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CAPÍTULO II: Extrañas confesiones
Me quedé atónita. Y él me clavo los ojos, no quería ni imaginar la cara de tonta que debía tener.
Alzó las cejas y sacudió las manos, esposadas en su espalda.
-Una fotos de durará más; ¿Me sueltas o qué?- inquirió exigente.
Solté todo el aire que había acumulado y me moví, buscando las llaves en mi bolsillo. Cuando di con ellas, le sujeté las manos, pero entes de soltarlo, le pregunté:
-¿Por qué no te lo querías quitar? -Suéltame de una vez. Haces más preguntas que una niña de cinco años- su tono me irritaba. ¿Acaso no hacía todo el rato lo que me pedía? Qué arrogante. Aquí el preso era él, no yo. Pero fue la gota que colmó el vaso. ¿Sabes Cullen? Aquí mando yo, estás en mi bloque, y no te creas que por yo ser una mujer, me puedes hablar con ese tono de imbécil. Por si no lo sabes, yo también tengo porra y pistola, así que acata mis órdenes, porque para eso las doy; y si te pregunto que por qué llevabas esa mierda en la cabeza, tú contestas ¿ENTIENDES?
Se limitó a asentir con la cabeza, despacio. Había conseguido la reacción adecuada.
-Lo siento, lo llevaba para cubrirme el rostro- dijo en tono apenas audible. -¡Qué listo! A esa conclusión también había llegado yo- si él iba a jugar al juego del sarcasmo, podían jugar dos. -¿Qué más te da? Es como si hubiera llevado una gorra, no tiene nada de interesante. Por muy dueña del “bloque” que seas, no tienes derecho a interrogarme. Ya se encargaron de eso antes de venir aquí, así que, por favor suéltame, te haré caso, pero déjame en paz- le quité las esposas y abrió y cerró la mano varias veces, como si fuera la primera vez que las ve o como si llevara mucho tiempo sin ella y la hubiera recuperado. -Ándate con ojo-dije bruscamente. -¿Qué tengo que hacer? -Veamos-miré mi reloj- dentro de diez minutos será la hora de salir al patio, podrás ir a la cafetería, a la biblioteca, a la sala de juegos o talleres. Tenéis una hora.
Puso cara de extrañeza.
-¿Qué pasa? ¿No te parece bien? -¿No tengo que cambiarme de ropa? ¿Ponerme un mono o algo así? -¿Tú has visto muchas películas no? Puedes ponerte la ropa que quieras, siempre y cuando no llames la atención. -Sólo traigo ésta- se agarró la camiseta negra y se encogió de hombros. -Supongo que podré conseguirte algo más. Pero con el dinero semanal puedes comprarte ropa en la tienda. -Vale- asintió- ¿A qué hora es la comida? -A la una, ni un minuto más. Pero no se te pasará, yo me encargo de avisaros uno a uno cuando sea el momento.
Asentía cada vez que le decía algo, pero nunca me miraba. Era un tipo bastante rarito. En cuestión de minutos, se digna a hablar, cuando llegó con el pico bien cerrado.
-¿Tienes alguna pregunta más?- levanté las cejas. -No…
Me dirigía hacia la puerta cuando me llamó de nuevo.
-¡Espera! Tengo otra- esperé paciente y me volví a sentar- ¿Qué es todo eso de los bloques? ¿Cómo funciona?- levantó la cara y sus ojos se encontraron con los míos.
Me pareció estar mirando dos hermosísimas joyas. Sus ojos eran por completo esmeraldas….y yo me fundía en ellas. Era inevitable.
-En esta cárcel…-alguien me interrumpió, de pronto. -¡BELLA!- gritó Jack, el chico de la celda 103- ¡BELLA!
Jack estaba aquí por falsificar documentos para intentar escapar del país tras haber matado al ladrón que entró en su casa. Muerto de miedo, no avisó a nadie, como se suele hacer cuando es en defensa propia. Lo trajeron aquí cuando estaba en el aeropuerto.
-¡Voy, un momento, Jack!... Como te iba diciendo, pues que en ésta cárcel… -¡BELLA!- gritó de nuevo. -¿Qué es lo que quieres?- miré a la puerta como si él estuviera allí. -¡Ven por favor, necesito que vengas Bella!- me levanté de la cama en la que estábamos sentados. A lo mejor Jack tenía problemas. -Cullen, perdona un momento, ahora vengo- salí y cerré la puerta con llave. Cuando llegué al a la celda de Jack, vi que aporreaba la puerta. La abrí con rapidez.
-¿Qué te pasa?- le dije abriendo con intensidad los ojos. -No me has abierto la puerta esta mañana, Bella, y te he hecho una cosa. -Jack, lo siento, hoy no las he abierto yo, he tenido cosas que hacer. Pero eso no es razón para pegar esos gritos, me pensé que se trataba de una emergencia. -Bueno, toma- me dio una bolsita de cuero y dentro había una pulsera hecha de hilo trenzado, una cucada. -Gracias, es una monada, no deberías haberte molestado. -Eres la princesa de la cárcel de San Diego, la mejor y la más guapa de todas, hay que consentirte.
Consiguió sonrojarme.
-Gracias, me gustaría quedarme, pero tengo que explicarle las normas a uno nuevo, te veo en cinco minutos en el patio. -¿Ha venido uno nuevo? -Sí, recién llegado, te veo después.
Salí de la celda y volví con Edward Cullen, que seguía sentado, tal y como le había dejado.
-Bien, ¿Por dónde iba? -Por lo de los bloques… -¡Ah, sí! Bien, la cárcel se divide en cinco bloques: A, B, C, D y E. A y B son para los presos que digamos “se portan bien”, los más relajaditos. C, para los que se portan un poco peor; D los que necesitan mucha vigilancia; y E, para los más peligrosos, generalmente los asesinos en serie….todos esos que no se saben controlar. -¿Cuál es éste? -Tú estás en el B. -¿No debería estar en el D o en el E?- se pasó la mano por el broncíneo pelo, haciendo que mis ojos se posaran en él. -Sí, eso supuse yo. Pero se ve que Los Estados Unidos es un lugar muy peligroso. Los bloques D y E, están a tope, no cabe nadie más. -¿Y el C? -Verás, es que creen que conmigo, los presos están mejor, más relajados. -¿Tan noble eres?- esbozó una amplia sonrisa, que cortaba la respiración. -Yo no trato mal a las personas, a menos que me obliguen a hacerlo. Sí, soy bastante noble.
Se quedó pensativo un rato mientras se mordía el labio.
-¿No has estado antes en la cárcel?- le pregunté un minuto después. -No, nunca- negó con la cabeza. -¿Cómo es posible que hayas matado a tres personas? -¿Te llamas Bella entonces?- cambió de tema notablemente- ¿Cuándo necesite algo sólo tengo que pegarte un grito como lo hizo el tal Jack?
Decidí seguirle la corriente, ya se la devolvería en otra ocasión.
-No. Donde el interruptor de la luz, hay un botón rojo y otro azul. El rojo es para una emergencia, como que te estés quemado o algo así. El azul manda una señal a la centralita del bloque, que indica que necesitas algo, entonces vendré. -¿Bella?- me llamaron por el walkie talkie. -¿Sí? -Es hora de sacarlos. -Vale. Vamos Cullen- le indiqué la puerta con el dedo, para mi sorpresa se rió. -¿Podrías decirme qué te resulta tan gracioso Cullen? -¿Puedes dejar de llamarme así?- dijo aún riéndose- Me llamo Edward, ése es mi nombre. -Como quieras “Edward”- puse los ojos en blanco y le abrí la puerta.
Cuando estuvimos en los pasillos, observaba todo con detenimiento. Excepto la celda de Edward, todas las demás estaban abiertas durante el día, los chicos podían entrar y salir a su gusto, siempre y cuando respetaran los horarios. Pero por la noche, todas cerraban con llave.
-Edward- llamé, él se giró y me miró- para los demás, tú eres, aparte del nuevo, el más peligroso aquí, no me extrañaría que se haya corrido la voz. Debería llevarte esposado, pero no creo que vayas a hacer nada, así que no lo haré. Pero ve delante de mí.
Él se adelantó y hasta la última de las celdas, estuve tocando en las puertas y gritando “hora de patio”.
En una de éstas, Edward ralentizó el ritmo y se puso a mi altura.
-¿Ésta cárcel es sólo de hombres? -Sí. ¿Por? -Por saber.
En el patio, algunos venían a saludarme o a contarme algo. Otros jugaban, hacían deporte, leían, comían o se sentaban en un rincón, como Edward Cullen. Me acerqué a él despacio, dispuesta a que no se marginara, y cuando estaba lo suficientemente cerca, me miró.
-¿No vas con el resto?- dije señalando a los demás. --No conozco a nadie- contestó en voz baja. -Bueno, me conoces a mí, te presentaré a quien quieras. -No quiero conocer a nadie, prefiero estar solo- no pensaba rendirme. -Bueno, igualmente, me sentaré contigo. Hazme preguntas sobre el centro, alguna debes de tener- me senté al lado suyo, y el, sutilmente se alejó. -¿Cuántos años tienes?-inquirió para mi sorpresa. -21. Recién cumplidos. -Los aparentas. ¿Y cómo alguien como tú ha ido a parar cuidando presos en una cárcel?- aproveché la oportunidad para devolverle la pregunta. -¿Y tú? Yo te hice la misma pregunta. ¿Cómo has ido a parar aquí? ¿Mataste realmente a tres personas?
Silencio.
-¿Ya estamos otra vez en ese plan? -¿Qué plan? -Eres irritante, Edward.
Me crucé de brazos y le miré, esperando una respuesta. La sorpresa se apoderó de mí cuando dijo:
-Yo no he matado a nadie.
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