvive por su trabajo, sin importar su salud…Tal vez me equivoque, pero yo a eso no lo llamaría felicidad.

Me resultaba más fácil levantarme a las seis de la mañana y  dirigirme a la cárcel a cuidar de mis “niños”. En parte, soy como una niñera, aun sabiendo que hay criminales, asesinos, violadores, psicópatas, pirómanos, pederastas… me dirijo a ellos como si fueran unos niños a los que tengo que vigilar, en ello consiste mi trabajo.

Después de darme una ducha y arreglarme el pelo, me puse el uniforme azul marino, cogí la placa y el resto de los bártulos (pistola, porra, esposas…) y me metí en el coche. Ya desayunaría en el trabajo.

La cárcel de San Diego resultaba muy chocante. Era de color gris, sin ventanas y con unos altísimos muros con serpentinas electrificadas, que daban miedo con sólo mirarlas. Daba escalofríos mirar un lugar tan alejado, triste y aparentemente sin vida, silencioso. Pero el que estaba en aquel sitio, era porque se lo merecía, sin duda.

La mayor parte del tiempo lo pasaba caminado por los pasillos, y yendo y viniendo de celda en celda, para comprobar que todo andaba bien, que nadie se estuviera peleando…

Venía una media de dos presos por semana, y muy pocas veces salía alguien. Conocía a todos los que estaban allí, hablaba con ellos, me hacían regalos hechos por ellos mismos en los talleres, y me contaban sus problemas, se desahogaban. Lo único que hay en una cárcel son problemas y más problemas, como en los libros de matemáticas.

Ésa era la rutina, apenas cambiaba. Pero mi trabajo me resultaría un poquito más cómodo, si no estuviera bajo la supervisión paterna. Que incordio que tu padre sea tu jefe, en serio.

Alguna que otra vez me había imaginado cumpliendo los cincuenta años entre la gente de la cárcel, como si yo misma estuviera presa.

Pero jamás pensé en que esa posibilidad pudiera hacerse real.

 No hasta conocer a la  persona que lo cambió todo.

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Creado 29/04/2010 - Actualizado 22/09/2011
Autor: Giavas
Género: Romance
Capítulos: 49
 


Capítulo 41: Persuasión

Hola chicas! De nuevo un capi más! No las distraigo mucho para que lean, pero porfis espero sus comentarios al terminar! No nos abanonen!!

Giavas!


Capítulo 41: Persuasión.

*Bella*

Me quedé durante toda la noche pensando, porque no podía dormir. Y menos en la terraza del piso, en plena noche neoyorkina.

Me maldije a mí misma por haber sacado el tema la noche anterior, de no haber sido así, no habríamos discutido tan fuerte. Pero tampoco podía recurrir a echarme la culpa a mí misma, porque Edward también había colaborado con su granito de arena.

Cuando consideré que tenía bastante frío entré al salón y dormí en el sillón, bueno, en realidad no dormí, más bien, me tumbé.

Aburrida, me levanté y fui al cuarto del bebé. Cerré los ojos y me imaginé cómo me gustaría que fuese todo. Absolutamente todo.

Alcancé a escuchar unas zapatillas acercarse y Edward se quedó apoyado en el marco de la puerta.

Pero yo ni me inmuté, continué dándole la espalda. Sabía que él tenía ganas de arreglar las cosas, ambos éramos sabedores de que nuestras broncas nunca duraban más de unas horas, pero no me apetecía hablar.

-Bella…- susurró. Pero yo no le contesté, continué haciéndole el vacío.

Más tarde se puso frente a mí, para poder mirarme a la cara pero yo la giré, mirando una de las  paredes, dándole a entender que no estaba de humor.

Acunó una de mis mejillas y por una milésima de segundo pensé que me rendiría. Pero la cordura me llegó a tiempo y retiré la cara.

-Antes, yo…- dijo sin saber exactamente lo que quería “expresar”.
-Edward, mejor déjalo, porque estoy afligida y dolida, y probablemente con nada que hagas, te perdonaré. Soy un punto débil en estos momentos, por no hablar de mis hormonas revolucionadas. Así que es mejor que me dejes pensar con la lógica y no con el corazón. Agradezco que intentes arreglarlo, pero hablamos mañana- me di la vuelta y regresé a nuestro dormitorio.

A la mañana siguiente me levanté y me encontré en una casa vacía, qué sorpresa.

Tras desayunar y devolverlo todo en la taza del váter me senté en la silla del despacho de Edward. En su escritorio estaban enmarcadas las ecografías del bebé. De nuestro bebé. Me llevé las manos a la barriga y acaricié mi pequeño bultito.

Asustándome, sonó de pronto mi móvil. Tenía un mensaje: “Tengo mucho trabajo y no voy a poder ir a comer, volveré tarde”. Por supuesto, era de Edward. “OK” contesté.

Odiaba ese tipo de mensajes, significaban aburrimiento para todo el día.

Ya había intentado hacer amigas en el edificio, pero no había ninguna con la que realmente hubiera entablado la base de una amistad.

Una vez me quedé sin azúcar, y fui a la vecina de al lado a pedirle un poco. Se llamaba Jersey, era muy joven y solía poner la música muy alta. Ella tampoco tenía azúcar pero me invitó a pasar. Hubo un silencio incómodo hasta que ella me ofreció un porro. “Casualmente” recordé que había dejado el fuego encendido y salí corriendo de aquel piso.

Otro de nuestros vecinos una vez tocó a nuestra puerta. Un hombretón de unos cincuenta años con pinta de matón que nos advirtió de que si nos volvíamos a pasar la línea del aparcamiento que separaba su plaza de la nuestra en el garaje, avisaría a la policía. Sí, muy simpático también. Ni siquiera recuerdo su nombre.

Cuando probé a salir de compras por Time Square y entré en una tienda de bolsos, me vi acorralada por una compradora compulsiva que no conseguía quitarme de encima. Tenía la misma edad que yo, su marido era jefe de no me acuerdo qué empresa muy importante y ella se dedicaba a vigilar cuándo cambiaban los escaparates de las tiendas. Cuando me preguntó si estaba embarazada y le dije que sí, ella me echó la bronca por haberme entregado de tal forma a un hombre. Me advirtió de que había destrozado mi vida, que un hombre solo servía para comprarte cosas. Brittany, agobiante.

Una noche bajé a tirar la basura y me topé con otra de mis vecinas. Rachel. Estaba llorando porque se acababa de enterar de que su novio le había puesto los cuernos. Traté de consolarla y darle ánimos, le dije que podría encontrar a un hombre que realmente le hiciese feliz, y me dijo que si era buena amiga, le dejaría acostarse con Edward. No volví a hablar con ella nunca más.

Así que las mujeres, intento no generalizar, por difícil que parezca, eran adictas a las compras, a las discotecas y a las relaciones complicadas.

Casi prefería quedarme en casa, muchas de las veces. No había conocido a las personas adecuadas.

Echaba de menos a Alice, aunque le había dicho que no me llamase en una temporada, a mi casita pequeña y sucia de San Diego (y su tranquilidad), también echaba de menos la playa, un trabajo… pero sobretodo echaba de menos a Edward.

En la última semana nuestra fabulosa química se había atrofiado pero a lo bestia.

Y empezaba a preocuparme que sólo discutiésemos.

Tomé el teléfono de nuevo y marqué su número.

Contestó al tercer toque.


-¿Sí?
-Edward, soy Bella.
-Lo sé, ¿qué pasa? ¿Estás bien?-la pregunta de siempre.
-Sí, es sólo que me preguntaba si estarías en casa a la hora de la cena.
-Supongo que sí, depende de cómo vaya el día-dijo.
-De acuerdo. Eso era todo, nos vemos en la noche, adi…
-Espera, Bella- dijo rápidamente antes de que colgase.
-¿Qué?
-Respecto a lo de anoche, quería pedirte…
-Después, Edward-le corté- por teléfono no. Cuando llegues a casa hablamos, ¿vale?
-Sí, hasta luego- colgó.


Durante un buen rato estuve ojeando una revista de moda que había en el piso, y por primera vez vi anunciada Isla Giavas como “luna de miel paradisíaca”. Miré todas sus fotos y me sorprendió que ninguna de ellas engañaba, todo era tal y como mostraban las fotografías.

Viendo los colores tan vivos fue como se me ocurrió algo que hacer. Cogí lápiz y papel y fui a la habitación del bebé.

Como no sabía si sería niño o niña, dividí el papel en dos partes, a la mitad, una encabezada por la palabra chico, y otra chica.

Escribí el tono de las paredes, los accesorios, la cuna, el carrito,… Y me llevó bastante tiempo, más del que me había dado cuenta.

Después de comer, echarme la siesta y preparar la cena, retomé mi tarea del cuarto hasta que llegó Edward.

-¿Bella?
-Voy en seguida- dije contenta, me alegraba de que por fin estuviese aquí y pudiéramos hablar- Hola- me colgué de su cuello y le besé.
-Mmm…- sujetó mi cintura, sorprendido.
-He preparado la cena-dije en busca de aire- pero si quieres pasamos a la charla primero.
-Me parece bien, pero prefiero hablar mientras cenamos, porque estoy hambriento.

Lo arrastré hasta la cocina de la mano. Al principio hubo un silencio extraño, como si no supiéramos cómo empezar.


-Te pido disculpas por lo de ayer, no quise ser tan bestia y tan bruto contigo.
-Y yo por ser tan estúpida, no quiero llorar por todo, yo no suelo llorar, pero este bebé… y no debí sacar un tema que se supone que ya está más que enterrado. Reconozco que metí la pata.
-Iremos a San Diego, cuando quieras-dijo.
-He estado pensando en eso de todas formas y creo que lo mejor es que le escriba una carta a Jacob, y que se la dé Alice, así todos estaremos contentos.
-Es una buena idea- sonrió.


Me alegraba de habernos disculpado pero todavía tenía una espinita clavada en el pecho que moría por salir. Solté el tenedor ruidosamente en el plato y bajé las manos para dejarlas sobre mis piernas. Edward me miró.


-Edward no quiero ser una esposa aburrida, no quiero que estemos siempre peleando, porque te acabarás arrepintiendo de haberte casado conmigo.
-Bella- se levantó y se arrodilló a mi lado- yo jamás me voy a arrepentir de haberme casado contigo. Nunca. Si alguien me hubiera dicho hace dos años que estaría casado contigo y esperando un bebé me habría reído en su cara. Esto es como un sueño.

Cogió mis manos.

-Pero es que tienes razón, estoy pasando por una etapa en la que todo me molesta y nada me agrada. Aquí cuando tú te vas a trabajar me quedo absolutamente sola, y me aburro. No tengo ni una sola amiga y me da pereza bajar a la calle, porque no encajo en la ciudad de la moda. ¿Qué es lo que pasa conmigo?
-Pero…
-Llegamos tan felices, tan unidos y tan enamorados de Isla Giavas que cuando nos trasladamos a Nueva York me di un golpe bien fuerte con un muro de cemento llamado realidad. No se puede estar viviendo del cuento eternamente, lo sé, pero sólo quiero no estar sola. Ya sabes, allí nos pasábamos el día juntos, literalmente, lo hacíamos a todas horas y a veces sin descanso. ¡No puede haber llegado la rutina tan rápido a mi vida!
-Simplemente te estás adaptando.
-Pero es que han pasado casi tres meses-dije exasperada.
-A veces uno no se acostumbra fácilmente, no sé.
-El problema es que te pasas el día trabajando, y mira a qué horas llegas… Cuando llegas a casa estás tan cansado que ya ni siquiera…
-Lo sé, y perdóname. Te prometo que encontraremos una solución.
-Edward, no es solo un capricho, ¿no ves que cuando sienta la primera patadita del bebé quiero que estés ahí para tocarlo? Sin embargo, si estás en el trabajo todo el día encerrado entre cuatro paredes te lo perderás.
-Tienes razón- me besó la frente.
-Mira, esta relación tiene que funcionar sí o sí, después de todo lo que ha pasado, tiene que funcionar. Prométemelo- le miré fijamente.
-Te lo prometo.
-Y quiero buscar un trabajo porque de verdad que me aburro en esta casa metida todo el día.
-No- dijo tajante- Lo siento, si te pones a trabajar ahora, podría pasarte algo, a ti o al bebé y no quiero riesgos. Es mejor que te quedes aquí.
-¡No me incapacites! ¡Estoy perfectamente!
-No me comprendes.
-¿Comprender, Edward? ¿Y tú? ¿Comprendes que aquí me asfixio? ¿Que me paso encerrada todos los días entre estas cuatro paredes?- le tomé de la solapa de la camisa- tal vez sea por eso por lo que estoy así. NECESITO salir de aquí o me volveré loca.
-¿No prefieres irte de compras? ¿Qué mujer prefiere ir a trabajar con semejante oferta?
-¿Qué? Tú sabes que odio las compras. Me niego a permanecer cinco meses y medio encerrada por un embarazado. Es un bebé no un virus, no se contagia. Quiero sentirme útil, por Dios.
-Bueno, yo podría…-murmuró.
-¿Qué, podrías qué?
-No creo que a nadie le importe que te vengas conmigo a la oficina y me eches un cable con alguna cosilla-dijo.
-¿De verdad? ¿Lo estás diciendo en serio?
-Si realmente mueres por salir de aquí, sí. Prefiero mil veces que trabajes conmigo que con cualquier otra persona. Imagina que te pasa algo…
-¡Ay! Gracias, gracias, gracias- le llené la cara de besos.
-¿Aunque sabes qué?-sonrió.
-¿Qué?
-Primero tendrás que persuadirme.
-¿Cómo?- dudé- ¿tengo que hacer pruebas o algo así?
-No, no, no, no… ¿Recuerdas lo que hiciste para que te confesase el lugar al que iríamos de luna de miel?-entendí a qué se refería, entonces.
-Ah…sí. Ven- le indiqué con el dedo índice.

Me levanté de la silla y me senté en el sillón con Edward caminando detrás de mí. Él también tomó asiento a mi lado.

Me arrastré al círculo de sus brazos y apoyé los míos en sus hombros. Le acaricié el mentón con la nariz.


-Rodeos los justos, por favor- se quejó. Me separé de él bruscamente.
-¿Encima te quejas?
-Vale, vale, continúa
-Continúa leches. O me dejas trabajar contigo o me regreso a San Diego.
-Oye, ¿esa es tu persuasión? ¿La amenaza?
-Es que no fastidies, lo hago lentito, dulce, para que lo saborees bien y me cortas el rollo.
-Perdón. Continúa, Bella.
-Dios, qué cruz- le tomé de la mandíbula con fiereza y dejé su rostro a milímetros del mío- sonreí como símbolo de venganza. Este momento me recordaba a uno no tan feliz que habíamos tenido en la cárcel, cuando descubrí lo que hacía “realmente”, le había agarrado el mentón de la misma manera. Su expresión era igual que la de entonces. Estampé su boca en la mía.

Me rodeó la cintura y tuve que arquearme un poco.

Se separó para poder respirar.


-¿Si te doy el trabajo qué me ofreces a cambio?-dijo.
-¿Te ha gustado este beso?- asintió- Pues otro pero de película.
-¿Sólo eso? ¿Es tu gran oferta? Creo que le daré el puesto de ayudante a otra- se carcajeó.
-¿Vas a jugar sucio? Porque yo también puedo sacarle partido a mi soledad en esta casa trayendo a un tío a mi cama. Así que yo no arriesgaría demasiado.
-¡Sólo he hablado de una ayudante!
-¡Sólo he hablado de un amante!- me reí.
-Bueno, te amo, así que solo bromeaba, ya sabes que no hay puesto de ayudante más que para ti. ¿Me das aún así el beso?


Guardé silencio un instante para dejarle caer en la duda.


-No sé…- atrajo mi rostro al suyo ferozmente agarrándome por la nuca, yo apoyé mis manos en su pecho para luego trasladarlas a su pelo, como era costumbre ya. Más tarde puse mis manos a cada lado de sus mejillas y atraje una vez más su boca a la mía.

Buscando aire, acarició su nariz con la mía delicadamente.

Volvía a presionar dulcemente sus labios tan carnosos, tan… deseables, tan…letales, tan…irresistibles…

-Te quiero tanto que me duele- murmuró.

Su boca se fundió con la mía y mi cuerpo, relajado y apoyado en los cojines del sillón, quedó por debajo del suyo, pero sin aguantar ni un solo gramo de su peso.

Se separó y escondió su cabeza en mi cuello, notando cómo sus labios, su lengua y sus dientes trabajaban en esa zona.


-No sabes cómo se siente eso- dije casi inaudiblemente.


No obtuve más respuesta que una sonrisa tatuada en mi garganta. Sus manos se deslizaron por mis piernas, desde los tobillos, enredándolas en mi pantorrilla y subiendo hasta mi muslo.

Enredé éstas alrededor de su cintura y atraje de nuevo su boca a la mía, tirándole del pelo, algo que a Edward le encantaba.

Mordí su labio inferior y él se apartó un poco, con una sonrisa que me pareció estúpida para un momento tan fogoso como éste.

-No sé cómo permito tal cosa-dije contra la piel expuesta de su cuello.
-¿El qué?- ronroneó.
-Dejarte salir a la calle todos los días y consentir que otras mujeres te gasten con la mirada. Tú- volvía morderle- eres mío. Mío y de nadie más, que para eso me ha costado bastante conseguirte.
-Demuéstramelo entonces-suspiró.

Apreté el agarre de mis piernas y me comí su boca.

Le guiñé el ojo antes de concluir:


-A eso iba…

Capítulo 40: Peleas Capítulo 42: Sentidos

 


 





 
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